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Reportajes De La Urbe TV: Ni víctima, ni verdugo

Este documental parte de la hipótesis de que existe un verdadero problema alrededor del modo en que se ha comprendido y narrado el conflicto armado en Colombia.

Por Daniela Jiménez, Carlos Andrés Hernández y Luisa Fernanda Arbeláez

Diálogos de paz, cotidianidad en guerra

Desde el fin del cese al fuego unilateral por parte de las Farc, volvieron las acciones armadas en medio de las cuales se ha desarrallado casi todo el proceso de paz.

Bajas_FARC

Después de un mes del fin al cese unilateral al fuego por parte de las Farc los ataques han aumentado considerablemente. Mientras tanto se sigue negociando en La Habana.
Fotos: Fedayin17 y Presidencia de la República.

 

Por Jacobo Ortiz / @eldelarasta en Twitter

La gente del corregimiento de El Mango en el municipio de Argelia, Cauca, tuvo suficiente. Es una población que vive asediada por la guerra, el frente 60 de las Farc hostiga constantemente la austera estación de Policía del caserío, y es que ésta es una de las poblaciones más afectadas de uno de los departamentos más heridos por el conflicto armado en Colombia.

El martes 23 de junio los pobladores, armados con retroexcavadoras, derribaron los bultos de arena que sirven de protección a los policías con la intención de retirarlos de su pueblo, ¿la razón? No quieren seguir estando en la mira de la guerrilla y consideran que por la presencia de los uniformados tienen que soportar el calor del conflicto.

Este caso es uno de varios que despiertan las alarmas alrededor del conflicto en las últimas semana. La quema de buses en Antioquia, los derrames de crudo y el ataque al helicóptero Black Hawk de las fuerzas militares en Norte de Santander son algunos ejemplos que muestran el recrudecimiento de la guerra.

Todo parece apuntar a que el fin del cese al fuego unilateral es un determinante clave para explicar esta agresiva oleada de las Farc. Una investigación de la Fundación Paz y Reconciliación revela que durante los cinco meses de pausa en el accionar guerrillero hubo una significativa reducción en los ataques armados, con relación a otros años.

Pero esto no quiere decir que las acciones cesaron totalmente. La Fundación resalta 12 violaciones de la tregua, una de ellas dejó 10 militares muertos en Buenos Aires, Cauca. Por su parte, el Ejército hostigó a la guerrilla en 79 ocasiones.

A pesar de estos hechos, el informe deja clara la disminución en el accionar del grupo subversivo: “Se pasó de posibles 895 acciones armadas, que se realizaron en promedio en los primeros cinco meses del año 2011 a 91 acciones en los cinco meses de tregua entre finales de 2014 y 2015. Es decir, se presentó una reducción cercana al 90%”, señala el balance.

Aunque esos resultados son bastante positivos, la idea de un cese al fuego bilateral parece todavía un tabú, lo cual es preocupante tras casi tres años de diálogos. Esta situación hace ver el desescalamiento del conflicto como algo todavía lejano.

“Un cese bilateral es lo mejor que le puede pasar a este proceso de paz, pero es inviable políticamente, el presidente Santos va a tener presiones de sectores como el uribismo y el costo político de hacerlo ahora es muy alto, es posible que se de en unos cinco o seis meses, pero en este momento es imposible”, apunta Ariel Ávila, subdirector académico de Paz y Reconciliación.

Entonces, esa posibilidad parece improbable si se tiene en cuenta la sensación de inseguridad que se ha producido alrededor de los diálogos, “la confianza en las partes en medio de la negociación está dañada pero es recuperable, el problema es el apoyo popular al proceso y recobrar eso es muy difícil, negociar en medio del conflicto es algo que no está claro para la población”, señala Ávila.

La opinión de las Fuerzas Militares permanece en el escepticismo, teniendo en cuenta la ofensiva reciente de las Farc, “tanto el gobierno de Santos como la guerrilla deben mostrarse más serios a la hora de negociar, es impensado que se hable de paz allá mientras acá tumban helicópteros y arremeten contra la población civil”, opina Juan Carlos Feria, sargento retirado del Ejército.

Feria resalta el escepticismo que aún existente en las altas esferas de las Fuerzas Militares. “En el Ejército muchos no le ven futuro a estas negociaciones, sobretodo con lo que pasó en el fallido proceso del Caguán, eso tanto para nosotros los militares, como para el país fue una burla muy grande”, asegura.

