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Dos medallas olímpicas y un Parque Estadio que no avanza

El Parque Estadio Caterine Ibargüen está en los planes de los urabaenses desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012. En la actualidad es el centro de una controversia política.

Dayana Martínez Sevilla (dayana.martinez@udea.edu.co)
Sebastián Puerta Ortiz (sppuerta@gmail.com)
El Diamante de Beisbol debería haber sido entregado el pasado mes de octubre. Sin embargo, las obras continúan y no hay una fecha precisa para su culminación. Foto: Leidy Salas.

El Diamante de Beisbol debería haber sido entregado el pasado mes de octubre. Sin embargo, las obras continúan y no hay una fecha precisa para su culminación. Foto: Leidy Salas.

Los Juego Olímpicos de Londres 2012 fueron históricos para Colombia y, en especial, para Urabá. En esas justas, Caterine Ibargüen se convirtió en la primera deportista de la subregión en ganar una medalla olímpica. El revuelo fue tal que, desde ese momento, empezaron las promesas de nuevos escenarios para mejorar las condiciones de entrenamientos de los deportistas de la zona. El anuncio más importante fue el de un proyecto para construir en Apartadó un parque estadio de atletismo que llevaría el nombre de Caterine quien, cuatro años después, en Río 2016, consiguió su segunda medalla y la primera de oro para la región. Sin embargo, ni así ha sido posible destrabar las obras.

“Inicialmente, se hizo un evento con Coldeportes y con el Comité Olímpico después de los Juegos de Londres 2012. Este evento se hizo como reconocimiento a los deportistas que nos representaron en estas justas, fueron 14 en total, y allí aprovechamos para mostrar a estas instituciones las condiciones en las que se encontraban los escenarios en Apartadó en los que se entrenaban los jovencitos que se estaban proyectando para reemplazar a Caterine Ibargüen y a los otros deportistas de la subregión”, recuerda Felipe Cañizales quien, para la época, era el gerente del Instituto Municipal de Deportes de Apartadó.

Fue luego de ese evento cuando el presidente Juan Manuel Santos aseguró que el Gobierno Nacional aportaría los recursos necesarios para las obras. El anterior alcalde de Apartadó, Luis Gonzalo Giraldo, dice que “se buscó que fuera en un lugar donde realmente tuviéramos la necesidad de espacios deportivos; por eso se llevó al Barrio Obrero. Inicialmente, se proyectó un estadio de atletismo; pero, además, en el mismo lugar, un estadio de béisbol. Al constatar las medidas, nos dimos cuenta que no era viable hacer las dos obras en este mismo proyecto. Por eso, debimos cerrarlas e iniciar el trámite de separación de los dos complejos deportivos; por un lado, el estadio de atletismo y, por el otro, el estadio de béisbol”. Así empezaron las complicaciones de un proyecto que continúa estancado más de cuatro años después de los primeros anuncios.

De cancha de sóftbol a estadio de béisbol

En el sitio donde se construiría el parque estadio, había una cancha de sóftbol que fue construida durante la administración de Osvaldo Cuadrado, en el periodo 20082011. El escenario había sido pensado como estadio profesional de este deporte; pero, realmente, se entregó una obra inconclusa que no cumplía con las medidas reglamentarias.

Fue por ello que, con la promesa de la construcción del parque estadio de atletismo, se pactaron también las obras de un estadio de sóftbol que haría parte de este nuevo escenario. Pero, más tarde, el proyecto se modificó y se anunció que, en realidad, se construiría un estadio de béisbol. Sin embargo, esa obra tampoco se pudo desarrollar.

“Al constatar las medidas y al verificar la información técnica en el año 2015 para avanzar en la ejecución del proyecto, nos dimos cuenta que no era viable. Por eso, nos tocó hacer la separación de las obras –comenta  el exalcalde Giraldo–. Nos tocó, inmediatamente, buscar otro sitio para el estadio de béisbol. Pero como ya se había firmado un convenio con el Departamento para la Prosperidad Social para los recursos, no podíamos salirnos de ese sector”.

Entonces, según explica el exmandatario, la administración hizo un canje con una empresa privada, de un lote de propiedad del municipio por otro con la capacidad requerida, también en el Barrio Obrero, donde pudiera ejecutarse la obra.

Los contratos

Pasaron más de tres años, desde que Caterine Ibargüen ganó la medalla en Londres, para que el 25 de septiembre de 2015 la Alcaldía de Apartadó firmara con la empresa Convial S.A.S. el contrato de construcción del diamante de béisbol por un valor de $3.907 millones. Dos días después, firmó con el Consorcio Estadio Apartadó 2015 el contrato para el Parque Estadio Caterine Ibargüen, con una inversión de $6.380 millones.

Entonces, la construcción del Parque Estadio comenzó el 10 de noviembre de 2015. Sin embargo, la obra se detuvo en dos ocasiones: “Cuando hubo cambio de administración suspendieron la obra, retomamos en abril y ese mismo mes se volvió a suspender por el contrato de interventoría. Se volvió a retomar a finales de mayo”, afirma Yonatan Vásquez, ingeniero interventor del proyecto.

Por otra parte, el 22 abril de 2016 empezó la construcción del Diamante de Béisbol que, según lo estipulado en los diseños, contará con camerinos, baños, sala de prensa, zona comercial, graderías, entre otros espacios, en un área que supera los 1.400 metros cuadrados. Sin embargo, las obras ya tienen un retraso de casi dos meses, pues en el acto de colocación de la primera piedra de la obra, el subdirector del DPS, Nemesio Roys, y el alcalde de Apartadó, Eliécer Arteaga, aseguraron que el estadio terminado sería entregado a la comunidad en octubre pasado.

Ahora, el problema es de recursos. De acuerdo con Henry Palacio, director del Imder de Apartadó, para el Diamante de Béisbol hacen falta cerca de $2.000 millones y para el Parque Estadio, $5.000 millones. Por esa razón, el funcionario sostiene que solo si el Gobierno Nacional desembolsa el dinero necesario para el escenario de atletismo, la obra podría estar terminada en su primera parte en la fecha prevista: finales de 2017.

La polémica

Parque Estadio Caterine Ibargüen

Según la Alcaldía de Apartadó, para el Parque Estadio y el Diamante de Beisbol faltan cerca de $7.000 millones que no fueron presupuestados al inicio de las obras. Fotografías: Leidy Salas.

En lo corrido de su periodo, el alcalde de Apartadó, Eliécer Arteaga, ha hecho varias declaraciones en las que asegura que la administración anterior calculó mal el costo de ambas obras. En una entrevista con un medio radial, dijo que “en ese momento, a las carreras, lo diseñaron y estructuraron y dijeron que el costo era de 6.200 millones de pesos. Hoy el parque no se ha terminado y en Coldeportes nos dijeron que no tienen plata para terminarlo”. Además, en septiembre le dijo al periódico regional El Heraldo de Urabá que “este era un proceso que estaba bastante enredado, porque ese proyecto inicialmente se planteó como una pista atlética recreacional”.

