Columnas

Sí, yo también

Si no hay consentimiento, hasta la belleza pierde su bondad. Si no hay capacidad de elección, no hay libertad. Y sin ella, nos roban la dignidad como ser humano.

Doris Elisa Bustamante
Profesora de Periodismo

J. es mi vecino colindante. El hijo de los vecinos de mis padres desde hace más de treinta años. Una noche, cuando estaba en su taller de carpintería y le di la espalda para salir, después de una breve charla por una mesa de trabajo que eventualmente me ayudaría a construir, me agarró de la cintura y comenzó a besarme y a manosearme. Me volteé para tratar de zafarme sin mucho éxito, parecía que sus brazos y sus manos se hubieran multiplicado, los sentía por todos lados. No medió palabra, ni antes, ni durante, ni cuando pude irme. Yo pasé del “no, no” a tratar de aflojar para ver si aflojaba él, “ahora no, ahora no” le decía como si pudiera haber un “después sí”, y quizás entonces me soltaría y yo podría irme. Le decía que mi mamá estaba afuera y ya no recuerdo qué otras cosas.

No sé cómo, pero de pronto me vi con las piernas en el aire y abiertas sin poder poner pie en el piso y sin poder apoyarme en nada. Me tenía cargada sobre su cadera y fui consciente de su pene frotándose contra mí. Es lo más asqueroso que he sentido en la vida. Comencé a reírme. En ese momento solo pensaba en la ridícula posición en la que estaba y ¡me reía! mientras manoteaba hacia el techo y la pared más cercana tratando de volver sobre mis pies.

De repente me bajó y quiso seguir tocándome. Finalmente tuve algo de control y dije “me voy a mi casa”. Algo lo detuvo, yo no pude. No sé qué fue, quizás la conciencia de ese entorno simbólico en el que vivimos tantos años y que él ignoró en esos minutos eternos y horribles: mi mamá, la de él, sus otros hermanos, el vecindario, suyo y mío al mismo tiempo; mi casa, la de él. No sé.

Cuando salí de ese garaje, arreglándome el pelo, me sentí como en una película y lo primero que pensé fue “ni siquiera tiene mi celular”. ¿¡Se puede creer!? Mi terrible inconsciente me hacía pensar que era un acto de seducción. ¿En qué mundo crecí que ante una agresión como esa, yo, una persona consciente, que ha pensado estos temas y se ha atrevido a analizar la reacción social e individual de quienes sufren algo así, tira por la borda la razón y reacciona como una simple mujer abusada e inconsciente de haberlo sido? ¡A mis 49 años!

Y pienso entonces en el escándalo hollywoodense del momento. Simple. Crecí en el mundo de los Harvey Weinstein, que es también el de aquellos que critican las reivindicaciones feministas, que creen que las mujeres adornamos sus vidas, que estamos para ser seducidas y halagadas, que debemos ser suaves y agradecidas, que “la imagen de la mujer es pública y es de todos” como defendió los piropos alguien en las redes sociales tratando de deslindarse de los abiertamente sicópatas como J. y los abusadores como Weinstein.

Y me acordé de una escena en La naranja mecánica en donde como terapia de choque hacen que Alex escuche su amada novena sinfonía de Beethoven mientras lo obligan, con ganchos en sus ojos, a ver la proyección de escenas repulsivas y violentas… La belleza como terrible instrumento de control y disciplinamiento.

Si no hay consentimiento, hasta la belleza pierde su bondad. Si no hay capacidad de elección, no hay libertad. Y sin ella, nos roban la dignidad como ser humano.

Por eso, la poderosa respuesta colectiva que derivó del caso Weinstein, la campaña virtual #YoTambién (#MeToo en su versión original), que saca del baúl de lo privado esa costumbre social tan enquistada, es vital para construir una ética pública que nos considere sujetos de derechos plenos. Porque el feminismo no es un discurso solo de mujeres, o no debería serlo. Es una manera de relacionarnos socialmente, una que le da igual derecho de ser, parecer y decidir a cualquier persona sin importar su género.

 

¿Ya estamos preparados para la anáfora y la demagogia eterna?

Desde el inicio de los diálogos entre el Gobierno y las Farc, el país se vio inmerso en un juego de vanidades en el que los participantes se encargaron de jactarse y juzgar, dependiendo de si se apoyaba o no el proceso de paz.

Laura Franco
Estudiante de Periodismo

Desde el inicio de los diálogos entre el Gobierno y las Farc, el país se vio inmerso en un juego de vanidades en el que los participantes se encargaron de jactarse y juzgar, dependiendo de si se apoyaba o no el proceso de paz. Se fue aprovechando entonces el escenario, que resultaba ser de una transformación sustancial -más allá de esas superficialidades altivas-, para el enaltecimiento político y la consolidación de una estrategia con el objetivo de alcanzar o mantener poder.

Se les olvidó a los implicados que la búsqueda de una “paz estable y duradera” no es exclusiva de morales perfectas, es un objetivo intrínseco e instintivo —además de constitucional— que con convicción han perseguido muchos gobiernos, aplicando maniobras particulares por supuesto; desde Pastrana con su fracasado intento de negociación, hasta Uribe con su política de Seguridad Democrática.

Así pues, con el proceso de paz iniciado en el mandato de Juan Manuel Santos, no se estaba llevando a cabo la insurrección del siglo (y por favor no me malinterpreten, no le resto valor a lo que se alcanzó con el Acuerdo y lo que resta por lograrse), pero el aire de superioridad que supone estar logrando una hazaña o estar en el lado correcto de la polarización, es penoso.

