Los petroglifos de Támesis

En el municipio de Támesis, Suroeste antioqueño, se encuentra la mayor cantidad de petroglifos de la región, esto es de gran orgullo para sus habitantes, quienes han forjado una identidad alrededor de este pasado y que ahora se vuelve el escudo de la comunidad en contra de la minería.

Petroglifo Fotografía: Alba Nelly Gómez García

Petroglifo
Fotografía: Alba Nelly Gómez García

Sara Ortega Ramírez
saritaorte@gmail.com

Por lo general, la gente asocia la arqueología con el oficio de desenterrar huesos o dinosaurios (para lo cual existe la paleontología) o con encontrar tesoros (a lo que se dedican piratas o cazafortunas). Una definición más acertada diría algo así como que la arqueología estudia los grupos humanos del pasado, a través de los restos materiales que han persistido en el tiempo y el espacio. Una definición más sentimental diría que la arqueología es compañera de la nostalgia y que se mueve gracias a un punto medio entre el desvanecimiento y la permanencia.

Una de estas huellas materiales que ha perdurado por miles de años es el arte rupestre: pinturas y grabados realizados en rocas. A estos últimos se les denomina técnicamente como petroglifos. Tal vez el lector haya escuchado algo sobre las milenarias pinturas de las cuevas de Lascaux y Chauvet en Francia, o sobre los bisontes de la cueva de Altamira en España. ¿Tal vez ha leído sobre algún caso americano, como el de la cueva de las manos en Argentina? ¿O sobre las pinturas rupestres en Facatativá, Cundinamarca? ¿Habrá escuchado algo sobre los petroglifos de Támesis, Antioquia?

En este municipio del suroeste antioqueño se conserva la mayor cantidad de petroglifos reportados en la región. No ha sido mucho lo que se ha escrito sobre el tema, pero es evidente que desde hace unos años viene ganando fuerza como objeto de estudio. La primera investigación formal la hizo el antropólogo Graciliano Arcila a mediados del siglo XX, señalando la presencia de cuarenta rocas con grabados y proporcionando información detallada de doce. En ese entonces no se pudo determinar la edad de estos grabados, ni con qué finalidad se hicieron, ni qué representaban esas figuras; sin embargo, se viene pensando desde entonces que lo más probable es que fuesen elaborados en una época anterior a la conquista española y se han asociado algunos de sus motivos con iconografía quimbaya.

Hoy seguimos casi con los mismos interrogantes, seguimos sin descifrar —pero sin dejar de imaginar— lo que pudieron representar estos signos que nos parecen tan enigmáticos. Desde hace unos cinco años la arqueóloga Alba Nelly Gómez, actual jefa del departamento de Antropología de la Universidad de Antioquia, se ha venido involucrando con el estudio de este tema, publicando como uno de sus resultados de investigación el libro Petroglifos de Támesis, en el cual se presenta un completo registro de 93 rocas.

Estos petroglifos han venido cobrando relevancia no solo para la academia, sino también para la misma comunidad local, casi que de manera simultánea. Si antes la palabra era desconocida por la totalidad de los habitantes del casco urbano, ahora la mayoría de ellos la conoce y la lleva grabada en su memoria y lenguaje. Aparecen diferentes motivos de petroglifos en las fachadas de las casas, grabados en el cemento de los andenes, en el empedrado del parque principal, en las paredes de la Casa de Gobierno, en diferentes logosímbolos de instituciones y productos tamesinos, en sus medios de comunicación (el periódico local se denomina precisamente El Petroglifo); en fin, para Támesis hoy son tan importantes sus petroglifos como lo son sus ríos y montañas; “en una fotografía de un tamesino —me comentaba un concejal de allí—, siempre aparecerá el río Frío o una cascada, el cerro Cristo Rey y un petroglifo”.

Es cierto que para la arqueología estas rocas pueden proporcionar información sobre eventos y seres del pasado, pero en algunas ocasiones, como en el caso de Támesis, más que hablarnos sobre un pasado remoto y sobre sociedades ya desaparecidas, nos están hablando fuerte y claro sobre unas dinámicas sociales contemporáneas. Los petroglifos, que antes fueran objetos invisibles o poco valorados por la comunidad, se han estado convirtiendo en un elemento importante, generador de identidad para los tamesinos, y este cambio de percepción se enmarca en un proceso histórico concreto, responde en gran medida a la necesidad de proteger su territorio frente a la posible entrada de la minería. Este interés especial sobre los petroglifos se había engendrado desde finales de los años noventa, en un contexto que abarcaba, entre otras cosas, una crisis económica municipal, una crisis nacional campesina y el auge de la actividad minera en el país.

Fotografía: Sara Ortega Ramírez

Fotografía: Sara Ortega Ramírez

En los años noventa, recuerdan algunos habitantes de Támesis, se vivió un boom cultural en el que aparecieron muchos grupos y actividades artísticas en el municipio. En este proceso los petroglifos comenzaron a jugar un papel central como recurso visual. El alcalde de esa época, Carlos Vallejo, comenzó a hablar de ellos como un elemento cultural valioso. Sumado a esto, se realizaba un trabajo arqueológico en la vereda El Rayo, durante el proyecto de parcelación Caminos del Cartama, donde se encontraron varios petroglifos además de otros vestigios del pasado como cerámica y artefactos en piedra. Esto implicaba que el discurso arqueológico estaba llegando al municipio para mostrarles a sus habitantes, desde una justificación científica, que en sus tierras existían evidencias sobre grupos humanos del pasado, y que esto era algo valioso, reconocido por la nación como un patrimonio cultural, y no simples piedras o tiestos. Apareció por esta misma época, en 1998, un trabajo de grado de antropología donde se registraron 34 rocas con petroglifos, entre las cuales se hallaban las ya descritas por Graciliano Arcila. Támesis comenzó a conocerse como “santuario de arte rupestre”.

