Sí, yo también

Si no hay consentimiento, hasta la belleza pierde su bondad. Si no hay capacidad de elección, no hay libertad. Y sin ella, nos roban la dignidad como ser humano.

Doris Elisa Bustamante
Profesora de Periodismo

J. es mi vecino colindante. El hijo de los vecinos de mis padres desde hace más de treinta años. Una noche, cuando estaba en su taller de carpintería y le di la espalda para salir, después de una breve charla por una mesa de trabajo que eventualmente me ayudaría a construir, me agarró de la cintura y comenzó a besarme y a manosearme. Me volteé para tratar de zafarme sin mucho éxito, parecía que sus brazos y sus manos se hubieran multiplicado, los sentía por todos lados. No medió palabra, ni antes, ni durante, ni cuando pude irme. Yo pasé del “no, no” a tratar de aflojar para ver si aflojaba él, “ahora no, ahora no” le decía como si pudiera haber un “después sí”, y quizás entonces me soltaría y yo podría irme. Le decía que mi mamá estaba afuera y ya no recuerdo qué otras cosas.

No sé cómo, pero de pronto me vi con las piernas en el aire y abiertas sin poder poner pie en el piso y sin poder apoyarme en nada. Me tenía cargada sobre su cadera y fui consciente de su pene frotándose contra mí. Es lo más asqueroso que he sentido en la vida. Comencé a reírme. En ese momento solo pensaba en la ridícula posición en la que estaba y ¡me reía! mientras manoteaba hacia el techo y la pared más cercana tratando de volver sobre mis pies.

De repente me bajó y quiso seguir tocándome. Finalmente tuve algo de control y dije “me voy a mi casa”. Algo lo detuvo, yo no pude. No sé qué fue, quizás la conciencia de ese entorno simbólico en el que vivimos tantos años y que él ignoró en esos minutos eternos y horribles: mi mamá, la de él, sus otros hermanos, el vecindario, suyo y mío al mismo tiempo; mi casa, la de él. No sé.

Cuando salí de ese garaje, arreglándome el pelo, me sentí como en una película y lo primero que pensé fue “ni siquiera tiene mi celular”. ¿¡Se puede creer!? Mi terrible inconsciente me hacía pensar que era un acto de seducción. ¿En qué mundo crecí que ante una agresión como esa, yo, una persona consciente, que ha pensado estos temas y se ha atrevido a analizar la reacción social e individual de quienes sufren algo así, tira por la borda la razón y reacciona como una simple mujer abusada e inconsciente de haberlo sido? ¡A mis 49 años!

Y pienso entonces en el escándalo hollywoodense del momento. Simple. Crecí en el mundo de los Harvey Weinstein, que es también el de aquellos que critican las reivindicaciones feministas, que creen que las mujeres adornamos sus vidas, que estamos para ser seducidas y halagadas, que debemos ser suaves y agradecidas, que “la imagen de la mujer es pública y es de todos” como defendió los piropos alguien en las redes sociales tratando de deslindarse de los abiertamente sicópatas como J. y los abusadores como Weinstein.

Y me acordé de una escena en La naranja mecánica en donde como terapia de choque hacen que Alex escuche su amada novena sinfonía de Beethoven mientras lo obligan, con ganchos en sus ojos, a ver la proyección de escenas repulsivas y violentas… La belleza como terrible instrumento de control y disciplinamiento.

Si no hay consentimiento, hasta la belleza pierde su bondad. Si no hay capacidad de elección, no hay libertad. Y sin ella, nos roban la dignidad como ser humano.

Por eso, la poderosa respuesta colectiva que derivó del caso Weinstein, la campaña virtual #YoTambién (#MeToo en su versión original), que saca del baúl de lo privado esa costumbre social tan enquistada, es vital para construir una ética pública que nos considere sujetos de derechos plenos. Porque el feminismo no es un discurso solo de mujeres, o no debería serlo. Es una manera de relacionarnos socialmente, una que le da igual derecho de ser, parecer y decidir a cualquier persona sin importar su género.