Santos, por ejemplo, desde finales de 2016 —para ese tiempo ya Nobel de Paz—, no deja pasar en sus alocuciones ningún concepto que no haga referencia directa a la reconciliación, la guerra o la paz, como si de un deber se tratase y como si el repetirlo reafirmara su figura. Es así como la palabra paz, de tanto ser repetida, se ha vuelto pleonástica y falta de sentido.

La repetición ha sido siempre una herramienta retórica usada para enfatizar el sentido de algo, antes que para desprestigiarlo. No obstante,  esa anáfora discursiva, propia de Santos y demás personalidades políticas, en torno a la paz, ha hecho que desaparezca la carga simbólica del concepto que ahora se queda en una figura estilística.

Abusar del término, y del concepto que engloba, es innecesario, pues desde el origen de las comunidades se ha estado siempre en un proceso de paz, en busca de una tranquilidad y una buena convivencia que hoy se extiende con la construcción de la misma desde los territorios, las relaciones sociales, la educación, la cultura y el arte. El Acuerdo fue en últimas una más de esas iniciativas, aunque macro y con un mayor despliegue mediático.

Ahora bien, próximos a unas elecciones presidenciales, los candidatos se han estado vinculando a uno u otro costado de la discusión eterna, apoyar o no los acuerdos, dejando casi en segundo plano el resto de problemáticas que envuelven al país. Se está haciendo entonces que la sociedad colombiana gire su mirada en un solo sentido. Es importante por supuesto tener clara la posición del candidato frente a lo pactado, pero no es en absoluto lo único relevante dentro de la presentación de su candidatura.

De la Calle, Claudia López y Fajardo (los candidatos con mayor favorabilidad según la encuesta Gallup poll) se han manifestado ya afines a lo firmado con las Farc. Cada uno ha asegurado respaldar el Acuerdo a la vez que coinciden en otro término no menos repetitivo: la anticorrupción, inmiscuida en un discurso que resulta demagógico en la medida en que trata de persuadir a los votantes de que siendo ellos los elegidos podrán terminar con ese defecto inherente a la sociedad colombiana.

Parece entonces que la anáfora -por el lado de la paz- y la demagogia -por el lado del discurso de la anti-corrupción- serán las que guíen la propaganda y la publicidad de las elecciones venideras y de paso, el resto de alocuciones políticas. Espero que estemos preparados.

Buscar la verdad, no inventarla

El periodista debe ser honesto, debe contar los hechos tal cual, sin verdades a medias y respetando el trabajo de sus demás colegas.

Sebastian Puerta Ortiz

Toda la tarde me la he pasado en busca de información sobre plagios en el periodismo que hayan dejado huella en el mundo y, sobre todo, que hubiesen abierto la brecha casi imborrable de la desconfianza entre el periodista y sus lectores. Encontré hechos reales que irónicamente tienen como eje central la falsedad. Casos como el de Stephen Glass, quien inventó veintiuno de los cuarenta artículos que escribió para el semanario estadounidense The New Republic, o el de Jaison Blair, quien falsificó alrededor de cien de las seiscientas notas que escribió para The New York Times, muestran la falta de pasión por el oficio, la necesidad de producir en exceso o el no admitir que como seres humanos pasamos por épocas en las que las ideas no nos fluyen como quisiéramos, son alicientes que han llevado a muchos a menospreciar la labor periodística y, a veces, a convertirla en literatura.

Me encanta leer cuentos, novelas y poesías, me parece que la imaginación que tienen los autores que escriben esos tipos de textos es increíble, pero con lo que no estoy de acuerdo es con el hecho de utilizar este recurso en un espacio que, si bien necesita la capacidad de una buena utilización de las palabras y originalidad, tiene como ente inspirador los hechos reales, los datos demostrables y a las personas que dan fe con sus realidades de un pedazo de cada historia que se cuenta. Cada cosa tiene su espacio y el buen periodismo debe ir paralelo, pero por un camino diferente al de la ficción.

Gracias al mundo digital, la información se pasea de manera mucho más cercana a nosotros; si tienes un computador o celular con acceso a la red, puedes disfrutar de innumerable cantidad de contenidos de toda índole. Las posibilidades son infinitas y el conocimiento que se puede adquirir es amplio, pero en algunas ocasiones estas ventajas pueden ser mal utilizadas.

El periodista debe ser honesto, debe contar los hechos tal cual, sin verdades a medias y respetando el trabajo de sus demás colegas. El plagio es un delito, pero más que eso es una forma de menospreciarnos como profesionales y de sacarles el dedo del medio a las personas que siguen nuestro trabajo; ¿qué se pierde con agregar en un texto que ‘x’ línea o ‘y’ párrafo se sacó de ‘z’ medio? ¿Eso no nos fortalece? ¿Pasamos tantos años en la universidad reporteando, conociendo distintos métodos de investigación, formulando proyectos, para que después se nos “olvide” hacer una cita?

Bien por todos aquellos que han sido capaces de destapar la olla del sancocho de mentiras que otros colegas han tenido hirviendo por tanto tiempo. Entiendo que estemos en la época de la inmediatez, pero eso no es excusa para ofender las bases del periodismo.

No sabía que estaba embarazada: especial de horror

La historia demasiado real y demasiado espeluznante de Dafne McPherson, la mujer que fue acusada del homicidio de su hija recién nacida.

