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“La única manera de sacar una película adelante es sintiendo que hacerla es una necesidad”: Laura Mora, directora de ‘Matar a Jesús’

"Matar a Jesús", película dirigida por Laura Mora, pone en pantalla una Medellín a la que se le desdibujan las fronteras. Con reconocimiento a nivel internacional, la obra prima de Mora ha participado en los festivales de San Sebastián y Palm Springs. En Colombia, el largometraje se llevó el Premio del Público en el Festival Internacional de Cartagena de Indias (Ficci), en marzo de 2018.

aura Mora durante el rodaje de una de las escenas en las que el padre de Paula, José María, se encuentra dando clase.

Laura Mora durante el rodaje de una de las escenas en las que el padre de Paula, José María, se encuentra dando clase.       Fotografía: Producción Matar a Jesús.

Por: Luisa Fernanda Orozco*

Matar a Jesús es la historia de Paula, una estudiante de artes de 22 años cuyo padre es asesinado una tarde mientras ambos volvían en carro a su casa. La protagonista logra ver desde la distancia a Jesús, el joven sicario que perpetúa el homicidio, pero aun así ella decide continuar con el proceso legal que le ofrecen las autoridades. Sin embargo, después de darse cuenta de que el caso de José María quedará impune, Paula comienza a acercarse más a Jesús luego de verlo por segunda vez en una fiesta, planteándose la posibilidad de cobrar venganza por mano propia en medio del panorama de una Medellín visceral e imponente, de una Medellín que es un gran barrio.

Laura Mora estudió cine en Australia. Realizó los cortometrajes West, Brotherhood, y Salomé, entre muchos otros, cuyo reconocimiento se dio a nivel nacional e internacional. Dirigió también la segunda unidad de la serie de RCN Escobar, el patrón del mal, y el pasado ocho de marzo lanzó su último trabajo cinematográfico, Matar a Jesús, siendo esta una película que refleja eventos íntimos que marcaron su vida, pues como le sucedió a Paula dentro de la trama, el papá de Mora también fue asesinado.

Aunque la directora nunca conoció al responsable del crimen, 
sí soñó una noche de 2006 con que, sentada en un mirador,
él se le acercaba y le decía “yo me llamó Jesús y yo maté a su papá”

Laura comenzó entonces a plasmar en el papel su historia y fue tejiendo poco a poco los personajes dentro de ella. Y a pesar de haber pensado durante un tiempo que no iba a volver a escribir, pues sentía que  su talento se lo había llevado la muerte de su padre, Mora decidió llevar a cabo su proyecto, cuyo proceso de realización se dio a través de los años, rodeado de muchos sacrificios.

¿Lo que veremos en Matar a Jesús es propio de un dilema venganza-reconciliación?

Yo no sé si es reconciliación. A mí las palabras reconciliación y perdón me asustan mucho porque son de un origen más bien religioso y yo siento que son muy íntimas. A mí no me pueden pedir que perdone a la persona que mató a mi papá, porque no puedo, pero lo que yo quiero dejar claro es que a mí no me interesa ser violenta. Igual yo creo que hay veces en las que imponerle eso a la sociedad es muy fuerte, pero lo que pasa es una cuestión de seguirnos matando o parar. Tenemos que empezar a ver cómo podemos contener ese sentimiento de venganza a pesar de que sea de todas formas muy humano. A mí cuando me pasó ese suceso en la vida, sentía que era capaz de matar. Yo era una bala perdida igual que ese sicario.

No sé entonces si la película sea hablar sobre la reconciliación. Yo creo que es más sobre lo que pasa cuando existe la posibilidad de encontrar similitudes de humanidad en el victimario, en el enemigo. Hace poquito leí un texto que me impactó mucho, y decía que el miedo de acabar una guerra también radica en la posibilidad de dejarnos seducir por el enemigo. Y seducir no en el término erótico, sexual, o amoroso, sino dejarnos seducir por la ideas del enemigo. ¿Qué pasa, por ejemplo, si el enemigo tiene razón? Eso debe dar mucho miedo, pero es una realidad que debe enfrentarse. Al final tanto esos jóvenes victimarios, como los que hemos padecido una pérdida profunda, somos de alguna manera manipulados por el aparato criminal, y ese aparato se está alimentando constantemente de nosotros para terminar saliendo a la sociedad en forma de jóvenes que empuñan armas.

¿Cuándo comenzó usted a dar los primeros pasos hacia la película?

Cuando yo me di cuenta que esos textos tan desordenados que yo tenía, esas conversaciones con Jesús, se fueron convirtiendo en la necesidad de hacer una película. Digamos que yo ahí tenía que sucumbir en esa rigurosidad que exige la escritura, y eso también demanda tiempo y plata. Incluso desde antes de que nos ganáramos el Fondo de Escritura yo ya había empezado a trabajar con Alonso, y aunque a veces nos viéramos por Skype, los dos entendimos que la dinámica era más que yo fuera para que pasáramos mucho tiempo juntos.

Yo en ese momento vivía en Bogotá y me salían sobre todo trabajos en comerciales. Entonces lo que yo hacía era aprovechar esas oportunidades para poder sustentar económicamente mis viajes de escritura, que eran muy intensos, muy largos, y no tenía cómo más responder por ellos. Mis primeros largometrajes fueron cuando yo estaba muy joven y cuando yo contaba de pronto con más apoyo económico, pero yo llego a este largo con 37 años, estando por fuera de la comodidad del sustento familiar desde hace bastante tiempo. Eso me exigía trabajar mucho para poder sustentar estos viajes en los que yo me veía con Alonso, que a veces eran de una semana o que a veces eran de tres semanas. Después yo volvía a la intimidad de mi casa con todas esas notas recogidas, con demasiados pensamientos y con la vida revuelta.

Escena en que Paula (Natasha Jaramillo) y Jesús (Giovanny Rodríguez) se conocen.  La directora cuenta que fue un taxista el que le propuso al barrio "Regalo de Dios" como lugar adecuado para hacer el rodaje, luego de que ella se lo imaginara en sueño años atrás Foto: Producción Matar a Jesús

Escena en que Paula (Natasha Jaramillo) y Jesús (Giovanny Rodríguez) se conocen. La directora cuenta que fue un taxista el que le propuso el barrio Regalo de Dios como lugar adecuado para hacer el rodaje, luego de que ella se lo imaginara en sueño años atrás
Fotografía: Producción Matar a Jesús.

«Llegué a la conclusión de que esta era una película
demasiado dura de hacer. Al fin y al cabo era sobre una vida vivida,
sobre unas experiencias recogidas
y sobre una madurez»

Usted pasó un tiempo en Bogotá realizando otros proyectos audiovisuales, ¿por qué decidió dejar la capital y devolverse para Medellín?

Después de Escobar hice un proyecto que se suponía iba a ser un tv movie, por eso lo acepté. Era sobre la toma del palacio de justicia, un tema político que a mí me inquietaba un montón. La productora El Laberinto, en asociación con Caracol TV, fue la que le dio inicio al proyecto. Cuando ellos vieron uno de mis cortes de edición me dijeron que estaba muy bien pero que era demasiado cinematográfico. Yo pensé que eso era un piropo, pero claramente no lo era. Ellos decidieron después hacer un corto que terminaría siendo mi primera película, pero obviamente yo dejé con él sangre, sudor y lágrimas porque yo siempre he dicho que aunque yo hice ese corto, yo no me hago responsable de él. Hay millones de cuestiones estético-narrativas con las que estoy profundamente en desacuerdo.

Esa obviamente fue entonces una experiencia muy dura, y fue la experiencia que me dijo que era tiempo de dejar Bogotá, porque quedarme era prácticamente prostituirme en pro de ese corto, y eso es lo que nadie ve. Después de ahí dije “no más, voy a trabajar súper duro para hacer la película que yo quiero”. Ahí fue cuando yo decidí concentrarme en ganarme fondos cinematográficos a pesar de que viviera una vida muy precaria hasta lograrlo. A pesar de que mis cortos son como mis hijos, esta película definitivamente es muy íntima, y yo soy responsable de todos los aciertos y desaciertos dentro de ella.

¿Cómo supo que Natasha era la indicada para interpretar a Paula, y Giovanni para interpretar a Jesús?

Con Natasha yo creo que al principio habían unos gestos de ella que me habían cautivado, pero principalmente me enganchó el hecho de que las dos somos un par de peludas. Ese personaje soy yo en muchas cosas e inevitablemente ella era muy parecida a mí en aspectos de su carácter.  Ella no era la típica niña súper femenina, y eso quedó claro cuando la vimos. Ya después cuando hablé con ella me asustó y me maravilló al mismo tiempo. Yo me acuerdo que cuando mi hermano la conoció él me dijo que ella era todo con lo que yo había soñado. De todas maneras yo le llevó quince años a Natasha, pero seguramente si yo hubiera tenido 22 años en esta época estaría parchando con ella.

