Columnas

¿Por qué el Foro Social Urbano Alternativo y Popular?

Desde al año 2013 un grupo de organizaciones sociales y políticas de base urbana y popular en la ciudad de Medellín han venido reuniéndose para coordinar sus luchas. Para esos colectivos, la realización del VII Foro Urbano Mundial convocado por ONU-Hábitat constituye un reto y una oportunidad que debemos aprovechar para visibilizar la realidad urbana nuestra y para impulsar las luchas en todo el país por unas ciudades para la vida digna, donde los derechos no sean mera retórica y quienes realmente hemos construido la ciudad, la podamos planificar, organizarla territorialmente y cuidarla como patrimonio político, histórico, cultural, artístico y lúdico.

Las ciudades colombianas están hoy convertidas en plataformas de negocios, usufructuadas solo por los capitales inmobiliarios, las entidades financieras e hipotecarias y los emporios del turismo. Los pobres urbanos esperan eternamente los goteos de la riqueza que emana de las festividades, los macronegocios y eventos, sin que nunca les caiga. Al contrario, esos sectores son expulsados hacia las periferias inhóspitas con servicios precarios, mediante las estrategias de la valorización, los impuestos prediales y la renovación urbanística.

Medellín es la ciudad paradigma de ese modelo de urbanización excluyente y agresivo no solo con las comunidades sino también con la naturaleza, cuyas consecuencias estamos viendo ya con el desplome de costosas torres habitacionales como el edificio “Space”. La tragedia del “Space” y las demás tragedias humanas de Medellín están siendo ocultadas o maquilladas para alojar un evento ostentoso, financiado con millones de dólares para atraer nuevas inversiones y más abultados beneficios a los de siempre.

La diferente manera como se están preparando el foro oficial y el nuestro, lo dice todo. El de ONU-Hábitat, en alianza con la alcaldía de Medellín y el Ministerio de la vivienda, se prepara recogiendo, encerrando y violando los derechos humanos de la población indigente para construir la mentira de la ciudad equitativa y “para la vida”. El foro nuestro, el antihegemónico, lo estamos preparando con grafitis, obras de teatro, colorido, redacción de ponencias y el entusiasmo de jóvenes y pobladores que estamos construyendo la ciudad que merecemos.

El Foro Social Urbano Alternativo y Popular mostrará la ciudad tal como es, con sus contradicciones y sus miserias; hará visibles los problemas y las luchas de los pobres urbanos de Medellín, Colombia y el mundo; formulará puntos de vista plurales y alternativos a los dominantes; y dará impulso a un movimiento nacional articulado de los sectores urbanos excluídos del país.

Nuestro Foro es ya un espacio de construcción de propuestas, abierto, pluralista, ciudadano. Acogerá líderes sociales del país y del exterior que debatirán las problemáticas de las ciudades del siglo XXI en la Universidad de Antioquia entre el 6 y el 9 de abril. El martes 8, el Foro se convertirá en carnaval que durante la tarde recorrerá calles del norte y el centro de Medellín. Toda la ciudadanía está invitada.

*Historiador y Magister en Planeación Urbana de la Universidad Nacional de Colombia

 

Un arte malinterpretado

El miércoles 30 de octubre, en la noche bogotana, las patrullas de la Policía Metropolitana que custodiaban al cantante canadiense Justin Bieber, disminuyeron su velocidad hasta detenerse totalmente, junto a la extrella juvenil, frente a un puente de la calle 26, muy cerca del Concejo de la capital.

Bieber, que acababa de dar un concierto multitudinario, se bajó del carro, aprovechó la protección policial y pintó un grafiti con su firma, la bandera canadiense y una hoja de marihuana. Las autoridades esperaron pacientes el proceso del extranjero, protegieron su acción y luego lo acompañaron al hotel.

Al día siguiente la noticia estalló en todos los medios. Resultaba indignante que la Policía protegiera a la estrella de pop, que saliera en su defensa sobre el acto de dibujar en las paredes, cuando justamente era la Policía la mayor acusadora de este arte. “Tenemos que evolucionar, el grafiti es la expresión de un sentimiento, de una motivación”, dijo entonces Rodolfo Palomino, director de la Policía.

Y es cierto, el grafiti es un arte, la expresión de un sentimiento individual que alcanza la colectividad. Lo que resulta curioso es que después de décadas de criminalizar a las paredes transformadas en lienzos y a sus autores, tuviera que ser la acción de un extranjero y su defensa la que hiciera cambiar la postura –o al menos el discurso- de la institucionalidad colombiana.