Sin embargo, esa afirmación no coincide con el objeto del contrato firmado el 27 de septiembre de 2015 para el “suministro, transporte e instalación de pista atlética standard de 8 carriles (…). Tapete última generación (…). Demarcada  con  todas  las  normas. Homologada  y  certificada  IAAF,  para campeonatos  Mundiales  y  olímpicos. Colores por acordar. Incluye carril salto largo, triple, garrocha y zona salto alto”. En otras palabras, el  contrato inicial por $6.830 millones sí estipulaba la construcción de una pista profesional.

Sin embargo, Henry Palacio, gerente del Imder Apartadó, insiste en que faltan recursos. “En el parque estadio faltan casi $5.000 y en el estadio de béisbol $2.000 millones. Es un proyecto que no está bien calculado, no sabemos qué pudo haber pasado. Inicialmente, decían que estaban los recursos; pero cuando llegamos nos damos cuenta que es falso. Este gobierno no cambió de constructor ni de interventor, no cambió a nadie”, dice el funcionario.

Por su parte, Felipe Cañizales, el exdirector de esa misma dependencia, asegura que los cálculos fueron desarrollados por expertos tanto de las firmas contratistas como de Coldeportes: “No entendemos cómo descubren que hay esas falencias ocho o nueve meses después de firmado el contrato y de iniciada la obra. Nosotros creemos que algo no está bien porque estamos hablando de unos sobrecostos exageradamente altos. La comunidad en Apartadó y toda la dirigencia tiene que estar muy atenta. Ya instauramos las respectivas denuncias ante los entes de control para que hagan un seguimiento cercano o permanente a esas obras, de tal manera que se protejan los recursos que hay allí”.

Mientras se resuelve la controversia por los sobrecostos y aparecen los recursos que hacen falta, los deportistas y, en general, los habitantes de Apartadó parecen tener que conformarse con unas obras que avanzan a media máquina y que hoy, a pesar de los triunfos y las medallas de dos olimpíadas consecutivas, siguen siendo apenas una promesa.

Informe publicado en la edición 04 de De la Urbe Urabá

“La persistencia del conflicto es lo que mantiene firme a la Comunidad de Paz”

La Comunidad de Paz de San José de Apartadó representa lo que cuesta declararse neutral en medio del conflicto. Ha enfrentado la presencia de los actores armados en su territorio, incluso a los del Estado.

Alejandra Machado
alejandra225588@gmail.com
Comunidad de Paz de San José de Apartadó. Foto: Alejandra Machado.

La declaratoria de neutralidad y la creación de la Comunidad de Paz ocurrió en 1997, luego de dos masacres contra líderes del corregimiento de San José de Apartadó. Foto: Alejandra Machado.

La década de 1990 fue la más cruel en toda la racha de violencia que vivió San José de Apartadó. Para la fecha, las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá se sumaban a la disputa territorial entre el Ejército y las Farc, que había comenzado en los años 70 con el asentamiento del V Frente de las Farc en el corregimiento. Los enfrentamientos provocaron el desplazamiento de cerca de 1.000 campesinos hacia el Coliseo de Apartadó, asesinatos selectivos, masacres y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. El 23 de marzo de 1997, tras dos masacres perpetradas (septiembre 1996 y febrero 1997) por militares aliados con las autodefensas en contra de líderes campesinos señalados de ser guerrilleros, los habitantes de una pequeña porción de ese territorio crearon la Comunidad de Paz: tomaron distancia y se declararon neutrales frente a cualquier grupo armado, establecieron límites espaciales y pidieron a esas organizaciones, incluidas las fuerzas de seguridad del Estado, no transgredir los límites demarcados.

La Comunidad de Paz se estableció en el casco urbano de San José. Planeaban salvaguardarse unos cuantos meses hasta que el conflicto armado en la zona redujera su intensidad. Ya cumplieron casi 20 años esperando a que esa misma guerra termine.  A pesar de su posición de neutralidad, sus líderes actuales afirman que muchos de sus integrantes han sido asesinados por la guerrilla, los paramilitares y la Fuerza Pública. En medio de la disputa de los violentos por su territorio, los habitantes de la comunidad han sido señalados de ser colaboradores de uno u otro bando. Según sus propios registros, las acciones violentas suman más de 560 que incluyen más de 165 asesinatos. No aceptan delegaciones del Estado, no suelen recibir periodistas –dicen que los medios los han “estigmatizado”–, no presentan denuncias ante la Fiscalía. Ya no creen en las instituciones del Estado. Arley Tuberquia, miembro de la Comunidad, habló con De La Urbe Urabá sobre el papel de esa organización en el territorio, las implicaciones de declararse neutral en medio de la guerra y su posición ante el Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc.

¿Cuál es el papel de la Comunidad de Paz en el territorio?

La persistencia del conflicto es lo que mantiene firme a la Comunidad. La función de nosotros es buscar que los derechos humanos se respeten. Todos estos años han sido de mucho dolor y sufrimiento. Si sabemos que en cualquier vereda se están violando los derechos humanos y la gente pide acompañamiento, nosotros vamos. El derecho a vivir es de todos. Los paramilitares, el Ejército y la guerrilla han hecho masacres y torturas a la comunidad. Pero cuando dicen que hay paramilitares tirados, muertos, que se los están comiendo los gallinazos, nosotros vamos y los traemos porque ellos también merecen una cristiana sepultura.

La sociedad está paramilitarizada y lo que quiere es el triunfo de la muerte y de los asesinos.

En un contexto como el de San José de Apartadó, donde hacen presencia la guerrilla, los paramilitares y la Fuerza Pública, es inevitable que las comunidades tengan contacto con los actores armados. ¿Qué tipo de relación han tenido ustedes con ellos?

Sí se puede evitar cualquier tipo de relación. Hasta 2005, la comunidad estuvo en San José (casco urbano). Después de la masacre de siete miembros, Álvaro Uribe puso una base militar. Uribe que la pone y la comunidad que se sale. Nosotros dijimos que no íbamos a convivir con los asesinos y nos vinimos para acá, a San Josecito, a cinco minutos de la parte central del corregimiento. Hace un par de meses, la guerrilla fue a un asentamiento, colocó unos afiches donde está “Timochenko” con Santos dándose la mano; la comunidad los arrancó y les metió candela. Y hace un par de semanas los paramilitares fueron a Arenas Altas, se asentaron en la escuela y nosotros fuimos y les dijimos: ‘Se van. No los queremos aquí’. ¿A quién le pone uno la queja?, ¿qué va a hacer la Fiscalía? Se necesita valor y coraje, y más que eso, se necesita estar dispuesto a morir civilmente para defender nuestros derechos.