Por Ana María Hincapié Zapata
Ilustración: Ana María Hincapié.

Ilustración: Ana María Hincapié.

“No sabía que estaba embarazada” narraba historias reales de mujeres que pasaban los nueve meses de gestación inocentes de lo que sucedía con su cuerpo, y un día, sin más ni más, un o una bebé salía de sus entrañas para convertirlas, de la noche a la mañana, en madres. Cada capítulo era más increíble que el anterior, tanto que llegué a dudar de su veracidad.

Quizás todas, o casi todas las mujeres que nacimos entre los ochenta y los noventa vimos, en algún momento de nuestra adolescencia, este famoso programa de Discovery Channel que nos dejó un terror interno y silencioso a que la prueba de embarazo saliera negativa y, aun así, algo se geste en el útero sin que nadie pueda saberlo.

Probablemente por eso, el caso de Dafne McPherson me ha dejado aterrada, adolorida y casi devastada. Puedo decir que vi casi todos los capítulos de la famosa serie y que ninguno es tan desconcertante e insólito como el suyo.

“Salí a comer a las 4:00 (pm)… 5:30(pm) regresé de comer. Entré a Liverpool; yo traía cólicos. Entonces le hablé a la enfermera, la enfermera nunca me contestó en su extensión y sentí cómo se me rompió como una liga dentro de lo que es el tronco, dentro del estómago, y me dieron muchas ganas de ir al baño y no me dio ni tiempo de sentarme, cuando sentí que se cayó algo y me recliné, empecé a sentir que sangraba, me empecé a marear, me senté… volteé a ver y era un bebé. Me dio miedo, no sabía que estaba pasando…me mareé, perdí el conocimiento, no me acuerdo de muchas cosas, no sentí que pasara mucho tiempo cuando llegó la enfermera, cuando escuché que era ella le abrí la puerta y le dije que tenía mucho miedo que era un bebé, que yo no sabía que estaba embarazada. Ella me agarró y me dijo que todo iba a estar bien. Y de ahí ya no supe”, es así como recuerda Dafne el parto fortuito que vivió  el 17 de febrero de 2015 en los baños de su trabajo.

Dafne McPherson es una mujer mexicana de 28 años que solía trabajar en la tienda departamental Liverpool. Para ese momento tenía una hija de 6 años, un padre y una madre. Hacía varios meses que sufría de hipotiroidismo y por esto no sabía que estaba embarazada. Tuvo que pasar dos horas desangrándose sin poder hacer nada ni por ella ni por el bebé del que acaba de enterarse y sufrió un caso de violencia obstétrica de horror.

El personal de seguridad de Liverpool impidió que llegaran los paramédicos a tiempo y apenas a las 7:40 pm Dafne fue trasladada al hospital, a donde, por supuesto, la acompañaron agentes de la Policía porque desde el primer momento fue juzgada por lo que aún allí llaman delito: un aborto. Después de saber que la bebé tenía más de 8 meses de gestación, Dafne ya no fue juzgada por aborto sino por homicidio calificado y en julio de 2016 fue sentenciada a 16 años de cárcel por no haber hecho nada, no haber podido hacer nada, no saber cómo actuar, tener miedo, no entender lo que pasaba, desangrarse y desmayarse. Sin embargo, la empresa que le negó los servicios de salud correspondientes sólo fue multada con 30.000 pesos mexicanos (4.700.000 pesos colombianos)  y pudo seguir de largo con sus ventas.

El proceso en el que fue juzgada estuvo lleno de irregularidades, de abogados desinteresados que la creían culpable y de un particular fiscal, Gustavo Acosta, quien declaró: “si ella vio que nació, lo hubiera hecho (levantarse y llevar la bebé al hospital). Porque creo que ni un perro hace eso, ni una perra, que ve que su hijo nació y va a procurarle la muerte”.

Hace dos años que se encuentra en un centro de reclusión de Querétaro, México, acusada de homicidio  calificado, está bajo tratamiento psiquiátrico, a diario llama a su hija de ocho años, quien cree que su mamá está en un hospital y no en la cárcel porque sus abuelos no saben cómo explicarle la situación.

Con el apoyo de la abogada Karla Michelle Salas del Grupo de Acción por los Derechos Humanos y la Justicia Social A.C., Dafne está en proceso de conseguir el Amparo Directo 183/2017, que estaba agendado para ser discutido el pasado 19 de octubre por el Vigésimo Segundo Tribunal Colegiado del Estado de Querétaro, que decidió aplazar la discusión para ampliar el análisis del caso. Además, este Grupo de Acción ha iniciado una petición en la plataforma Change.org que hasta el momento de escribir este artículo tenía ya 50.921 firmas. Esta es y su última oportunidad de quedar en libertad.

La discusión sobre la situación de Dafne ha salido a la luz después de dos años de angustias e injusticias y en este punto no importa si su declaración es o no es real, pues ninguna mujer debería ser llevada a la cárcel por tomar decisiones sobre su propio cuerpo, ninguna mujer debería sufrir violencia obstétrica, ninguna mujer debería sentirse acorralada por su familia, sus compañeros de trabajo o su pareja, ninguna mujer debería ser juzgada penalmente por no poseer eso que no sabemos si existe que llaman instinto materno, ninguna mujer debería sufrir maltrato físico y psicológico como este ni como ningún otro. Ninguna persona. Sin embargo, evidentemente pasa, le pasó a Dafne y como temíamos que sucediera con “No sabía que estaba embarazada”, nos puede pasar a todas.