Ni el grafiti es delito ni el grafitero un delincuente. Este arte, malinterpretado por años y asimilado injustamente como comportamiento de vándalos, es una de las expresiones más auténticas de lo urbano. La opinión expresada en los trazos que salen de las latas de spray son, en una amplia mayoría, recursos críticos de una sociedad injusta excluyente.

Es hora de la defensa del grafiti como reflejo del corazón ciudadano. De evitar la criminalización de un comportamiento que ha invadido por igual las barreras del muro de Berlín, las paredes drásticas que separan a Israel de Palestina, o los ladrillos más agujereados de los parques de Medellín.

Los jóvenes que toman en sus manos las latas de pintura se alejan de la violencia que los llevaría a empuñar un arma. La expresión cultural del grafiti no es inferior por tratarse de un comportamiento poco tradicional.

La Policía parece que lo entendió a tropezones, quizá en su defensa forzada por proteger a un extranjero de las acciones que merecen reproches a los nacionales. A Bieber se le acepta pero a los artistas urbanos nuestros no.

Si el error vale pare cambiar la imagen y la percepción de los grafitis y sus autores, bien vale el traspié. No sería la primera vez que en Colombia un extranjero nos tenga que mostrar, con sus manos, lo que hace años ya han estado proponiendo los nacionales.

¿Y nosotras por qué seguimos haciendo esto?

Relato de Patricia Nieto para responderle a sus estudiantes, y a todos los que la leen, si se debe estudiar periodismo y concebirlo como un pregrado académico.

San Roque-Medellín.  Flota Coonorte. Asientos 7 y 8. Febrero 8 de 2014

Natalia Botero viaja mi lado. Su cabeza descansa en la ventanilla por donde entra el sol de la tarde. Con las piernas aprieta el morral donde va su fortuna: Dos cámaras de fotografía, una Nikon N90S análoga y otra, también Nikon, digital D300S; y en ellas decenas de fotografías que tomó en las últimas 30 horas. Las imágenes narran el viaje de Romelia del Carmen Muriel Macías con los restos de su hija Diana Marcela. Romelia recibe el cofre envuelto en papel blanco. Romelia lleva el ramito de crisantemos apretado contra el pecho. Romelia se seca las lágrimas con el puño de la camisa. Romelia descansa en el hombro de su esposo mientras los movimientos del carro le impiden dormir. Romelia entra a la iglesia de la Inmaculada Concepción. Romelia firma papeles en el despacho parroquial de San Raque. Romelia sigue los pasos de su hijo  que, por el centro de la calle del asilo, camina con los restos de su hermanita en los brazos. Romelia deja a su hija en el osario 1592 del cementerio local. Romelia se deshace en llanto. Natalia abre los ojos justo cuando yo miro la selva tupida que corta el horizonte. ¿Y nosotras por qué seguimos haciendo esto? Me dice, con sus labios secos, como si viniera de un mal sueño. Bajo la mirada y me encuentro con mis uñas sucias.

La pregunta me lleva a un bus desvencijado abriéndose paso por la carretera entre Abejorral y Medellín y a una polvareda que nos tiñó de amarillo al pasar por Santa Bárbara. El recuerdo es del  1 de marzo del 2004: Natalia en la ventanilla y yo en el pasillo sintiendo la boca tan seca como hoy. Aquella vez traíamos las fotos y las palabras de Alba Lucía Rodríguez Cardona. Alba tras las rejas. Alba jugando baloncesto en la soledad del patio de mujeres. Alba escribiendo en su diario. Alba celebrando su cumpleaños número 26. Alba contando en los dedos los 510 meses de condena. Alba diciendo que no asesinó a su hija en el momento del parto. Entonces no hubo preguntas porque a Abejorral, la primera misión que asumimos en solitario –sin jefes, sin editores, sin revista, sin plata– nos lanzamos presas de una pasión incontenible por contar  historias.

Entre Abejorral y San Roque han pasado 12 años. Una década en la que fuimos testigos de la crueldad sin límites que germinaba en Colombia. Ya sabíamos de horrores pues como reporteras vimos los cuerpos calcinados que dejó la bomba de La Macarena y a Pablo Escobar muerto en un tejado. Pero para entonces no gobernábamos siquiera sobre nuestras páginas; éramos nervios estallados, ojos brillantes, cuerpos dispuestos para la siguiente historia.  Todavía hoy vivimos al punto del corto circuito, como dibuja Elena Poniatowska el alma de un cronista, pero la energía se acumula para alimentar otra necesidad: entender las historias para poder contarlas. Interpretar, ya se sabe, viene después de conocer los íntimos secretos de la partitura. Pero cuando la obra inconclusa se llama Colombia, la sabiduría es no solo esquiva sino peligrosa.  Eso fue lo que quise responder el sábado pasado pero el sueño me venció.