Cuando alias “Samir” se desmovilizó, habló de la Comunidad de Paz. Dijo que ustedes colaboraban con la guerrilla…

Ese tema es paradójico. Cuando “Samir” era comandante de la guerrilla, mató a varios miembros de la Comunidad porque, supuestamente, eran informantes del Ejército. Eso sí no lo dijo por los micrófonos. Asesinó a una señora en El Porvenir y a sus dos hijitos. Decía que la Comunidad era informante de los paramilitares, que éramos de las Convivir. Para nosotros, “Samir” es sencillamente un asesino, un tipo despiadado al que la Comunidad jamás se le quiso arrodillar; por eso nos cogió rabia.

Varias entidades del Estado dicen que ustedes son anti-institucionalidad, ¿por qué esa ruptura con el Estado?

Cuando la Comunidad se fundó daba muchas declaraciones ante la Fiscalía y todas las instancias judiciales. En esa época, nuestros líderes se reunían en la Brigada XVII con los altos mandos militares para poner denuncias. Y resulta que cuando volvían estaban los paramilitares esperándolos. ¿Cómo es posible que volviendo los mataran? En 2002, la Comunidad exigió que se creara una Comisión de Evaluación de la Justicia; eso duró como seis meses. Ante esa Comisión fueron como 120 personas a declarar, y al que no lo mataron, lo hicieron ir. Rompimos relaciones con el aparato judicial en el año 2004. La comunidad decidió no volver a declarar más; no tiene caso seguir yendo allá a que nos maten. Cuando ocurrió la masacre de 2005, rompimos relaciones con todas las instituciones. Únicamente se mantuvo una relación con la Defensoría del Pueblo, por un corto tiempo.

La Comunidad colocó cuatro condiciones para restablecer esa relación: que el Gobierno pida perdón por la matanza de 2005 porque, además, Uribe calificó a la Comunidad de guerrillera. Que el Gobierno acepte la conformación de una Comisión de Evaluación de la Justicia para que estudie por qué tantas muertes y ni una sentencia condenatoria. Que el Gobierno acepte zonas humanitarias que son sitios donde pueden ir los campesinos para refugiarse en momentos de combate. Y que reubiquen las bases de la Fuerza Pública. Esa revoltura no está bien, no queremos convivir con aquellos que nos han hecho tanto daño.

¿Y no creen que esa ruptura con la institucionalidad impide que se les restituyan sus derechos o se les repare por los daños que ha provocado la guerra?

El haber hecho ruptura nos ha servido más. Cuando dejamos de hacer declaraciones ante las instancias judiciales, dejaron de coger miembros de la Comunidad. No ir a declarar ¡ha salvado vidas! Dígame, ¿qué derechos tienen los que no son de la Comunidad de Paz que ahora estén en mejores condiciones que nosotros? Entonces, ¿de qué oportunidades hablamos? Tener esa ruptura nos ha dado fuerza. Nosotros estamos alejaditos aquí, nadie puede decir que somos de un bando u otro. Donde no ha ido el Ejército ni la Policía ni el Estado, ha ido la Comunidad de Paz.

Estamos de acuerdo en que el diálogo es la salida, pero no participamos en política y ese Plebiscito lo volvieron política.

Esa posición también ha provocado que los estigmaticen, que se les acuse de colaborar con uno u otro actor, ¿qué implica vivir con ese estigma?

Muchos prejuicios. Pero la situación nos acostumbró. Si mañana los medios o el coronel [comandante de la Brigada XVII del Ejército] dicen que somos guerrilleros, pues ya estamos cansados de recibir los mismos señalamientos y de enterrar a los que nos matan. Lo que sí puedo decir es que cada vez que nos señalan, nos estigmatizan y nos matan, lo que hacen es darnos fuerza.

¿Cuál es la posición de la Comunidad de Paz sobre los acuerdos entre el Gobierno y las Farc?

Nuestra percepción es que el diálogo es el único camino, ese es el que ellos han escogido, es lo mejor que han hecho. Lo que no solucionaron en 52 años a plomo, lo resolvieron en cuatro años hablando. El diálogo es la salida, pero lo que han acordado no beneficia a la población victimizada. En el tema de justicia va a haber impunidad, se dice que quien confiese no va a pagar cárcel. Aunque tampoco creemos que la solución sea encerrar a la gente en la oscuridad para siempre.

Comunidad de Paz de San José de Apartadó. Foto: Alejandra Machado

Un cerramiento diferencia las viviendas de la Comunidad de Paz ubicadas en San Josecito del resto del corregimiento de San José de Apartadó

¿Qué lectura tienen sobre los puntos que se negociaron?

Les tenemos muchos reparos a esos seis puntos. Sobre todo, en el tema de la justicia. Eso no responde a lo que la Comunidad ha querido en estos 20 años. Es un tema de impunidad, al igual que con los paramilitares: en ocho años pagaron centenares de crímenes y siguen como si nada. La única forma es que no cometan más crímenes; pero, ¿quién le garantiza a uno que no van a seguir matando? Los beneficiados son los violentos porque confiesan y listo. Pero a la población y a las comunidades,  nos toca seguir ‘camellando’ para seguir vivos.

Apoyaron la opción del SÍ o la del NO en el plebiscito para refrendar el Acuerdo

Nosotros como Comunidad nunca votamos, por nadie ni por nada. No creemos en ese tipo de procedimientos. Estamos de acuerdo en que el diálogo es la salida, pero no participamos en política y ese Plebiscito lo volvieron política.

¿Y cómo recibieron el triunfo del NO?

Quedó un sinsabor. Aunque no nos cogió esto por sorpresa porque desde hace rato estamos denunciando la paramilitarización de la sociedad, de la conciencia de las personas, y esos resultados muestran que eso es cierto. La gente prefiere el camino de la guerra y no el de la paz. Es una vergüenza que el país haya obtenido ese resultado cuando se estaba tratando de la paz.

Pero es curioso que ese resultado les genere un sinsabor porque ustedes han mantenido una postura distante del proceso y los Acuerdos.

Como Comunidad hemos tenido esa postura porque en el campo político solo se ve corrupción; nosotros queremos estar alejados de eso. Cuando digo que es un desaire, lo digo por el resto de la gente. A nosotros como comunidad, lo único que nos dice eso es que lo que hemos dicho es cierto: la sociedad está paramilitarizada y lo que quiere es el triunfo de la muerte y de los asesinos. ¿Cómo es posible que después de 50 años de guerra la gente le siga apostando a eso?

¿Y qué percepción tienen sobre el nuevo Acuerdo, resultado de la renegociación?

Evidentemente hay una voluntad política de ambas partes para buscarle fin a la guerra. Las modificaciones buscan incorporar a los del NO y a las demás partes. Dicen que este es mejor que el anterior, o sea que el anterior no era tan brillante como ellos decían, así que más adelante podría surgir una propuesta mejor. Pero insistimos en que, como Comunidad, no estamos de acuerdo con el modelo de justicia que allí se plantea. No creemos que vaya a haber justicia, de eso somos conscientes, por eso intentamos caminar de forma distinta, no creemos en este sistema perverso del país.

Entrevista publicada en la edición 4 de De la Urbe Urabá

De usuario a ‘pirata’: una jornada en el transporte de Urabá

Tomar una mototaxi, luego una buseta, caminar, ‘piratear’. Así es el transporte en el Eje Bananero de Urabá visto desde un viaje cotidiano de un estudiante a la Universidad. El recorrido de unos 30 kilómetros cuesta normalmente $4.300 pesos en buseta y $5.600 pesos en taxi colectivo.

Sergio Gutiérrez Pacheco
sergio.gutierrezp@udea.edu.co
Estudiante de Comunicación Social – Periodismo
Fotografía: Sergio Gutiérrez

Fotografía: Sergio Gutiérrez

Eran las 7:27 de la mañana cuando salía, casco en mano, desde una casa ubicada en la zona céntrica de Turbo. La intención era realizar el recorrido que acostumbra cualquier persona que deba viajar de un municipio a otro de Urabá en un día normal de estudio o trabajo. A esa hora, los locales comerciales empezaban a abrir y las personas se movilizaban para sus actividades diarias.

Portar el casco en un viaje, sin tener moto, tiene dos explicaciones: la primera, que voy a abordar una mototaxi, el medio de transporte más utilizado en el área urbana del municipio de Turbo para el transporte de pasajeros. Y la segunda, que mi viaje de regreso pienso hacerlo como es común entre muchos de los estudiantes de la Universidad de Antioquia que residen en un municipio distinto a donde estudian: ‘piratean’, echan dedo o en  auto-stop, como dicen los mochileros. Muchas veces, quienes más fácil acceden a llevar gratis a alguien son los motociclistas. En ese caso, llevar casco propio resulta indispensable.

Los mototaxistas abundan, casi a cualquier hora del día, en las calles de la zona céntrica y de los barrios de Turbo; pero a esta hora, extrañamente, no había muchos. Es la forma de transporte más frecuente porque, aunque el municipio posee servicio de taxi, los costos son muy diferentes. El precio por servicio en una mototaxi durante el día es de $1.000 por recorrido, mientras que una carrera en un taxi convencional cuesta $5.000. Esto es suficiente para que casi nadie se detenga a pensar que el servicio de mototaxismo es ilegal, ya que no tiene la reglamentación exigida para el servicio público.

En la administración anterior, el alcalde William Palacio —quien fue capturado cuando estaba en el cargo y continúa preso—, pretendía crear un registro municipal de transporte para estos vehículos. El Decreto 488 de 2013 estableció que los propietarios de las motos tendrían una calcomanía que los identificara como mototaxistas; hoy, nadie la porta.

En definitiva, tomé una mototaxi, me puse el casco y me dirigí a La Oriyana, una estación de servicio en una de las vías principales del municipio. Frente a este lugar se parquean las busetas de servicio público que salen hacia Apartadó. Voy hasta allí porque, si bien los colectivos intermunicipales tienen sitios de acopio, las busetas solo tienen un parqueadero cerca de la Plaza de Mercado, en un área no muy segura. Esto ocurre porque Turbo no dispone de una terminal de transporte, a pesar de que el proyecto para construirla está contemplado desde hace dos periodos de gobierno. Según me dijo el secretario de Gobierno, Emélides Muñoz, esta administración tiene previsto insistir en esa obra; pero, por ahora, es apenas una iniciativa.

Intenté pagar los $1.000 de la carrera con un billete de $10.000, pero el mototaxista no tenía dinero para devolverme, así que tuve que cruzar la calle para cambiar el billete en la estación de servicio. Después, por recomendación de algunos compañeros de la Universidad, aparté $3.000 “menudos” para pedir rebaja en la buseta, como acostumbran muchos usuarios. El recorrido de unos 30 kilómetros cuesta normalmente $4.300 pesos en buseta y $5.600 pesos en taxi colectivo. Un precio elevado si se compara con los $3.500 pesos que cuesta un pasaje para el trayecto entre Medellín y Guarne, de 32.8 km de distancia, con una topografía más compleja (más subidas y más gasto de combustible) y un peaje en la vía. Pero lo cierto es que pedí la rebaja y el ayudante del bus aceptó sin ningún problema.

La buseta tardó unos tres minutos en partir mientras el ayudante intentaba meter, literalmente, empujados a los últimos pasajeros para salir pronto. Así empezó el recorrido, pero la buseta se detenía cada tanto para recoger más usuarios. Dentro del vehículo, no había un timbre para anunciar la parada ni una tabla de precios visible, como lo estipula la reglamentación.  Sin otra opción, cuando un pasajero se acercaba a su destino se escuchaba el grito de “¡Paradaaaaa!”.

A los 17 minutos de haber partido, ya habíamos pasado el corregimiento de El Tres y comenzaban a aparecer desvíos y tramos destapados en la vía debido a las obras civiles de ampliación y mejoramiento, como parte del proyecto de las “Autopistas de la Prosperidad”. Sin embargo, algunos puntos donde se iniciaron los trabajos hace varios meses, hoy se encuentran paralizados.

Eran las 7:58 de la mañana cuando llegamos al corregimiento de Currulao, a unos 17 kilómetros de Turbo. Hasta ahí no habían sido muchas las paradas e íbamos unos 10 o 12 usuarios en el vehículo. El sol ya empezaba a calentar con más fuerza. Hasta ese punto del recorrido, a diferencia de otros que había realizado por esa misma esta vía, no aparecieron puestos de control de la Policía y menos de la dirección de Tránsito y Transporte.

Y eso que desde esta dependencia, en la respuesta a un derecho de petición, me explicaron que desde el inicio de 2016 y hasta el pasado 10 de octubre, habían realizado 11.272 comparendos  y 7.765 inmovilizaciones solo en el tramo entre Turbo y Chigorodó. Además, hasta esa misma fecha, la Policía contabilizó 114 accidentes que dejaron 91 heridos y 19 personas muertas.

El viaje continuó y, a pesar de que el Código de Tránsito en el artículo 81 estipula que  “los vehículos deberán transitar siempre con todas sus puertas debidamente cerradas”, la buseta nunca las cerró. Algo que se asume como normal en la región.

