La casa que aguantó el incendio

El incendio del 18 de agosto de 2017 en el barrio Moravia dejó muchas viviendas destruidas y unas cuantas en pie. Esta es la historia de una de estas últimas.

Texto y fotografías: Juan Manuel Valencia
Estudiante de Periodismo
jmanuel.valencia@udea.edu.co
Doña Luceli y su hija. Algunos caminos se han hecho entre los escombros para quienes descienden o atraviesan la montaña.

Doña Luceli y su hija. Algunos caminos se han hecho entre los escombros para quienes descienden o atraviesan la montaña.

Siete días antes del incendio que consumiría parte del sector El Oasis en el barrio Moravia, Joel Polo, un habitante de la zona, recibió una llamada de su madre. Era viernes por la mañana y la madre tenía un favor que pedirle a su hijo: un pastor de la iglesia de la que ella hacía parte estaría en Medellín por unos días y necesitaba un lugar donde quedarse. La madre de Joel le preguntó si el pastor podía hospedarse en su casa por el tiempo que estuviera en la ciudad. Él dijo que con mucho gusto.

El sábado por la tarde, Joel salió de su trabajo en la empresa de reciclaje Peletizados v&v. Ya sabía que su hermano, con quien vivía, había ido a recoger al pastor Javier. Apenas se conocieron, Joel y el pastor empezaron a hablar de sus creencias:

—Hay que buscar de Dios, hermano —le decía Javier.

—Hay que buscar de Dios —respondía Joel.

El pastor recorrió la casa y, al tiempo que caminaba por ella, pronunciaba rezos y oraciones para “ungir”. Esa noche, además de la compañía habitual de su hermano, su esposa, la hermana de su esposa, sus dos hijos (un niño y una niña) y el perro, Joel estuvo acompañado por Javier, quien consagró con sus rituales aquella morada de ladrillo y techo de zinc que no alcanza a superar los cuarenta metros cuadrados.

El domingo en la mañana, Joel acompañó al pastor Javier a la terminal. De camino conversaron sobre más cosas. En un punto de la charla, el pastor le dijo a Joel:

—Hermano, yo anoche tuve un sueño.

—Cuénteme, ¿qué pasó? —le respondió Joel.

—Por acá va a ocurrir algo. En el sueño, Dios me mostró que por acá va a haber un problema, hermano.

—¿Un problema cómo?

—No le puedo relatar más. Va a haber un problema, tenga mucho cuidado con la familia.

¿Con la familia? Joel sintió tristeza cuando el pastor le mencionó a la familia. Se despidieron. Joel volvió a su casa, llamó a su madre y le pidió que orara por él.

***

El viernes 18 de agosto, el día del incendio, Luceli, la esposa de Joel, se despertó a las tres de la mañana enferma. “Yo mejor me voy con usted para urgencias”, le dijo el marido. Ese día, en vez de arreglarse e irse a trabajar, Joel acompañó a su esposa a la EPS Sura Córdoba.

***

Cuando llamaron a Luceli eran casi las diez de la mañana. Ella estaba en el hospital. Al contestar el celular, una amiga del barrio le preguntó dónde estaba, le dijo que volviera rápido porque se estaban “quemando los ranchos”. En ese momento, Luceli pensó en sus hijos. Ella estaba en una camilla, acostada mientras le aplicaban droga. A pesar de que tenía una infección, Luceli decidió irse del hospital.

Le notificó su resolución al doctor, quien le prohibió irse. Él le dijo que se tranquilizara, debía permanecer hospitalizada, en ese estado no podía permitirle que se fuera. Ella le insistió en que se debía ir, que en ese momento no sabía dónde estaban sus hijos. Le aseguró que volvería al hospital cuando supiera de ellos y se calmara la situación. No regresó. “Igual me habían colocado mucha droga y, con la mano de Dios, eso es suficiente para aliviarme”, pensó.

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Joel salió corriendo apenas supo la noticia. Dejó a su esposa discutiendo con el doctor y se dirigió a su casa para ver qué podía salvar. La vecina que le avisó a su esposa de la catástrofe ya había perdido su hogar en las llamas, pero el de Joel aún estaba en pie. Recorrió las callejuelas estrechas hasta la loma donde se hallaba su casa. El fuego, que había iniciado en la parte baja del barrio, ya se había llevado muchos de los ranchos de madera.