Conclusiones de la fase diagnóstica del proyecto de Periodismo y memoria histórica

Los días 13, 14 y 15 de noviembre, en los municipios de Rionegro, Granada y Guatapé,  se realizó la socialización de los resultados del diagnóstico elaborado con medios de comunicación del Oriente antioqueño, como parte del proyecto “Periodismo sensible a los conflictos y memoria histórica” realizado por la Deutsche Welle de Alemania y la Facultad de Comunicaciones de la Universidad de Antioquia. Durante los encuentros, se socializaron las siguientes conclusiones:

De los 80 medios identificados en el Oriente antioqueño se encuestaron 66, muchos de los cuales tienen su área de cobertura en los municipios cercanos a Medellín. La radio y la prensa son los formatos con mayor presencia en la región, y los periódicos que circulan por los distintos municipios no son de periodicidad diaria. 18 medios son televisivos, que desarrollan contenidos propios pero escasos.

La gran mayoría de los medios encuestados, 51 de 66, tienen presencia en Internet, pero no han sabido utilizar adecuadamente las herramientas digitales. De igual forma, ninguno de los medios cuenta con estudios de audiencia que les permita saber cuál es el potencial de espectadores.

Un amplio porcentaje de los medios de comunicación del Oriente antioqueño encuestados tiene más de diez años de existencia. A excepción de los medios digitales que surgieron en los últimos cinco años, los otros se han posicionado hasta convertirse en emisoras, canales de televisión o periódicos tradicionales en la región.

Por lo general las personas que trabajan en estos medios ejercen el periodismo y la comunicación de manera empírica, para cualificar su trabajo participan en espacios que se abren gracias a la presencia de Red Antoquia y Asenred en la región. Los temas que abordan varios de estos medios giran en torno a la cultura, la educación y el deporte.

Los medios que se dedican a cubrir temas de conflicto armado y memoria histórica se limitan a dar reportes y a informar sobre procesos que favorecen a las víctimas sin definirse editorialmente; los que lo hacen son muy pocos. Consideran que estas temáticas tan delicadas deben ser abordadas con suma responsabilidad y no tienen la preparación adecuada. Para otros pocos medios, estas problemáticas no hacen parte de su agenda informativa.

Por las dinámicas del conflicto en el país que en este momento atraviesa una etapa de negociación, y al ser el Oriente antioqueño una región tan golpeada por las confrontaciones armadas, los representantes de los medios de comunicación son conscientes y manifestaron que es necesario recibir capacitaciones y asesorías para abordar dichos temas.

Rueda la pelota en el barrio Trinidad

En la década del 90, Medellín era considerada como una de las ciudades más peligrosas del mundo. Una ciudad violentada por enfrentamientos entre el Estado y los grupos armados, bandas o ‘combos’, que aterrorizaron a los ciudadanos del mundo, todo debido a la violencia asociada al narcotráfico.

Este conflicto armado estigmatizó a algunos barrios de Medellín, como es el caso del barrio Santísima Trinidad, más conocido como “Barrio Antioquia”, ubicado cerca del Aeropuerto Olaya Herrera, en donde ese señalamiento fue, y es, un problema que perturbó la vida y la integridad de la comunidad

Hoy el barrio ofrece varias alternativas sociales que ayudan a cambiar el estigma que aún lo marca.  La integración y la música se lleva a cabo en la Casa de Cultura, que busca la socialización entre la ciudad y el barrio Trinidad.

También, cerca del Aeropuerto Olaya Herrera, se puede encontrar la biblioteca Manuel Mejía Vallejo, que presta sus instalaciones para la lectura, y la facilidad de computadores para que estudiantes consulten y hagan sus deberes.

Otro punto que ha ayudado a la población es la renovación de canchas por parte del Inder (Instituto de Deportes y Recreación de Medellín), que ha facilitado que niños, jóvenes y adultos encuentren en el fútbol una pasión y ayude a sus jóvenes a estar lejos de actos delincuenciales.  Este último punto ha tenido una gran acogida por parte de los ciudadanos, ya que en su historia también es señalado como un barrio futbolero del que salieron grandes futbolista como Edwin Cardona, Libardo Vélez, Néider Morantes y “Caliche” Jiménez.

El Clubanti, (Club Barrio Antioquia), es un proyecto que surgió en el barrio gracias  a la misma comunidad. Hoy, el director del club, Jhon Angel Yanes Cossio, cuenta que la iniciativa  ha tenido buena acogida en la misma sociedad  a pesar de tener poco tiempo en las canchas, demuestra una buena evolución y aceptación, al contar con más de 100 jóvenes no solo del sector sino de barrios aledaños.