Ahora mientras me lavo los ojos para recibir el lunes pienso en los alumnos que me pidieron estas líneas. A esos muchachos de ojos brillantes y  respiraciones agitadas que toman cerveza, fuman porros, levitan cuando se enamoran no voy a responderles más preguntas. Les enviaré este relato y me dedicaré a mirarlos como si fueran flores exóticas. Ellos encontrarán los caminos para entender porque los periodistas nunca estaremos a punto.

Presidenciales despreciables

David E. Santos Gómez

A falta de seis meses para las elecciones presidenciales que definirán el inquilino de la Casa de Nariño hasta el 2018, aún el país no tiene claro quiénes irán a enfrentarse en las urnas. Lo partidos políticos, más preocupados por los movimientos de la otra orilla que por los ciudadanos, temen dar la primera puntada y perder fuelle en una carrera de corto aliento.

Pero seamos serios y realistas. Aquí, hoy y ahora, saber quiénes serán los candidatos a la presidencia de la república está en un segundo plano. Las elecciones venideras no girarán en torno a las caras de un tarjetón sino a la continuidad o el fin del proceso de paz del gobierno con la guerrilla de las Farc. Seguir o dar por terminado lo que se negocia en La Habana va a ser el motor principal que impulsará al electorado.

Cómo la elección será en blanco o negro, continuar o acabar los diálogos, la disputa parece encajar entre Juan Manuel Santos y Óscar Iván Zuluaga. El primero dice sin decir que quiere cuatro años más, y ensancha el tiempo hasta que la ley lo obligue a decidirse. El segundo, elegido en una consulta interna y extraña entre el uribismo radical, es más un vocero de conceptos ajenos que proponente de sus propios ideales.

La pelea parece el enfrentamiento de dos perros muecos. Santos con una popularidad paupérrima que no supera los treinta puntos combatirá contra un desconocido y opaco Zuluaga al que Uribe insiste en rodearlo de su popularidad aún significativa. El uribismo tendrá que luchar primero para que su candidato sea conocido y después para que lo voten.

La situación del campo de batalla es tan lamentable que Santos tendría más posibilidades de continuar el proceso y sus políticas en cuerpo ajeno, al cederle la candidatura a Germán Vargas Lleras, apenas afectado en su imagen por el descalabro del gobierno actual. Sin embargo, el actual presidente ha traicionado por décadas ideales propios y extraños y no parece tener entre sus movidas el hacerse a un lado para ver cómo otro recibe la banda presidencial. Él mismo es el ejemplo de la deslealtad en las herencias políticas.

Con una tercería política inexistente que sea capaz de detener las dos paupérrimas ofertas que tenemos de cara a mayo próximo, lo que inclinará la balanza hacia un lado o el otro es lo que se logre en La Habana en los meses próximos. La lentitud del proceso y las enfrentamientos entre guerrilla y gobierno juegan a favor del candidato de Uribe mientras los avances y las firmas le dan nuevo aire a Santos.

Todas las otras inmensas problemáticas que aquejan a un país tan pobre e inequitativo como el nuestro están y estarán relegadas de la disputa electoral. Ni la compleja situación del campo y la agricultura, ni la falta de acceso a la educación, ni una verdadera y estructural reforma a la salud, ni mucho menos la construcción de una mejor infraestructura; aparecen en el horizonte político.

El tarjetón presidencial, con dos o seis candidatos, con cinco o quince propuestas, será un referendo para confiar o negar el proceso de paz. Es lo que se ha vendido como lo más urgente aunque a muchos no nos cuadre que sea realmente lo más importante.

 

Antioquia, la otra; la menos educada

El miércoles 13 de noviembre la Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín entregaron los Premios “Antioquia la Más Educada” que buscaba exaltar a los mejores estudiantes y profesores de todo el departamento.

La apuesta política del Gobernador Sergio Fajardo por la Educación  es cada vez más evidente con este tipo de actos. A eso se le suman las pasadas Olimpiadas del Conocimiento que también conllevaron gran cubrimiento mediático.

Pero mientras eso ocurrí en la capital antioqueña, en otros municipios del departamento como Yolombó, 30 niños del Centro Educativo Rural la Abisinia completaban tres semanas sin clases. Su escuela está cerrada desde el  primero de noviembre por disposición de la Secretaria Municipal de Salud de Yolombó. Los baños del plantel están totalmente taponados y los niños y la educadora no tenían donde hacer sus necesidades fisiológicas.

La educación es el tema prioritario de la administración departamental en cabeza de Fajardo, de eso no cabe duda. Se le invierte mucho dinero al mejoramiento de la calidad y a la cobertura, ¿pero qué tipo de calidad y que cobertura se está dando en los municipios? En la Escuela de la Abisinia tenían hasta hace un mes unos computadores totalmente obsoletos, no servían para nada, para colmo de males los amigos  de lo ajeno intentaron robárselos y fue necesario que se los llevaran para la casa de uno de los padres de familia.

