Paz y reconciliación selva adentro

Entre el 1 y el 8 de octubre, en el Espacio Territorial de Capacitación y Reintegración Silver Vidal Mora, ubicado entre los municipios de Riosucio y Carmen del Darién, en el Chocó, se realizó el Festival Selva Adentro. Grupos de teatro y danza de cinco departamentos presentaron sus obras a excombatientes del Frente 57 de las Farc, sus familiares y comunidades cercanas.

Fotografía: Alejandro Valencia Carmona.

Fotografía: Alejandro Valencia Carmona.

Elisa Castrillón Palacio
Estudiante de Periodismo
castrillonelisa@gmail.com

Sabíamos que en la selva algo iba a pasar, y pasó, y pasa. Que los pueblos cercanos al río Atrato, en el Chocó, habían tenido que resistir al desplazamiento, la muerte y el miedo constantes de quedar en medio de los enfrentamientos entre grupos armados. Sabíamos que la guerra se había asentado en las cuencas del río y se había vuelto cotidiana, igual que el olvido del Estado y la presencia activa de paramilitares, guerrillas y fuerza pública. Luego supimos que las comunidades cercanas al río habían perdonado, y que, después de firmados los acuerdos de paz entre la guerrilla de las Farc y el Gobierno, habían cedido parte de sus territorios al Frente 57 para que sus miembros lograran el tránsito a la vida civil en el mismo espacio donde habían operado desde su formación en la década de los años ochenta. También, que en medio de la incertidumbre por la lenta implementación de los acuerdos y las condiciones en las que los excombatientes avanzaban en la reincorporación, el arte y el teatro llegarían a ese pequeño rincón del bajo Atrato para hacer que retornara la esperanza.

El Festival Selva Adentro, realizado entre el 1 y 8 de octubre y organizado por la Red de Colectivos de Estudio en Pensamiento Latinoamericano (Cepela), el Teatro Matacandelas y la Escuela de Danza Bailes Afroantillanos, en el Espacio Territorial de Capacitación y Reintegración (ETCR) Silver Vidal Mora en Riosucio, fue una apuesta para que los excombatientes del Frente 57 y las comunidades cercanas de Bojayá, Buchadó, Cacarica, entre otras, se congregaran a través de nuevos lenguajes que les permitieran reencontrarse. En el Festival participaron trece grupos de teatro y danza de las ciudades de Cali, Manizales, Bogotá y Medellín, dos de las comunidades cercanas al punto y el grupo De Frente, conformado por excombatientes y jóvenes de las comunidades vecinas. Las temáticas de las obras giraron en torno a la memoria y la resistencia frente al conflicto como un arma para enfrentar el olvido y la violencia. Además, se realizaron talleres y conversatorios con las personas del espacio y de las comunidades aledañas para que contaran sus historias y se idearan estrategias para la reconciliación.

Para Camilo Durango, director del festival, “en la sociedad en que vivimos hay una particularidad y es que nos enseñaron al silencio. La matriz cultural en Colombia es el miedo y el silencio. No nos han enseñado a hablar o a destaparnos, nos han enseñado a crecer con máscaras y nos han dicho que ni de política ni de religión se habla”, y el festival era el espacio para superar esas barreras y comenzar a relatar la historia de comunidades que se habían sumido en el silencio.

Un escenario para superar la guerra

Con Selva Adentro llegó también la idea de construir un teatro que fuera el escenario de las obras que se iban a presentar durante los ocho días de festival, pero también de las reuniones que se adelantarían con la formación del nuevo partido político de las Farc y que además se convirtiera en un espacio para que todas las comunidades de la región pudieran compartir y reunirse a través de la cultura en el único escenario de la zona.

Carolina Saldarriaga, arquitecta del teatro.  Fotografía: Alejandro Valencia Carmona.

Carolina Saldarriaga, arquitecta del teatro.
Fotografía: Alejandro Valencia Carmona.

Para la construcción hubo donaciones de la comunidad y otros colectivos, y fue un trabajo conjunto entre la arquitecta Carolina Saldarriaga, la Red Cepela y los habitantes del Espacio Territorial. Cuenta Wílmer Antonio Toribío, excombatiente y actor del grupo de teatro De Frente: “La primera vez que yo vine a este sitio a limpiar con una guadaña el terreno donde iban a hacer el teatro, vi la estructura medida con nailon y me reí porque dije: ‘¿Un teatro aquí? Sería maravilloso, pero si en la ciudad duran años haciéndolo, acá en el campo cuánto duraremos’. Y trabajábamos y trabajábamos, porque nosotros somos como hormigas, y traíamos la arena desde la orilla de la carretera a hombro, la teja, la madera, todo a hombro. Parecía mentira, pero hoy en día estamos disfrutando el fruto de parte de nuestra lucha, porque esto es una parte de eso”.

Se demoraron dos meses en construirlo. El proceso finalizó el primer día del festival y, aunque estuvo lleno de contratiempos y temores porque, según la arquitecta, la comunidad no pudo entender el proyecto hasta verlo terminado, hoy es un espacio para que cerca de trescientas personas puedan congregarse a través del arte.  Según Carolina, fue una lucha hacerles entender a los excombatientes que ellos mismos tenían las capacidades y la fortaleza para construirlo. “Aquí es donde yo le encuentro un sentido a la arquitectura; este momento es tan crucial en este país, que es muy fácil que se nos pase de frente y que no hagamos nada, y este tipo de proyectos son los que confrontan y le apuestan a una paz de una forma mucho más concreta”, dice.

Terminado el festival, las comunidades tendrán que llenar de programación el espacio para hacerlo un escenario de reencuentro, donde confluyan todas las expresiones artísticas de la región y se generen otras nuevas. “Ahora, mi miedo más grande es lo que va a pasar. Cómo hacer que a este teatro no se lo coma la selva literalmente. Que quede ahí, baldío y sin uso”, expresa Carolina.

Una vez terminado el festival, Toribio aspira ser el nuevo director del grupo de teatro De Frente y, aunque son muchas las expectativas frente a la segunda versión de Selva Adentro, Camilo Durango aspira que sean las comunidades quienes se apropien del teatro y del festival para realizar otras versiones.

Tierra de quién

A este miedo se suma el hecho de que el terreno del ETCR se encuentra en litigio entre las comunidades afrodescendientes que históricamente han ocupado la región y la actual propietaria del mismo. A finales de los noventa, las comunidades que se ubicaban en las cuencas del río Curvaradó sufrieron un desplazamiento que, según Cristobalina Mena, Secretaria de Paz, Reconciliación y Reinserción de Carmen del Darién, “se dio más que todo por el tema de cultivo de palma de aceite en estas tierras. Muchas familias fueron desplazadas por grandes empresarios que, o compraban a menor precio, o amenazaban e intimidaban a la población para que saliera del territorio y ellos pudieran hacer los cultivos”.

En 2004 la Corte Constitucional se pronunció a favor de las comunidades afro que habían ocupado el territorio y la demanda se focalizó en la Unidad de Restitución de Tierras. Sin embargo, cuando se eligió el punto en el que el Frente 57 adelantaría la dejación de armas y el tránsito a la vida civil, el alquiler del predio se hizo con la actual poseedora del mismo.  Para Mena, “no se entiende la razón por la que el gobierno nacional, cuando se hizo el proceso para ubicar el lugar donde se iban a construir los campamentos de los excombatientes, seleccionó este terreno sabiendo que existe una sentencia que lo protegía y que ordenaba el desalojo y la restitución del mismo”. Sin embargo, para la arquitecta Carolina Saldarriaga, el teatro “lo que debe hacer es dar más motivación para quedarse. Porque las realidades de los territorios no se miden por las leyes” y es la comunidad la que debe apropiarse de ellos.

La implementación de los acuerdos 

Otra de las grandes preocupaciones, no solo de los exguerrilleros, sino de las comunidades que conviven en el sector, tiene que ver con la lenta implementación de los acuerdos y los problemas de seguridad que siguen presentándose en el territorio.

Por un lado, las condiciones en las que viven los excombatientes y sus familias son precarias. Para Omar de Jesús Restrepo, presidente del ETCR y conocido en la organización como Olmedo Ruiz, “las viviendas están hechas para una tropa, no para personas civiles, una comunidad de civiles, de campesinos”. Las estructuras tienen grietas, los servicios sanitarios son insuficientes y la carretera de acceso está deteriorada. Además, el terreno presenta aguas estancadas, lo que les ha imposibilitado avanzar en sus proyectos productivos, que tampoco han implementado por el problema de litigio del terreno.

Si bien el Gobierno fue el encargado de abastecer a los excombatientes en las Zonas Veredales Transitorias de Normalización, ahora las familias se deben encargar de sus alimentos. y algunas han hecho de sus casas tiendas y mercados.  Fotografía: Alejandro Valencia Carmona.

Si bien el Gobierno fue el encargado de abastecer a los excombatientes en las Zonas Veredales Transitorias de Normalización, ahora las familias se deben encargar de sus alimentos. y algunas han hecho de sus casas tiendas y mercados.
Fotografía: Alejandro Valencia Carmona.

Por otro lado, la presencia del paramilitarismo en la región atemoriza a los pobladores de la zona, que ya han denunciado la presencia de dicho grupo a las autoridades. Según Restrepo, ya ha habido amenazas y ofrecimientos a algunos habitantes del ETCR para instalar explosivos en el salón donde periódicamente se reúnen los miembros de la junta administradora del Espacio Territorial. Y, aunque no descartan cualquier acción paramilitar, cree que “al proceso lo va blindando la misma sociedad en la medida en que se vaya apoderando de él. Porque puede haber un saboteo, y eso genera caos, zozobra y también puede tener sus costos políticos para la misma fuerza pública que está al pie de nosotros”.

Para las comunidades cercanas el panorama es distinto, porque son ellas las que históricamente han hecho frente a la presencia de los paramilitares en la zona y han regresado a los territorios después de los múltiples desplazamientos de los que han sido víctimas. “Los paramilitares aquí, y de esta tierra para afuera, andan como perro por su casa. Andan matando, andan asesinado, andan extorsionando, andan haciendo y aconteciendo. Y nosotros los campesinos que hemos sufrido en carne propia este flagelo de los asesinatos y las muertes y las desapariciones, tenemos miedo. Porque sabemos que esos fueron los que nos sacaron del territorio y asesinaron centenares de personas. Entonces el miedo no lo hemos dejado”, declara Libia María Chaverra, habitante de la Zona Humanitaria Camelias, una comunidad cercana al ETCR que se reconoce como territorio vulnerable por la presencia de diversos grupos armados.

Según Jorge San Martín Machado, líder del corregimiento de Buchadó de Vigía del Fuerte, el año 1997 es el referente de la incursión paramilitar en el territorio, y con ella del inicio de la violencia en el Atrato. La Operación Génesis, perpetrada en febrero de dicho año por los paramilitares en complicidad con la fuerza pública y por la cual se condenó al comandante de la Brigada XVII del Ejército, general Rito Alejo del Río, dejó cientos de desplazados en la zona e hizo que se iniciaran los enfrentamientos entre las autodefensas y el Frente 57, que hasta ese momento había ocupado el territorio con relativa tranquilidad.

“Nosotros sentimos temor. Porque nosotros no vemos esa presencia del Estado realmente como debe ser. Porque las Farc salieron de los territorios con la condición de que el Estado retomara el poder en esos territorios, y en este momento el Estado no lo ha hecho. Son unos vacíos que hay y nosotros tenemos temor de que por ahí puedan llegar los otros que sabemos que se están organizando para eso”, asegura.

Y es en medio de esa incertidumbre y ese temor que el Festival Selva Adentro llega para promover otro lenguaje, el del arte, para que las comunidades continúen en sus procesos de resistencia y hagan visibles a través de él las problemáticas a las que se enfrentan, los miedos, las necesidades, y le hagan honor a la memoria.

El festival 

“Yo creo que la política debe volver a ser arte y es porque la política debe ser capaz de cambiar. El arte cambia, crea, busca nuevas posibilidades. La política debería volver a ser eso. No debería ser simplemente el ejercicio técnico de llegar a un puesto o tener unas fórmulas legales para hacer algo, no. La política debe moverse, porque la política es la organización de las sociedades y en esa medida es la expresión de las sociedades”, afirma Camilo Durango, el director del festival.

Durante ocho días en el río Curvaradó navegaron las pangas que acercaban al ETCR a miembros de otras comunidades y por la carretera que lleva al espacio transitaron actores, actrices y directores de teatro, periodistas, voluntarios y curiosos. Todos con la bandera del arte como un elemento esperanzador en medio de tanta incertidumbre.

Los excombatientes y miembros de las comunidades, que empíricamente habían venido desarrollando diversos ejercicios de memoria a través de la danza y el teatro, entendieron la importancia del festival como espacio para que confluyeran todas sus historias. “El teatro no es solamente las palabras. El teatro es memoria, el teatro es historias, el teatro da alegría y tristezas. Es un ejercicio muchas veces mudo que se hace, pero que se ve del ayer, el presente y muchas veces el futuro”, expresa Bernardo Vivas, líder de la comunidad del Cacarica.

El festival fue el espacio para que las víctimas del conflicto y los excombatientes compartieran sus experiencias y le dieran rienda suelta a la memoria, tantas veces acorralada por el miedo y la desesperanza. “La guerra nos ha privado de la libertad, a veces uno no tiene mucha participación de expresión, es algo que siempre mantiene uno ahí como ahogado, y estos espacios abren puertas para uno poder hacerlo”, dice Ana del Carmen Martínez, víctima de desplazamiento en la comunidad del Cacarica.

Frente a los alcances del festival, en palabras de su director, “no sé qué logremos, pero algo que sí empecé a vislumbrar es que por lo menos la gente que nos visitó empezó a darse cuenta de que el imaginario que tienen sobre las personas que vivieron la guerra y que están en la guerra, no es el imaginario que han puesto los medios de comunicación”.

Durante ocho días, los asistentes disfrutaron de obras de teatro y danza que representaron la guerra y les sirvieron a los excombatientes como un espejo, y a las víctimas como un ejercicio de memoria. La risa y las lágrimas acompañaron los aplausos que fueron llenando el teatro cada día más, a medida que los habitantes del ETCR se animaban a asistir a las funciones del festival, y, aunque fue difícil lograr la participación de los excombatientes en los talleres y conversatorios de la mañana, las funciones nocturnas se convirtieron en el escenario de diálogo entre los artistas y los recuerdos de víctimas y los exguerrilleros.

Por ahora, según Fredy Bedoya, director de la Corporación Cultural Nuestra Gente, “hay que poner el puente para que de la otra orilla pasen aquí. Hay que tender el puente para que de Belén vengan aquí, para que se den cuenta de que aquí está pasando una cosa: está pasando la vida, la esperanza. La nueva Colombia pasa por aquí, empieza por aquí, y ahí es donde tenemos que ponernos todos las pilas”.

El reto está en seguir ofreciendo espacios donde el arte y la cultura irrumpan en la cotidianidad de los habitantes del ETCR, mientras los excombatientes se habitúan a la levedad de no cargar fusiles o pesados equipajes. Ahora que han transformado los cambuches en carpas para una barbería, han convertido sus habitaciones en lugares de encuentro y reunión, y se han instalado en el espacio con la esperanza de hacerlo definitivamente suyo, la primera versión del Festival Selva Adentro tiene que servir de ejemplo para que en otros rincones del país se erijan teatros que sean escenarios de encuentro y reconciliación.