Eran las 8:23 de la mañana y ya llegábamos al Sena de Apartadó, cerca de la entrada a ese municipio. Tan solo seis minutos después ya estábamos en la salida hacia Chigorodó. Digo “tan solo” porque, de acuerdo con los usuarios, ese tramo de 1,5 kilómetros para atravesar a Apartadó es uno de los más lentos del trayecto: se suele recorrer  entre 15 y 20 minutos.

En una entrevista que le había hecho hacía unos días a Fredwin Muñoz, coordinador de agentes de tránsito de ese municipio, me decía que la congestión se debía a falencias en la infraestructura y que el municipio había crecido mucho en los últimos años. Esto ha hecho que el puente sobre el río Apartadó, con un carril en cada dirección, se haya quedado pequeño.

Además, tanto Fredwin como Luis Enrique Carvajal, director Técnico de Seguridad Vial del municipio, coinciden en que los agentes de tránsito son pocos ante el crecimiento del parque automotor. Actualmente, Apartadó tiene 18 efectivos que se dividen en dos turnos, lo cual significa que, en un día normal, solo entre seis y nueve funcionarios son los que ejercen el control del tránsito en el municipio más poblado de Urabá.

Moto, buseta, caminar o ‘piratear’: transporte ‘multimodal’

El recorrido termina en SuperMaz, un supermercado ubicado en la salida de Apartadó hacia Carepa. En el caso de los estudiantes de la U. de A., es allí donde pueden abordar una buseta para recorrer el kilómetro que separa ese sitio de la Ciudadela Universitaria. Aunque no es un recorrido extenso, aquellos que caminan este tramo, deben hacerlo casi sobre la vía. No hay senderos peatonales y, en ocasiones, es imposible no invadir el carril de los automóviles arriesgándose a sufrir un accidente. Yo, en esta ocasión, decidí pagar los $1.000 que me cobraron por llevarme esas poco más de cuatro cuadras.

Luego de terminar el día de clases, decidí, entonces, emprender mi viaje ‘pirata’. No tiene nada que ver con el transporte ‘pirata’ de municipios como Turbo y Apartadó: vehículos particulares que no están reglamentados como de servicio público, pero que transportan pasajeros en horas de la noche, cuando algunas de las empresas formales dejan de prestar el servicio. Sobre esto, Luis Enrique Carvajal, el director Técnico de Seguridad Vial de Apartadó, me había dicho que “de alguna manera se les tolera ese servicio porque es para beneficiar a la comunidad que se queda sin transporte”.

Pero mi viaje ‘pirata’, entonces, no era otro asunto que el popular auto-stop. Una práctica frecuente entre los estudiantes de la región para movilizarse entre municipios sin tener que pagar. Fue solo llegar a la carretera a la salida de la Universidad para que otra estudiante que salía en moto, al verme con el casco en la mano, me preguntara hacia dónde iba. Aceptó llevarme hasta la zona del Sena para, desde allí, hacer mi recorrido de regreso a Turbo más fácilmente. Es en ese lugar desde donde parten más vehículos y, según los estudiantes que llevan tiempo ‘pirateando’,  es más factible que se detengan. Hasta ese momento, ya me había ahorrado los $1.000 pesos que me habría costado ese último desplazamiento desde la Ciudadela universitaria.

Ahora estaba parado haciendo señas con la mano para ver quién se decidía a llevarme. Cinco minutos después, se detuvo una joven de unos 27 años en una motocicleta azul. Me dijo que solo iba hasta El Tres. Acepté porque luego encontraría la manera de terminar el recorrido.

El viaje fue cómodo: no hubo paradas ni empujones de los ayudantes. Y lo más importante para mí: no sufrí el calor que se siente en las busetas, a pesar de que eran las 4:00 de la tarde y el sol brillaba con fuerza. Luego de llegar a El Tres, la primera moto a la que le hice señas se detuvo. Era una Yamaha XTZ 250 que recorrió, en 5 minutos (en varios tramos se desplazaba hasta a 103 km/h) lo que en buseta se hubiera demorado 15. Así llegué hasta Turbo y, aunque no supe muy bien con quién me montaba, puedo asegurar que fue más cómodo y más económico que en cualquier transporte formal de los que abordé.

Si empezamos por el precio, la diferencia se siente: 5.000 pesos de ida (eso pidiendo rebaja en el bus porque en la mototaxi es imposible) contra el viaje gratis de regreso. Si seguimos con el tiempo de desplazamiento, la diferencia fue de apenas cinco minutos más en el ‘modo pirata’ frente al de ‘modo usuario de buseta’. El viaje de ida se tomó 45 minutos y el de regreso, 50.

Y si evaluamos la comodidad, tiene cada uno su punto a favor: en moto, el riesgo es la lluvia y la posibilidad de un accidente grave, mientras que en una buseta, a veces con sobrecupo, el calor es insoportable. No es fácil estar encerrado en un automóvil en una zona donde la humedad relativa ronda el 75% y la temperatura fácilmente supera los 36°C. Este es, en conclusión, el panorama del transporte que, día a día, toman miles de personas para desplazarse entre los municipios de Urabá.

Crónica publicada en la edición 4 de De La Urbe Regiones Apartadó.

Urabá también salió a la calle a pedir la paz

El viernes 14 de octubre decenas de urabaenses se reunieron en Apartadó para participar en la marcha “Paz a la calle Urabá”, convocada por estudiantes de la seccional UdeA de esta subregión de Antioquia.

Por Luisa Gómez*
      lufergo27@gmail.com
Decenas de personas de personas salieron a las calles de Apartado a participar de Paz a la calle Urabá” . Foto: Angélica Cardona Gómez.

Decenas de personas de personas salieron a las calles de Apartado a participar de Paz a la calle Urabá” . Foto: Angélica Cardona Gómez.

“No somos los del Sí, no somos los del No, somos los del pueblo buscando solución”. Con cantos como este, con banderas blancas, con una paloma gigante  y con cientos de carteles alusivos a la paz en Colombia, decenas de habitantes de algunos de los 11 municipios de la subregión de Urabá se unieron para salir a las calles de Apartadó y pedir la paz.

A la movilización asistieron universitarios, fundaciones, funcionarios públicos, colegios, campesinos, comunidades indígenas, profesores y organizaciones de víctimas. La concentración inició a las 5:00 de la tarde en el parque El Arista. Los asistentes llevaban carteles y pancartas con mensajes como este: “Queremos la paz ya, con justicia social que incluya todos los actores del conflicto armado y la sociedad en general”.

Una de las víctimas dijo: “Yo marcho por mi familia, por mis nietos, por los que están muertos, para poder vivir tranquila, porque la guerra me ha quitado a muchos. Todos los que estamos acá queremos que los acuerdos sean pronto”.