Y con Giovanny, creo que lo que más me dio pistas fue que cuando él y yo empezamos a hablar en la primera entrevista, él me dijo que quería salir a fumarse un cigarrillo. Yo le dije “listo, vení vamos”. Y cuando fuimos hubo mucho silencio, pero en un momento él se volteó y me dijo “uno a veces se cansa mucho de la vida, ¿no le parece?” y yo me quedé sorprendida porque una de las descripciones que yo tenía del personaje era la de un chico muy joven que a veces se cansaba de la vida. ¡Y él me lo dijo! El universo también va conspirando para que uno encuentre las condiciones correctas.

¿Cuánto se demoró escribiendo el guión?

Pues, digamos que si consideramos escribir el guión desde que yo empecé con la idea, con estos textos, hasta el día en que filmamos la película, son más o menos unos diez años. Igual yo creo que cada cosa tiene sus tiempos justos. Yo realmente nunca le corrí. Me acuerdo que cuando cumplí treinta años me sorprendí, porque pues una piensa que va a llegar a los treinta con su primera película, y eso me pesó un poquito, pero después llegué a la conclusión de que esta era una película demasiado dura de hacer. Al fin y al cabo era sobre una vida vivida, sobre unas experiencias recogidas y sobre una madurez. Yo no me estaba apresurando, yo quería llegar fuerte en muchos sentidos.

¿Cuánto de la película se grabó cronológicamente?

No te podría decir exactamente. Pero todas las escenas dramáticas importantes fueron grabadas en secuencia. Es decir, cuando la película se acaba, con esa escena se acabó el rodaje. Y eso es una sensación muy hermosa. Uno entiende por qué hay directores que luchan por eso. Pero no quiero decir que esa sea la forma correcta de grabar, ni siento que esa sea la forma en la que hay que grabar siempre. Cada película llegará con su afán y con su caos a perturbar las vidas de todos.

Natasha Jaramillo (Paula) en una de las locaciones elegidas para realizar el rodaje de la película. Foto: Producción Matar a Jesús

Natasha Jaramillo (Paula) en una de las locaciones elegidas para realizar el rodaje de la película.
Fotografía: Producción Matar a Jesús

 «A pesar de que mis cortos son como mis hijos,
esta película definitivamente es muy íntima, 
y yo soy responsable de todos los aciertos 
y desaciertos dentro de ella»

¿Cómo se pensó la narrativa de la película?

Hay muchos directores que hacen películas con la idea de explorar el lenguaje cinematográfico y que esa exploración sea más desde la narrativa para construir ciertos imaginarios. En Matar a Jesús el objetivo era ese, el de construir una historia. Contar una historia dolorosa y dura. Alguien me preguntaba por qué había escogido la narrativa de una estructura clásica, y yo respondí diciendo que esa era la estructura que yo consideraba como la que más se parecía a la vida. Uno va un día por ahí y de repente le matan al papá, y no hay oportunidad de devolver el tiempo. Para mí esta película, a pesar de que tiene ese lenguaje exploratorio con la cámara donde la ciudad está presente incluso cuando está desenfocada, es consistente en la idea original de contar una historia de manera sencilla.

¿Cómo diría usted que retrató a Medellín?

Yo un día que estaba viendo locaciones, porque yo estuve como dos años buscándolas, me di cuenta de que todo se trataba de un proceso de reedificar lo que yo ya había visitado. Yo me acuerdo que un día estaba esperando el metro en la estación Hospital y mirando para afuera, me puse a pensar que no me iba a alcanzar la vida para contar todo lo que quería contar. Entonces intenté por lo menos que la película fuera una excusa para retratar lugares que siempre me habían interesado. Hay que decir que Matar a Jesús es una película muy sucia también, y yo ahí encuentro belleza.

No es una película donde se muestra esa idea del desarrollo paisa o la de la Medellín Innovadora. Nada de eso. Esta es la Medellín que finalmente termina siendo un gran barrio, porque al final todos somos la misma mierda. Por ejemplo, hay partes de la vida, como en el universo de Jesús, que suceden en Villatina y que luego pasan en el siguiente plano a desarrollarse en el Barrio París. ¿Y quién va a decir que las dos no son Medellín?, ese es el mismo barrio. Las fronteras son mentales.

¿Qué piensa de aquellos a los que no les gusta ver reflejada esa realidad en las pantallas del cine?

Me parece más complejo aún que a la gente le dé pena que hablemos de violencia, pero al fin y al cabo si la función del cine fuera la de vender a un país, no creo que pueda ubicarse entonces en el contexto de las artes. La función del cine no es esa. La función del cine, entre muchas otras, es la de confrontar, la de remover, la de generar preguntas. Finalmente lo más autobiográfico de esta película es el dolor y esa desconexión que uno sufre con la vida, pero además ese hecho de un Estado que es ausente y de una sociedad que es indolente.

«La única manera de sacar una película adelante
es sintiendo que hacerla es una necesidad.
Que es una necesidad que supera cualquier inseguridad.
Yo sentía que si yo no hacía esta película, me moría.
La cosa era de vida o muerte»

¿Cómo fue el proceso de financiación de Matar a Jesús con los fondos cinematográficos?

Las películas acá en Colombia son financiadas por el FDC, que es el Fondo por el Desarrollo Cinematográfico. Gracias a ese fondo existe el cine como lo conocemos hoy. Entonces, primero que todo, hay que apuntarle a la categoría del FDC de escritura de guión, o si ya se tiene la idea para un corto, apuntarle a la categoría de cortos. Yo por ejemplo, me gané el del corto primero que todo. Después empecé a preparar la escritura y dije listo, esto es una película, entonces lo mandé a la categoría de guión. Ya dos años después, cuando creía que el guión estaba listo, me presenté al FDC en la modalidad de producción, es decir, ya la plata para hacer la película. Pero esa plata no me alcanzaba para hacer la película, entonces por eso, con los coproductores argentinos, aplicamos al fondo Ibermedia, que es un fondo cinematográfico únicamente para productores de diferentes países Iberoamericanos. O sea que yo, con un proyecto solo colombiano, no me podía presentar a Ibermedia; debía tener un coproductor de algún país iberomamericano.

Ese fondo lo ganamos y después apuntamos al INCAA. Y a pesar de que ha sido un ejemplo a seguir para el FDC colombiano, el INCAA tiene más plata. Ese también lo ganamos y con él hicimos ya toda la post-producción de la película. Pero lo primero que hay que hacer cuando uno tiene un proyecto es concursar. En Colombia todavía no hay una industria que tenga fondos de inversión privados como los de Hollywood. Nosotros todavía dependemos de los fondos públicos. Pero una cosa que es muy bonita en Colombia y en los otros países es que cada vez que tú vas a cine, a ver la película que sea, un porcentaje de esa boleta va para el fondo. El año pasado Colombia fue uno de los países de Latinoamérica donde más subió la asistencia a cine. Entre más gente vaya a cine, más vamos a tener plata para hacer películas.

¿Cómo sobrellevar los dilemas comerciales de la película?

Uno va aprendiendo cómo se mueve la industria. Muy posiblemente después de Matar a Jesús también yo esté más incluida en ciertas decisiones y ya los agentes de venta sepan que yo sé más de la industria. Pero también es verdad que muchas cosas no las sabía y las he terminado aprendiendo. La industria de los festivales es gigante. Eso también es comercio, es la capitalización de un producto. Es importante entenderlo.

Yo me he dado cuenta de que soy una obsesiva, porque si yo pudiera ser como Kubrick, que diseñó él mismo los sets de sus películas, lo sería. Te lo juro. Y eso me ha costado, me ha sacado canas, pero por otro lado creo que también termina siendo una virtud para quien quiera ser director, porque al fin y al cabo ese tipo de deseos son los que lo impulsan a uno a luchar por las ideas propias.

¿Qué le diría a esos realizadores jóvenes que tienen una idea, pero que no saben por dónde empezar?

Yo lo único que les digo es que la única manera de sacar una película adelante es sintiendo que hacerla es una necesidad. Que es una necesidad que supera cualquier inseguridad. Yo sentía que si yo no hacía esta película, me moría. La cosa era de vida o muerte. Pero te aseguro que así se sintió Ciro con su primera película, Víctor con Rodrigo D., y César con La Tierra y la sombra. Son necesidades, necesidades tan obstinadas que ningún obstáculo las puede vencer. La única manera de sacar una película adelante es con una determinación sin límites. Porque sí es un camino muy duro, de muchos rechazos y de muchos golpes. También se debe tener presente esa frase que es “hacer una película es demasiado difícil. Hacer una buena película es un milagro”. Ya sabemos que es difícil, entonces si pasa lo otro, es un milagro.

