La Gabriela: impresiones de un nuevo habitante

En este barrio del municipio de Bello conviven los niños, sus familias y las bandas criminales. Estas son las impresiones de un estudiante que llega allí buscando una casa para instalarse.

Fotografía: Juan David Tamayo

Fotografía: Juan David Tamayo

Ernesto Elohim
Estudiante de Filosofía
ernestoelohim27@gmail.com

Es un año de ausencia, pero entre las montañas escalonadas veo a la ciudad asomarse como un niño que se acuna con su propio ronquido. Desciendo la autopista Medellín-Bogotá y los alrededores de la cárcel Bellavista; nubes dispersas en medio de un cielo hinchado de azul diáfano, un sol radiante que disuade la formación de nubes negras, bajo el cual se conserva la vegetación espesa de árboles y potreros próximos a desaparecer.

Acorralado por la falta de recursos y la premura de instalarme me dediqué a explorar ofertas hasta encontrar un lugar acogedor. Empujados por la especulación inmobiliaria y la falta de suelo para construir, los precios de los apartamentos en Colombia y particularmente en Medellín están en sus máximos niveles históricos. En ningún barrio de la ciudad —menos aun en las lomas, donde la construcción de parques y bibliotecas a las que nadie va a leer ha disparado el precio de los arriendos y de la propiedad— encontré algo que se correspondiera en términos cuantitativos con el espacio geográfico y cultural que es el Valle de Aburrá. Corrí entonces hacia ese bonito lugar que había visto al recorrer el norte del valle y encontré a La Gabriela, un barrio del municipio de Bello, un gueto constituido por casas de invasión; hechas de cartón y adobe, de latón y barro, fijadas por la desesperación, la generosidad y solidaridad de las que hacen alarde los que no tienen nada.

Es un caserío que barrió una avalancha de tierra hace algunos años. Sobre La Gabriela se cierne el sol, se derrama la lluvia, se secan los pozos y se inundan las aceras. Los animales y los niños son semisalvajes, corren sobre las  montañas, juegan entre los carros viejos, se suben a los árboles, ruedan los balones por la loma de Calle Vieja… los primeros meses son tranquilos a pesar del estruendo con que se deleita una comunidad ignorante de cualquier manifestación de cultura imperecedera.

La comunidad está compuesta por un porcentaje importante de negros que cantan vallenatos, costeños que oyen vallenatos y bachata y todo el mestizaje se aturde con reguetón.

La única noción clara de gobierno que se dibuja en estos baldíos son los muchachos que cada sábado, sin falta, vienen a pedir la cuota por vigilancia.

A la gente le cobran mil pesos por el privilegio de vivir aquí, a los supermercados diez mil, a los carros otro tanto… una desagradable tabla de precios que en este barrio y en la zona nororiental establecen Los Triana y en el norte del valle de Aburrá, Los Pachelly, y así, un sin-número de recaudadores que a cambio de su renta tienen proscrito el robo, a la manera de los castigos del Antiguo Testamento. Estos caballeros hacen de la extorsión y el atropello su condición indispensable para existir y su monopolio se consolida a partir de la normalización de sus prácticas.

Lo relevante en este contexto no es que la policía sea inoperante o esté desbordada; en medio de una densidad poblacional que se mueve entre laberínticos barrios construidos en lomas, en franca lucha con la gravedad y que para 2005 era de 5.820 hab./km² y cuya población  ha ido creciendo a magnitud exponencial, hablar de la ineptitud de los agentes es un argumento viejo que no insultará su dignidad. Los agentes de policía no ocupan en esta ecuación el modesto puesto del incompetente; son parte fundamental de una estructura social en la cual ellos hacen el pacto con los criminales, cierran los ojos ante la evidencia y a la vez —evitando la confrontación— protegen sus vidas de comunidades que muchas veces se sienten identificadas con los grupos que las oprimen. En muchas ocasiones cuando el CTI de la Fiscalía ha entrado a estos laberintos buscando someter a cabecillas o jíbaros es la población del barrio la que agrede a los funcionarios y protege a sus victimarios. No es extraño, estos señores feudales, estos patrulleros de barrios miserables, arreglan matrimonios, velan por la seguridad, hacen de jueces, desplazan personas de un barrio a otro y se adueñan de sus predios, adjudicándoselos a su base social, a su capital político. Ellos no solo proscriben el robo para ejercitarlo ellos mismos con exclusividad, también establecen los lugares en donde se puede consumir la droga que venden.