No solo es hablar de educación sino hacer que la que hay mejore mucho más. No se le niega los aportes que está haciendo el Gobierno departamental al buen funcionamiento de la educación, pero hay casos como el de Yolombó que se deberían revisar.

Según fuentes de la Secretaría de Educación de Antioquia, todo caso de desescolarización en cualquiera de los municipios no certificados (como es el caso de Yolombó) debe ser notificado inmediatamente a éste ente. Eso no ha sucedido tres semanas después de que los alumnos y la educadora  de la pequeña escuela hayan suspendidos sus labores académicas. La propia Secretaria de Educación  de Yolombó, Enilfa Gonzalez, así lo confirmó. Ella dice que no informó porque la Alcaldía se está haciendo cargo del arreglo del plantel para que los educandos y la docente puedan regresar. Los trabajos ya iniciaron en la escuela, pero aún no se sabe cuándo terminarán.

Por su parte Guillermo Valencia, jefe del núcleo educativo de Yolombó, dijo que no era necesario informar de la desescolarización a la Secretaria de Educación Departamental ya que se trata de un caso de fuerza mayor.  Él dice que lo más posible es que después de que informe de lo sucedido, el ente departamental emita una resolución para que se prolongue el calendario académico en la vereda y los niños puedan concluir sus respectivos grados.

Lo cierto del caso es que en las veredas más alejadas de todos los municipios a la educación aún le falta mucho para ser de calidad. Lo que se debe aprender de situaciones como esta es que las autoridades locales deben de estar más comprometidas con la educación, pues en la vereda la Abisinia los problemas con el alcantarillado de la escuela se venían presentando desde hace muchos días y según la educadora ya le había informado a la Administración local.

Adicionalmente los alumnos de las escuelas rurales aún no tiene el suficiente acceso a la tecnología por falta de computadores y los maestros tienen poca capacitación al respecto. Los pocos que hay son en su mayoría obsoletos y no se puede negar que en una sociedad como la actual la educación primaria deberá enseñar,  por lo menos lo básico sobre las herramientas tecnológicas.

 

Confesiones de una color runner

The Color Run, “Los 5 kilómetros más felices del planeta”, es una carrera atlética de cinco kilómetros en la que cada mil metros los participantes son bañados con polvos de colores a base de maicena. El evento fue creado por el estadounidense Travis Snyder, y llevado a cabo por primera vez en enero de 2012, en la ciudad de Phoenix, Arizona. En 2013 se espera a The Color Run en 130 ciudades de cuatro continentes. En Medellín, la segunda versión de la carrera tuvo lugar el domingo 28 de septiembre. María Paula Rubiano, una de las participantes, se confiesa: 

Sí, yo fui de los que pagó 50 mil pesos para que lo asfixiaran cada kilómetro con polvos de colores.  Si no hubiera sido porque no quería perder los pasajes de una semana, no me hubiera levantado a las siete de la mañana de un domingo para ir al evento que tanto polvo ha levantado: The Color Run. Llegué tarde, nada raro. Ahí estábamos 10 mil personas, ya con la cámara –los celulares– en la mano, listos para mostrarle al mundo que nos íbamos a divertir. Para entrar a la carrera teníamos que pasar por unas rejas, despacio, moviéndonos guiados por la inercia de los pasos ajenos. “Parecemos ganado”, atinó a decir una amiga. Pero no íbamos para el matadero y por eso estábamos felices.

Después de esperar casi una hora para empezar a correr, por fin llegamos al ‘Start’ donde recuperamos el espacio personal. Se supone que aquí es cuando empieza la carrera, pero nadie corre, todos nos paramos a tomarnos fotos. Pero eso ustedes ya lo saben, porque tienen Facebook y nos vieron. La estación del primer kilómetro era la azul, y nos llenamos del polvo, porque lo último que queríamos era quedar como los de la carrera pasada, que se pasaron con el naranja y parecían los oompa loompas de la versión setentera de Charlie y la Fábrica de Chocolates. Es que nosotros no vinimos para correr ni para ser felices, nosotros vinimos para que más tarde en sus pantallas ustedes nos vieran correr y ser felices.

Así seguimos, estación tras estación, con esa efervescencia tan característica de los eventos masivos, con el ritmo de esas canciones de discoteca que lo mueven a uno como un resorte, saltando, arriba y abajo. Cogíamos el polvo del piso y nos lo echábamos estratégicamente en los parches de piel limpia que aún quedaban. Entre el tercer y cuatro kilómetro vimos a un par de nenas retocándose el rosado: habían embotellado un poquito del polvo y se lo echaban con cuidado en la cara. Llegando al final dejamos que nos tumbaran comprando unas paletas cuyo precio prefiero no mencionar. Pero la sed era mucha y las paletas escasas.