En medio de la marcha se hizo una parada en el cementerio del municipio como ceremonia simbólica para enterrar la guerra. Allí se expresaron estas palabras: “Guerra malvada te dejamos hoy enterrada, acá te quedas, queremos a Urabá libre de violencia, de oscuridad y de guerra. Declaramos hoy, que somos una región libre de tormentos que nos dañaron y que acabaron con nuestras alegrías”.

Cementerio de Apartadó. Fotografía: Angélica Cardona Gómez.

Cementerio de Apartadó. Fotografía: Angélica Cardona Gómez.

“No más muertos, no más sangre, Urabá quiere la paz YA”, “que viva la paz, que muera la guerra”, son algunas de las frases que dan cuenta, en gran medida, del rigor de la guerra en esta subregión de Antioquia. Según la Unidad para Las Víctimas, en Urabá hay 456.522 víctimas del conflicto armado, lo que representa, aproximadamente, el 30% del Departamento. Además, Urabá es la subregión con más muertes en masacres cometidas en el marco del conflicto. Entre 1980 y 2012 hubo 120 de estos hechos que dejaron 752 asesinatos.

La movilización finalizó a eso de las 8: 00 de la noche en la Placa Rosalba Zapata, en el barrio Obrero. Allí se realizó un acto simbólico de reconciliación y perdón. Se encendieron velas, se entonaron canciones de paz y se reventaron bombas de colores que representaban la guerra, las cuales estaban llenas de  mensajes de dolor.

También se invitó  a la comunidad a que plasmara su reflexión en un dibujo de paz en una colcha blanca gigante hecha  por mujeres víctimas, en el marco del aniversario 21 de la masacre La Chinita en el 2015.

La marcha de Urabá es una de las manifestaciones ciudadanas que se han hecho en los últimos días en Colombia como muestra de la voluntad que tienen las comunidades de ayudar en la construcción de la paz.

*Corresponsal De la Urbe Urabá

“Las víctimas de La Chinita sí perdonamos”

Así lo expresaron familiares de las víctimas de esta masacre, ocurrida el 23 de enero 1994. El viernes 30 de septiembre, en Apartadó, recibieron a los responsables de las muertes de sus seres queridos.

Por Luisa Gómez*
       herma7788@hotmail.com 
Marcha de víctimas de La Chinita. Fotografía: María Alejandra Velásquez.

Marcha de víctimas de La Chinita. Fotografía: María Alejandra Velásquez.

“Hace 22 años aquí cayeron nuestros familiares, pero a partir de hoy ya no será más la calle de la masacre sino la calle de la esperanza. Compañeros, hoy despedimos definitivamente a nuestros seres queridos porque hoy hay esperanza en nuestros corazones”, dijo, en medio del llanto, la señora Silvia Berrocal, quién perdió a su hijo en la masacre de La Chinita.

Pasadas las 8:00 de la mañana del 30 de septiembre, la calle donde ocurrió la masacre de La Chinita se llenó de víctimas – esposas, hermanos, madres, hijos y nietos de aquellas personas asesinadas esa  madrugada del 23 de enero de 1994- que se dieron cita para hacer la marcha que simboliza un nuevo comienzo y el camino hacia  el perdón, la reconciliación y la paz. Vestían camisetas blancas: al frente estaba el nombre de su ser querido y atrás la frase: “las Víctimas de La Chinita,  sí perdonamos”.

El punto de encuentro fue la casa de la señora Rufina Gutiérrez, aquella en la que mataron a gran parte de las personas esa noche. Ese día Rufina organizó un baile para recolectar dinero para los útiles escolares de sus hijos. “Ojalá se pudiera devolver el tiempo y que eso no hubiese pasado. Vino la guerrilla y mató indiscriminadamente. Y a pesar de eso, nosotros, sobretodo mi mamá, pensábamos que por haber planeado esa rumba murieron esas personas, que si no hubiéramos  hecho la fiesta eso no hubiera pasado. Nos quedó una culpabilidad muy grande, el tiempo y algunas personas de buen corazón nos han dado entender que la culpa no fue nuestra”, dice  Digna Allen Gutiérrez, hija de doña Rufina.

El objetivo militar de aquella matanza eran dirigentes del EPL (Ejército Popular de Liberación). Luego de la desmovilización, en 1991, no cambiaron la sigla, aunque sí el lema: Esperanza, Paz y Libertad. Ese día, en la tarde, habían hecho un acto político en el barrio La Chinita. Por seguridad no se quedaron allí. Luego de la actividad se marcharon hacia el hotel El Pescador, que tiempo después desapareció por un carro bomba enviado por las FARC. Ambas guerrillas se disputaban el poder en la región de Urabá.

“En la tarde estábamos en un evento político  para mi reelección como senador de la República, había mucha presencia del Ejército, pero en las horas de la noche hubo una fiesta donde no había ningún dirigente político del EPL. Las personas que mataron eran inocentes. Sin embargo, nosotros tenemos fe en la paz, que beneficie a la población, y aunque nos mataron muchos simpatizantes y dirigentes estamos dispuestos a perdonar”, dijo Aníbal Palacio, ex senador de la República y desmovilizado del EPL.

La marcha iba adornada con grandes y vistosas pancartas que incluían frases que aludían a la reconciliación, el perdón y la memoria como alianza de paz. El recorrido fue de algunas cuadras. Finalizó casi a las 10 de la mañana en el colegio San Pedro Clavel, del barrio Obrero de Apartadó. Allí esperaban más  víctimas, no solo de La Chinita sino de también de algunas de las 120 masacres ocurridas en Urabá desde la década de los ochenta. Todas estas masacres dejaron a su paso cientos de víctimas y miles de desplazados  (ver recuadro).

Al arribar al lugar, todas las víctimas de La Chinita se reunieron en privado con los voceros de las FARC: Iván Márquez y Pastor Alape. Mientras tanto, afuera,  la concurrencia, ansiosa, esperaba el acto de reconocimiento y responsabilidad por parte de Márquez y Álape. Entre los asistentes estaban desmovilizados del antiguo EPL y representantes  de La UP (Unión Patriótica).

Víctimas de La Chinita al lado de Pastor Alape e Iván Márquez.  Fotografía: María Alejandra Velásquez.

Víctimas de La Chinita al lado de Pastor Alape e Iván Márquez. Fotografía: María Alejandra Velásquez.

El reconocimiento

La reunión privada se extendió hasta el mediodía. Sin embargo, los asistentes esperaron en el coliseo, pese al intenso calor, y recibieron con aplausos a las víctimas, a Sergio Jaramillo (negociador del Gobierno) y los voceros de las Farc.