*Estudiante de segundo semestre de Periodismo.

 

 

 

Ayapel, postales de una ciénaga del Caribe

Con las negociaciones de paz entre el gobierno y las Farc, las preguntas relacionadas con la disputa por la tierra y su relación con la guerra se convirtieron, de nuevo, en el centro del debate público.

Alejandra Vergara Gallo, Daniela Jiménez González y Jessica Mileidy Agudelo Cano

El abandono del campo y la urgente necesidad de una reforma rural integral nos hicieron poner la vista, por primera vez en mucho tiempo, en territorios o localidades de nuestro país distanciados y marcados por la violencia, la presencia de grupos armados o el narcotráfico.

Ayapel es uno de estos territorios. Este municipio de Córdoba fue, durante años, sobrepasado por el conflicto, la injerencia de grupos como el EPL y la intensidad de la actuación del narcotráfico, que contaba con grandes extensiones de tierra en Ayapel y que, por supuesto, iba en contravía del trabajo por la tierra.

Sin embargo, el relato en deuda con Ayapel es el de sus habitantes, las estampas de agua, agricultores, mineros, color y sabor caribe. Por eso queremos narrar estas historias que, en medio de este nuevo capítulo que enfrenta el país, son una apuesta por contar la memoria y cultura de los territorios desde otras lógicas que no sean las del conflicto, el olvido o la violencia.

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La apuesta de Medellín por los museos

En la ciudad hay por lo menos 26 museos. ¿Dónde están? ¿Cuáles son las principales temáticas? ¿Cuáles son los más antiguos?

Mary Luz Bedoya Cardona – maryl.bedoya@udea.edu.co
Museo del agua

En el Museo del Agua EPM se puede conocer la historia del agua y los diferentes ecosistemas que dependen de esta. Foto: Mary Luz Bedoya.

En 11 comunas de Medellín hay museos. La mayoría están en La Candelaria y Aranjuez. Las principales temáticas son ciencia y arte. Y el más antiguo es el Museo de Antioquia, con 135 años. Tal vez muchos habitantes de la ciudad tengan claro este panorama de estos espacios de difusión cultural que hay en la ciudad. Lo que tal vez no todos conocen es cómo están distribuidos. Y quizás tampoco tengan certeza de que la capital de Antioquia es la primera de Colombia con una política pública de museos, así esta ya tenga casi dos años de vigencia. El Acuerdo fue sancionado por el Concejo de Medellín el 17de julio de 2015.

Tras la aprobación del acuerdo se creó la mesa de museos de Medellín, que busca fomentar y fortalecer el desarrollo de los espacios de exposición cultural en la ciudad. Uno de los objetivos de la nueva política es “establecer políticas para el sector en el corto, mediano y largo plazo, con unas líneas de acción que propendan por la creación, crecimiento, fortalecimiento y consolidación de las entidades museales”.

Estos espacios de difusión cultural, sin embargo, han sido creados en la ciudad desde mucho tiempo antes. De hecho, un 50 por ciento de los museos de la ciudad fueron inaugurados en las tres últimas décadas del siglo XX. El Museo de Antioquia, inaugurado en 1881, fue el primero en abrir sus puertas en la ciudad, y el segundo en el país, luego del Museo Nacional de Colombia.

La academia y los sectores público y privado han contribuido con la creación de estos espacios.  La universidad Nacional cuenta con cuatro lugares para la difusión de la ciencia dentro de sus sedes en Medellín (Museo Herbario Gabriel Gutiérrez –MEDEL-, Museo Entomológico Francisco Luis Gallego, Museo de Geociencias y Museo Micológico).

Así mismo, existen 13 museos privados que exponen diversas colecciones en los campos de ciencias, arte, música o patrimonio cultural.

En el sector público, el museo más recientemente es el Museo Casa de la Memoria, con el cual la Alcaldía logra dar a estos espacios un nuevo enfoque social, fomentar el conocimiento reflexivo de la historia del conflicto y honrar a las víctimas de la violencia en el país.

En este mapa encuentra más detalles de los museos que hay en la ciudad, calificados por la política pública de museos como “entidades que promueven la cultura, la educación y el encuentro de los ciudadanos alrededor del patrimonio cultural”.

Algunos museos de Medellín
Para explorar mejor la información abra el menú (arriba a la izquierda).O vea el mapa en pantalla completa (arriba a la derecha: “ampliar el mapa”)

La bulla eterna que formó Sabina Escudero

El 22 de mayo de 2016 murió La Sabo, una de las más importantes exponentes del bullerengue en Urabá. Quedan sus canciones y el recuerdo de su vida sobre las tarimas de todo el Caribe colombiano.

Enrique Mena Moreno (enriquemena21@yahoo.es@Fmena1)
Sabina Escudero falleció en mayo de 2016. Foto: Enrique Mena.

Sabina Escudero falleció en mayo de 2016. Foto: Enrique Mena.

“Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó”, corean a gritos los espectadores enardecidos en el fondo de la calle principal de Necoclí, el 12 de octubre de 2014.  En medio de la vía, una mujer mueve sus caderas en círculo y pone las manos en el vientre. Un hombre la rodea, le sonríe, levanta las cejas y hace movimientos similares; parece que le coqueteara.  En tarima, una mujer negra, con su pollera, aretes y turbante que tienen los colores de la bandera de Colombia, toma el micrófono y entona un bullerengue, baile cantado del Caribe colombiano: “¡Ay!, cuando me acuerdo de mi mata, no sé lo que a mí me da. / Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó. / ¡Ay!, me acuerdo, ¡ay!, Pello, no sé lo que a mí me da. / Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó. / Ele…, la Bello; ele…, madre mía, / aquí tienes a tu hija que te va a hacé´ respaldá´”. Parece que estos versos no se articularan entre sí, pero ella los entona con mucha exaltación.

Parece que goza: alza su mano al cielo, cierra los ojos, tira el pecho para atrás, lo trae adelante y lanza un rugido: “¡Óyelo!”. Mueve sus pies de adelante hacía atrás, al compás del sonido del tambor alegre. En un momento, levanta sus hombros, lleva la mano derecha cerca de la cara y pega un brinco, parece que levitara de alegría; en el fondo, se escucha: “Ese es el brinquito de La Sabo, ¡carajo!”.

La mujer que está entonando ese canto y contagia a la multitud de alegría es Sabina Escudero Bello a quien por cariño le dicen La Sabo, cantadora tradicional de bullerengue del grupo Bananeras de Urabá, de Turbo. Es integrante de la numerosa familia Escudero Bello, quienes fueron unos de los primeros habitantes del barrio Chucunate, en 1880. Hombres que han ofrecido su vida a la pesca y a tocar el tambor, y mujeres que se han dedicado al cuidado de la casa, además de cantar y bailar bullerengue, actividad que, a raíz de los años, la han visto como algo natural. “Esto nos corre por las venas”, dice Leudo, hijo de Sabina, quien es bailador desde que nació. Seguro ya se movía con cadencia antes de salir del vientre de La Sabo.

En la tarima, Sabina tiene a la derecha a su hijo Leudo y a Yarley Escudero, uno de sus sobrinos conocido en el mundo bullerenguero como “Japi”, quienes hacen los co

ros. Más adelante está Jhon Escudero, quien interpreta el tambor alegre y, en medio de la tarima, la popular Maché baila como lo ha hecho toda su vida, con un estilo muy tradicional que la ha hecho merecedora de diferentes premios nacionales en este género. Al otro lado, se halla Liseth, su sobrina, quien será la heredera del legado cultural.

Cuando se agarraba a cantar

“Con unos tarritos, nos poníamos a cantá´. Yo era la cantadora y Marcelina, la hermana mía, era la que me buscaba invitación. Ahí nos agarrábamos a cantá´ y las peladas a bailá´. Cuando venían de pescar, mis tíos dejaban ese pesca´o allá en la chalupa y las mujeres lo sacaban pa´ sala´lo. Y era cante y cante”, recuerda Sabina, un 2 de abril de 2016, sobre sus inicios en la música, sentada en el patio de la casa, donde ensayaba lo que más le gustaba: cantar bullerengue, quehacer al que le dedicó 62 de sus 70 años de vida.

Sus tíos, después de traer la comida a la casa, seguían la parranda de sábado a sábado. Salían a tocar bullerengue por el pueblo y a los lugares donde llegaban, les daban uno que otro billete que lo iban acumulando en un listón de madera y empezaban a cantar:

Ya salió el fandango,

ya salió a paseá´,

las calles son libres

pa´ parrandeá’.