Movilidad y ¿cultura ciudadana?

El hecho de respetar a la persona que comparte conmigo la vía es una acción mínima de inteligencia y cordura. El llamado de atención es para todos: conductores de motos, carros, buses, ciclistas y peatones.

Juan Pablo González – jpgc23@gmail.com

¡Quítese de la vía, gran malparido!”, fue lo último que le escuché decir a un conductor de microbús cuando salía a pedalear por la vía al mar. El enojo que sentí fue inmediato, tanto que respondí enseguida: “¡Pase por encima si es que va de afán!”. El tipo me miró con desprecio y rabia y siguió su camino con el acelerador a fondo. Entonces pensé en los ciclistas que mueren en Colombia en accidentes de tránsito y en cómo hemos normalizado las tragedias que suceden en las carreteras y el morbo de un charco de sangre.

Cada cierto tiempo, los medios de comunicación replican decenas de noticias en donde personas ebrias atropellan a peatones y ciclistas. Una vez pasa el ciclo mediático, la agenda nacional centra su opinión en otros temas que se vuelven noticia y poco o nada queda. ¿Dónde está la responsabilidad cívica y social por el otro, por el peatón, por el ciclista, por el motociclista? No se trata de victimizar a unos y culpar a los otros. Se trata de pensar en las dinámicas que ocurren afuera en las calles, donde la ciudadanía se construye a diario y donde el enojo y la desesperación pueden acabar con la vida de alguien. Entretanto, adentro, las instituciones gubernamentales discuten una y otra vez fenómenos como la “movilidad” o la “sostenibilidad”, sin mayor alarma por las muertes en accidentes de tránsito. No es que no haya una preocupación por la vida: la hay, es un hecho, pero no va más allá de producir comerciales protagonizados por Pirry y dirigidos a todos y a nadie.

No hace mucho, un grupo de jóvenes pertenecientes al colectivo La Magia de la Bici, junto con la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín, invitaron a conductores de transporte público a montar en bicicleta por las principales calzadas de la ciudad. No se puede esperar más tiempo para motivar campañas —reales, en las calles— que alerten sobre la tasa de mortalidad provocada por accidentes de tránsito. Según los informes de la Secretaría de Movilidad, más de una docena de ciclistas murieron y más de medio millar resultaron lesionados en 2016. Para el caso de los peatones, el panorama es peor: cada tres días muere un peatón en Medellín.

Lo preocupante es que, según el Plan Operativo Anual de Inversiones para 2017, los recursos que recibirá la Secretaría de Cultura Ciudadana son mínimos, en comparación con el capital que se le inyectará a la educación y a la salud. Está bien que se establezca una ruta que atienda prioridades en la ciudad, pero hay que tener conciencia de que un accidente no es un problema de movilidad, ni de salud; es un problema de convivencia y de formación en civismo. ¿Dónde queda la formación ciudadana?

El hecho de respetar a la persona que comparte conmigo la vía es una acción mínima de inteligencia y cordura. El llamado de atención es para todos: conductores de motos, carros, buses, ciclistas y peatones: somos responsables de la integridad del otro.

Columna publicada en la edición 83 de De la Urbe
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¿Qué depara el horóscopo para Piscis?

Rechazos imaginarios, el desconocimiento de la posición del compañero y un equipo sin líder en la cancha, deja un punto claro: algo se está haciendo muy mal.

Por Cristian Alejandro Hoyos Arenas*

Siempre que tomo el periódico, lo primero que hago es ir a la sección deportiva. No me gusta defraudarme desde el inicio con la situación política, social y económica de nuestro país. Luego, de vez en cuando, me doy la pasadita por el horóscopo para reírme de las predicciones del oráculo.

Después de divertirme con el supuesto matrimonio que febrero trae para Géminis, me llamó la atención lo que el diario vaticinó para Piscis. Primero, en negrilla, decía: “A un mundial de fútbol se llega jugando buen fútbol. Piscis, no inventes, las lunas de júpiter no están a tu favor”. En ese momento de la lectura comprendí que lo del horóscopo, por inverosímil que parezca, se acomoda a algunas personas… ¡Y de qué manera!

Ya había un interés más que personal por enterarme de las predicciones para ese signo zodiacal, pero siempre he preferido ver fútbol sobre muchas otras cosas. En ese momento, la selección Colombia Sub-20 se enfrentaba a Uruguay por la tercera fecha del hexagonal final del Sudamericano de esa categoría que se disputó en Ecuador. Esta competencia brindó cuatro cupos para la Copa Mundial de la FIFA República de Corea 2017. Partido atractivo porque las necesidades de un equipo y el alto nivel del otro, prometían un juego de ‘toma y dame’. Eso no sucedió.

El encuentro dejó una apabullante victoria por parte de una de las mejores selecciones del certamen sobre un equipo que, al parecer, olvidó cómo se juega este deporte –claro, son menores de 20 años de edad. Digamos que primó la inexperiencia en jugadores que solo han disputado algunos partidos en ligas profesionales pero, ¿el cuerpo técnico?-. El resultado fue un contundente 3 a 0 de ‘Los Charrúas’ sobre ‘La Tricolor’: Un equipo que comete los mismos errores en partidos diferentes, es como si en los entrenamientos no les indicaran que, ante un contragolpe del rival, lo mínimo que se debe hacer es regresar en velocidad para pasar la línea del balón y así evitar que el contrincante avance en el marcador… ¡Regresar con el mayor orden posible! Como diría mi abuela: ni lo uno ni lo otro. ¿Dónde está el error? ¿Es desde los clubes con la fundamentación sobre el fútbol o desde la dirigencia técnica de la Selección que no aprovecha la capacidad de sus jugadores para crear un grupo compacto? Eso solo lo sabríamos con variación táctica que hoy es escaza en el combinado nacional de esa categoría.