Nos quedamos poco tiempo en la fiesta del final; la vida real de parciales y entregas esperaba en nuestras casas. En el bus todavía estábamos contagiados de esa camaradería entre desconocidos que se genera tras este tipo de eventos. Obvio sacamos el celular para fotografiarnos en el bus, #thecolorbus (los hashtag fueron el chiste de la mañana).Tomamos algo así como 100 fotos. Tras un cuidadoso proceso de edición, mis amigos y los amigos de mis amigos vieron 18 de ellas. Después de dar y recibir likes, comentar y ser comentada, sólo pude pensar en un fragmento de un texto que alguna vez me pasó un amigo, de un tal Pablo Fernández:

“Así, diversiones, borracheras, deportes, videojuegos, conciertos, aparecen como intentos complementarios y ambos inútiles de, por un lado, hacer cosas que llenen la vida de algo para que ésta tenga algún sentido, y a la vez, que mientras las estén haciendo, el tiempo no se note, para que así uno sienta que no está esperando sino que está actuando, porque, ciertamente, el tiempo se mueve y pasa precisamente cuando no nos damos cuenta de él.

Por esta misma razón, los habitantes del siglo veintiuno se la pasan tomando fotos con su celular y diciendo cheese y whiskey a la menor provocación, toda vez que, al parecer, necesitan pruebas de que han estado vivos en algún momento, y una supuesta característica de las fotografías es que logran captar todo lo que se esfuma, y a la mejor, si toma uno muchas fotos, entre todas se logra dar la impresión de que el mundo no se va, aunque en realidad lo único que nos queda del mundo es su foto”.

Aunque de Color Run no solo me quedaron las fotos. También me quedó una mancha azul en la espalda que todavía no logro quitarme.

No los callen

 Colombia despierta cada domingo con un escándalo que marcará el derrotero de los temas que tratarán los medios de comunicación durante los siguientes días.

León Valencia. Imagen tomada de semana.com

La claridad y simpleza de su estilo y, sobre todo, su alta precisión a la hora de dar cuenta de una denuncia -que acompaña de numerosas pruebas que dejan poco lugar a la duda- convierten al caso Coronell en extraordinario, en la medida en que en Colombia brillan por su ausencia trabajos como el suyo, de control político a las instituciones y a los funcionarios públicos con inclinaciones delictivas o comportamientos inapropiados. Y junto a Coronell, las páginas de la Revista Semana también cuentan con otro importante columnista, quizás no tan reconocido como el primero pero que con su juicioso trabajo de investigación en la Corporación Arcoiris ha llegado al fondo de graves problemas sociales y políticos en todas las regiones del país. León Valencia, exguerrillero del ELN y actual analista político de Canal Capital, utiliza su espacio en la publicación para dar cuenta de los trabajos que desde Arcoiris se vienen adelantando a lo largo y ancho de Colombia, en especial los relacionados con seguridad y corrupción. Recientemente Valencia –junto a otros dos periodistas- fue notificado de un plan que ya estaba en marcha para atentar contra su vida. No es la primera vez que lo amenazan, aunque pocas veces el riesgo había sido tan real. Por eso tuvo que irse del país. En su columna el pasado 18 de mayo dice que no lo van a detener, aunque acepta que tiene miedo. Como también lo tuvo Daniel Coronell cuando las amenazas contra su vida procedentes de los grupos radicales de extrema derecha lo hicieron salir del país, a él y a su familia, y los obligaron a exiliarse. En Colombia la opinión, si de verdad mete el dedo en la llaga, es una aventura riesgosa, algo de lo que pueden dar fe estos dos columnistas que con sus trabajos han puesto en peligro sus vidas y las de sus familias. Que no los callen, por caridad.

Institucionalidad bombera: sólo apagan incendios

Desde hace décadas en la ciudad de Medellín, la ciudadanía que habita esta ciudad asiste como simple espectadora frente al devenir político. La ciudadanía ha visto cómo de a poco se le relega y su capacidad de análisis y crítica se diluye en una ciudad de violencia y de políticos hostiles e insensibles frente los problemas sociales, que violentan a la ciudadanía cada vez que ésta denuncia los distintos atropellos a los que se conmina en esta ciudad. La ciudadanía ve cómo pasa cada administración y, con esta, la insensibilidad y el despotismo.