Lo curioso es que cumplen el papel regulador que los estados europeos hacen en lo que a las drogas concierne, y no obstante la del Valle de Aburrá es una población (para el momento que escribo esta nota) decididamente en contra de cualquier atisbo de legalización. La descomposición social está aquí a todos los niveles, lo peor de la vieja y nueva generación conjugan una mixtura en la que no es posible culpar a alguien sin culparnos todos.

Los mismos pillos que venden la droga se indignan si fumas frente a un niño; lo curioso es que el niño no ve la diferencia entre tabaco fumado en pipa, cigarrillo de tabacalera, mariguana de corinto o la creepy que cultiva mi amigo de la universidad en su finca hasta que el que tiene la malicia se la hereda. En la circunstancia a la que me remito el niño nunca se dio por enterado, pero los ñeros aprovecharon la ocasión para exhibir su moralizante ignorancia. Es un extraño lugar este Medellín, esta Antioquia.

Antes de que lo mataran, Jesús María Valle dijo que Antioquia había exportado violencia a departamentos pacíficos; con todas las objeciones filosóficas que esta afirmación pueda tener, esto es una obviedad histórica; ojalá logremos consolidar esta más macabra red de crimi-nalidad, frivolidad y empresarismo que erige una vitrina impecable o decora una fachada bajo la que se esconden sonrisas que son muecas a la manera de los personajes de David Lynch: muecas distorsionadas por la miseria, la violencia simbólica y el vacío.

El progreso es avanzar, ¿para qué, a costa de qué y hacia dónde? Eso no importa. La normalización de circunstancias insostenibles se da merced a una confusión entre significado y significante; que los índices de violencia y mortandad bajen es sinónimo de bienestar para quien se toma la vida en abstracto; pero vivir es un cúmulo de circunstancias que apelan a la extorsión, a la violencia estructural, un poco a la ignorancia y mucho a la supervivencia. Los tecnócratas no entienden que a veces sobrevivir se reduce a estar en franca lucha con el instinto de conservación. Paz puede ser, y en este caso es, pacto entre criminales, entre policías y criminales, entre criminales y sociedad, entre liberales y conservadores, entre izquierdistas y derechistas, entre todos y todas.

Un taxista me dijo hace unos meses: “Bello es de los pocos municipios en los que aún los buses entran al parque principal, y esto es por el miedo que la alcaldía le tiene a los…” y no sabía cómo terminar la frase que yo le completé: “…valijas”. Entonces se animó a decir lo que todo el mundo sabe: que ellos son, por igual, la ley, la trinidad y la pesadilla para millones de personas que habitan este suelo.

Un vigilante me relató mientras sacaba unas copias en un local, cómo en su barrio si los pelaos se chocan en sus motos contra un carro, ya sea que este esté aparcado o en movimiento, que ellos vayan ebrios o drogados, con o sin casco, es al tipo indefenso al que le toca escuchar sentencias de este corte: “cucho, le toca pagar”, a lo que la víctima responde: “pero si yo estaba aparcado frente a mi casa”. Por respondón, con lo siguiente despejan cualquier duda: “eso no es parqueadero, cucho, ya sabe…”. Bueno, ya todos sabemos lo pacífico que está el Valle de Aburrá, lo envidiados que nos sentimos al vivir acá, la normalidad social, lo orgullosos que estamos todos.

Aún recuerdo con ternura a la mona que tiene una discoteca frente a la casa en la cual vivía en La Gabriela, con su hermoso perro Morgan (un pitbull) y sus amigos Los Triana. Cuando algún vecino osaba quejarse de las parrandas de toda la semana que empezaban a las once de la noche y se acababan por lo general entre alaridos a las ocho de la mañana, ellos le respondían: “¿no puede dormir? Si quiere lo mando a dormir para siempre, marica” y otras bellezas de imprenta de ese corte. “Demás que con las extorsiones pagadas del sueldo de uno es que beben todas las noches”, me dijo un vecino alguna vez y yo le creo de buena fe.  La mona y Los Triana son una cara fea de una ciudad aún más fea, de un país aún más feo que solo se mira de soslayo. Una ciudad caliente por sus feos y estúpidos guetos, y fría y vacía como los condominios que sustentan sus muertos.

No digo nombres, miro la ciudad desde sus montañas hermosas o desde su metrocable de diseño francés y no puedo evitar pensar en una frase de Chuck Palahniuk, de su libro Monstruos invisibles: “Es imposible mantener una sonrisa real tanto tiempo; al cabo de un rato todo son dientes”.