“Ustedes saben que el bullerengue se va muriendo. Se va muriendo la gente y van metiéndose otros; quedó mi mamá y Martina Balceiro. Andé (sic) con esa viejita tan… to´oo. Mi ma´e la quería y ella quería a mi mamá…, tan así que, cuando murió, mi madre le dijo:

─ ¡Ay, Marti!, yo me voy a morir, ahí dejo mis hijas contigo.

─Tranquila que a tus hijas no les pasa nada.

─ ¡Ay, cuídame mi hija! Yo me voy a morí´, Marti, pero te dejo mi repuesto.  Sabina, te la dejo de repuesto porque pa´ eso le enseñé a mi hija a cantá´ bullerengue.

─ Y yo le voy a enseñá´ más. No tengas miedo, Sabo, que aquí estoy yo y usted ya canta.

Martina le decía, mediante unos versos, a Sabina:

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo.

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo.

¡Elee, ioea!,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, sigue con el bullerengue,

señores, no tengan miedo.

¡Eleeeeee, Balceiro!,

señores, no tengan miedo.

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo,

señores, no tengan miedo.

Aquí tienes a Balceiro, aquí tienes a Balceiro,

señores, no tengan miedo.

¡Óyelooo!

¡Ay!, cuando Balceiro se muera,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, quedará sola Sabina,

¡ay!, no dejes el bullerengue,

señores, no tengan miedo;

no dejes el bullerengue,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, sigue adelante, Sabina.

¡Eleee, ioea!, ¡Upajé!,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, estoy enferma, no aparentes,

señores, no tengan miedo.

Señores, me estoy muriendo,

señores, no tengan miedo,

¡ay!, me dan gana´ de llorá’.

 

“Yo aprendí muy chiquita, toda mi raza es de bullerengue”, dice Sabina con su acento marcado, mezcla entre chocoano y costeño.

Sabina, a simple vista, parece estar de mal genio; pero cuando habla brota nobleza, sencillez y júbilo. Logró erizar la piel de quien la escucha. Vivía por y para el bullerengue, le andaba por las venas, “porque cuando yo abrí mi ojo, conocí el bullerengue”, recuerda sobre su vida en el barrio Chucunate, en Turbo, considerado el pequeño Palenque, lugar donde nace el bullerengue en este municipio y el gran legado cultural de la familia Escudero Bello.

“Me le dicen a mi madre / que le manden, que le manden, / que aquí la estoy esperando / que le manden, que le manden / arriba de esta tarima / que le manden, que le manden / la tarima de mi vida, / que le manden, que le manden”, entonó Sabina en el Festival Nacional de Bullerengue de Puerto Escondido (Córdoba) el 30 de junio de 2015. Fue su última presentación en este municipio caribeño que durante años le entregó diferentes reconocimientos por glorificar el canto bullerenguero y dejar en alto la tradición.

“¡Canta, Sabina, canta!”, gritaba enardecido Ameth Enrique Valdés, director de Bananeras de Urabá, grupo al que Sabina le entregó su vida: fue su escuela y su casa.

Se van las cruces

Foto: Enrique Mena

Foto: Enrique Mena

“Aquí donde me ven, estoy enferma. Estaba en el hospital; allá dejé todo y les dije que ya iba. ¿Por qué me vine? Porque me gusta, porque es de mi sangre. Espero que mañana el bullerengue sea mejor y que a uno le aporten y lo tengan bien”, comentó Sabina el 14 febrero 2016 en una reunión en la Casa de la Cultura del municipio de Turbo sobre el abandono en que han vivido los artistas.

Recostada en su cama, con una piyama azul y el cabello trenzado en moñas, cuando el 17 de mayo de 2016 se le preguntó cómo seguía con su enfermedad, respondió con una enorme sonrisa: “Entre la muerte y la vida, pero con el Señor”. La alegría de Sabina nunca se opacó. A pesar de estar enferma, siempre se mantuvo contenta.

Esta mujer marcó un hito en el bullerengue de Colombia. En Marialabaja y Puerto Escondido, ganó muchos premios, “trofeos” como ella los llamó. Pero esos reconocimientos no le valieron para recibir un poco de apoyo en su compleja enfermedad. El cáncer, que la aquejó por meses, extinguió su voz la mañana del 22 de mayo de 2016.

¡Óyelo, Sabo!

“La Sabo ya no está; se fue pa´ descansa´, era una gran cantadora de la zona de Urabá”, canta Urabá Ruiz Tabares, por la pérdida de una gran intérprete que dejó en alto este género. El día de su muerte, la familia y sus colegas se reunieron en la casa, donde pasó los últimos días, para despedirla como ella lo pidió en vida: a son de bullerengue. Durante toda la noche, sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos y colegas le hicieron un homenaje cantando a todo pulmón las canciones y los versos que ella compuso. Así, como lo hicieron en tarima en los festivales de Colombia, su familia se reunió para despedir a la jefa.

“No sé qué tiene mi pecho que la voz no me levanta”, entonó “Japi”, el sobrino de Sabina, además de cantar gran parte del repertorio de su tía:

Pobrecitos muchachitos,

Colombia quiere la paz,

se han quedado sin sus padres,

Colombia quiere la paz.

La violencia los mató,

Colombia quiere la paz.

¡Oyeeee!, viva Colombia,

Colombia quiere la paz.

¡Oye!, los colombianos,

Colombia quiere la paz.

Pobrecitos secuestrados,

Colombia quiere la paz,

los tienen encadenados,

Colombia quiere la paz,

cómo se fueron matando,

Colombia quiere la paz.

¡Favor, suelten a esa gente!

 

Su velorio fue una fiesta, una fiesta para alegrar las penas. Bullerengueros de todo Urabá y de Colombia se reunieron para despedir a Sabina Escudero Bello, la del brincho de alegría que levitaba de gozo.

“´Toy enferma, pero la lengua no la tengo enferma”. Y era verdad, en todos los rincones del barrio El Bosque, de Turbo, las palabras de la mujer se volvían como un presagio que meneaban las olas del golfo y las plataneras de Urabá. Ella no se quería ir, permanecerá por siempre… Aún vive en su bulle, bulle, bullerengue.

Texto publicado en la edición 4 de De la Urbe Urabá

La conservación de lenguas nativas toma relevancia en Colombia

En el país cada vez hay más conciencia sobre la necesidad de proteger los saberes ancestrales. Las actividades académicas y las políticas públicas son una muestra de ello.

Mary Luz Bedoya Cardona (maryl.bedoya@udea.edu.co)
A través de la creación de manualidades los estudiantes de la UdeA aprende la simpología y la espritualidad del pueblo Inga.

A través de la creación de manualidades los estudiantes de la UdeA aprende la simpología y la espritualidad del pueblo Inga. Foto: Mary Luz Bedoya.

Con la enseñanza de lenguas nativas como la Embera y la Wayuunaiki, con talleres de cocina y tejido, entre otras actividades, la Universidad de Antioquia se unió a la celebración del Día Internacional de las Lenguas Nativas. Entre las diferentes actividades que se hicieron durante esta semana, del 20 al 25 de febrero, miembros de grupos indígenas explicaron la simbología y la importancia del arte en el pensamiento indígena. José Hernei Ipia, de la comunidad Nasa; y María Andrea Bossa, de la comunidad Inga de Antioquia, así los explican.

En pro de la conservación de las lenguas nativas

Además, en la UdeA también hay un nuevo espacio para la enseñanza de lenguas nativas. Se trata del Semestre temática, que inició este año con seis cursos de lenguas ancestrales.

Más allá de la Alma Mater, las lenguas nativas también son relevantes. “La lengua es (…) el modo en que se conservan las historias fundamentales para la existencia humana, sean mitos o leyendas. Una lengua es también un modo determinado en que una sociedad humana organiza el mundo, lo piensa, lo estructura, lo denomina”, explica el periodista e investigador Juan Gonzalo Betancur, jefe del pregrado en Comunicación Social de la universidad Eafit.

En 2015, Betancur realizó la investigación “Lenguas nativas de Colombia”, con el apoyo de estudiantes del pregrado de comunicación social y de la maestría en estudios humanísticos de dicha universidad. Según Betancur, cuando se extingue una de estas lenguas “desaparece el modo original en que se hablaba, pensaba, razonaba, se transmitía el saber y el modo de ser y vivir de una comunidad humana específica”.

Por otra parte, la gobernación de Antioquia creó  en 2014 la Gerencia Indígena, una institución administrativa que busca satisfacer las necesidades y ampliar la protección de los diversos pueblos presentes en el territorio. Las comunidades Embera, Guanadule y Senúe son los grupos que tienen presencia en Antioquia, principalmente en la zona de Urabá, donde se ubican la mayoría de los resguardos indígenas del departamento.