Luego hubo un homenaje a las víctimas con la representación teatral “los sueños pueden más que los recuerdos”, en la que daban vida a los testimonios de las víctimas. La narración hizo llorar a los espectadores.“Jamás, jamás debió ocurrir lo sucedido en esa noche de alegría y de verbena popular. Nunca el mando de las Farc ordenó tal atrocidad. Nos duele en el alma recordar a tanta gente buena que partió sin poder materializar sus sueños. Los muertos de La Chinita son también nuestros muertos. Así lo sentimos”, dijo  Iván Márquez cuando se dirigió a las víctimas. Luego de su discurso fue directamente  hacia algunas de ellas y las abrazó como símbolo de perdón y reconciliación.

Silvia Berrocal e Iván Márquez.  Fotografía: María Alejandra Velásquez.

Silvia Berrocal e Iván Márquez. Fotografía: María Alejandra Velásquez.

Al finalizar el acto, Sergio Jaramillo les dijo a los asistentes: “Urabá tiene ahora con este acuerdo la gran oportunidad de convertirse en el laboratorio de paz de Colombia, porque escasamente otro territorio vivió violencias tan cruzadas como ustedes aquí”.

Con estas palabras y con el apretón de manos entre ex dirigentes de las guerrillas (Iván Márquez de las Farc) y Aníbal Palacio (del EPL) terminó para las víctimas de La Chinita una pesadilla que han cargado por años. Ahora comienza la lucha por tratar de reparar a todos aquellos que perdieron no solo a sus seres queridos sino también la tranquilidad, la estabilidad, los sueños y la paz desde aquel día.


 Fuente: Base de datos del Centro Nacional de Memoria Histórica
*Corresponsal De la Urbe Urabá

Víctimas de La Chinita, frente a frente con sus verdugos

El viernes 30 de septiembre representantes de las Farc estarán en el barrio Obrero de Apartadó, donde le pedirán perdón a las víctimas de la masacre de La Chinita, ocurrida el 24 de enero de 1994, que dejó 35 muertos.

Por Luisa Gómez*
      lufergo27@gmail.com
Red de Organizaciones de Víctimas de La Chinita  Fotografía: Luisa Gómez.

Red de Organizaciones de Víctimas de La Chinita
Fotografía: Luisa Gómez.

En la ceremonia pública estarán representantes de la red de organizaciones de víctimas y delegados del grupo guerrillero que vienen haciendo pedagogía de paz. Antes de la actividad pública, víctimas y voceros de la guerrilla tendrán una reunión privada.

Para Ciro Abadía, director de la Asociación de Víctimas de Antioquia, lo que se viene es importante. Según él, si se le apuesta a la paz habrá desarrollo en la región, las víctimas tendrán proyectos productivos que beneficiarán a las familias más desprotegidas, el dinero que se destinaba para la guerra se irá para los pequeños empresarios y campesinos y, finalmente, se haría una verdadera reparación.

Ciro y otros afectados estarán frente a frente con los representantes de las Farc. Allí les manifestarán que la Asociación de Víctimas de Antioquia (Asovima) está comprometidos con la paz del pueblo y que están trabajando duro para la reconciliación. “La paz no es de Santos ni de Uribe, sino del pueblo colombiano, y aunque las Farc en el pasado nos jodió estamos dispuestos a perdonar y a luchar por una mejor calidad de vida”, dice.

Luz Estela Flórez es una de las millones de víctimas que ha dejado el conflicto en Colombia durante más de 50 años de guerra.  “Mi esposo cayó en la masacre La Chinita. Lo mataron al igual que a otras dos personas en mi casa. Fue algo muy horrible lo que pasó. Él era buena persona, si hoy día estuviera vivo tendríamos una mejor calidad de vida. Esa noche le pegaron duro a mi hijo y menos mal no me lo mataron. Pero ya no tengo resentimientos hacia ellos, estoy dispuesta a perdonar, pero nunca a olvidar, eso es imposible y no quiero que eso les pase a otras personas”

Para Luz Estela la firma entre el gobierno y las Farc del Acuerdo General para la terminación del conflicto es el inicio del camino hacia una verdadera paz y reconciliación. Ella y otras víctimas demuestran que si  quienes perdieron todo desde la masacre pueden perdonar, otros también lo pueden hacer.

Óscar es un niño que no estuvo presente en la muerte de su abuelo. Sin embargo, ha vivido la tragedia en las historias de su madre, quien sufre por las secuelas que de niña le dejó el asesinato de su padre. Por eso, él acompaña día a día a su madre en las actividades que promueven la paz. “Mi mamá me habla mucho de mi abuelo, que era amistoso, nunca peleaba y sonreía mucho. Yo deseo conocerlo, pero como lo mataron pues ya no se puede. Por eso yo quiero que por fin se acabe la guerra para que no sufran más y también le ayudo a mi mamá con el mensaje del proceso de paz”.

Fotografía: Luisa Gómez

Fotografía: Luisa Gómez

Estas familias decidieron dejar el resentimiento atrás y se atreven a perdonar con el propósito de construir un futuro digno, con educación, vivienda y ayudas psicosociales que les permitan auto resarcir espiritualmente las heridas que les quedó de aquella noche de dolor y empezar a construir un camino hacia la paz. El mensaje de las víctimas es claro: no quieren más sangre, no quieren más violencia y no quieren más muertos. Ven en el proceso de paz una salida no solo a los actos de guerra sino también a su sufrimiento, porque desean dejar todo ese rencor y continuar luchando por la reconstrucción del tejido social y para que otras familias no vivan lo que a ellos les tocó vivir.

*Corresponsal De la Urbe Urabá

Tres opciones para que Apartadó suene diferente

La vida nocturna en Urabá, invadida con los sonidos de la música tropical, ahora tiene en tres bares alternativos de Apartadó opciones para quienes buscan una opción distinta de entretenimiento.

Por Kelly Durango – nanita1331@hotmail.com

La rumba en Apartadó es sinónimo de fiesta extrema, por lo general, en discotecas grandes que suenan a reguetón, vallenato, salsa moderna y mucha música urbana. Pero existen tres bares que se diferencian por su onda musical y su concepto decorativo: Robledo Museo Bar, La Casa en el Aire, y Tapas y Vinos.

Todos ellos, aunque diferentes en estilo, son similares en algunos aspectos: sus propietarios son del municipio de Chigorodó –toda una coincidencia–, tienen una clara visión de lo que para ellos representa un bar alternativo y sus sitios permiten la conversación, el disfrute, la sensación de familiaridad y la apreciación del arte. Un común denominador: sus clientes. Este es un viaje por esos lugares con un poco de sus historias.

Robledo Museo Bar

Robledo Museo Bar

A pocas cuadras de la Zona Rosa de Apartadó, pero alejado del bullicio, se encuentra Robledo, un bar de rock clásico inmerso en un museo de variadas  pinturas y esculturas.