Estas administraciones ejecutan el llamado programa de gobierno, que no es otra cosa que “gobernar para los intereses particulares en detrimento del interés público”. Nuevamente la ciudadanía es un artilugio de uso políticamente pragmático para el poder y solo se recurre a ella para legitimar decisiones tomadas y darle un aire democratizador a dichas instituciones. En realidad todo sucede en el piso 12 de La Alpujarra de espaldas al pueblo.

En temas como la seguridad y la convivencia, las administraciones municipales han hecho gala de improvisación y desdén administrativo. La dilapidación y mal manejo de los recursos públicos ha llevado a la pérdida de vidas humanas, ha posibilitado el empoderamiento de las estructuras históricas del crimen organizado y el control por parte de éstas de más de 350 bandas y combos de la ciudad, con sus territorios y ciudadanos.

Hacen parte de las estrategias administrativas para atacar el crimen los shows mediáticos promovidos por la Policía del valle de Aburrá como medio de aumentar popularidad política, más que como medio de desmantelar el crimen y promover la paz. Dicha estrategia consta de atrapar mando bajos y medios o algún criminal reconocido para pasarlo por la televisión y mostrar la aparente guerra contra el crimen, nada más.

No hay una política pública que ataque el crimen, que lo desmantele. Todo hace parte de una estrategia ya institucionalizada de mostrar verdades a medias, no de una política pública de seguridad y convivencia enmarcadas en una estrategia integral de seguridad.

Los ejemplos están a la vista y muestran lo nefasto de su aplicación. Por ejemplo, la Comuna 13 ha vivido todo tipo de intervenciones: militares, económicas, políticas, sociales y en ningún momento ha cambiado la situación de violencia y criminalidad que la afectan.

La llamada intervención integral en la Comuna 8, donde se militarizó la zona y se llevaron programas de la alcaldía como las “Jornadas de Vida”, pretendió desactivar un conflicto que a la fecha sigue más vivo que antes, nada nuevo, “acciones cívico militares” que ya se aplicaron en décadas anteriores.

El desmantelamiento de las llamadas “ollas de vicio” que obedeció más a la necesidad del gobierno nacional en cabeza del presidente Juan Manuel Santos, de mostrar la efectividad de la política de la Seguridad Urbana, en la práctica no cambió en nada el mapa del microtráfico urbano de Medellín, ya que más de mil plazas de vicio y la mega plaza del barrio Antioquia siguen existiendo sin ningún contratiempo.

En últimas, “la estación de bomberos Alpujarra”, trabaja a toda marcha, apagando incendios cada vez que estos se activan, lamentablemente los apaga mal y éstos terminan volviendo a reactivarse.

Mientras la institucionalidad base la “estrategia” de seguridad y convivencia en capturas, decomisos y mejoramiento de la percepción de la seguridad, fundamentados en datos falaces, todo seguirá igual y no dejaremos de asistir a  acciones pueriles, superfluas, realizadas supuestamente por personas ingenuas (o demasiado maquiavélicas)  que poco o nada saben de la ciudad y que les importa un carajo la misma.



[1] Pido disculpas a los Bomberos de la ciudad, hombres y mujeres responsables y honestos que luchan por la vida y seguridad nuestra, no merecen ser comparados con los políticos de Medellín, pero no encontré un mejor ejemplo para este artículo, mis disculpas y respetos para con ustedes.

La mascota que no es mascota

Desde los 13 años tengo gatos. Antes de eso no tuve mascota. Nunca busqué tener una. En algún momento pensé en tener un perro, porque es ese el animal del juego. El gato es la mascota de la ciudad de nuestro futuro -ahora presente-, que a veces no para de crecer, y en la que las construcciones no crecen a lo ancho, sino hacia el cielo como para escaparnos.

El gato es el único animal, igual que la rata, que se acomoda a nuestro estilo de vida agitado en la ciudad. Como ya no tenemos tiempo para jugar con el perro, para sacarlo a hacer las necesidades (igual no hay muchos espacios verdes en la ciudad), el gato se proyecta como el animal que va a acompañar nuestros días. Primero porque el gato no tiene necesidad de juego, el se entretiene solo con lo que sea. Segundo, hace sus necesidades en cualquier tierrita que uno le ponga en la casa.

El contrato del gato con nosotros no es como el de los perros, que obedecieron sin preguntar nuestras imposiciones y que por eso decimos que es el ‘’mejor amigo del hombre’’. El gato accedió ayudar al hombre a erradicar plagas, pero a cambio le pidió mantener su estado salvaje, grandes palacios y adoración completa. No se equivocaba Jairo Aníbal Niño al decir que el gato es una gota de tigre.

