Cataluña para una principiante

Impresiones de una fotógrafa colombiana sobre lo que podría ser el nacimiento de un nuevo país o apenas una rabieta de independentistas sin mucha idea de lo que quieren y pueden.

Manifestación en el arco del triunfo del 8 de octubre en contra del referendo independentista, una de las tantas marchas convocadas días posteriores a las votaciones.

Manifestación en el arco del triunfo del 8 de octubre en contra del referendo independentista, una de las tantas marchas convocadas días posteriores a las votaciones.

Texto y fotografías: Carolina Londoño
Comunicadora Social Periodista
diacarolon@gmail.com

Llegué a Barcelona tres días antes de que sucedieran aquellas imágenes que, supongo, la mayoría de ustedes vieron ese domingo primero de octubre. Las de una Cataluña herida con la derrota simbólica infligida por Mariano Rajoy y su actuación coercitiva. Llegué en mi nuevo rol de estudiante, justo el día en que piolines y supermanes con banderas como capas, muchos de ellos menores de edad, sin derecho al voto todavía, se manifestaban al lado de los universitarios prorreferendo en la plaza situada a las afueras del edificio histórico de la Universidad de Barcelona.

A las 10:00 p.m., el cacerolazo independentista anunció, además de su mensaje de protesta, que era hora de ir a la cama. Sin embargo, el jet lag, ese trastorno temporal de sueño que provocan los viajes largos, me mantuvo más que alerta para ver cómo cubrían los medios la previa a las votaciones. Estaba en juego mi futuro académico y laboral en España o en un posible nuevo país. Al día siguiente, gracias a mi paseo en Bicing, el sistema de bicicletas públicas de la ciudad, pude ver en un mismo edificio balcones con banderas catalanas (esteladas) y españolas, regadas y distribuidas como piezas en un tablero de ajedrez, en un juego ya avanzado, pero reñido.

Al finalizar el recorrido, supe que por la multitud de independentistas que celebraban el cierre de campaña se había ordenado el cierre total de la avenida de la Reina María Cristina, y parcial en la Plaza España, como si de fútbol se tratara. Hasta ahí llegaron mis ganas de conocer Montjuic y sus fuentes. Más tarde, decidí asistir a la fiesta de la localidad, aunque desde que llegué he procurado controlar mis salidas a sitios concurridos porque aquello de la seguridad todavía preocupa a mi familia y amigos. Allí, compartiendo unas cañas y charlas con algunos catalanes, independentistas y no, me dio la impresión de que quienes se acercarían a las urnas serían únicamente los interesados por el sí, pues los demás se mostraban muy indiferentes y unos pocos calificaban el movimiento como anticonstitucional. Pero aquel domingo, mientras los del sí esperaban su turno para votar en los colegios electorales y custodiaban sus urnas, vi cómo los indiferentes se tocaron y salieron a votar también a causa de las imágenes de violencia. Los indiferentes dieron su voto como protesta.

Las paredes catalanas hablan del sentimiento dividido de su pueblo, con gritos profundos que recuerdan incluso la época del franquismo.

Las paredes catalanas hablan del sentimiento dividido de su pueblo, con gritos profundos que recuerdan incluso la época del franquismo.

La jornada se extendió hasta las 8:00 p.m. Además de las fotos y videos que circularon en medios, hay otras imágenes del “1-0”, como llamaron los medios locales este día, que me atrevo a calificar como quijotescas: desde el sábado los padres de familia fueron convocados con sus hijos a pijamadas en los colegios; desde la madrugada había filas eternas para evitar la violencia y alcanzar a votar; los voluntarios fueron elegidos a dedo para el cuidado de urnas de plástico; el registro de usuarios se hizo a través de aplicaciones móviles, que luego no funcionaron por un corte de internet y un supuesto jaqueo de la aplicación; la impresión de boletas electorales se hizo desde las casas en muchos casos, por la falta de papel y de sobres, y el registro también fue manual a lápiz y papel, y, para finalizar, algunos conteos de votos se hicieron dentro de las iglesias mientras se celebraban eucaristías.

En toda esta odisea, lo que he sentido yo, como extranjera, es una intención por parte de la gente de ser parte de algo, de tener un fin, de solidarizarse con una causa, de levantar la voz, de abrazar al hermano, de vencer la violencia con la expresión del voto. Los medios locales transmitieron sin parar desde la madrugada hasta pasada la medianoche. Al día siguiente vino la indignación: las cifras de heridos no eran claras y los titulares, videos y fotos en redes sociales y medios internacionales decían que la violencia movilizó a Cataluña, pero ya no se hablaba del vilo en el que se encontraba la unidad de España, sino de la democracia atacada. ¿Luego qué más vino? La especulación, manifestaciones de todo tipo: en rechazo por la violencia vivida, manifestaciones proindependentistas, manifestaciones invitando al diálogo, manifestaciones pro España y Unión Europea, manifestaciones con el lema “Basta, recuperemos la sensatez”. Bancos y grandes empresas empezaron a abandonar la región; el aparente desconocimiento de la norma y el susto económico por el espectro de una declaración unilateral de independencia.

Durante la semana siguiente, el cacerolazo no sonó solo a las 10:00 p.m., también cuando habló el rey. Cada vez que pasaban por las calles pequeños grupos de personas gritando “¡Viva España, viva Cataluña!”, en coro respondían “¡Yo soy español, español, español!” “Benvinguts a aquesta España dividida”, saludó mi profesora de catalán el 10 de octubre. Siete horas después llegó la incertidumbre prolongada con la firma de los diputados de una declaración de independencia, que luego quedó suspendida para buscar una vía negociada. Pero esas posibilidades de diálogo, al parecer, se dilatarán no por días, sino semanas o meses.

Mientras Carles Puigdemon, presidente de la Generalidad de Cataluña, declaraba en televisión la suspensión de la declaración de independencia y las intenciones de diálogo, estaba en un bar del centro con un catalán proindependentista siguiendo la transmisión. Para las personas del bar todo parecía un chiste, un engaño a la ciudadanía por la poca claridad de los discursos de parte y parte.

Creo que las manifestaciones continuarán, los políticos seguirán tratando de responder al ritmo de sus intereses, las leyes se endurecerán para el control mayor de la población que se manifieste, mientras parte de los habitantes de Cataluña se alejará por miedo a las consecuencias, sobre todo económicas. Seguirá circulando información de todo tipo en las redes sociales, mientras la banca se adapta y monedas como el Bitcoin seguirán tomando fuerza, curiosamente, por fuera de las regulaciones de cualquier Estado.