Los cuidadores de seres queridos en Medellín

En la ciudad, unas 230 personas se dedican a cuidar a sus seres queridos que son adultos mayores o que presentan alguna discapacidad. El programa se llama Cuidadores.

Por Mauricio López – sammer.mauricio@gmail.com
En Medellín hay cerca de 700 mil personas mayores de 55 años. Fotos: Mauricio López.

En Medellín hay cerca de 700 mil personas mayores de 55 años. Fotos: Mauricio López.

No es fácil la vejez. La mayoría de seres humanos le temen a esa etapa en la que se degrada el cuerpo, falla el organismo y los placeres de la vida disminuyen. Para algunos es menos complicado lidiar con la senectud. Sin embargo, para otros, quienes arriban solitarios a ese desierto interminable -sin nubes, sin árboles, sin corrientes de agua-, la vejez puede llegar a ser un lúgubre escenario donde la palabra dignidad pierde todo significado.

“Yo no puedo comer, yo no puedo beber; los placeres de la juventud y el amor han volado lejos: una vez hubo una buena época, pero ahora eso se ha ido y la vida no es más vida”, reza en un capítulo de La República, de Platón. Sin embargo, en ese mismo libro se lee: “Qué bien recuerdo yo al viejo poeta Sófocles, cuando en respuesta a la pregunta: ¿Cómo combina el amor con la edad?, ¿Sófocles, es aún usted el hombre que era? “Paz, contestó él; yo he escapado alegremente de las cosas de la que usted habla; yo me siento como si me hubiera escapado de un amo enfadado y furioso. Desde entonces sus palabras han vuelto a menudo a mi mente y me parecen ahora tan buenas a mí como en el momento en que él me las expresó. Porque ciertamente la vejez trae un gran sentido de calma y libertad; cuando las pasiones relajan sus tensiones, entonces cuando Sófocles dice que nos libramos del abrazo no solo de un solo amo enfadado, sino de muchos”.

Sí, la vejez también puede ser un periodo de paz, de calma, de sosiego. Levantarse tarde, quedarse en un cómodo sillón observando el paisaje, leyendo un libro o simplemente escuchando el trinar de los pájaros o las risas felices de los infantes. Entablar conversaciones con otros viejos, evocando el pasado, juzgando el presente y calculando el futuro. Dejarse abrazar por el sueño con una taza de chocolate o un tinto sin azúcar. Poder entregarse a largas y pacientes caminatas. En fin, hay tantas formas de envejecer dignamente como tantas las hay de no hacerlo, y todas ellas, sin excepción, dependen del otro; de si se está solo o acompañado en ese viaje; de si esa compañía es placentera o no.

Escribió Platón sobre una conversación entre Sócrates y Cephalus, a propósito de la vejez. “La verdad es, Sócrates, que esos pesares y también las quejas sobre las relaciones deben ser atribuidas a la misma causa que no es la vejez, sino al carácter de los hombres y sus temperamentos; porque él que es de una naturaleza calma y feliz, apenas si sentirá la presión de la edad, pero él que es de opuesta disposición, tanto la juventud y la vejez son igualmente una carga. Yo escuché con admiración, y queriendo provocarlo para que continuara

- Sí, Cephalus (legendario gran cazador devoto de Procris, su esposa), dije: pero sospecho que las personas en general no son convencidas por usted cuando habla así; ellos piensan que la vejez le sienta ligeramente a usted, no debido a su disposición feliz, sino porque usted es rico y es bien sabido que la riqueza es un gran confortador”.

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En Medellín hay cerca de 700 mil personas mayores de 55 años. De ellas, alrededor de 400 vive en situación de calle, y, apenas unas 6 mil, reciben algún tipo de atención institucional. Muchas viven con sus familias, pero otras están en completo abandono.

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Historia digna de guion
Liliana y Didier, una relación de afecto, pero peculiar. Foto: Mauricio López.

Liliana y Didier, una relación de afecto, pero peculiar. Foto: Mauricio López.

Didier de Jesús Correa Salazar fue rico a su manera. Nacido el 24 de agosto de 1950, en Cartago, Valle del Cauca, se las arregló para trabajar desde muy temprana edad, pues pocas opciones tuvo de acceder al estudio. No conoció a su padre y su madre no estaba muy interesada en cuidarlo. Recibió los dos apellidos, pero más allá de esa formalidad jurídica siempre estuvo solo. En su juventud se dedicó a rebuscarse el pan en tabernas, graneros y cafeterías, y a veces hasta cargaba ladrillos o mezclaba cemento.