Como padre de familia, Julio César Acevedo observa el proceso que ha tenido el club y la unión que se ha venido presentando entre la población. Tiempo atrás, la violencia separó el barrio Santísima Trinidad y aparecieron fronteras invisibles, que impedían transitar el sector con tranquilidad.

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Entre tanto,  Jhon Angel dice que Clubanti es una posibilidad de sacar a los niños de las esquinas para que en el fútbol encuentren una  perspectiva diferente de vivir.

En la actualidad, varias divisiones del club se encuentran jugando ligas como la sub 14 y sub 16, mientras que la sub 12 ha sido invitada para jugar en New York . Esto ha unido a toda la comunidad -han hecho rifas, bazares, entre otras cosas- para poder cumplir los sueños de todos los jóvenes prometedores del fútbol: representar su barrio con la cabeza en alto.

 

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Actor, diseñador de cortes de cabello y buen ejemplo de Santísima Trinidad

Julio César Acevedo padeció el estigma del barrio Santísima Trinidad. Hoy trata de cambiar esa imagen barrial por medio de sus historias y la actuación.

De joven participó indirectamente en la violencia del narcotráfico entre bandas. Vio a sus amigos morir, a otros irse fuera del país para no ser asesinados. Conoció de fondo las problemáticas del barrio y hoy incentiva a los jóvenes para que cambien el estilo de vida por medio de sus historias, que lo convirtieron en un actor empírico del barrio.

Se interesó por ser barbero y comenzó a motilar a sus amigos, sin saber que ellos se convertirían en su fiel clientela y él en el confidente de sus historias. Creó su propia barbería Uptonw al lado de su amigo Carlos Andrés Muñoz, quien también sintió como la violencia de los 80 le arrebataba a sus seres queridos. Artistas nacionales e internacionales prefieren llegar a la barbería, antes que otro lugar, según Julio por la energía positiva que se maneja y la igualdad con que se trata a cada persona.

A parte de ser un profesional como barbero, tiene otro talento que se ha convertido en una pasión: actuar. No tiene estudios de arte dramático, sin embargo comenzó con talleres básicos de actuación en el 2011 gracias a la película “En Coma” de Juan David Restrepo, en la que se incentivó a los jóvenes a participar y a explotar todo el talento.

También trabajó para la serie de televisión “Pablo Escobar, el patrón del mal”, interpretando un sicario apodado “La costra” y posteriormente en el microprograma “El crimen no paga”, del canal Teleantioquia. Así, varios amigos siguen los pasos de Julio, un hombre que decidió tener  retos que le permitieran confrontarse a sí mismo y enorgullecer no solo su nombre sino  la reputación del barrio.

Julio César aprendió a combinar la barbería y la actuación, profesiones con diferentes conceptos pero ligadas para la historia del sector. Mientras surge una nueva oportunidad para actuar, sigue motilando a los habitantes del barrio, relatando su proceso evolutivo y escuchando las historias de personas que depositan la confianza en un hombre que por vivir en la violencia del barrio Santísima Trinidad, se perfiló como un actor natural.

Así es el trabajo de Julio César

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Diálogos de La Habana, ¿hasta cuándo durará la gasolina?

Los comunicados de las Farc y del Gobierno indican tensiones en las negociaciones llevadas a cabo en La Habana y suscitan especulaciones sobre el futuro de tales diálogos de paz.

Aunque el presidente Juan Manuel Santos ha reiterado en varias ocasiones que el proceso no atraviesa una crisis y que no se debe prestar atención a los comentarios que surjan por fuera de las mesas de negociación, sectores políticos, académicos y, en general, la sociedad civil parecen no tener la misma percepción.

Este es quizá el momento más difícil que ha atravesado el proceso de diálogos desde su inicio el 18 de octubre de 2012.

El representante a la Cámara, Iván Cepeda, cree que el anuncio inicial de ‘Timochenko’ en torno a que las Farc revelarían asuntos confidenciales que se han tratado en Cuba, es propio de las tensiones que hay, pero que frente a tales situaciones se debe tener serenidad para no afectar el avance del proceso. “Habrá  un momento en que el Gobierno y las Farc tomen la decisión de que [lo acordado] sea de conocimiento público. Hasta ahora, el jefe de las Farc ha dicho que no va a ser público los asuntos que tienen que ver con la manera en cómo se han desarrollado los diálogos”.

