¿Ya estamos preparados para la anáfora y la demagogia eterna?

Desde el inicio de los diálogos entre el Gobierno y las Farc, el país se vio inmerso en un juego de vanidades en el que los participantes se encargaron de jactarse y juzgar, dependiendo de si se apoyaba o no el proceso de paz.

Laura Franco
Estudiante de Periodismo

Desde el inicio de los diálogos entre el Gobierno y las Farc, el país se vio inmerso en un juego de vanidades en el que los participantes se encargaron de jactarse y juzgar, dependiendo de si se apoyaba o no el proceso de paz. Se fue aprovechando entonces el escenario, que resultaba ser de una transformación sustancial -más allá de esas superficialidades altivas-, para el enaltecimiento político y la consolidación de una estrategia con el objetivo de alcanzar o mantener poder.

Se les olvidó a los implicados que la búsqueda de una “paz estable y duradera” no es exclusiva de morales perfectas, es un objetivo intrínseco e instintivo —además de constitucional— que con convicción han perseguido muchos gobiernos, aplicando maniobras particulares por supuesto; desde Pastrana con su fracasado intento de negociación, hasta Uribe con su política de Seguridad Democrática.

Así pues, con el proceso de paz iniciado en el mandato de Juan Manuel Santos, no se estaba llevando a cabo la insurrección del siglo (y por favor no me malinterpreten, no le resto valor a lo que se alcanzó con el Acuerdo y lo que resta por lograrse), pero el aire de superioridad que supone estar logrando una hazaña o estar en el lado correcto de la polarización, es penoso.

Santos, por ejemplo, desde finales de 2016 —para ese tiempo ya Nobel de Paz—, no deja pasar en sus alocuciones ningún concepto que no haga referencia directa a la reconciliación, la guerra o la paz, como si de un deber se tratase y como si el repetirlo reafirmara su figura. Es así como la palabra paz, de tanto ser repetida, se ha vuelto pleonástica y falta de sentido.

La repetición ha sido siempre una herramienta retórica usada para enfatizar el sentido de algo, antes que para desprestigiarlo. No obstante,  esa anáfora discursiva, propia de Santos y demás personalidades políticas, en torno a la paz, ha hecho que desaparezca la carga simbólica del concepto que ahora se queda en una figura estilística.

Abusar del término, y del concepto que engloba, es innecesario, pues desde el origen de las comunidades se ha estado siempre en un proceso de paz, en busca de una tranquilidad y una buena convivencia que hoy se extiende con la construcción de la misma desde los territorios, las relaciones sociales, la educación, la cultura y el arte. El Acuerdo fue en últimas una más de esas iniciativas, aunque macro y con un mayor despliegue mediático.

Ahora bien, próximos a unas elecciones presidenciales, los candidatos se han estado vinculando a uno u otro costado de la discusión eterna, apoyar o no los acuerdos, dejando casi en segundo plano el resto de problemáticas que envuelven al país. Se está haciendo entonces que la sociedad colombiana gire su mirada en un solo sentido. Es importante por supuesto tener clara la posición del candidato frente a lo pactado, pero no es en absoluto lo único relevante dentro de la presentación de su candidatura.

De la Calle, Claudia López y Fajardo (los candidatos con mayor favorabilidad según la encuesta Gallup poll) se han manifestado ya afines a lo firmado con las Farc. Cada uno ha asegurado respaldar el Acuerdo a la vez que coinciden en otro término no menos repetitivo: la anticorrupción, inmiscuida en un discurso que resulta demagógico en la medida en que trata de persuadir a los votantes de que siendo ellos los elegidos podrán terminar con ese defecto inherente a la sociedad colombiana.

Parece entonces que la anáfora -por el lado de la paz- y la demagogia -por el lado del discurso de la anti-corrupción- serán las que guíen la propaganda y la publicidad de las elecciones venideras y de paso, el resto de alocuciones políticas. Espero que estemos preparados.