Cine para ver más allá de las montañas

La más reciente versión del Festival de Cine de Ituango se llevó a cabo entre el 3 y el 6 de octubre de 2018. Con la intención de ofrecer espacios al rededor del cine, el evento fue la oportunidad para hablar de resiliencia y derechos humanos en uno de los municipios más golpeados por el conflicto armado en el departamento de Antioquia. 

Luis Bonza Ramírez / Elisa Castrillón Palacio
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Foto: Elisa Castrillón Palacio

El municipio es en su mayoría rural. Según datos aportados por el Dane en el año 2015, el 72,64% de la población se encuentra asentada en esa zona que además tiene grandes dificultades de acceso debido a las condiciones geográficas del espacio en el que está ubicado. Sin embargo, esas características que se ven reflejadas también en las formas de desplazamiento, no han sido impedimento para que el arte y la cultura, a través del cine, se decidan a subir esas pendientes.

Giovanny Insuasty, presidente de la junta directiva de la Asociación Nacional de Festivales, Muestras y Eventos Cinematográficos y Audiovisuales de Colombia, explica que el desarrollo de los festivales de cine en la ruralidad permite llevarles a las personas del campo, que por circunstancias demográficas y de falta de oportunidades no tienen la posibilidad de conocer el cine, el acercamiento a otras historias que les ayuda ampliar la mirada que por esas mismas circunstancias generalmente son lecturas muy cerradas del mundo.

“Es además la posibilidad de combatir la pobreza entendida también como la falta de acceso a la recreación y la cultura. El acercar a las personas al cine les permite acceder a un nuevo medio para expresarse a sí mismos y comunicarse. Les permite volverse unas personas más cosmopolitas, generar unos sentidos de tolerancia y de respeto a la diferencia, además de que los involucra en el mundo al poder reconocer otras latitudes, otras historias”, afirma Insuasty.

Mario Viana es uno de los fundadores de Viana Producciones, una productora audiovisual que ha participado en la organización del Festival de Cine de Ituango desde el año 2013. Para ese año el Festival de Cine Nudo del Paramillo, como se llamaba, era un programa de la Gobernación de Antioquia que “como programa de gobierno se iba a quedar, como la mayoría, solo en esa administración”, dice Viana sobre la iniciativa que surgió durante la administración de Sergio Fajardo. Sin embargo, desde el 2014 la productora se interesó en potenciar el festival como un proyecto que naciera y se gestara desde el municipio. “Cuando llegamos a Ituango con esta propuesta es porque había un conocimiento de años atrás del territorio y nos dimos cuenta de que más allá de sentarnos a ver una película, la gente nos manifestaba la intención hacer cosas aquí alrededor del cine”, explica.

La más reciente edición del festival tuvo lugar entre el 3 y el 6 de octubre con la bandera de “Paz, resiliencia y reconciliación”. De él hicieron parte películas como El silencio de los fusiles y Pasos de héroe, además de conversatorios con Jorge Forero, director de Violencia, Ana Cristina Monroy, directora de Este pueblo necesita un muerto y Victor Gaviria, director de La mujer del animal, películas que también fueron proyectadas en el casco urbano de Ituango.

Anhelo de paz

En el 2016 De la Urbe viajó a Ituango en el marco de ese festival en un contexto político crítico para el país. Para ese momento recién había ganado el no en el Plebiscito por la Paz, pero los guerrilleros del Frente 18 de las Farc ya habían empezado a preconcentrarse en Santa Lucía, una de las veredas que había sido elegida como Zona Veredal y que es ahora uno de los cinco Espacios Territoriales de Capacitación y Reintegración en la que los ex guerrilleros adelantan el tránsito a la vida civil. Aun con ese contexto el festival tuvo proyecciones en algunas veredas del municipio, incluida Santa Lucía. Para la versión de este año solo se pudieron realizar actividades programadas en el casco urbano de Ituango debido enfrentamientos armados que se presentaron en el municipio días antes de la llegada de los invitados.

Una semana antes del festival varios medios de comunicación registraron un desplazamiento de más de cien familias de la vereda El Cedral. Este respondía a los enfrentamientos que las disidencias del Frente 18 de las Farc y el Clan del Golfo mantenían en zona rural del municipio. Al respecto Nidia Gioanna López, secretaria de Educación, Cultura, Recreación y Deporte expresó que “los medios desinforman, a veces hay situaciones donde existen unos intereses políticos. En El Cedral no hubo un desplazamiento como tal. Se concentraron del mismo sector varias familias en un mismo lugar y al día siguiente todos volvieron a sus hogares. Fue un mal entendido y de parte de la administración se hizo la atención necesaria. Como tal no fue un impacto negativo”.

Dadas esas condiciones de incertidumbre con respecto al panorama de seguridad en Ituango, el equipo organizador decidió no realizar proyecciones en las veredas durante la semana de realización del festival. Sobre “las muestras en las veredas, precisamente por lo que está pasando en la ruralidad de Ituango, tomamos medidas y quisimos estar cuidando toda la logística del festival. Nos orientaron a tomar precauciones y no visitar la ruralidad porque eso implica otros esquemas”, explica Mario Viana.

El cine fuera de la ciudad y los teatros

Giovanny Insuasty explica que un festival de cine en la ruralidad, además de las diferencias logísticas que existe frente a los que se desarrollan en la ciudad, debe tener en cuenta las características de la población del territorio para, por ejemplo, la programación de las películas que se van a proyectar. “Se tienen muchos prejuicios con respecto a la programación de películas en los festivales, uno cree que en el campo tienen que ser más familiares, más livianas, pero no es así, nosotros hemos presentado documentales fuertes, de mucha reflexión y la gente responde muy bien a ellas. Lo importante es que cada festival tenga claro cuál es su norte”, afirma.

Según Mario Viana “los festivales de cine tienen múltiples enfoques: se pueden realizar festivales para dinamizar economías locales, para incentivar el turismo, para trabajar en aspectos sociales, fomentar la industria de creación audiovisual, entre muchos otros. Cuando nosotros nos interesamos por el festival lo primero que propusimos fue pensar el festival como algo que nace y se gesta desde el municipio y que le tiene que pertenecer al mismo, a la comunidad, a la ruralidad, a la gente de acá, más allá de que los organizadores sean unos u otros”.

En el festival se realizaron conversatorios con directores invitados, profesores y habitantes de Ituango.
Foto: Luis Bonza Ramírez

Ana Cristina Monroy fue una de las directoras invitadas a la pasada edición del Festival de Cine Ituango en donde se proyectó su película Este pueblo necesita un muerto. Según expresó, los festivales de cine generalmente son una alfombra roja para los visitantes y quienes viven en los espacios donde se desarrolla el festival quedan relegadas. “Yo creo que hace falta humildad. Yo tengo como una pelea con ciertos nuevos creadores que tienen todo para hacer las cosas muy bien y que son muy talentosos pero les falta humanidad. No sé cuándo el cine perdió toda la humildad para poder vernos todos cara a cara y no el cineasta arriba y el que ve el producto un poquito más abajo”, explicó.

El conflicto en el cine y el cine en el conflicto

Si bien la bandera del festival fue la paz, la resiliencia y la reconciliación, algunas de las películas proyectadas reflejan acciones bélicas y violentas, algunas propias del conflicto y otras, como La mujer de la animal de Víctor Gaviria, de violencia contra la mujer. Jorge Forero es el director de Violencia, película estrenada en el año 2015 y que narra a través de tres historias algunas de las muchas barbaries cometidas durante el conflicto armado colombiano.

Sobre la proyección de esa película en un festival que le apuesta a la paz, Forero expresó que “cuando se empieza a señalar la gente y a decir que hay buenos muertos y malos muertos, a justificar los actos de uno o del otro y al ser más condescendiente con el actuar de un grupo u otro, se empieza a distorsionar realmente la conexión de la vida y la empatía. Por eso me parece importante y vital este tipo de espacios, porque brindan la posibilidad de mostrar desde otras perspectivas lo que está pasando en el país y permite que se hagan otras reflexiones alrededor de la empatía y el dolor del otro”.

Sin embargo, Ana Cristina Monroy explora unas narrativas diferentes en su película Este pueblo necesita un muerto, que retrata el rechazo de una mujer trans en un pueblo de Chocó. “Yo he trabajado muchos temas sociales y de país sobre excombatientes, víctimas y activistas. Hice un paro porque me enfermé muy fuerte y sentí que no iba a ser capaz de llegar ni a los 30 años para contar más historias. Entonces ahora tengo otras historias para contar. Pero también hay que seguir contando el conflicto otra vez y otra vez, porque aún no somos conscientes de él”.

Lo que es claro es que Ituango es un municipio que sigue enfrentándose al conflicto pero que también trabaja por construir paz. Allí los jóvenes han hecho del cine una herramienta para narrar su realidad y no dejar que se olvide la historia que han vivido. Porque, como explica Insuasty “el cine permite crear unos nodos sociales y volver a crear lazos sociales que muchas veces se han perdido en esas zonas azotadas por la violencia. El hecho de sentarse en un teatro o en una sala o en una plaza alrededor de los festivales, compartir en silencio, en paz y poder reflexionar, son momentos de tranquilidad que dejan marcas, permiten la interacción y el compartir con el otro en una sana convivencia”.

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