Fue tan frustrante el final del partido que busqué el periódico para continuar con el horóscopo de Piscis, esa sección del diario me había cautivado más de lo normal y las decepciones se olvidan con un poco de distracción. El oráculo continuaba con el número de la suerte: “Tu número del mes es el 14, recuerda que los pares representan hechos positivos. Piscis, no entregues todo al azar, esta cifra podría jugarte una mala pasada”. La relación con Carlos Restrepo, el entrenador del seleccionado juvenil, ya era tanta que solo faltaba otra joyita de predicción después del partido decisivo ante Ecuador. La curiosidad me llevó a guardar el recorte del horóscopo hasta después del encuentro… Y sí, otra vez pierde Colombia 3 a 0, ¡sumando 14 goles en contra en lo que va del campeonato! “Pero perdimos jugando mal, es un alivio, maluco perder jugando bien”, pensé en modo de autocrítica para consolar mis sentimientos de aficionado colombiano.

Rechazos imaginarios, el desconocimiento de la posición del compañero y un equipo sin líder en la cancha, deja un punto claro: algo se está haciendo muy mal. Quizás el entrenador les pide que jueguen como lo hacen en sus clubes y esa sea la razón de la escasez de trabajo en equipo; o tal vez, los jugadores no han comprendido la dimensión de hacer parte de la Selección y de ser los posibles conductores en el viaje hacia Qatar 2022.

Las esperanzas de participar en República de Corea 2017 se esfumaron y aquella edición del periódico ya perdió vigencia, lo mínimo que puedo hacer es finalizar el horóscopo de Piscis, ¿qué podría tener de extraordinario? Terminaba así: “Color del mes: rojo. No debes confiar nunca en el azar, tu futuro laboral se puede ver afectado. Busca un nuevo aire, en tu empleo actual has perdido credibilidad. Unas vacaciones para aclarar las ideas no estarían mal”.

Mi abuela y el horóscopo son similares, a alguna cosita le atinan, si gustara del fútbol estaría pregonando por ahí un par de frases. Primera: “eso de los agüeros es cosita seria, ¡bendito sea el señor!” y segunda: “a Ecuador fuimos por lana y ojalá Brasil no nos devuelva más trasquilados”. Solo queda el deseo de cerrar esta participación desastrosa con una presentación decente contra ‘La verdeamarela’ Ojalá el entrenador no lea el horóscopo.

Nota: esta columna fue escrita antes del partido entre Colombia y Brasil, que quedó empatado 0-0. Con este empate, Colombia quedó en el último lugar y Brasil no clasificó al Mundial. El campeón del Sudamericano Sub 20 Ecuador 2017 fue Urugay y los clasificados para el Mundial de Corea 2017, además del campeón, son Ecuador, Venezuela y Argentina.

*Estudiante Comunicación Social-Periodismo, Universidad de Antioquia, Seccional Suroeste

Más deportistas, menos guerreros

Por esos pueblos, donde la guerra no dura lo que una nota de televisión, sacamos pecho cuando el Himno Nacional suena en los podios.

Andrés Viveros Villarreal
a.ndresviveros7@gmail.com

Apartadó, Cómbita, Zaragoza, Turbo, Jamundí, Morales, Pesca… son nombres de municipios que usualmente no trascienden en los medios o lo hacen únicamente cuando la violencia se manifiesta en sus territorios. Este año y, quizás, en los últimos cuatro, hemos oído estos nombres con aires de orgullo, felicidad y victoria en el ámbito del deporte.

Son las tierras de nuestros deportistas, quienes han dejado en alto el nombre de Colombia en el extranjero y ayudado, de cierta manera, a cambiar la imagen de un país violento. Caterine Ibargüen, Nairo Quintana, Óscar Figueroa, Yuberjén Martínez, Yuri Alvear, Íngrit Valencia, Miguel Ángel López, son algunos de esos embajadores que, a través del atletismo, el ciclismo, el boxeo, el judo, la halterofilia (levantamiento de pesas) y otras disciplinas deportivas, enorgullecen a una nación golpeada por la guerra.

Todos han encontrado obstáculos que superar y han salido adelante dejando atrás la dificultad que trae el nacer en lugares donde el apoyo al deporte es prácticamente nulo, donde las oportunidades son ínfimas y donde la posibilidad de perderse por caminos non sanctos es altamente viable.

Justamente por esos pueblos, donde la guerra no dura lo que una nota de televisión, sacamos pecho cuando el Himno Nacional suena en los podios. Tuve la fortuna este año de estar en las tres carreras de ciclismo más importantes en el país: la Vuelta a Colombia, el Clásico RCN y la Vuelta de la Juventud. En las últimas dos, se corrió con un mensaje a favor del fin del conflicto: ‘La carrera por la paz’, se denominó la primera, y la ‘Vuelta de la Juventud por la paz’, la segunda.

