El libro de Estefa

Durante la Fiesta del Libro de Medellín, se presentó la primera obra de Estefanía Carvajal Restrepo. Niebla en la yarda es un reportaje sobre tres hombres enfrentados a la más dura circunstancia de sus vidas: la prisión. Todos al final salieron airosos y le contaron su experiencia a la joven periodista mientras ella hacía su trabajo de grado para recibir el título de la Universidad de Antioquia. El volumen mereció distinciones y premios y ahora, con dos años más de maduración, se convierte en uno de los títulos de la colección de periodismo narrativo de Angosta Editores. Presentamos un avance del capítulo que no estaba en el proyecto inicial.

DLU 86 -Portada Niebla en la yarda-Estefanía CarvajalElla tenía dieciocho años y pinta de punkera. Él tenía cuarenta, un hijo y un divorcio. Ellos, que podrían ser padre e hija, llevaban dos meses juntos en California viviendo como marido y mujer, fumando marihuana y voleando cabeza en los conciertos de rock and roll que, a principios de los ochenta, convocaban a los jóvenes rebeldes y libertarios de la gran América.

Ella, Cristina Hicks, era hija de un gringo y una colombiana y su mayor tesoro era la juventud, porque en los bolsillos no tenía un centavo; él, Carlos Javier Marulanda, era un hombre de negocios nacido en Pereira y radicado en Miami que tenía justo lo que ella necesitaba: los contactos de la mercancía.

El plan era muy simple: Cristina ya tenía el cliente conversado y su único trabajo era servir como intermediaria entre el proveedor y el consumidor final. Debía llevar el producto —diez kilogramos de cocaína colombiana— al lugar de encuentro —un parqueadero oscuro en un restaurante de Los Ángeles—, recibir el dinero, contarlo, sacar su parte y entregar el resto.

A Javier, que creció en el seno de una familia de políticos y terratenientes del Eje Cafetero —hombres y mujeres de moral católica y buenas costumbres—, no le parecía descabellada la idea de vender cocaína: Colombia tenía un recurso natural valiosísimo, que era la hoja de coca, con numerosos y poco conocidos usos terapéuticos y medicinales, ¿entonces por qué no aprovecharlo y, de paso, ayudarle a Cristina a resolver sus problemas económicos?

El dilema ético del consumo de drogas no lo trasnochaba. Desde que probó la marihuana, a los veintitrés años, Javier olvidó los prejuicios que le habían metido en la cabeza cuando era niño. Lo más peligroso de la yerba era ir a comprarla, y su mamá lo ponía en esa tediosa tarea cada vez que le botaba los porros que encontraba en el nochero o en los bolsillos de sus pantalones.

Él, que había intentado ser cura y médico, creía firmemente que las drogas debían ser legales y que lo que estaba desangrando al país no era la cocaína, sino el empeño de los gringos por eliminarla de la faz de la Tierra. Javier consideraba que era su derecho, y su deber, combatir la guerra contra los narcóticos desde su propia versión de la desobediencia civil: comprarla, venderla y consumirla aun sabiendo que las leyes castigaban con ahínco a los narcotraficantes.

Así pues, el único pero que le veía al negocio de Cristina era el cliente, un supuesto amigo del exnovio de la muchacha. A Javier le daba mala espina y tenía el presentimiento de que la vuelta podía terminar con ellos tras las rejas de una prisión.

Por eso, aquella noche de verano de 1983, Javier le dijo que no la iba a acompañar, levantó la bocina del teléfono y pidió un taxi que nunca llegó. Estaban en el apartamento de ella, en la avenida Rutgers de Westminster, una localidad del condado de Orange cerca a Los Ángeles, y Cristina se empeñó en que tenía que entregar la mercancía en el parqueadero de Charlie’s.

“Si no confía en mí, ¿entonces qué estamos haciendo?”, lo confrontó la muchacha. Al fin y al cabo, si no fuera por él, a ella nunca se le hubiera ocurrido vender coca para echarse unos cuantos dólares fáciles al bolsillo.

Cuatro días antes, el 15 de mayo de 1983, la pareja había viajado a San Francisco a recoger la droga en un automóvil Dodge de placas IGGG609 que Cristina alquiló en un Rent a car. Al día siguiente, se encontraron con un hombre en un motel de la localidad de Stanton y le pasaron un maletín con cinco paquetes de coca prensada. Cristina le dijo al cliente que tenían once kilos más escondidos en Los Ángeles, y que le entregaría otra parte de la mercancía el 19 de ese mes.

A las 6:10 p.m., Cristina salió de su apartamento y se montó en una Toyota modelo 82. Al mismo tiempo, Javier se montó en el Dodge alquilado y siguió a la camioneta hasta el boulevard Huntington Beach.

Cuando llegaron a Charlie’s eran las 6:35 p.m. y el parqueadero estaba vacío. Pero apenas se bajaron del carro los abordó una horda de policías que tenía muy claro lo que había en el paquete que estaban a punto de entregar. El cliente de Cristina, recomendado por el exnovio al que seguía viendo a escondidas de Javier, resultó ser un informante de la DEA llamado Lynn Wood. Y antes de que pudieran decir algo, los dos ya estaban esposados y camino a la prisión.

El agente del FBI Robert Montoya y el agente especial de la DEA John M. Valestra contaron la cocaína que Javier llevaba en el Dodge. Eran diez de los once kilos que supuestamente habían recogido en San Francisco, lo que quería decir que Cristina había escondido un paquete de coca prensada en su apartamento.

Así, mientras unos agentes llevaban a Javier a la cárcel federal de Terminal Island, una isla ubicada en el puerto de Los Ángeles, entre San Pedro y Long Beach, otros registraban hasta el último rincón del apartamento donde el pereirano había amado tantas veces a la muchachita que le recordó que la juventud es hermosa y rebelde, pero extraordinariamente estúpida.

A pesar de ser una cárcel de baja seguridad, por los corredores de ese centro de reclusión habían pasado varios de los criminales más famosos de los Estados Unidos, como Al Capone, el mafioso italiano de la época de la Prohibición, y Charles Manson, un cantante y exconvicto que inspiró a sus seguidores a cometer nueve asesinatos en la década de los sesenta.

Ahí, en Terminal Island, Javier vivió por primera vez un ritual que habría de presenciar decenas de veces. Cuando el recluso recién entra a la prisión, los guardias se encargan de despojarlo de su humanidad y de romper el cordón umbilical que lo une al mundo que conoce: “Desnúdese, agáchese, tosa, póngase esto —un overol caqui o naranja— y recuerde que este va a ser su número”. Luego, lo trasladan a una celda aislada donde deberá permanecer hasta que resuelvan su situación judicial. El cuarto es frío, así sea verano, y las luces nunca se apagan. El objetivo, asegura Javier, es que el preso entienda que su cuerpo ya no le pertenece, sino que está a merced del gobierno de los Estados Unidos.

No le costó mucho tiempo asimilar esa situación. Sabía que era inútil resistirse a la voluntad del estado más poderoso del mundo y que en un juicio tendría la baraja perdedora: lo habían atrapado con las manos en la masa y, aunque era residente del país norteamericano, su nacionalidad sólo podía empeorar el concepto del jurado.

Por eso, una vez estuvo instalado en Terminal Island, lo primero que hizo fue llamar a un abogado —al que finalmente le pagó para que defendiera a Cristina— y lo segundo, declararse culpable.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *