Fútbol y narcotráfico: líneas de coca y cal

Amaury Nuñez González

amaury.nuñez@udea.edu.co

Una fotografía ilustra el lugar que el narcotráfico ocupó en el fútbol. En una cancha de un barrio popular, Pablo Escobar, el capo del cartel de Medellín, sostiene un balón durante la inauguración de un torneo. Alrededor hay unos veinte jóvenes de dos equipos, listos para empezar el partido. La mitad, a la izquierda de Escobar, luce camisetas que promocionan un concierto de la Fania All Stars.

Para Escobar las canchas de fútbol fueron el lugar para promocionarse y ejercer control territorial en la ciudad durante el auge del narcotráfico en la década de los ochenta, en medio de su incursión en la política. El cartel llegó a los barrios marginados a llenar los bolsillos de la gente a cambio de su lealtad, construyó viviendas, repartió plata, compró negocios que regaló a su paso y armó combos; también iluminó canchas y organizó torneos de fútbol.

El narcotráfico no habría fecundado en la sociedad de no ser porque encontró en la dirigencia política y económica la venia a sus actividades ilegales, y en los sectores populares lealtad, ganada a punta de ofrecer alguna posibilidad de realización personal y comunitaria.

Fútbol y ficción

Dice el periodista Martín Caparrós que el fútbol es el gran creador de ficciones de hoy. Con este se intenta construir una idea de patria, de pertenencia, de solidaridad humana. Antonio Gramsci, el famoso heterodoxo del marxismo, decía que el fútbol es la lealtad humana ejercida al aire libre.

No es posible encontrar una ficción más recurrente que esa entre jugadores e hinchadas: las pasiones más pueriles y hasta la violencia que se engendra en la celebración o en la derrota, en el grito tribal del gol o de la falta sin sanción.

El periodista Gonzalo Medina ha investigado como pocos la historia del fútbol antioqueño. Para él la presencia del Estado promoviendo este deporte ha sido muy marginal, entre otras cosas, porque al fútbol, hacia la década de los setenta, lo impulsó el sector privado.

“Cuando se da el auge del narcotráfico con sus derivaciones se refleja un problema en el modelo socioeconómico, cultural y político de Antioquia. Escobar se convierte en un gestor de ‘política pública’ hacia la juventud. En ese escenario es cuando el narcotráfico empieza a encontrar un campo abonado, y presenta toda una propuesta regional y nacional”, señala Medina.

Así fue como los jóvenes futbolistas encontraron en la cancha de su barrio una vocación para gambetear la pobreza en medio de sus privaciones. “La visión moderna del deporte propicia y construye un tipo de ciudadanía, porque en términos modernos es un sucedáneo de la guerra, una versión cualificada, elaborada, civilizada de ella, con unas normas para que quienes lo practican no se hagan daño”, dice Medina.

Ricardo “Chicho” Pérez, mediocentro campeón de la Copa Libertadores con Nacional, seleccionado por Francisco Maturana para jugar la Copa América de 1987 y el Mundial de Italia 90, dice que por fortuna encontró el salvavidas del fútbol y se aferró a él como su única opción.

“Escobar hizo canchas, patrocinó equipos y jugadores. Si vos estás mal alimentado y llega alguien que te dice: ‘Te voy a alimentar, pero jugás en mi equipo’, y te llena la nevera, o le dice a un padre: ‘Le voy a dar el estudio a sus hijos’, es muy difícil juzgarlo, porque así se podía ir tranquilo a entrenar”, recuerda Chicho.

“Ese era un medio muy difícil. Yo seguí el proceso de un jugador que juega en el equipo de la cuadra, después en el del barrio, después en el de la ciudad. En esa época se ganaba muy poco y había que agradecer cualquier oportunidad. Y pensaba: ‘Hoy me dan la comida mi papá y mi mamá, después se las daré yo’. Pero usaba la plata que el club me daba de transporte para cubrir necesidades de mi casa”, dice Chicho.

Urbanismo excluyente

Medellín se distinguió por ser la capital industrial de Colombia hasta la década de los ochenta cuando la crisis de la deuda y la emergencia del modelo aperturista golpearon a la industria textil. Entre 1940 y 1970 la ciudad pasó de 348 mil habitantes a un millón doscientos mil, una tasa de crecimiento por encima del promedio nacional.

Llegaron masas de población expulsadas de sus lugares de origen por la violencia bipartidista y atraídas por una ciudad que registraba cifras cercanas al pleno empleo hacia los años cincuenta. Pero la capacidad de absorber con puestos de trabajo tanta demanda fue sobrepasada. De ese modo buena parte de la población cayó en la informalidad urbana y económica.

Pese a las cerca de cuarenta mil viviendas construidas a mediados del siglo XX, esa generación de campesinos que se urbanizó, según el arquitecto e investigador Luis Fernando González, tuvo vivienda, mas no ciudad.

“Esas mismas comunidades tenían que hacer sus viviendas, vías, accesos, infraestructuras. El Estado ni siquiera ayudaba a completar la vivienda. La ciudad construyó culturas urbanas, subculturas marginales y periferizadas, no incluidas. Ese es el caldo de cultivo que encuentran los jefes narcotraficantes con todo el escenario adecuado”, dice González.

En ese contexto es que empiezan a construirse los espacios recreativos, porque las infraestructuras comunitarias en gran parte fueron autogestionadas. Así se construyeron canchas como La Maracaná o la de La Floresta, donde emergieron figuras como Luis Alfonso Marroquín, o de donde cuenta historias Pacho Maturana. Allí fue donde la juventud encontró espacios de sociabilidad, y se combinaron dinámicas legales e ilegales: recreación, juego, drogas, licor y negocios.

“¿A dónde llega un individuo a cooptar jóvenes? A las canchas que se vuelven escenarios de su poder. Ellos iban y el Estado no. Iban a las grandes canchas de donde salieron los grandes héroes que se encontraron en los barrios y después en la Selección Colombia”, señala González.

Los capos del fútbol profesional

Esa relación no se mantuvo exclusivamente con los torneos de barrio. Los giros de la mafia al fútbol profesional remplazaron, en muchos casos, las rifas de carros y los préstamos bancarios con que se sostenían los clubes.

En septiembre de 1983, Rodrigo Lara Bonilla, ministro de Justicia, denunció la infiltración del narcotráfico en el fútbol colombiano. Al año siguiente fue asesinado por órdenes de Pablo Escobar. En Los goles de la cocaína (2017) libro de la periodista Marta Soto, están expuestas las relaciones establecidas entre mafia y fútbol profesional desde los ochenta.

El América de Cali fue señalado a principios de los ochenta por lavado de activos del cartel de Cali, y clasificado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos como una de las compañías ligadas a los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela.

El Deportivo Independiente Medellín tuvo entre sus accionistas a Manuel Zuluaga, alias “Cuchilla” o “Pasarela”, lugarteniente de Pablo Escobar y jefe del ala militar del cartel de Medellín. “Pasarela” también figuró como accionista de Envigado, club que, luego de pertenecer a Gustavo Upegui y su familia, recién salió de la llamada Lista Clinton. José Tamayo Gallego fue el dueño del 83% de las acciones del Medellín y su presidente desde 1998 hasta 2005. Recibió un préstamo de Pablo Escobar por cuatrocientos mil dólares y fue condenado por lavado de activos y enriquecimiento ilícito.

A Millonarios también llegó el narcomecenazgo. En julio de 1983, tras el paso de Gilberto Rodríguez Orejuela por el club, este le cedió su negocio a Gonzalo Rodríguez Gacha, alias “El Mexicano”. Al club le alcanzó para traer a Colombia a jugadores como el arquero Alberto Vivalda y el defensa central José Van Tuyne, provenientes del Racing de Argentina, y a Carlos “El Zurdo” López y Mario Vanemerak. Su hinchada celebró en 1987 el campeonato con un invicto de veintidós fechas.