En Medellín, algunos miembros de la comunidad Embera se han beneficiado del programa de inclusión que la Alcaldía con clases de su idioma nativo en la Institución Educativa Héctor Abad Gómez, sede Darío Londoño.

Y en el ámbito nacional, el Estado ha fomentado proyectos de inclusión, como la traducción y publicación de los Acuerdos de paz en 56 lenguas nativas. Esta es una de las respuesta a las exigencias de los hablantes de lenguas nativas, quienes han exigido participar dentro de los escenarios sociales más relevantes del país.

En Colombia, en la actualidad hay 68 lenguas. Cuando llegaron los españoles había unas 300.

Surgimiento de la celebración

El Día Nacional de las lenguas Nativas en Colombia se enmarca dentro de la celebración del Día Internacional de la Lengua Materna, estipulado por la Unesco el 21 de febrero del 2000. La celebración solo se hace en el país a partir del año 2010, cuando se declaró a las lenguas nativas como patrimonio cultural inmaterial, por medio de la Ley 1381 de 2010.

La protección y conservación de la diversidad lingüística en el territorio colombiano es la meta propuesta por el gobierno a partir de dicha ley. Con ella se crea un marco para el reconocimiento, fomento y revitalización de 65 lenguas indígenas, dos criollas o afrodescendientes y la lengua romaní o gitana; que son los dialectos que aún cuentan con comunidades hablantes en el país.

Como parte de su política de protección y difusión de las lenguas nativas, el gobierno ha estudiado los distintos dialectos presentes a lo largo del territorio colombiano. Como resultado de estos estudios se creó, desde el ministerio de cultura, un Mapa de lenguas de Colombia.

Estos proyectos y la variedad de estudios, como la Clasificación de las lenguas indígenas en Colombia, dan cuenta de la conciencia que hay en el país sobre la importancia de conservar los saberes acestrales.

Para los teatreros de Medellín, Salas Abiertas no es un regalo

Este programa de la Alcaldía entrega a las salas de teatro de la ciudad entre cincuenta y sesenta millones de pesos. Las contraprestaciones exigidas generan polémica en el gremio teatral.

Ana María Hincapié Zapata (ana.hincapie1@udea.edu.co)
Función en una sala de teatro de Medellín. Foto: Ana María Hincapié.

Función en una sala de teatro de Medellín. Foto: Ana María Hincapié.

“Las exigencias estatales; o sea, la manera como está concebido el negocio teatral nos convierte a nosotros los actores en gerentes de industrias culturales (…) Nosotros no somos administradores y no nos podemos dar el lujo de contratar uno. En esencia, somos creadores y dramaturgos”, explicaba Beatriz Hernández el 2 de diciembre del 2016, cuando el grupo de teatro La Exfanfarria, luego de 40 años de haber sido fundado por el dramaturgo José Manuel Freidel, cerraba el telón para no abrirlo más.

A solo dos meses de este deceso para el arte en Medellín, llegan nuevas exigencias de parte del programa Salas Abiertas, que aporta entre cincuenta y sesenta millones de pesos a cada entidad y del cual se beneficiaron, en el último año, treinta teatros de la ciudad.

Estas exigencias, expuestas el 13 de enero en el documento oficial de la convocatoria, llevaron al gremio de salas a reunirse con funcionarios de la Secretaría de Cultura. Después de varias discusiones, el 20 de febrero de 2017 las organizaciones entregaron sus propuestas.

¿Cuáles eran esas exigencias y criterios de evaluación que no dejaban dormir a los teatreros de la ciudad?

Los papeles del absurdo

Cada año las entidades deben entregar el certificado de Cámara de Comercio en el que se compruebe cuántos años tienen. La trayectoria es una de los criterios de evaluación y obtiene entre 5 y 10 puntos. Al respecto , Iván Zapata, del Teatro Popular de Medellín (TPM), expresa: “es como si uno estuviera en la U y para cada semestre le pidieran el registro civil. Eso es una cosa absurda”.

Además, los teatreros se encontraron con una incoherencia: la convocatoria pedía mencionar, en el mismo documento de Cámara de Comercio, “que la entidad tiene sala abierta al público y con programación permanente”. Sin embargo, el certificado es una matrícula que no especifica si las salas tienen o no programación. “Repetir y repetir información que ya está en el informe del año pasado”, dice Gustavo García.

El puntaje que se le da a los informes de supervisión, realizados por la interventora del proyecto, es de solo 5 puntos. No obstante, el criterio de programación general de la sala del año anterior, que vale 20 puntos, exige casi los mismos soportes que ya fueron evaluados por la interventora en los informes de supervisión generando así un reproceso que solo  termina por “empapelar a las salas”, como dice Zapata del TPM.

“Finalmente es la interventora la que sabe si cumplimos con nuestras metas del año inmediatamente anterior o si pasamos un proyecto maravilloso. Y finalmente no cumplimos ni la décima parte”, resume Catalina Murillo del Pequeño Teatro.

Puntaje a promesas de papel

Por el contrario, la propuesta de programación general de la sala para 2017 que no cuenta con ningún documento de verificación tiene un valor de 20 puntos. Es decir, supera a ítems como la trayectoria y los informes de supervisión del año inmediatamente anterior. “Se consideraba que una programación para 2017, que es una programación supuesta y sujeta a cambios, no debería tener tanto puntaje”, explica Gustavo García del Teatro La Hora 25.

Por el contrario, los hechos ejecutados en años anteriores y comprobables en los informes de gestión deberían obtener un puntaje mayor pues el “El papel puede con todo”, como lo expresa Catalina Murillo del Pequeño Teatro

¿Invitados nacionales e internacionales?

Uno de los tres aspectos a tener en cuenta para calificar la programación general del año anterior es el de invitados nacionales e internacionales. Al respecto, Catalina Murillo, dice: “Si bien todos hemos tenido algún invitado nacional o internacional, no queremos que esa sea una exigencia del programa como tal porque nosotros no contamos con el presupuesto para traer a un equipo y mantenerlo acá. Ya es bastante complicado tener la casa funcionando como para decir que vamos a traer a un grupo”.

“Bomberos es una especie de vacuna oficial”, Iván Zapata

El Certificado vigente de seguridad a establecimientos públicos, expedido por el Cuerpo Oficial de Bomberos de Medellín, es uno de los documentos obligatorios para participar de la convocatoria. “Cada año tenemos que pagar entre trescientos cincuenta y cuatrocientos mil pesos para que Bomberos nos dé un paz y salvo. Y no es solamente eso (…) Bomberos nos dice que tenemos que reformar, lo que se convierten en ochocientos, un millón y hasta un millón y medio de pesos, que, a principio de año, para entidades como nosotros, sin ánimo de lucro y tan débiles financieramente, se nos vuelve todo un problema conseguir”, explica Zapata.

De hecho, ya hay quienes han quedado por fuera de la convocatoria por no contar con este documento, como Casa Teatro El Poblado, que al no obtener el certificado, debido a que las transformaciones exigidas se salían de su presupuesto, el año anterior quedó descalificada.

Salas abiertas es para la manutención, no para la creación

Desde el año 2014, Salas Abiertas fue incluida como una convocatoria más de las de estímulos para el arte y la cultura que anualmente entrega la Alcaldía de Medellín. “Es decir, a Salas Abiertas lo revolvieron en una especie de sancocho perverso con los estímulos a la creación”, comenta Zapata.

El problema que esto representa es que cada organización solo puede ganar tres convocatorias por año, y si dentro de esas tres se cuenta Salas Abiertas “los grupos que tenemos salas salimos castigados porque no podemos acceder a la creación”, concluye el representante del TPM.

Además, Catalina Murillo dice: “Salas Abiertas entra por un rubro diferente y viene de un acuerdo municipal entonces son dos temas completamente distintos”.

“Lo estamos requetepagando”, Catalina Murillo

En este punto, las exigencias parecen desbordadas en comparación con el presupuesto entregado a las salas.

En el caso de Hora 25, una sala íntima con menos de cien butacas, el aporte de Salas Abiertas (durante los ocho meses del programa) representa aproximadamente el 18 por ciento de los gastos generales de la sala. Para Pequeño Teatro, una de las salas más grandes, que participa del proyecto con un aforo total de quinientos asientos, el  estímulo sólo representa el 7% de los ingresos del año.

A cambio de ese presupuesto, las salas deben:

  • Realizar ocho funciones de entrada libre.
  • Mantener siempre visible en la sala el pendón publicitario de Salas Abiertas.
  • Incluir el logo de la Alcaldía en todas las piezas gráficas y publicitarias.
  • Tener una programación permanente durante todo el año.
  • Invertir en el mejoramiento de la sala.
  • Traer invitados nacionales e internacionales.