Se hacía sus buenos pesos semanalmente y como no tenía responsabilidad con nadie, se gastaba casi todo su dinero en bares, en casinos, en mujeres y en licor. La vida le sonreía. Tenía el pelo rubio, sus facciones eran fuertes y proporcionadas. Era alto, flaco y en general: buen mozo.

A Medellín llegó a los 15 años de edad. Tenía la sangre caliente, estaba deseoso de aventura, de triunfo. Además de su gusto por el licor, también se había vuelto adicto a los dulces, y aunque algunos de sus allegados le recomendaban la mesura, él se consideraba infalible, indestructible y fruncía el ceño cada vez que alguien le recriminaba sus excesos.

Y así fue acumulando almanaques. Trabajando y gozando. Acumuló muchas novias, y hasta llegó a casarse. Tuvo varios hijos y por todos respondió como manda la ley. Sin embargo, tan sólo llegó a enamorarse cuando conoció a Liliana María González, menor que él por 20 años, pero igual de andariega. Nunca contrajeron nupcias, pero sí vivieron juntos. Construyeron su nido de amor en el Popular 2, barrio de la comuna 1 de Medellín.

Pero a Didier  lo perseguía el pasado. Sus viejos amores y, sobre todo sus hijos, no le permitían soltar amarras. Su relación con Liliana se deterioró. Ella se fue y él se quedó solo, en su rancho del Popular 2. Había logrado un puesto en Empresas Varias, como recolector de basuras, y estaba cerca de pensionarse. De modo que se pasó a vivir a Villa de Guadalupe, barrio en el que fue alcanzado por la vejez y todos los achaques que ésta conlleva.

Le empezó a doler cada parte de su cuerpo. Sufría de insomnio y el estómago parecía un volcán a punto de erupcionar. Tuvo que dejar de trabajar y se vio obligado a postrarse. Para colmo, los médicos le dijeron que tenía diabetes y que dicha enfermedad había debilitado sus huesos. De repente, la vida de Didier se redujo a una cama vieja y a un televisor. Nadie lo visitaba ni lo llamaba. Entonces, en un arrebato de amor, y sepultando su orgullo, llamó a Liliana.

“Hola Liliana, cómo estás. Hablás con Didier”.

- “Hola Didier, qué bueno saber de usted, cómo le ha ido”.

“Liliana, estoy muy enfermo, necesito que venga”.

- “Cómo así Didier, no me asuste, mañana voy a su casa”.

Liliana ya había reanudado su vida con otro hombre, pero eso no le impidió visitar a su viejo amor. Lo encontró irreconocible: con menos cabello, con menos dientes, con las manos débiles y la ropa sucia. Parecía un pordiosero. Tras escuchar toda la historia decidió quedarse al lado del viejo, para cuidarlo. “Didier, yo me voy a quedar con usted, pero sepa que yo amo a otro hombre. Lo voy a cuidar porque le tengo mucho afecto, pero no espere nada más de mí”, dijo Liliana.

Didier aceptó la propuesta y Liliana se pasó a vivir con él, aunque con la condición de que su nuevo novio la acompañaría. Didier accedió y el triunvirato amoroso se consolidó días después.

Libia González, cabildante de la comuna nororiental, le habló a Liliana del programa Cuidadores de la Alcaldía, en 2015. Le contó de las capacitaciones, de los beneficios, y también la acompañó a la Secretaría de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos para que se informara mejor.

Liliana comenzó a asistir a las reuniones en el Parque de la Vida y en las UVA (Unidad de Vida Articulada) de la comuna nororiental. Contó su historia con Didier y se inscribió en el programa. Funcionarios de la Alcaldía le hicieron una visita domiciliaria y luego de confirmar todos los datos incluyeron a la pareja en el programa. “Fue una bendición, porque así yo no tenía que salir en busca de trabajo. Podía quedarme con Didier todo el día, cuidándolo, animándolo, ayudándolo a moverse”, cuenta Liliana, quien durante más de un año recibió capacitación como cuidadora en cuanto a temas legales, de primeros auxilios, éticos y familiares. “Uno piensa que eso es fácil, pero no, hay que tener muchas cualidades para llevar a cabo este trabajo. Comenzando por no verlo como un trabajo”, razona Liliana.