Los egipcios fueron los primeros en caer en la mirada profunda de los gatos hace 3.500 años. Aunque hay registros fósiles de gatos en un yacimiento neolítico en Jericó (Cisjordania) que datan de hace 9.000 años. Pero no se sabe si los gatos fueron domesticados. El culto al gato fue tan popular en esa época que duró más de 2.000 años hasta el año 394 de nuestra época, cuando fue prohibida su adoración.

La figura del gato siempre ha estado relacionada con lo místico, la noche y el misterio. Esto lo pensaban los egipcios, por eso una de sus deidades era Bastet, la diosa virgen que reencarna en gatos. En Bubastis, la ciudad antigua donde le realizaban cultos, fueron encontrados más de 100.000 gatos momificados. Cuando un gato moría su dueño debía cortarse las cejas para mostrar su pena. Según los egipcios, yo hice mal porque cuando se murió mi primer gato no mostré mi pena como se debía. También si un gato era maltratado y asesinado, la persona implicada en la agresión era condenada a muerte.

En la Edad Media, su figura se ligó al inframundo, a las brujas y a otras figuras mitológicas de varias religiones. Y hubo una caza de gatos, sobre todo negros. Mientras más lanzaran a la hoguera, mejor. El rezago de estas supersticiones se mantuvo hasta no hace mucho. A mi madre, que nació en la década del sesenta, le fastidiaban los gatos y los veía como animales traicioneros. Lo cierto es que los gatos solo son traicioneros con quien se lo merece.

Los gatos no solo se convierten en mascotas porque requieren pocas cosas de los humanos. También por el amor y tranquilidad que brindan. El ronroneo de un gato puede aliviar cualquier tristeza. Hay estudios científicos que señalan que la compañía de un gato genera tranquilidad y distensión, además ayudan en terapias a personas con problemas psicológicos.

Por sus características anárquicas, oscuras, individuales y amorosas, el gato se ha convertido en inspiración y en fiel compañero de las artes. En la literatura ha llegado la inspiración del pequeño felino. Se pueden encontrar a escritores como Herman Hesse, Ernest Hemingway, Truman Capote, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar en fotos con sus camaradas con bigotes.

Charles Baudelaire se sirvió de los gatos para escribir algunos de sus famosos versos de Las flores del mal:   ‘’Que tu voz, gato misterioso/Gato seráfico, gato extraño/En que todo es, cual en un ángel/ ¡Tan sutil como armonioso!

Y Rafael Chaparro Madiedo en ‘’Opio en las nubes’’ hace la construcción gatuna de Pink Tomate en torno a su bohemia y desidia total por los quehaceres mundanos.

Son muchas las razones por las que un gato es una gran mascota de ciudad. El gato solo realiza consensos con otros y obedece sus propias opiniones. Cuando no se le trata bien o no siente que lo aprecian de verdad, vuelve a la calle. Él no nos necesita para vivir. A veces pienso que mis gatos solo me han querido porque les doy comida y porque les abro la puerta. Maullan y muestran todo su cariño cuando necesitan algo de nosotros. Si no es así, según su humor, aceptan que uno los acaricie, pero solo hasta donde ellos soporten nuestra presencia. Todo se hace según su criterio. Por eso si se encuentra estresado de esta urbe, de su trabajo, de cualquier cosa, compre un gato, abrácelo, sienta su ronroneo, acepte que la mascota es usted y piérdase en sus ojos que embalsaman cualquier alma.

Una seguridad virtual es la que se vive dentro de la U de A

¿Han sido realmente efectivas las estrategias de seguridad implementadas por la Universidad de Antioquia? Los casos de hurtos a estudiantes y profesores hacen evidente un fracaso de estos planes de seguridad.

Cerca de cinco años en la Universidad de Antioquia habían logrado hasta hace poco reforzar cierta sensación de seguridad que me invadía al ingresar a sus instalaciones. Pero como puede suceder a muchas personas y en diferentes situaciones, cuando se es el directo afectado es cuando se cae en cuenta de las falsas percepciones que se tienen.

El pasado jueves 18 de abril, cuando salía del bloque 12 de mi última clase del día, me dispuse a regresar a casa en mi motocicleta. Cuando intenté encenderla, nunca sucedió. A la mínima revisión supe que le habían vaciado el tanque del combustible que había llenado el día anterior. Me dirigí entonces al bloque de vigilancia, al otro lado de la Universidad, y dejé por escrito mi queja y mis datos, como me lo sugirió la secretaria. Quedé a la espera de una respuesta.

Posteriormente escribí un comentario en el grupo en Facebook de Asamblea UdeA, y supe que muchos otros estudiantes les había sucedido lo mismo. El caso es que desde entonces me han vaciado el tanque del combustible dos veces más, la última vez el pasado jueves 23 de mayo, con el agravante de que me cortaron la manguera que permite el paso de combustible desde el tanque al carburador. Varado en la Universidad de Antioquia, sin que fuera posible que un mecánico ingresara, volví a dejar mi reclamo sobre el escritorio de la oficina de vigilancia.