“O sea, el estímulo no nos lo están dando, lo estamos requetepagando y además nos lo están pagando mal pago”, apunta Catalina Murillo.

Debido a las imposiciones del programa, los teatreros creen que Salas Abiertas se convierte en un mal negocio, aunque un acuerdo necesario para la manutención anual de las salas. “Para nosotros igual es muy importante ese recurso, así no represente mucho. Es importante en el sentido de que el Estado tiene una obligación con el arte y los artistas porque hemos sido nosotros los que les hemos dado un espacio para la cultura y el entretenimiento de los ciudadanos*. Finalmente, Medellín está llena de salas, pero de salas privadas y nosotros somos los que terminamos proporcionándole el arte y la cultura que son responsabilidad del Estado”, aclara Catalina.

*Estas cifras hacen parte de la Encuesta de Percepción Ciudadana Medellín Cómo Vamos 2016.

La bulla eterna que formó Sabina Escudero

El 22 de mayo de 2016 murió La Sabo, una de las más importantes exponentes del bullerengue en Urabá. Quedan sus canciones y el recuerdo de su vida sobre las tarimas de todo el Caribe colombiano.

Enrique Mena Moreno
enriquemena21@yahoo.es / @Fmena1
Estudiante de Comunicación Social – Periodismo
SAbina 1

Fotografías Enrique Mena Moreno

 

“Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó”, corean a gritos los espectadores enardecidos en el fondo de la calle principal de Necoclí, el 12 de octubre de 2014.  En medio de la vía, una mujer mueve sus caderas en círculo y pone las manos en el vientre. Un hombre la rodea, le sonríe, levanta las cejas y hace movimientos similares; parece que le coqueteara.

En tarima, una mujer negra, con su pollera, aretes y turbante que tienen los colores de la bandera de Colombia, toma el micrófono y entona un bullerengue, baile cantado del Caribe colombiano: “¡Ay!, cuando me acuerdo de mi mata, no sé lo que a mí me da. / Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó. / ¡Ay!, me acuerdo, ¡ay!, Pello, no sé lo que a mí me da. / Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó. / Ele…, la Bello; ele…, madre mía, / aquí tienes a tu hija que te va a hacé’ respaldá’”. Parece que estos versos no se articularan entre sí, pero ella los entona con mucha exaltación.

Parece que goza: alza su mano al cielo, cierra los ojos, tira el pecho para atrás, lo trae adelante y lanza un rugido: “¡Óyelo!”. Mueve sus pies de adelante hacía atrás, al compás del sonido del tambor alegre. En un momento, levanta sus hombros, lleva la mano derecha cerca de la cara y pega un brinco, parece que levitara de alegría; en el fondo, se escucha: “Ese es el brinquito de La Sabo, ¡carajo!”.

La mujer que está entonando ese canto y contagia a la multitud de alegría es Sabina Escudero Bello a quien por cariño le dicen La Sabo, cantadora tradicional de bullerengue del grupo Bananeras de Urabá, de Turbo. Es integrante de la numerosa familia Escudero Bello, quienes fueron unos de los primeros habitantes del barrio Chucunate, en 1880. Hombres que han ofrecido su vida a la pesca y a tocar el tambor, y mujeres que se han dedicado al cuidado de la casa, además de cantar y bailar bullerengue, actividad que, a raíz de los años, la han visto como algo natural. “Esto nos corre por las venas”, dice Leudo, hijo de Sabina, quien es bailador desde que nació. Seguro ya se movía con cadencia antes de salir del vientre de La Sabo.

En la tarima, Sabina tiene a la derecha a su hijo Leudo y a Yarley Escudero, uno de sus sobrinos conocido en el mundo bullerenguero como “Japi”, quienes hacen los coros. Más adelante está Jhon Escudero, quien interpreta el tambor alegre y, en medio de la tarima, la popular Maché baila como lo ha hecho toda su vida, con un estilo muy tradicional que la ha hecho merecedora de diferentes premios nacionales en este género. Al otro lado, se halla Liseth, su sobrina, quien será la heredera del legado cultural.

 

Cuando se agarraba a cantar

“Con unos tarritos, nos poníamos a cantá’. Yo era la cantadora y Marcelina, la hermana mía, era la que me buscaba invitación. Ahí nos agarrábamos a cantá’ y las peladas a bailá’. Cuando venían de pescar, mis tíos dejaban ese pesca´o allá en la chalupa y las mujeres lo sacaban pa´ sala´lo. Y era cante y cante”, recuerda Sabina, un 2 de abril de 2016, sobre sus inicios en la música, sentada en el patio de la casa, donde ensayaba lo que más le gustaba: cantar bullerengue, quehacer al que le dedicó 62 de sus 70 años de vida.

Sus tíos, después de traer la comida a la casa, seguían la parranda de sábado a sábado. Salían a tocar bullerengue por el pueblo y a los lugares donde llegaban, les daban uno que otro billete que lo iban acumulando en un listón de madera y empezaban a cantar:

Ya salió el fandango,

ya salió a paseá’,

las calles son libres

pa´ parrandeá’.

 

“Ustedes saben que el bullerengue se va muriendo. Se va muriendo la gente y van metiéndose otros; quedó mi mamá y Martina Balceiro. Andé (sic) con esa viejita tan…to’oo. Mi ma´e la quería y ella quería a mi mamá…, tan así que, cuando murió, mi madre le dijo:

─ ¡Ay, Marti!, yo me voy a morir, ahí dejo mis hijas contigo.

─Tranquila que a tus hijas no les pasa nada.

─ ¡Ay, cuídame mi hija! Yo me voy a morí’, Marti, pero te dejo mi repuesto.  Sabina, te la dejo de repuesto porque pa´ eso le enseñé a mi hija a cantá’ bullerengue.

─ Y yo le voy a enseñá’ más. No tengas miedo, Sabo, que aquí estoy yo y usted ya canta.

Martina le decía, mediante unos versos, a Sabina:

 

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo.

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo.

¡Elee, ioea!,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, sigue con el bullerengue,

señores, no tengan miedo.

¡Eleeeeee, Balceiro!,

señores, no tengan miedo.

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo,

/señores, no tengan miedo.

Aquí tienes a Balceiro,

aquí tienes a Balceiro,

señores, no tengan miedo.

¡Óyelooo!

¡Ay!, cuando Balceiro se muera,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, quedará sola Sabina,

¡ay!, no dejes el bullerengue,

señores, no tengan miedo;

no dejes el bullerengue,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, sigue adelante, Sabina.

¡Eleee, ioea!, ¡Upajé!,

señores, no tengas miedo.

¡Ay!, estoy enferma, no aparentes,

señores, no tengan miedo.

Señores, me estoy muriendo,

señores, no tengan miedo,

¡ay!, me dan gana’ de llorá’.

“Yo aprendí muy chiquita, toda mi raza es de bullerengue”, dice Sabina con su acento marcado, mezcla entre chocoano y costeño.

Sabina, a simple vista, parece estar de mal genio; pero cuando habla brota nobleza, sencillez y júbilo. Logró erizar la piel de quien la escucha. Vivía por y para el bullerengue, le andaba por las venas, “porque cuando yo abrí mi ojo, conocí el bullerengue”, recuerda sobre su vida en el barrio Chucunate, en Turbo, considerado el pequeño Palenque, lugar donde nace el bullerengue en este municipio y el gran legado cultural de la familia Escudero Bello.

“Me le dicen a mi madre / que le manden, que le manden, / que aquí la estoy esperando / que le manden, que le manden / arriba de esta tarima / que le manden, que le manden / la tarima de mi vida, / que le manden, que le manden”, entonó Sabina en el Festival Nacional de Bullerengue de Puerto Escondido (Córdoba) el 30 de junio de 2015. Fue su última presentación en este municipio caribeño que durante años le entregó diferentes reconocimientos por glorificar el canto bullerenguero y dejar en alto la tradición.

“¡Canta, Sabina, canta!”, gritaba enardecido Ameth Enrique Valdés, director de Bananeras de Urabá, grupo al que Sabina le entregó su vida: fue su escuela y su casa.

 

Se van las cruces

“Aquí donde me ven, estoy enferma. Estaba en el hospital; allá dejé todo y les dije que ya iba. ¿Por qué me vine? Porque me gusta, porque es de mi sangre. Espero que mañana el bullerengue sea mejor y que a uno le aporten y lo tengan bien”, comentó Sabina el 14 febrero 2016 en una reunión en la Casa de la Cultura del municipio de Turbo sobre el abandono en que han vivido los artistas.

Recostada en su cama, con una piyama azul y el cabello trenzado en moñas, cuando el 17 de mayo de 2016 se le preguntó cómo seguía con su enfermedad, respondió con una enorme sonrisa: “Entre la muerte y la vida, pero con el Señor”. La alegría de Sabina nunca se opacó. A pesar de estar enferma, siempre se mantuvo contenta.