Las dos pasaron por regiones que nunca antes habían tenido la oportunidad de presenciar este tipo de eventos y que han sido fuertemente golpeadas por la violencia. El Patía, El Bordo, Timbío, Caloto, Corinto, Turbo, Necoclí, Apartadó, Chigorodó, Bosconia, Turbaco, los Montes de María vieron en primera fila estas carreras y disfrutaron con los mejores ciclistas del país.

En todos estos lugares, el clamor general gritaba: ¡Paz!¡Reconciliación! ¡Perdón!, lo cual destacaba al deporte como formador, como camino para evitar la violencia. Pancartas, banderas, volantes, bombas, hasta cortes de pelo con mensajes alusivos al SÍ, a la paz, aparecieron en cada llegada. “Ellos quieren acabar la guerra, pensé, ¿y quién sabrá más de guerra que aquellos que la vieron de frente?”.

“¿Qué hay que hacer para ser como ellos?”, me preguntó un niño en Aguachica (Cesar), cuando se acercó a la carpa del equipo para el que trabajo. “Practica, entrena, no dejes de estudiar y rodéate bien”, le respondí mientras le regalaba un tarro para el agua. No pude dejar de pensar en él y en cuántos niños dejaron a un lado un balón de fútbol, una bicicleta, unos patines, unos guantes, y los cambiaron por armas. Y en esos jóvenes talentosos que entraron a la guerra buscando huir de ella. Sí, suena paradójico, pero así es: muchos tuvieron que dejar sus terruños para escapar del conflicto y terminaron entrando al Ejército o a la guerrilla.

En Colombia, todavía se subestima el deporte, como si no fuera un camino, una posibilidad. El deporte es un formador de futuro y el hecho de que muchos de los que nos llenan de orgullo provengan de zonas golpeadas por una guerra absurda y por la infinidad de problemas sociales por los que atraviesa Colombia, debe ser un mensaje. La paz es el objetivo; el deporte, una de las vías para lograrlo. Por más Nairos, James, Marianas, Caterines, Yuberjens…

 

Columna publicada en De la Urbe 82

La triste llegada de los ‘arbitrobots’

Nacional fue el primer objeto de estudio del nuevo experimento de la FIFA. Perdió el partido, entre otras cosas por esa situación, pero el verdadero perdedor con esto es el fútbol.

Bryan Andrés González Vélez
bryangonzalez448@gmail.com
Fotografía tomada de Facebook: Fifa Club World Cup.

Fotografía tomada de Facebook: Fifa Club World Cup.

Ya veo el futuro: los árbitrobots le quitaron el puesto a los humanos. No hay hinchas, sino teléfonos móviles que graban las acciones del juego. Parece que nadie apela a la ortodoxa manera de disfrutar el partido con sus ojos, no con sus celulares. Los encuentros terminan 30-24 y se sancionan 20 penales por partido. Ahora el fútbol es perfecto. Todo se revisa: que el arquero le golpeó el trasero al rival a manera de camaradería, pues se sanciona agresión sexual y se le saca la tarjeta café que lo inhabilita a usar las manos por 15 minutos. Los jugadores no simulan, perdieron su naturalidad y ahora están más pendientes en salir bien en las repeticiones.

Volvamos al presente. Se acaba de sancionar el primer penal decretado mediante la ayuda del video. Bien. El afectado fue Atlético Nacional que se puso en contra del marcador debido a aquella situación y posteriormente perdió 3 a 0 contra el Kashima, de Japón. Nacional no perdió por el penal en contra, lo hizo por su incapacidad a la hora de definir, cosa elemental en el deporte más practicado del mundo.

La FIFA, ente polémico del fútbol, decidió darle cabida a las ayudas tecnológicas. El Mundial de Clubes del 2016 fue su experimento. Mi posición frente a la utilización de este recurso es en contra. Dejen el fútbol como está. Injusto, como la vida. Como el mundo. La jugada del penal histórico sancionado por Viktor Kassai fue ridícula: centro al corazón del área penal a favor de los japoneses. El balón es cabeceado por un jugador de Nacional, al final sale rechazado y la jugada continúa. Dos minutos después, el húngaro Kassai, empieza a tener una conversación consigo mismo. Parado en la mitad del terreno gesticula y pone cara de pensativo. Acto siguiente, se dirige a un monitor ubicado a un costado del campo y empieza a disfrutar de una gran producción audiovisual. ¿Y el partido? Parado. Finalmente, deja el monitor, vuelve a hablar para sus adentros (una sala llena de árbitros audiovisuales que se apoyan en 20 cámaras) y pita penal.

Penal. En la acción de hace unos tres minutos que había terminado sin ningún peligro para el arco de Armani, Berrío, extremo verdolaga, había zancadilleado a un rival que en caso de haber tocado el balón había estado en órsay. Todo ocurrió al frente de las narices del árbitro asistente, pero este hizo caso omiso de la jugada o no la vio. Después de una eternidad el árbitro sancionó el penal y ya lo otro es historia. Nacional no pudo ser efectivo y los japoneses estocaron en los últimos diez minutos al conjunto colombiano.

El experimento está listo. Nacional perdió. Kashima ganó. Kassai pasó a la historia y el fútbol perdió. Me imagino de ahora en adelante los futbolistas jugando con miedo y condicionados. Sin naturalidad. Pendientes en el minuto 88 de esa patadita que metió en el primer tiempo y que podría acarrearle una amarilla repentina, y el video de evidencia.