Sin embargo, mientras llega el momento de votar por un referendo que apruebe lo discutido en Cuba y se hagan públicos los acuerdos entre ambas partes, los ciudadanos no parecen ser los mas interesados en el tema. La sociedad civil colombiana más habituada a la guerra y al conflicto que a otros escenarios, en ocasiones ve con indiferencia los diálogos que se adelantan, pues han sido discusiones de meses a puerta cerrada, donde se desconoce lo acordado hasta el momento y que sustancialmente constituyen otro intento más del gobierno de turno por lograr la paz.

Ver aquí: línea de tiempo de los diálogos para la terminación del conflicto

Maria  Jimena Duzán, periodista y analista política así lo reconoce en uno de los debates de Demopaz: “Somos un país acostumbrado a la guerra”. Duzán hace alusión al proceso de paz, el cual “está montado de tal forma que nadie puede saber nada, sino hasta que se termine la negociación, entonces no hay información sobre cómo va y la que tenemos no es de la mesa, si no de afuera de la mesa, y lo que dice afuera de la mesa es horrible”.

Según la última encuesta Colombia Opina, realizada por la firma Ipsos Napoleón Franco, los colombianos se encuentran divididos frente a lo que esperan sean los resultados del proceso de paz adelantado en La Habana. Ante la pregunta sobre si se sienten optimistas o pesimistas de que los diálogos concluyan en un acuerdo de paz y que la guerrilla se desmovilice, las respuestas están segmentadas en promedios casi iguales, pero con una leve tendencia al pesimismo.

Teniendo en cuenta que el trabajo de campo de dicha encuesta se realizó entre el 12 y 14 de abril de 2013, actualmente existe la posibilidad de que haya un mayor grado de pesimismo por parte de los colombianos debido a las tensiones de las últimas semanas entre las Farc y el Gobierno, y al lento avance de un proceso que se encuentra  a punto de cumplir un año, cuando en un inicio sólo se proyectaba que fuera de unos meses.

Ante las dilataciones y altibajos que ha tenido el ciclo de negociaciones, múltiples son los comentarios que surgen alrededor del tema sobre la ruptura de confianza si las Farc llegan a romper el pacto de confidencialidad. Álvaro Sierra, editor jefe de la revista Semana, cree que las coyunturas hasta el momento no han sido lo suficientemente fuertes para pensar en un resquebrajamiento dentro del proceso de paz. Además, se muestra a favor de la confidencialidad de los acuerdos: “¿Qué proceso exitoso en el mundo no ha sido confidencial? Acá en Colombia estamos acostumbrados que todo tiene que ser ante las cámaras”.

Aunque el tema de la paz se mantiene dentro de la agenda pública, está lejos de considerarse uno de los problemas principales del país, dentro de la percepción general de los ciudadanos. La encuesta Colombia Opina muestra que el desempleo y la inseguridad ciudadana son los temas que más preocupan a los colombianos mientras que la violencia, o el hecho de que no haya paz, se encuentra en el sexto lugar en orden de importancia.

Más de cinco millones de ciudadanos son víctimas de la violencia, y pese a que el proceso de paz es de gran importancia para lograr una reparación integral, la mayoría de ellos no se sienten lo suficientemente representados en la mesa de diálogos.

“Esta debe ser la cien mil vez que a gritos decimos que el proceso de La Habana no puede ser fructífero, y la voz de las víctimas no está ahí de frente. No podemos plantear soluciones de cosas que no hemos vivido”, dice Luz Amparo Mejía, representante de víctimas de la Asociación Madres de la Candelaria.

Ella afirma que son los combatientes quienes se sientan a pactar la paz, sin la vocería de los afectados por la guerra, y que el proceso de reparación a las víctimas del conflicto por parte del gobierno se resume a la entrega de una carta-cheque. “Metieron a la gente en el cuento de: ¿en qué número van a ver si me van a pagar? ¿Alcanzaré yo la plata?”. Para Luz Amparo la reparación psicológica de cada individuo y el tejido social que conforman está completamente abandonada.

Esta lógica se complementa con lo dicho por Maria Jimena Duzán, dado que el país está habituado a la guerra que la manera de pensar una reparación se limita a lo económico, descartando una participación directa en el proceso de paz que se adelanta y desligándose así de un tema transversal a la sociedad colombiana.

220 mil muertos ha dejado el conflicto armado en Colombia

El 24 de julio de 2013, el Centro de Memoria Histórica presentó su informe “Basta ya: memorias de guerra y dignidad”. Con este pretende que la sociedad colombiana se concientice de la importancia que tienen las víctimas en el conflicto colombiano.