Esta mujer marcó un hito en el bullerengue de Colombia. En Marialabaja y Puerto Escondido, ganó muchos premios, “trofeos” como ella los llamó. Pero esos reconocimientos no le valieron para recibir un poco de apoyo en su compleja enfermedad. El cáncer, que la aquejó por meses, extinguió su voz la mañana del 22 de mayo de 2016.

 

¡Óyelo, Sabo!

“La Sabo ya no está; se fue pa´ descansa’, era una gran cantadora de la zona de Urabá”, canta Urabá Ruiz Tabares, por la pérdida de una gran intérprete que dejó en alto este género. El día de su muerte, la familia y sus colegas se reunieron en la casa, donde pasó los últimos días, para despedirla como ella lo pidió en vida: a son de bullerengue. Durante toda la noche, sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos y colegas le hicieron un homenaje cantando a todo pulmón las canciones y los versos que ella compuso. Así, como lo hicieron en tarima en los festivales de Colombia, su familia se reunió para despedir a la jefa.

“No sé qué tiene mi pecho que la voz no me levanta”, entonó “Japi”, el sobrino de Sabina, además de cantar gran parte del repertorio de su tía:

Pobrecitos muchachitos,

Colombia quiere la paz,

se han quedado sin sus padres,

Colombia quiere la paz.

La violencia los mató,

Colombia quiere la paz.

¡Oyeeee!, viva Colombia,

Colombia quiere la paz.

¡Oye!, los colombianos,

Colombia quiere la paz.

Pobrecitos secuestrados,

Colombia quiere la paz,

 los tienen encadenados,

Colombia quiere la paz,

cómo se fueron matando,

Colombia quiere la paz.

¡Favor, suelten a esa gente!

Su velorio fue una fiesta, una fiesta para alegrar las penas. Bullerengueros de todo Urabá y de Colombia se reunieron para despedir a Sabina Escudero Bello, la del brincho de alegría que levitaba de gozo.

“’Toy enferma, pero la lengua no la tengo enferma”. Y era verdad, en todos los rincones del barrio El Bosque, de Turbo, las palabras de la mujer se volvían como un presagio que meneaban las olas del golfo y las plataneras de Urabá. Ella no se quería ir, permanecerá por siempre… Aún vive en su bulle, bulle, bullerengue.

 

 

La historia de las marchas en Colombia y el papel de los estudiantes

En este Pazmagazín por la paz y la cultura, del pregrado en Comunicaciones de la UdeA, se hablará también sobre los diferentes actores de paz y la situación actual de las marchas en el país.

Por Ana María Agudelo, Ana María Mejía, Alejandra U Ribe, Maria Clara Loaiza, Tatiana Díaz, Andrés Durango, Elizabeth Correa, Camilo Silva Cárdenas, Stephany Martelo Romero, Mateo Osorio Espinosa, Maria Fernanda Sanchez, Maria Paula Suaza González, Luisa Fernanda Valderrama Cardona y Mariana Yepes Arango.

La imagen que acompaña este informe fue tomada de Revista Cronopio

Dance cover, aficionados en movimiento

En Medellín se encuentra una pequeña comunidad de bailarines amateur que dedica su tiempo a imitar los pasos de artistas del otro lado del mundo.

Sin título

Sofia Montiel y Sebatian Parra en el vídeo de Good Boy. Foto cortesía de Manuela Cordoba.

Desde el año 2009 se reúnen en Medellín grupos de jóvenes aficionados a la música proveniente del continente asiático, en especial de Corea del Sur. Algunos de ellos decidieron también imitar los pasos de baile que estas canciones incorporan, llegando varios a viajar a Bogotá, Cali y Bucaramanga para competir con representantes de todo el país en concursos dedicados a esta actividad. Incluso, algunos han llegado a academias en Londres o a dar espectáculos en la misma Corea

Normalmente, un cover es la interpretación de una canción de otro artista. En el caso del dance cover, como su traducción lo indica, se hace una interpretación del baile hecho para la canción. La mayoría de canciones populares de países como China, Japón y Corea del Sur constan de una coreografía que puede ser interpretada por uno o varios artistas.

Los videoclips pueden contar con diferentes versiones en que se muestra la coreografía entera para que los fanáticos puedan replicarla. De hecho, parte del éxito de algunas canciones en Asia -ese fue el caso de Gangnam Style- va más de la mano de los pasos de cada una que del ritmo de la melodía.

Sofia Montiel llegó de Montelíbano (Córdoba) a Medellín hace más de seis años para estudiar Química Farmacéutica en la Universidad de Antioquia. Como cualquier joven que llega de un pueblo se encontró abrumada por el ritmo de la ciudad. Llegó a vivir con sus dos hermanas mayores que ya se habían hecho a una vida fuera de su tierra natal. Tenía también la opción de irse para Bogotá, pero prefirió Medellín por el clima.

Empezó a bailar imitando los pasos de las canciones de la telenovela Patito Feo. Sin embargo, su afición por el dance cover empezó buscando en internet canciones de su anime favorito por esa época: Naruto. Encontró que en Japón las canciones de esta caricatura eran bailadas con coreografías muy llamativas. Ella se dio a la tarea de aprenderlas y, por insistencia de su hermana menor, grabó sus primeros videos en 2009.

“Bailo desde el 2008 y me gusta porque siempre me he sentido atraída por la danza, pero mi capacidad para hacer montajes coreográficos es nula, así que generalmente me refugio en los dance covers para calmar mi deseo por bailar”, dice Sofía.

Agrega que en esa época eran muy pocas las personas fuera de Asia que subían videos, y que quizás ella fue de las primeras colombianas en hacerlo. Cuando llegó a Medellín logró hacer amigos con aficiones similares, con los cuales también logró seguir practicando y formando un grupo que participo en varios eventos dentro de la comunidad otaku (aficionados al anime, el manga u otras expresiones de la cultura japonesa) de Medellín.

Fue en 2011 cuando descubrió el K-pop, género con el que se quedó. Esto, principalmente, porque la música le resultó más atractiva y la comunidad de dancers de K-pop, tanto en la ciudad como en el país, era mucho más grande. Con esto, más que fama, ha conseguido aumentar su autoestima, aunque dentro de la comunidad es reconocida como una muy buena bailarina. Ella cuenta con un canal en YouTube que ya llega a más de 1.200 seguidores y 56 vídeos en los que repite, sola o con algunos compañeros, las coreografías de artistas japoneses y coreanos.

Ha llegado hasta el punto de que varias personas le piden que les enseñe y, con el impulso de varios de sus compañeros de baile, ha decidido emplear su tiempo libre en crear grupos para practicar coreografías. Esto para que personas que antes no se animaban, puedan participar en los eventos de dancers que son hechos en la ciudad y el país. Y aunque la universidad le ha impedido tener mucho tiempo para aprender nuevas canciones, espera sacar tiempo para cumplir con su objetivo.

“Generalmente coloco el video en YouTube o lo descargo para hacerle efecto espejo, así me resulta más fácil aprenderla. Me demoro de tres a cinco horas aprendiéndome los pasos si no paro por ningún motivo. Pero eso es poco común, porque casi siempre que comienzo con una coreografía termino haciendo también otras cosas. Luego ensayo una a dos semanas sola o con algunas compañeras para arreglar los tiempos. Intento que la coreografía me salga lo más parecido posible y me encanta aprenderme las que sean visualmente más atractivas”.

Corea del Sur en la industria del entretenimiento

El boom japonés en el mundo se dio con base en tres elementos: la tecnología, las caricaturas y la exposición de sus tradiciones. Es un ejemplo que los coreanos han sabido imitar también a través de tecnología, novelas, películas, pero, a diferencia de los japoneses, se dedicaron a ser productores de música comercial para ser escuchada por fuera de sus fronteras.

Es con este género musical conocido como K-pop que han sabido llegar a más países con un sistema de comercialización cultural conocido como “Hallyu” u Ola Coreana. El sistema ha sido explotado por el gobierno surcoreano para expandir las exportaciones de sus producciones de entretenimiento.

A partir del éxito que tuvo la canción Gangnam Style del rapero PSY, muchas personas voltearon su mirada hacia las producciones coreanas. Canales colombianos como RCN llegaron a transmitir telenovelas coreanas que hacen parte de este boom del entretenimiento proveniente del país asiático.

En 2015, las exportaciones de Corea del Sur relacionadas con la industria del entretenimiento alcanzaron unos 7.100 millones de dólares. En 2015, Corea del Sur produjo un tres por ciento del mercado del entretenimiento global. Esto lo equipara con otros países como el Reino Unido, que está cerca del 5 por ciento del mercado, aunque palidece en comparación con Estados Unidos, que representa el 30 por ciento.