Parado en una esquina, desde donde se alcanzaba a divisar su casa, la vio por primera vez rodeada de llamas. El pasillo que lo conectaba en línea recta con su vivienda era intransitable por el humo sofocante y el fuego, alimentado por la casa de madera que se alzaba frente a la suya y que ahora era consumida por la candela.

Joel miró ese corredor desde la esquina frente a su hogar. A su izquierda, las casas eran casi todas de madera. Por allí el fuego se propagaba con facilidad. A su derecha, una seguidilla de casas de ladrillo y cemento, donde las llamas aún no se esparcían, pero que aun así quemaban puertas, ventanas, techos y demás objetos. Joel dio una vuelta por las viviendas de ladrillo, evitando el corredor inundado de humo, y llegó a la parte posterior de su hogar. Con la ayuda de algunos vecinos del sector y de una maza que le proporcionaron, empezó abrir un hueco en una de las paredes de su casa para sacar lo que pudiera.

***

Cuando Luceli iba en el taxi camino hacia su barrio, recibió otra llamada. Su amiga le dijo que se quedara tranquila en el hospital, que los niños estaban bien. Estaban en casa de la abuela. Al empezar el incendio, la vecina fue al domicilio de Luceli y sacó a los niños junto con su hermana, quien no quería abandonar la vivienda. La mujer los llevó a todos al domicilio de la madre de Luceli, quien vive a unas pocas cuadras, en un sector que no fue alcanzado por el incendio.

Con un poco más de calma, Luceli siguió camino hacia su hogar. Llegó a su barrio alrededor de las once de la mañana y vio la casa en mitad de las llamas. El gallinero y los tres ranchos de madera que había a su lado derecho ya no estaban. A su izquierda se veía el monte pelado mientras el fuego avanzaba a través de él.

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A través del hueco que abrió Joel, con la ayuda de Luceli y de otros vecinos, lograron sacar la nevera y el televisor, los cuales llevaron a la casa de la madre de Luceli. También sacaron ropa, pero mucha se perdió entre las manos de todos los que aparecieron allí para ayudar a evacuar la casa. Sabiendo ya que sus hijos estaban a salvo, la pareja trató de rescatar los bienes que más fuera posible, antes de que su hogar desapareciera.

En un punto, la tarea se hizo demasiado dura para continuar. Ya se estaban sintiendo asfixiados por el humo. Las llamas aún no pasaban de la puerta de la casa. Luceli cuenta que no siguió sacando cosas porque “yo vi mi casa en la mitad de las llamas y dije: si todavía no se ha quemado es por algo, es que mi casa no se va a quemar, y ya no seguimos sacando más, que fuera lo que Dios quisiera”. Entonces decidieron parar de sacar sus cosas y esperar a que el fuego se apagara.

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Esperaron en casa de la madre de Luceli. Cuando las llamas se aplacaron ya había pasado el mediodía. Joel les echó agua a las paredes de su casa por dentro y por fuera y descubrió que el daño más grande que había recibido era el hueco que él había hecho para sacar sus bienes. Aparte de eso, solo se habían quemado unas esquinas de la puerta y de las ventanas. Su rancho de ladrillo y techo de zinc aguantó rodeado por los ranchos de madera que se redujeron a ceniza y escombro.

DLU 86 -La casa que aguantó el incendio (3)

Al ver que a su casa no le había pasado nada llevaron de nuevo sus cosas para allá. Hoy, la casa de Joel y Luceli sigue en el mismo costado del Oasis en que estaba antes del 18 de agosto de 2017. Ellos todavía habitan aquella colina de Moravia, aun cuando al abrir la puerta de su casa se encuentran de frente con un monte de madera chamuscada, árboles negros y piedra partida.

Días después del incendio repararon el hueco de la casa. Perdieron algunas cosas: la ropa que desapareció entre las manos de quienes se ofrecieron a ayudar, un colchón, que fue lo único que se les incendió ese día, y a muchos de sus vecinos cercanos, quienes tuvieron que decidir entre irse a vivir en cambuches debajo del puente de la Madre Laura, irse a alguno de los albergues que ofrece la alcaldía o buscar quién los hospede.

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La tarde del incendio Joel llamó en repetidas ocasiones al pastor Javier para contarle la situación. Cuando por fin le contestó, el hombre le recordó que le había dicho que algo iba a suceder.

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La noche del incendio, Joel, Luceli y el resto de la familia durmieron en la misma casa en la que despertaron en la mañana.