Pues bien, atracos, panfletos e intentos de violación pueden ser pan de cada día en Medellín, y así mismo reflejarse dentro de las universidades, pero esa cotidianidad no debería convertirse en una costumbre y una resignación por parte de ningún ciudadano. Y mucho menos ante las respuestas amañadas de los que imprimen esa falsa percepción de seguridad.

La respuesta de vigilancia fue que en los últimos días se estaban presentando muchos robos de gasolina y que no habían logrado detener a quien (o quienes) los estaban haciendo. Que tenían sospechas de un “un tropel muy grande” que se armaría cuando los campesinos de Hidroituango abandonaran las instalaciones de la Universidad. La sugerencia fue que dejara mi motocicleta al frente del bloque de vigilancia, y así ellos podrían cuidarla. En la misma semana, en las porterías se repartió un volante que los eximía de la responsabilidad de hurto o daño a vehículos.

Comunicado de la Vicerretoría Administrativa y el Departamento de Vigilancia.

Comunicado de la Vicerretoría Administrativa y el Departamento de Vigilancia.

La cosa aquí es que no se trata ni de mi motocicleta ni de mi gasolina ni de mi manguerita. Ni siquiera se trata del posible compañero o compañera que se quedó sin combustible y decidió valerse del mío, o de los que la recolectan para su revolución solipsista (que todo bien por su causa pero qué lástima por la mía). Se trata de toda una comunidad universitaria que eventualmente pueda verse afectada por situaciones similares o peores.

Con el incremento de personas en un campus que fue creado para menos de la mitad de los que somos ahora, y con la cantidad de vehículos que ingresan, sería imposible aparcarlos todos al frente de la oficina de vigilancia para que puedan hacer lo que corresponde a una empresa proveedora de este servicio.

Supe el caso de una estudiante de Historia quien a mediados de 2012, encontró su motocicleta volcada en uno de los parqueaderos de Ciudad Universitaria, con graves daños en ella. Solicitó conocer las grabaciones de las cámaras de seguridad para entablar una denuncia por el hecho. En la oficina de vigilancia le informaron, al igual que a mí, que debía diligenciar una carta con la solicitud. Cuando quiso saber sobre el trámite, la respuesta fue que la carta nunca había llegado y que no había material grabado, pues las cámaras eran de simple monitoreo.

Surgen cuestionamientos en este punto, luego de que estrategias de seguridad planeadas desde 2009, como las cámaras de seguridad, la implementación de la Tarjeta Integrada Personal (TIP) y la instalación de los torniquetes para el ingreso al campus, han mostrado ser poco efectivas desde su implementación, además de su carácter coercitivo y la seguridad virtual que ofrecen.

Video realizado a mediados de 2012 por De la Urbe sobre la eficacia

en la práctica de las medidas que se han implementado en materia de seguridad.

Mediante la resolución superior 1568 de 2009, el Consejo Superior Universitario puso en marcha un plan con un valor cercano a los dos mil millones de pesos, para la contratación de una empresa que se encargaría de “el diseño, la adquisición, la instalación y la puesta en marcha de dispositivos electrónicos de vigilancia y seguridad, con el fin de controlar y hacer seguimiento al acceso y a la salida de personas, bienes y vehículos, para la seguridad en la Ciudad Universitaria”.

Una política de seguridad dentro de la Universidad de Antioquia requiere un estudio serio y multidisciplinario. Vale la pena resaltar el artículo del profesor Francisco Cortés Rodas en la revista Debates número 63, en la que el docente propone un modelo para estas políticas de seguridad más allá de hablar de intervención policial, cámaras y torniquetes, pues contiene más obligaciones que la de simplemente reaccionar ante los hechos violentos. Se trata entonces en este modelo conceptual de seguridad universitaria de tres elementos básicos: además de 1) reaccionar ante los hechos violentosmediante la intervención policial, también de 2) políticas de prevención y 3) de políticas de asistencia”.

El panóptico que permitía vigilar hasta los baños de la Universidad de Antioquia, fue pasando de la indignación de gran parte de la comunidad universitaria, a unos simples ojos vigilantes que se volvieron parte del paisaje, al igual que la seguridad. Porque uno se pregunta, al no poder acceder a las grabaciones y siendo evidente que en poco ha mejorado la labor de los vigilantes ¿a quién realmente le favorece invertir tanto dinero en cámaras y torniquetes? Porque es innegable que a ese ente abstracto que los comunicados definen como ‘comunidad universitaria’ poco le es útil.