Allí, en esa sala grande, hay luces de baja intensidad, sofás pequeños, tapetes con cojines aptos para relajarse, mesas y sillas, zona para fumadores, una barra y una pequeña tarima para presentaciones musicales en vivo. Pero la esencia principal del salón –aparte del arte–, es una pantalla grande donde se proyectan videos y conciertos.

Willy Robledo, el propietario, considera que su público es conocedor. “Es gente que le gusta la temática, que la entiende y la aprecia. Cuando alguien llega nuevo y no sabe nada del rock, se familiariza con la pantalla. Se conecta”.

Willy empezó su negocio en 2003, en Chigorodó, con el nombre de Woodstock; así también se llamó el primer Festival de Rock en su tierra natal. En 2008, cambió esta denominación por la de Robledo Museo Bar para dar relevancia a las obras de su hermano fallecido, Norman Robledo. Llevó su bar a Apartadó hace cinco años porque Chigorodó, según dice, entró en una crisis social y la violencia inundó sus calles. Comercialmente, había quedado muerto.

“El bar sale de la propuesta social del jipismo, de la época de los 60. El museo es abierto para todos, sin ánimo de lucro, simplemente una amistad, cariño”, dice Willy. Sin embargo, en lo musical, la tendencia que allí prevalece es la de aquella época: las bandas que le gustaban a su hermano como Pink Floyd, Led Zeppelin, Jimmy Hendrix, Guns N’ Roses y Aerosmith. Aunque, menciona Willy, “en Apartadó empieza un ciclo de rock en español que se fue complementando” porque la gente lo pedía.

El Museo es un espacio para diferentes expresiones de la cultura: música, pintura, escultura, poesía, presentación de libros, cine-foros y talleres de arte. Robledo es un lugar para apreciar los dinosaurios esculturales hechos en madera recogida de las playas de Urabá en 1993, y las pinturas —alrededor de 100 obras— que retratan la vida en el mar y las etapas de vida de su hermano. Desde el bar, también se promueven proyectos para la preservación de los árboles a través del arte, evidenciando la tala y la quema de los mismos. Cualquiera que desee hacer uso de este espacio con buenas ideas sólo tiene que hablar.

La Casa en el Aire

La Casa en el Aire

La Casa en el Aire

Todo un homenaje a Rafael Escalona, a pesar de que no se escucha vallenato. Para ello, ya hay sitios que enfatizan en el género. “La Casita” —como le dicen— queda a tres cuadras de Robledo, adentrándose en la Zona Rosa; es un lugar pequeño. La decoración tiene un concepto pop art, con un collage de cuadros miniaturas de artistas y postales de viajes que Juan Pablo Londoño e Ismael Gómez —los propietarios—  han coleccionado en sus viajes. Al fondo, se ven lámparas elaboradas con botellas de vino y adelante, un televisor con el marco de un espejo antiguo. Los sofás son amplios y bajitos; las mesas, lo más pequeñas posible, con un concepto minimalista.

En efecto, “La Casita” tiene aires de casa y su estrechez hace que los clientes estén de frente a otras personas, así no se conozcan. Incluso, a veces, se comparte el asiento para poder disfrutar del espacio, de la música. Una clave de este lugar es la interacción, la conversación.

“Toda la gente es bienvenida. Somos el lado izquierdo de Apartadó adonde llega un público de universidades, de empresas, que les gusta lo diferente. Recibimos muchos extranjeros, la mayoría son de oenegés; también personas con diversas orientaciones sexuales porque las tratamos con respeto”, expresa Ismael.

Hace cinco años que está en Apartadó, pero antes Juan Pablo tenía el bar en La Ceja, Antioquia. Es un espacio alternativo y temático: en semana se escucha música social, los miércoles son de música de “plancha”; los viernes, de salsa clásica; los sábados, de house y electrónica, más de rumba a buen volumen. Allí se puede disfrutar de cocteles, cerveza artesanal y quizá, si se cuenta con suerte, de una pequeña parrillada.

“La Casita” ofrece “energía, definitivamente es la energía que fluimos los propietarios del bar, tratamos de que nuestros clientes se llenen de alegría, vendemos alegría. Tratamos de que nuestros clientes se sientan contentos”, dice Ismael. Para ellos, la clave de sostener este lugar es la constancia y la atención en el tiempo, a pesar de que su público también se traslada a Robledo y a Tapas y Vinos.

Los propietarios expresan que las personas creen que es un bar gay, por la orientación sexual de ellos. Pero allí prima la diversidad, la tranquilidad de bailar, de estar con la pareja o con amigos, de sentarse solo en la barra con la posibilidad de conocer gente nueva, de hablar en voz alta, de fumarse un cigarro y pedir la música que desees.

Tapas y Vinos

Tapas y Vinos

Tapas y Vinos

Con un nombre originario de la gastronomía española, finaliza este viaje en Tapas y Vinos, un bar ubicado en el barrio Los Pinos, cercano a la Zona Rosa, pero único en su espacio. Sí, hay que caminar un poco para llegar.

Es una casa adaptada a bar desde hace dos años. Comenzó porque a Jose Rivera —el administrador y hermano de la dueña— le gustaban los cocteles y la vida nocturna. “Siempre me han llamado la atención los bares donde la música es alternativa, más que el folclor de nuestra región o de Colombia. Que la gente tuviera otro tipo de géneros como el rock, la electrónica, el indie, etc.”, dice Jose.

La decoración es minimalista, con colores llamativos. En el antejardín se ven algunas sillas campestres y otras forradas en cuero estampado en pop art. Las comidas y los cocteles son la especialidad, uno de los más apetecidos es Joselito Carnaval y la “michelada” de soda con maracuyá granizada, inventada por el administrador. En cuanto a la gastronomía, tiene influencia española debido a que su cuñado es un chef español. Por eso el nombre de Tapas, que son comidas típicas españolas. Las sirven en porciones pequeñas para que los clientes degusten de todo a la vez. Los postres y los cafés también están en la lista. Toda una experiencia alrededor de la música.

La barra está al frente de la entrada con juegos de mesa. Las habitaciones del bar están adecuadas con tapetes y cojines, para descalzarse y fumar tabacos de sabores con narguilas. “Los clientes son fijos y se sienten bien por la atención. Eso es lo que más enamora aquí, ese es nuestro éxito, se adaptan y les gusta la música”, expresa Jose Rivera.

Informe publicado en la edición 03 de De la Urbe Urabá

La Chinita, vencidos pero no derrotados

Dos décadas después de la masacre, las víctimas de esta comunidad del municipio de Apartadó, aún esperan que los culpables asuman su responsabilidad y que se cumpla la promesa de hacer más digna la vida en su territorio.

Universidad ¿o cementerio?

Tal vez el nuevo alcalde, que hizo política con la universidad, debería encaminar sus gestiones para que antes de que se inicie la construcción de una segunda etapa, la primera cuente con los espacios que aún hacen falta.