Cinco días después, el ministro del interior Fernando Carrillo anunció que las víctimas tendrán un representante en las conversaciones que se están desarrollando en la Habana con la guerrilla de las Farc.

Rafael Ríos era un campesino de la vereda San Agustín del municipio de Yolombó. A sus 70 años era dueño de una pequeña finca donde tenía unas cuantas vacas flacas y unos caballos criados casi silvestremente, pues él ya no tenías las fuerzas suficientes para domarlos. Sus pasiones: el juego de dominó y los gallos. Toda su vida había sido amante de los gallos. En su finca había más de dos docenas de gallos de pelea a los cuales alimentaba de la mejor manera posible.

Todos los primeros jueves de cada mes salía al vecino municipio de Amalfi a su feria tradicional de ganado. Una hora y media a caballo con los gallos metidos entre costales de fibra plástica con un hueco para que sacaran la cabeza. Después de dos horas en una ‘chiva’ para llegar hasta el pueblo, allí aprovechaba para jugar a los gallos.  Ganaba casi siempre. El viejo “Fingo Ríos”, como era conocido por sus amigos, tenía unos gallos muy buenos.

El 5 de septiembre del 2000, a las 3:00 de la tarde, llegaron tres sujetos vestidos con prendas de policía, encapuchados y fuertemente armados a la finca de “Fingo”. Le dijeron a su esposa que esperara dentro de una de las habitaciones y a él lo hicieron salir a unos cuantos metros de la casa. Junto a un árbol de pino, que él mismo había sembrado hacía muchos años, tres disparos de fusil acabaron con la vida de un viejo, de un colombiano más.

El crimen se le atribuye a la hoy extinta cuadrilla Héroes de Anorí de Eln. Lo acusaban de ser colaborador de los paramilitares que tenían sede en el municipio de Amalfi.

Como la muerte de Rafael Ríos son más de 220 mil las que a lo largo del conflicto colombiano han causado los diferentes grupos armados. Esa es la cifra aproximada que entrega el Centro Nacional de Memoria Histórica encabezado por Gonzalo Sánchez y Martha Nubia Bello en su informe “Basta Ya: Memorias de guerra y dignidad”. El documento presentado a todo el país el pasado 24 de julio de 2103 pretende que a los colombianos no se les olvide las victimas que ha dejado el conflicto durante más de cinco décadas.

El informe, según observa el prólogo elaborado por Gonzalo Sánchez, “intenta romper con las visiones reductoras de la violencia que condensan en coordenadas morales (los buenos y los villanos) la complejidad de lo que hemos vivido. La larga trayectoria del conflicto y las transformaciones de sus actores, junto a las transformaciones sociales e institucionales, clausuran toda pretensión de un relato monocausal que reduzca la continuidad de la violencia o su solución a la sola acción de los perpetradores o a un ejercicio de condena moral.”

Durante los últimos años, el Centro de Memoria Histórica ha venido desarrollando investigaciones sobre las víctimas que ha dejado el conflicto armado. Es así como ha realizado informes sobre las masacres de El Salado, Trujillo, la Rochela, Segovia y Remedios, entre otras. Con esas investigaciones se busca crear conciencia sobre la importancia de hacer memoria y de tener a las víctimas en cuenta para la solución del conflicto.

Martha Nubia Bello, coordinadora del informe dice en la introducción: “Solo si la sociedad hace suya las causas de las víctimas y las reclama y las defiende, se hace también constructora y merecedora del apelativo de sociedad democrática que le garantiza su derecho a vivir con dignidad.”

Desde 1980 hasta el año 2012 ha habido en el país 1.982 masacres. Las principales características en cada una de ellas, según el Centro de Memoria Histórica, es el asesinato de cuatro personas en presencia de otras como espectáculo de horror y total indefensión de las víctimas.

 

Las cifras

Dora y una búsqueda de 13 años sin resultados

El 18 de agosto del 2000, en Bello, unos hombres vestidos de civil y algunos con capuchas negras se bajaron de unas camionetas blindadas e irrumpieron en algunas casas del sector de Cabañas.

Everardo de Jesús Carvajal, de 30 años, estaba en la casa de su madre con un vecino y al ver las camionetas corrieron huyendo a la casa de su amigo y se escondieron debajo de la cama, narra Dora Carvajal, hermana de Everardo y vicepresidenta de la Corporación Madres de La Candelaria.