El presidente y dueño del Atlético Nacional, Hernán Botero Moreno, quien llegó a tener el 67% del club, fue extraditado a Estados Unidos condenado por el blanqueo de cincuenta y siete millones de dólares de la mafia a finales de los ochenta. Pagó más de diecisiete años de cárcel. Octavio Piedrahita, quien controló el club en esa década, fue señalado de depositar en bancos norteamericanos diez millones de dólares producto de la venta de droga en suelo estadounidense.

El narcotraficante Phanor Arizabaleta, miembro del cartel de Cali, inyectó dinero al Santa Fe entre 1987 y 1989. Ese último año ese club fue campeón del torneo colombiano. Durante esos años pasaron por sus filas futbolistas como Hugo Ernesto Gottardi, José Luis Carpene y Radamel García, el padre de Falcao.

El técnico del Deportivo Cali entre 1976 y 1979, el ilustre Carlos Salvador Bilardo, visitó en una cárcel norteamericana a Gonzalo Rodríguez Orejuela. Según Soto, Bilardo intentó mediar en la disputa mafiosa que sostenían los Rodríguez Orejuela y Pablo Escobar. Se llegó a decir que el sueldo del técnico argentino era pagado con dineros del capo del cartel de Cali.

Balance y herencia

Al permitir la exaltación de sentimientos de pertenencia e identidad el fútbol fue una actividad económica que los narcotraficantes supieron aprovechar. Por eso, a la vez que fue un medio que despertó la esperanza de miles de jugadores de barriada para superar la pobreza, fue instrumentalizado por los narcos. Para Gonzalo Medina el paso del narcotráfico por el fútbol profesional se debe evaluar desde distintos frentes.

“¿Quién se puede sentir con autoridad moral para criticar al narcotráfico en el fútbol? Siempre que van a hablar de los estragos del narcotráfico se dirigen al fútbol. Que compraron jugadores costosísimos, que derrocharon, que torneos, que mercado… ¿y en la política qué? ¿Y en la cultura qué? ¿Y en la iglesia qué?”, dice Medina.

Y así fue como entró la plata, en forma de estímulos y premios, de financiación directa a los clubes y también a los jugadores. “Había una solvencia que hacía pensar que el patrocinio que nos daban era bueno. A uno le ofrecían premios individuales si ganaba partidos. Y uno sabía que la colaboración no venía del bolsillo del entrenador”, dice el Chicho Pérez. Una lectura objetiva permitiría concluir que el dinero que los narcotraficantes inyectaron al fútbol colombiano permitió un salto en su calidad, pero a un costo muy alto.

Para Luis Fernando González lo que ha ocurrido es que hay un falso moralismo que no hace ver esos fenómenos como parte de la realidad social. Y lo llama Federiquismo. “Los controles territoriales tienen una base social. No se trata solo de los sicarios, se trata de la base social de donde surgen todos los controles, los individuos, las redes, las estructuras, las afinidades y los valores. Las políticas recientes repliegan, pero no remplazan. Actúan, le quitan un elemento importante, pero no llegan a la raíz de los procesos. Hoy ocurre algo parecido a lo de los noventa, pero con menos reflectores”, sentencia el investigador.

Esta mirada coincide con la de Medina para quien “negar la historia del narcotráfico no es reivindicar a Medellín” y critica la actitud de quienes piensan que “negarles a los niños de hoy la historia del narcotráfico es una contribución pedagógica”.

Las canchas fueron a aquella juventud lo que las viviendas de autoconstrucción fueron para sus padres. Esas que se construyeron en lotes baldíos invadidos bajo instrucciones de Escobar. Con el declive económico sufrido por la Medellín de los setenta, el deterioro de la industria textil y un urbanismo excluyente ejercido por el poder político, el atajo narcotraficante sedujo a una generación ávida del progreso que le era negado. Entre esa juventud el narcotráfico le ganó al Estado por W. La historia es conocida y, a veces, también se repite.

 

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