La FIFA cree que el fútbol es el mismo en todo el mundo. En algunos países se usan dos asistentes al lado de los arcos, en otros, el spray para delimitar los espacios. Me imagino en cinco años, cuando la reglamentación se haya interiorizado y la tecnología devore al deporte y su factor de error humano, en la Liga Congolesa de fútbol un montón de cámaras en el terreno de juego y un cuarto para artitrobots. Sin irme más lejos, me imagino la precaria Liga Colombiana, que ni siquiera tiene terrenos de juegos en óptimas condiciones, utilizando esa nueva tecnología que barata no es. Esperemos se renueven y los carteles de plástico que indican los cambios y el tiempo de adicción queden en el pasado y que llegue la nueva era de la tecnología digital.

Seguro en Europa y Asia la regla se cumplirá, pero en otros territorios en los que ni siquiera hay plata para pagarle dignamente a un árbitro las cosas serán diferentes. En los partidos de divisiones menores se debe exigir el uso de esta tecnología costosa, todo sea por el cumplimiento de las reglas de juego. Se va a volver al fútbol justo, lo que significaría que ya no existiría el fútbol. No todos los cambios que plantean los entes políticos en los deportes tienen que ser aceptados. Recuerden que en 1994 se pensó en cambiar la duración del tiempo de los partidos con el fin de dar más cabida a la publicidad.

Por el momento, pienso yo que se debe cualificar a los humanos para que haya un mejor desempeño de la justicia, en vez de deshumanizarlo con robots que van a quitar la esencia del deporte. Ah, se me olvidaba decir que en el futuro que veo los partidos son disputados por robots, ya que los humanos son muy predecibles y falibles. Hinchas robots, jugadores robots, arbitrobots. El fútbol que propone la gloriosa FIFA.

Del Bronx a la nada

La administración de Peñalosa no ha sido lo que tantos esperaban. Llegó con el eslogan de “recuperemos Bogotá”, pero nada ha mejorado. De hecho todo parece ir para atrás.

Mateo Narváez
mateo_n02@hotmail.com

Bueno, casi todo. Porque para llenar la ciudad de “efectivos” –así la inseguridad esté cada vez peor– en Bogotá sí somos unos verracos, Policía por aquí, Policía por allá, Policía para todo. Pero de resto, nada. Ni siquiera con las banderas de campaña han podido, pues los famosos trancones, los huecos en las vías, el colapso de Transmilenio, como se había pronosticado, son inmanejables. Eso, sin contar la idea de construir en la reserva forestal Thomas Van der Hammen y el propósito de vender ETB, iniciativas que han generado la desaprobación y movilización masiva de la ciudadanía.

Y es que esta Alcaldía no ha salido de una, cuando ya está metida en otra. Ahora el enredo es con los “residuos” de la intervención de la calle del Bronx. Si bien la recuperación de esa calle era cada vez más necesaria, puesto que allí se albergaba una estructura criminal de alcances inimaginables, se hizo sin tener en cuenta un plan de atención integral para los habitantes de calle. Esto produjo, como efecto inmediato, una crisis el centro de la ciudad. Los habitantes del Bronx, quienes quedaron a la deriva, se han ido tomando paulatinamente lugares aledaños como la Plaza España, la zona de Paloquemao, el área correspondiente al caño de la Carrera 30 con Calle 6  y otras zonas tanto comerciales como residenciales de la localidad de Santa Fe. De hecho, Juan Esteban Orrego, director de Fenalco, reportó que las pérdidas de los comerciantes del sector estaban por el orden del 40 por ciento. Eso sin contar con los gastos adicionales en seguridad privada que muchos de los negocios han tenido que contratar por la precencia y la actitud beligerante de algunos exhabitantes del Bronx.

Ahora, cuando el daño ya está hecho, la Alcaldía está desesperada. En los Centros de Atención Integral para Habitantes de Calle no hay un solo cupo, y día tras día, por las calles del centro de Bogotá, deambula una tropa de esta población que continúa sin un rumbo fijo. Una historia que parece ya haber sido narrada en 1998 cuando el para entonces alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, tomó la decisión de “recuperar” la calle del “Cartucho” que, con el pasar de los meses, fue remplazada con creces por el Bronx.

Lo cierto, es que esta Alcaldía no sabe qué hacer con toda esa gente. Y ahora, rindiendo tributo a su principio improvisador, salió con que va a mandar a 300 personas adictas en situación de calle para una finca en Acandí, Chocó, y otras 300 al Parque Nacional el Tuparro en Puerto Carreño, Vichada. Por su puesto la noticia no ha caído nada bien. La alcaldesa de Acandí, Lilia Córdoba Borja, manifestó, con toda razón, que no permitirá por ningún motivo que estas 300 personas arriben a su municipio. La Alcaldesa tiene razón, la idea no tiene piso. En primer lugar, la finca a la que serían llevados estos habitantes de calle, no cumple con las condiciones necesarias para albergar a un número tan alto de personas, debido a que, entre otras, en ese municipio no hay servicio de alcantarillado y el servicio de energía es muy esporádico. Y en segundo lugar, no existe razón alguna para que la Alcaldía de Peñalosa traslade una problemática de esta envergadura a un municipio que eventualmente se vería afectado, cuando bien se sabe que la crisis humanitaria que hay actualmente en el centro de Bogotá es responsabilidad únicamente de la Alcaldía y su negligencia.