Los hombres que llegaron en las camionetas, se identificaron como pertenecientes al grupo paramilitar bloque Metro (aunque la Fiscalía afirma que en esa zona operaba el bloque Cacique Nutibara), fueron a la casa del vecino de Everardo y lo sacaron de debajo de la cama, para luego romper los cables del teléfono y arrastrarlo a la fuerza hacia las camionetas.

Acto seguido fueron a la casa de la madre de Everardo y de Dora, Ana Livia Bermúdez de Carvajal, de 67 años, que se encontraba con las puertas abiertas. Al entrar los paramilitares, la nieta de Ana Livia se puso a llorar. Los hombres le dijeron “o la calla o se la callamos” y ella obedeció.

Entre el arrullar a la niña y temer por su hijo, Ana Livia preguntó qué querían, qué estaban buscando y los hombres sólo callaban, hasta que en un momento ella, miró a uno de los que estaban sin capucha y le dijo “yo a voz como que te conozco” y con tono agresivo, uno que estaba en la puerta le dijo “tráigase a esa vieja también” y se la llevaron.

Hace 13 años que este hecho ocurrió y aún Dora Carvajal no ha recibido ningún tipo de noticia de sus familiares. A pesar de haberlos buscado y haber cambiado gran parte de su rutina por encontrarlos, aún no logra respuesta ni ha accedido a ningún tipo de contacto.

Dora cree que su hermano es el culpable, que era por él que venían los paramilitares y por su culpa fue que se llevaron a su madre. “Yo pensé que en qué estaría él, en qué estaría involucrado, muchas cosas, son muchos interrogantes que le quedan a uno”.

Everardo era vendedor ambulante y eventualmente trabajaba en fincas, se sabe con seguridad que llegó hasta octavo de bachillerato. No tenía esposa ni hijos ni un sitio estable donde vivir. En el momento en que los paramilitares se lo llevaron vivía con su madre y tenía neumonía.

La madre de Everardo, Ana Livia, era en el momento ama de casa, pero había criado marranos en Apartadó desde que estaba casada con su esposo, pero tras la muerte de este en 1996, sus hijos quisieron que ella viniera a vivir a Medellín, pero sólo accedió cuatro años después, en junio del 2000, dos meses antes de que se la llevaran los paramilitares.

Ana Livia sufría de asfixia, era asmática, tenía la presión alta y era hipertensa. De los 4 hijos que tuvo, a una la mató un vecino que pretendía matar a su esposo pero ella intercedió, otro fue asesinado por los opositores de la Unión Patrióctica por ser sindicalista y estar en un lugar donde no debía.

Ahora Dora lo único que hace es cuidar a su nieta y esperar a que su denuncia por desaparición forzada ante la Fiscalía le genere algún resultado. A parte está en todos los grupos de víctimas que la convencen de seguir su causa. Es vicepresidenta de la corporación Madres de La Candelaria, es parte de organizaciones como Soy Comuna 13 y pertenece al grupo Mujeres Escarbando la Verdad y Desenterrando la Justicia.

También hace parte del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes del Estado (Movice). “Para mí son crímenes del Estado porque ellos son desaparición forzada y no fueron secuestrados y además fueron víctimas de los paramilitares que están con el Estado”.

Aparte de ser activa en este tipo de organizaciónes, Dora busca constantemente a su madre en hospitales, ancianatos, en el anfiteatro. Incluso en el 2004 vendió su casa para poder llegar a Apartadó, de donde recibió una llamada diciendo que habían encontrado a su madre pero que no tenía memoria, pero cuando llegó allá y la buscó no había rastro de alguien con las características de Ana Livia.

Frente a la reparación que ofrece la Ley de Víctimas, Dora declara: “muy rico la reparación, porque estamos muy necesitados, pero yo lo que quiero es la verdad, encontrarlos, saber de ellos, me da rabia que me pregunten si ya me los pagaron porque yo nunca los he vendido”.

Periodismo III (Judicial)

No podrán con Ricardo Calderón, no podrán con el periodismo

Si se teclea “Ricardo Calderón” en Google la búsqueda arroja más de 12 millones de resultados en 0,14 segundos. Pese a que un par de esos millones son imágenes, ninguna corresponde al Ricardo Calderón periodista que ha destapado escándalos tan determinantes en la vida nacional como el de las Chuzadas del Das y la base militar de Tolemaida, que apenas son la punta del iceberg del trabajo de quien muchos consideran el reportero más valiente de Colombia. La razón de su anonimato parece obvia: proteger su vida.

Pese a eso y a que muchos de los miles de artículos que ha escrito no llevan firma, su vida estuvo en juego el miércoles en la noche, cuando un par de sicarios lo abordaron en la carretera de regreso a Bogotá, después de que Calderón intentara entrevistarse con fuentes para una investigación que adelanta para Semana. Salió ileso aunque el carro de su esposa, donde se movilizaba,  fue agujereado con cinco impactos de bala.

Carlos Cárdenas, periodista de Noticias Uno y amigo de Calderón desde hace muchos años asegura que el relativo anonimato de su colega no se limita a asuntos de seguridad, sino que responde a su personalidad introvertida y desinterés frente al reconocimiento público. “Él es tan sencillo que no mide la altura de sus investigaciones. Ricardo se sale de lo común y consigue material que ni el mismo espera”.

El 24 de agosto de 2012, Daniel Coronell escribió de Calderón: “Ricardo tiene 41 años, un desvencijado BMW apenas dos años menor que él, 350.000 folios por leer y un disco duro de siete terabytes. Llegó a Semana en 1994 como practicante de la sección de Deportes y desde esa época ha estado condenado a hacer lo que nadie más quiere”. Y líneas más adelante agrega: “Por su trabajo ha tenido que padecer -en abnegado silencio- amenazas de muerte e intentos de desprestigio. También ha sido premiado 12 veces en Colombia y en el exterior. Ha vivido florecientes períodos en los que la revista quiere investigar y otros en los que quiere menos”.

Y nunca ha dejado de ser así. Según Cárdenas, Calderón aún tiene cosas guardadas sobre la investigación de Tolemaida. “Según me enteré por él mismo, habló con tres generales de la República para que el Ejército colaborara con sus investigaciones. Esa información no la ha compartido con nadie más y yo estoy a la expectativa de lo que pueda ser su próxima publicación”.

Para Juan Diego Restrepo, columnista de Semana.com, “es inevitable inferir que el atentado fue fraguado por la fuerza pública, particularmente el Ejército, por las denuncias hechas sobre Tolemaida”. Agrega que aunque hay temor  y expectativa en la revista son sensaciones momentáneas porque son cosas que se contemplan cuando se hace un periodismo que destapa ollas podridas.

Resulta contradictorio que este atentado suceda a pocos días de la conmemoración del Día Internacional de la Libertad de Prensa. Según la Fundación para la Libertad de Prensa, Colombia ocupa el vergonzoso puesto 117– de 196- en violaciones como amenazas, secuestros y asesinatos contra periodistas.

Para el periodista Alberto Donadio, el temor nunca se ha ido del ejercicio periodístico, pues “el Estado colombiano comparte el monopolio de la fuerza con particulares y grupos ilegales”.  Además, en muchos casos, como en el de Calderón, según las sospechas de Restrepo, el Estado se convierte en un verdugo de los periodistas críticos.

Lo que hace Calderón es lo que todo periodista tendría que hacer siempre: investigar, solo que él lo hace en un grado supremo porque su ejercicio de investigación es profundo y revelador y cosas como éstas siempre tendrán que incomodar a alguien.

Este suceso de violencia trae a la memoria tragedias pasadas y aun impunes –Colombia es quinta en índice de impunidad en crímenes contra periodistas según el CPJ– como el asesinato del director de El Espectador Guillermo Cano Isaza, no solo por el hecho como tal sino también por la reacción de los medios de comunicación, el gobierno y buena parte de la sociedad que han manifestado su rechazo categórico al ataque y su defensa de la libertad de expresión. Según Azael Carvajal, presidente del Círculo de Periodistas de Antioquia “solamente en la medida que nos unamos como sociedad podremos repudiar estos actos”.

Mientras tanto Ricardo Calderón recibe correos y llamadas amenazantes. “Él está muy preocupado con lo que le sucedió pero no se va a detener”, concluye su amigo Cárdenas.

El conflicto, un juego de niños

En su niñez, Pablo Escobar jugaba al escondite y a los pistoleros. Así lo cuentan sus biografías. Estos son algunos de los pasatiempos con los que comúnmente crecen los niños en Medellín. Sin embargo, en los últimos años la frontera entre el juego y la realidad se ha desdibujado a causa de la vinculación de los niños al conflicto armado de la ciudad.

En los noventas existía una gran preocupación por las generaciones de jóvenes que se estaban perdiendo en el conflicto. Figuras como la del sicario, que se convirtieron en símbolos, fueron contadas, por ejemplo, por Alonso Salazar en No nacimos pa’ semilla, o por Fernando Vallejo en el libro que luego sería llevado al cine, La virgen de los sicarios. También lo contó la periodista mexicana Alma Guillermoprieto en Medellín, 1991, un reportaje que comenzaba con una sentencia escalofriante: “A todos los pelados de por aquí los están matando. Todos vamos a morir”.

Casi veinte años después, la historia parece ser la misma, pero ahora los afectados, los que se van a morir, los que no parecen haber nacido pa’ semilla, son los niños, que entre juegos y chanzas, terminan inmiscuidos en un conflicto que no da tregua ni gloria. Quienes eran conocidos como ‘los muchachos’ “fueron elevados para estos niños, muchas veces, a la dignidad de ser figuras de identificación: querían ser como ellos”, según afirma Mario Elkin Ramírez, psicólogo de la Universidad de Antioquia. Estos ‘Muchachos’ actuaban de manera ilegal, pero eran legítimos para la comunidad. Tenían tanto poder que los buscaban para resolver situaciones familiares donde los padres ya no tenían autoridad.

Todavía son llamados ‘los muchachos’, pero cada vez son más pequeños.

La investigación Dinámicas de Guerra e Iniciativas de Paz en la Comuna 13, en la que participó Mario Elkin, reveló que los niños pasaron de ser testigos reconociendo los cadáveres, a ser los actores principales del conflicto. Explica que a los menores no les importan las ideologías, “cuando un niño se involucra en un grupo lo que le importa es el prestigio de una arma”.

Sin tener una estructura de personalidad formada, los menores seguían el modelo de los ‘Muchachos’, como afirma Luz Adriana Araque, psicóloga de la Universidad San Buenaventura. Esto interrumpía la latencia (el punto intermedio entre la niñez y la adolescencia), lo cual era aprovechado por los grupos armados para formar verdaderas máquinas de guerra, así lo explica Mario Elkin desde el psicoanálisis.

Además de las incidencias directas del conflicto, la manera en que los niños ven el mundo a través de la televisión también viene ocupando un lugar en la agenda. La aparición y el éxito de novelas con temática narco, desde Sin tetas no hay paraíso, pasando por Las muñecas de la mafia, Escobar, el patrón del mal, El capo, y la más reciente y controvertida, Los tres caínes, casi todas en horario familiar, han despertado la preocupación por el consumo de televisión de los niños.

Aunque los productores y libretistas argumentan el valor educativo y ejemplificante de estas telenovelas, parece que los niños no reciben elementos de juicio suficientes para juzgar. Hace algunos meses, se viralizó por redes sociales este video, donde se preguntaba a niños de las comunas 8 y 13 por algunas de estas producciones.

Sumado a esto, el año pasado también hubo preocupación por la popularización de un álbum de Pablo Escobar en los barrios populares de la ciudad, (ver artículo de El Tiempo), donde los niños pegaban y coleccionaban ‘caramelos’ de la vida del narcotraficante, tal como sucedía antes con personajes de dibujos animados.

En marzo de este año, el diario El Tiempo publicó un especial multimedia en el que contaba que una lideresa comunal de la Comuna 8 había tenido que enfrentarse a niños de entre 10 y 13 años para que dejaran de intimidar a los vecinos. Los niños constituyen en este momento la base de las estructuras delincuenciales de la ciudad, a través de tareas menores con las que se comienzan a involucrar en el conflicto, a ganar dinero y prestigio.

Mario Elkin Ramírez cuenta que, debido a las figuras de identificación en que se convirtieron ‘los muchachos’, los niños “querían ser guerreros, y por eso eran vinculados, primero haciendo mandados (los que llamaban los ‘carritos’), pero también les prestaban el arma para que la guardaran”. Añade que, en ocasiones, les pagaban hasta 2 millones de pesos para que asumieran asesinatos que no habían cometido, pues al ser menores de edad, solo tenían que pasar un tiempo en un centro de reclusión para menores, y no recibían todo el peso de la ley que podría recaer sobre un adulto. Allí comenzaba una carrera criminal.

Cómo enfrentar a las bandas delincuenciales cuando hay niños en sus filas, o cómo prevenir el reclutamiento bajo unas condiciones culturales tan adversas son algunos de los retos e interrogantes que deben responderse el país y la ciudad hoy. No se está hablando de reclutamiento forzado, sino de niños que crecen con la idea de participar en el conflicto, y que efectivamente lo hacen si no encuentran otra opción.

Mario Elkin asegura que, para evitar que los niños se involucren en el conflicto, los hombres de la política deben “crear un nuevo modelo de identificación, con condiciones materiales y oportunidades materiales”.