Pero estas lecciones de amor por el pasado que la arqueología difundía no habrían tenido tanto eco si los tamesinos no se hubiesen visto envueltos en una crisis que los llevó a replantearse como pueblo. La crisis cafetera y campesina en general ha provocado que muchas zonas rurales deban buscar alternativas de subsistencia. El Estado nacional instauró la locomotora minera como un modelo económico importante para el país, pero algunos pueblos del suroeste —entre ellos, Támesis—, al tener cerca deplorables ejemplos como el de Marmato, se han negado rotundamente a la entrada de esta actividad en sus tierras; porque saben el alto costo que sus recursos naturales deben pagar por la extracción de metales a gran escala. Támesis no es un pueblo de tradición minera, sino agrícola y pecuaria, pero estas actividades tan subvaloradas en el país no bastaban, así que debían definir una segunda fuerza económica que les permitiera sobrevivir en este sistema sin tener que entrar en el circuito de explotación ‌minera. La primera década del siglo XXI fueron tiempos críticos, pues el municipio estaba en quiebra. Se cancelaron muchos procesos y actividades culturales. Los tamesinos tuvieron que pensarse como comunidad y replantear cómo estaban haciendo las cosas. El concejal Sergio Ruiz recuerda: “Se olvidaron las diferencias de partidos políticos y nos unimos para sacar adelante al municipio”. La arqueología jugó un papel importante, en tanto les mostró a los habitantes que en su territorio permanecía una riqueza histórica significativa que no todos los municipios ostentaban; esto les daba motivos para sentirse orgullosos de su tierra, para reforzar sus vínculos con ella.

Esas rocas grabadas, consideradas patrimonio arqueológico, se presentaron así como una carta de juego importante para que el municipio, primero, supiera que albergaba algo revelador y valioso dentro de sí; y, segundo, pudiera demostrar que sería capaz de salir adelante aprovechando esos recursos naturales y culturales, mas no explotándolos de manera feroz. A partir de entonces, Támesis comenzó a posicionarse como un destino turístico ecológico y arqueológico. Se trata de atraer un turismo que quiere ser responsable con los recursos y no un turismo de fiesta y algarabía. Hoy, los petroglifos forman parte de rutas que los promocionan como “rocas mágicas” o “rocas que hablan”. Aunque no sabemos con certeza qué nos dicen y algunos arqueólogos se retuercen ante las historias sin sustento empírico que van por ahí, es necesario entender que estas rocas juegan un papel político y cultural importante en la actualidad. Estas son resignificadas por los pobladores actuales que -seguramente como lo hicieran los antiguos-, valoran la riqueza de su territorio y comprenden, como reza en tantos banderines que asoman por las ventanas de tantas casas del pueblo, que el agua vale más que el oro. Porque algo queda muy claro cuando se habla con los habitantes de este municipio, y es que están decididos y además orgullosos de parársele de frente a la locomotora minera y sacar a naranjazos sus iniciativas empresariales. Y es que “el que no esté en contra de la minería es que no es tamesino”, me decía doña Stella, quien atiende el hotel y restaurante El Turismo. Ella recuerda que hace unos años un ingeniero que llevaba a cabo un trabajo de indagación para una empresa minera le susurraba: “Lo que ganan en las naranjeras no alcanza para nada, nosotros les pagamos mucho dinero, y se dará cuenta, doña Stella, que con nosotros se acaba la naranjera. Ese día vamos a ver quién gana”. A esto, ella respondía: “¿Para qué ese dinero, si solo nos va a durar un ratico? En cambio, los recursos naturales con ustedes se acaban y ahí nos queda es la pobreza”.

Fotografía: Sara Ortega Ramírez

Fotografía: Sara Ortega Ramírez

Líderes ambientales, artesanos, políticos y educadores tienen claro que la lucha por defender su territorio —rico y diverso— debe trascender el plano sentimental y necesita argumentos legales que sean válidos frente a instancias más grandes como los planes de gobierno nacional o intereses económicos de transnacionales. Por esto, muchos tamesinos desean ansiosamente una declaratoria de patrimonio de la humanidad sobre su territorio, pues, dicen con toda seguridad, “donde hay patrimonio no hay minería”. Lucía, una artesana que hace parte del Circuito Económico y Solidario de Támesis (CESTA, otra alternativa económica de combate), decía: “Que nos nombren patrimonio cultural, para espantar las moscas que se llaman mineros, que traen deforestación, que se llevan la flora, la fauna, el agua, el subsuelo, todo. Porque no son beneficios, sino maleficios para el pueblo”.

Así, estas rocas con inscripciones indígenas que para la arqueología representan información sobre el pasado, para los habitantes de Támesis encarnan más bien una garantía, un escudo que permitirá la preservación del territorio tal y como está; porque aquello que es patrimonio debe protegerse y conservarse, así lo dictamina la Unesco. El conocimiento y discurso científico ha venido jugando en el siglo XXI un papel muy importante dentro de grupos sociales que deben emprender una lucha para reivindicar sus derechos políticos (especialmente aquellos que tienen que ver con la tierra), frente a sistemas por lo general más grandes que sufren de gula. Aunque este año se firmó un acuerdo en el concejo de Támesis que declaraba su rotunda oposición a la minería, aún quedan más batallas por librar; la incógnita sigue ahí, no se sabe quién finalmente ganará, si la naranjera o la empresa minera.

____

Este artículo es un despiece del trabajo de grado Los objetos arqueológicos y los relatos sobre el pasado.Diferentes visiones sobre los petroglifos de Támesis, Antioquia realizado para optar al título profesional en Antropología. Asesoró: Alba Nelly Gómez.