Según datos publicados por el gobierno surcoreano, las exportaciones de películas coreanas crecieron un 222 por ciento en el año 2015 respecto a 2014. Así mismo, las series de televisión y la música superaron un crecimiento del 30 por ciento.

Concursos de dance cover

El K-pop Cover Dance Festival es una competición internacional de bailarines no profesionales, es organizada y patrocinada por la televisora surcoreana MBC. Los concursantes realizan imitaciones del baile de las canciones de K-pop. Hasta el momento ya cuenta con más de 2.000 grupos inscritos para 2016 en todo el mundo, especialmente de Asia y Europa.

Para participar, todos los competidores deben enviar a la página del concurso un video con la coreografía completa que están imitando. Todos los videos pasarán por un proceso donde se seleccionarán a los mejores para competir en concursos locales. Los ganadores son invitados a Corea para las finales mundiales que son transmitidas por la cadena de televisión.

En Colombia, el Canal Trece, en los últimos cuatro años, ha aprovechado este movimiento del dance cover para organizar un concurso de danza y canto de K-pop. En 2016 seleccionará a los grupos que representarán a Colombia en el K-pop Cover Dance Festival a realizarse en Corea.

En Káiser no pasa el tiempo

Caldas, uno de los 10 municipio del sur del Valle de Aburrá, es conocido porque allí nace el río Medellín, o porque es la cuna del Grupo Corona, o porque llueve tanto que sus habitantes celebran las Fiestas del Aguacero. Otros lo conocen porque allí queda Káiser.

Por Sirley Jiménez Jiménez
Fotografía: Archivo personal.

Fotografía: Archivo personal.

Es domingo, 3:00 p.m., y es una de esas tardes de Caldas, con nubes grises y lluvias cortas, perfecta para no salir de la cama o para tomarse un tinto caliente, como el que me ofrecía Guillermo Hernández, luego de sentarme en una mesa de su negocio de música vieja: Káiser, un lugar donde aún se puede escuchar música en LP, discos de 78 y cassettes.

La pasión de Guillermo es la música vieja y parece tener una memoria que no es humana. Cada que se le pregunta, empieza a enumerar un sinfín de artistas y canciones. Como él mismo dice, es hasta más rápido que un computador y es por eso que en su negocio la música no está guardada en archivos digitales como en la mayoría de sitios, sino que él se encarga de buscar en su colección la canción que le pidan.

En una noche solitaria y triste, desvelado encontrábase un leproso, recordando los días tan felices al lado de su amada tan dichoso.

El Leproso – Los romanceros del Cauca

“En 1938 llegó a Caldas mi papá, Ramón Antonio Hernández, y cuando entró a la escuela un profesor le puso Káiser de apodo. Cuando empezó a trabajar en la Locería y luego en Peldar, seguían llamándolo igual y así quedamos todos. Ese apodo se lo pusieron porque como que estaba de moda la Segunda Guerra Mundial”.

Y es que káiser es el título alemán que significa emperador. Guillermo II de Alemania fue el último káiser del Imperio alemán y el último rey de Prusia. Pero en Caldas, Káiser, el bar, funciona desde 1953, ubicado a un costado de la Locería Colombiana. Empezó siendo un negocio donde don Ramón Hernández abría a las 3:30 a.m. y lo que más vendía era tintos y pericos a los trabajadores de la fábrica.

“En el negocio había un piano y yo era el encargado de montar los discos de 78. Tenía yo por ahí siete u ocho años. El gusto por la música empezó cuando manipulaba estos discos, porque yo me encargaba de complacer a la gente. Entonces, en mayo ponía todos los discos de madres, y en diciembre colocaba el tendido con discos decembrinos”, dice Guillermo.

Cuenta que cuando era adolescente se deleitaba escuchando música vieja en el bar El Sesteadero, ubicado en la Calle del Comercio, una de las principales de Caldas. También en las emisoras, como La Voz Catía, Radio Reloj y Radio Santa Fé, donde ponían música de colección. “Me tocaba irme para la casa de un señor en El Raizal —vereda de Caldasporque allá entraba muy buena la señal. Esa era la felicidad mía, escuchar música vieja”.

 

Guillermo conoce muchas canciones, pero “hay una canción que se llama El dolor de la ausencia de Nano Rodrigo con La Estudiantina Colombiana. Me gusta mucho porque me recuerda cuando yo era niño. Un señor que trabajaba en la Locería Colombiana, todos los días salía a las 12:00 del mediodía y, con su portica, se venía, cambiaba una menudita y le echaba al piano a esa canción y la cantaba a todo pulmón”.

Eran las doce, le hablaba su conciencia y veía entre sus brazos a su amada, que radiante como una linda estrella llena de amor, él la contemplaba.

El Leproso – Los romanceros del Cauca

En 1978, cuando Guillermo tenía 23 años, su papá puso en sus manos el negocio. Desde entonces se dio a la tarea de buscar investigadores de la música vieja y así es como fue aprendiendo más de artistas y compositores, además de darse a conocer en todo el Valle de Aburrá e incluso a nivel nacional. Algunos amigos periodistas también lo ayudaron haciéndole propaganda al negocio por emisoras y, posteriormente, publicando entrevistas de suyas en periódicos como El Colombiano.

Generalmente son parejas de esposos, o señores que rondan los 65 años quienes frecuentan el negocio. Guillermo afirma que “la clientela de Caldas es contadita, se cuentan con los dedos de las manos los clientes de aquí. La gran mayoría de la clientela es gente de Medellín, Envigado y Sabaneta”.

Sin embargo, hay unos cuantos clientes jóvenes que disfrutan esta música. Es el caso de Alexander Rendón, un contador de 33 años que frecuenta Káiser desde hace 13. La primera vez que fue tenía 21 años y lo llevó la esposa de un tío a quien le gustaba el lugar. “Como desde pequeño, por influencia de mis abuelos, me ha gustado mucho la música vieja, a ella le pareció una buena idea llevarme a conocer ese sitio”, cuenta Alex.

Cuando Alexander empezó a ir a Káiser, todos se sorprendían y más aún cuando empezaba a cantar las canciones. Su mayor influencia fue su abuela, quien desde niña se aprendió muchas canciones porque creció rodeada de esta música y luego le pasó este legado a su nieto.

“Cuando era niño, de cuatro o cinco años, visitaba a mi abuela y ella en lugar de enseñarme canciones infantiles, me enseñaba canciones de Los Cuyos, Los Pamperos, Los Visconti, Las Hermanitas Calle. Mi mamá se sorprendía porque yo llegaba a la casa sabiéndome canciones que ella ni conocía”, recuerda Álex.

Y así dijo y quedó en profundo sueño, balbuceando el nombre de su amada y partió a buscar consuelo y a esperar en el cielo a su adorada.

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“¡Lucas, quieto!”, le decía Hernando Ospina a su perrito que me olfateaba, mientras me acomodaba en una silla de la sala de su casa. Él es un cliente de Káiser desde hace más de 40 años y un coleccionista de LP y cassettes de música de antaño y parrandera.

Después de trabajar 40 años en la Locería Colombiana como obrero, hace siete años Nando, como le dicen sus amigos, disfruta de su jubilación, y ocupa gran parte de su tiempo en la música.

“Al lado de la casa –cuenta–, mi tío Marco Fidel Cano tenía un negocio llamado Riobamba y desde pequeño yo me iba para allá a ayudarle a lavar vasos o a entrar las cervezas y así fue como se me fue metiendo la música en la cabeza. Cuando mi tío murió, yo heredé toda su colección de música de parranda”.

Cuando Nando conoció a Kaiser empezó su gusto por la música de antaño y también por coleccionarla. Por eso, todo LP que él consiguiera, Nando también lo tenía que conseguir: que de Sarita Hurtado, que de Briceño y Añez, que de Margarita Cueto.

Era tanto su gusto por la música que “hace años para conseguir cualquier electrodoméstico había que ir a Medellín, entonces cuando mi esposa necesitaba algo, que una licuadora o un radio, yo me iba para allá con lo justo, pero primero me iba a ver mis discos y si me gustaba alguno lo compraba. Cuando volvía, lo escondía en una carnicería que había cerca a la casa y llegaba y decía: ‘Ay mija, no, no me alcanzó la plata’”. Así fue como formó su colección, que ahora ocupa un estante del tamaño de una pared de su sala.

Nando dice que se bebe es al son de la música, no simplemente por tomar. Por eso cuando va donde Káiser, su amigo le dice: “Nandito, con el que sigue nos vamos a mandar uno”. Y escuchan Al oído, Ojos rojos, Soy virgencita o cualquier otra de sus preferidas.