Y es que desde que Peñalosa tomó el puesto los habitantes de calle han sido abandonados paulatinamente por el Distrito. Por una lado, con la Sentencia T-043/15 de la Corte Constitucional, en la que se prohíbe que se interne en un centro de rehabilitación forzosamente a un habitante de calle, la administración se ha lavado las manos. Y por otro, la política pública de los Centros de Atención a Drogodependientes (Camad) creada por la anterior administración, fue desmontada alegando en palabras del actual secretario de salud, Luis Gonzalo Morales, que eran expendios gratuitos de marihuana que estimulaban el consumo. Falacia total. En los Camad se ofrecía atención en salud, odontología, salud mental, alimentación y, cuando era posible, en vestuario. Nunca funcionaron como proveedores de narcóticos, de hecho, su función ni siquiera era hacer las veces de rehabilitadores, su propósito consistía en atender algunas necesidades de los habitantes de calle y, de esa forma, restablecerles en parte el carácter de ciudadanos provistos de derechos.

Ver reportaje Sueños de papel acerca de los Camad.

Es triste pensar que los egos políticos sean más fuertes que las políticas públicas, pero es así. Hoy más que nunca Bogotá clama por los Camad, por una atención integral en salud para los habitantes de calle, por un Estado cercano con la población segregada y por una concepción más amplia de la drogadicción y la vida en la calle, una en la que se entienda esta situación como un problema de salud pública y como otra manifestación de la cadena de desigualdad social que vive nuestro país. Para ser algo justos con Peñalosa hay que decir que todos tenemos un poco de responsabilidad, puesto que nos hemos acostumbrado a ver el problema de la mendicidad como un asunto dependiente, únicamente, de las adicciones y las malas decisiones, y no como el reflejo de una sociedad inequitativa en la que las oportunidades y la ciudadanía son un privilegio de unos pocos.

Sobre el este tema, escuche también: ¿Qué pasó con el Bronx?

Botando votos

El ejercicio de la democracia está basado en el voto informado y sustentado de una sociedad civil capaz de tomar sus propias decisiones.

Por Juan Diego Posada Posada
      jdposada@hotmail.com / @jdposadap9

Cuando de hacer campaña se trata, los bandos políticos ponen en función toda su maquinaria para llegar hasta el último rincón del país con una intención única: lograr un voto. Si Juan Carlos Vélez Uribe tuvo que colgar un flyer en su muro con la cara de Santos y “Timochenko”, no importa: el fin justifica los medios. Bien lo reconoció el mismo Vélez, “la idea no era explicar el Plebiscito”.

A mi cuenta de WhatsApp llegaron dos mensajes de audio distintos: uno en nombre del Centro Democrático que criticaba el hecho de “quitarle” dinero a los jubilados para entregárselo a las Farc. El otro, sin remitente fijo, cuestionaba la entrega del país al castro-chavismo. Supongo, existían muchos más.

Bastaba leer un par de páginas del acuerdo y ponerse dos dedos de frente para corroborar la información de tales mensajes. Ninguno es cierto. Si bien había un dinero para las Farc que funcionaba como subsidio, no iba a ser pagado de las pensiones y mucho menos posible sería convertirnos en algo parecido a Venezuela: resulta económicamente imposible virar el curso de un país capitulado por la inversión privada. Nuestro país es tan rentable para las élites, que no podríamos ser nunca Venezuela; ni siquiera siendo expropiados.

En muchas ocasiones, el tratamiento despectivo hacia temas de interés nacional se conoce como: “campaña negra”, “propaganda sucia” o, si se quiere, de modo políticamente correcto, Marketing. Su problema radica, precisamente, en aparecer en los momentos decisivos del país. Suele ser recurrente en épocas de campaña presidencial o legislativa y, por supuesto, el Plebiscito no fue la excepción.

Probablemente la estrategia haya ganado muchos votos, pues vale entender la facilidad del colombiano por nunca verificar todo aquello que le es entregado, y mucho menos cuando la información proviene desde uno de los bastiones políticos del país. Pero, ¿hasta qué punto ganó la opinión mal informada?

Joseph Göebbels, ministro de propaganda de la Alemania Nazi, solía decir que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”; para el caso nuestro no es la excepción. Utilizar campaña negra durante este tipo de procesos resulta una medida efectiva en términos de votos, pero degradante en cultura política.

Desconocer la falta de interés y de reflexión sobre temas políticos en Colombia es, además de un daño para el país, la razón por la cual resulta desastroso explicar lo que es un proceso de paz y cómo el nuestro estaba contribuyendo o no a una verdadera solución del conflicto. Independiente de la posición (Sí/No), la responsabilidad como ciudadanos y actores políticos está en comprender y ayudar a comprender la coyuntura del país, no, por el contrario, construirla desde la información a medias.

Colombia es un país que lee en promedio de uno a dos libros al año, por persona. Si partimos de un hecho como este, podemos deducir que los acuerdos suscritos en La Habana, difícilmente, fueron examinados por la mayoría de compatriotas. Ergo, la responsabilidad de explicarlos con la mayor claridad y objetividad posible era el llamado.

Por tanto, incentivar a la gente para “votar verraca” es igual o peor que mentir sobre los acuerdos. Es partir del sentimentalismo para captar la atención de los votantes y contribuir a la inestabilidad política por medio del facilismo.

El ejercicio de la democracia está basado en el voto informado y sustentado de una sociedad civil capaz de tomar sus propias decisiones. Esta debe ser la mayor preocupación de todo actor involucrado en la política; ejercer su influencia para informar y decidir. Con claridad.

Desinformar es un crimen, no solo político, sino legal. Repetir la mentira es condenar al país.

Columna publicada en la edición 81 de De la Urbe