Y es que para ser un buen cuidador no sólo es necesario conocerlo, sino también conocerse a sí mismo. “Uno tiene que verse a sí mismo en los adultos mayores. Uno debe entender que los achaques de ellos serán los nuestros, que los miedos de ellos serán también los nuestros, y que sus tristezas también serán las nuestras”, expresa Liliana, quien todos los días ayuda a Didier a bañarse, a cepillarse, a comer. Todos los días lo lleva a caminar, le escucha sus historias o le lee las que salen en los periódicos. El novio de Liliana también colabora comprando las medicinas, ayudando con las tareas que implican fuerza, entre muchas otras cosas.

Es una peculiar familia la que han formado; los tres hacen parte de una historia digna de guión para telenovela, sin embargo, sus vidas no tienen nada de ficción, y al contrario, son desgarradoramente reales.

El programa Cuidadores no es para siempre. Cada año se deben renovar los listados de los beneficiarios. La razón: no se puede capacitar a una persona en la misma cosa. Por ese motivo, Liliana ya no recibirá el beneficio mensual de 315 mil pesos por cuidar a Didier, pero ello no le importa, pues aprendió que entregarle su vida a otra persona requiere una motivación más importante, más de adentro.

Un amor que nunca necesitó de palabras

Del dolor de una madre abnegada y sacrificada nació Blanca, y con Luz como acompañante, su inmarcesible hermana menor, esculpió una historia de valor y amor que jamás necesitó de palabras.

Rosa María Granada murió sufriendo. Su esposo, Joaquín Elías, un campesino brusco y analfabeta, la golpeó desde que se casó con ella en el municipio de Toro, en el norte del Valle del Cauca, hasta días previos a su fallecimiento. Por eso Blanca nació con sordera profunda, discapacidad que no compartió con ninguno de sus doce hermanos. Quiso su madre heredarle algo mejor, pero la vida no le alcanzó para reparar el estropicio de Joaquín. Sin embargo, la estoica progenitora, sin quererlo, sí le dejó un regalo a su niña sordomuda: una hermana.

Blanca nació hace 72 años y Luz hace 64. A pesar de los ocho años de diferencia entre una y otra, fue la pequeña la que más rápido maduró, y desde que aprendió a caminar y a pronunciar la erre, se hizo cargo de su hermanita sorda, como si aquella fuera su única misión en la vida. “Jamás me quejé por tener que cuidar a mi hermana. Todo lo que aprendía en la escuela trataba de enseñárselo a ella, pero ante todo le brindaba amor. Fuimos tan unidas desde el comienzo, que ella terminó por entender mis palabras, pues yo nunca aprendí el lenguaje de señas”, cuenta Luz, el bastón en el que Blanca se apoyó para poder sobrevivir a su discapacidad, pues su niñez estuvo marcada por el desprecio y las burlas crueles de los niños de Toro.

Cuando la familia se trasladó a Cartago, un par de años después del nacimiento de Luz, a Blanca la vida empezó a sonreírle. Nunca la inscribieron en las instituciones educativas por miedo a que se deprimiera, pero el contacto con el paisaje cafetero, con los animales y los árboles, le sirvió de terapia para mitigar sus tristezas. Su profesora siempre fue su pequeña hermana, la más adelantada en escolaridad de los doce hijos de Rosa. Las dos niñas formaron un lazo inquebrantable.

Pero una última tragedia llegaría para atormentar el frágil corazón de Blanca. Cuando tenía 36 años, un execrable policía la abusó sexualmente. De aquel deplorable acto nació Diana, una niña que Blanca adoró desde que la sintió patear en su vientre. Jamás se abochornó por lo sucedido, jamás se sintió inmoral. Era consciente de que el reprochable suceso era un delito, pero no denunció al patrullero. Esa terrible historia, antes que disminuirla, la fortaleció.

También en ese trágico momento estuvo siempre Luz, quien había conseguido un empleo en Hilos Cadena, empresa de textiles de la que terminó jubilándose.

Una vez fallecidos los padres, las amorosas hermanas se trasladaron a vivir a Medellín, al barrio Florida Nueva. Juntas lucharon para que Diana creciera con todas las garantías posibles, y lo lograron con creces. La hija de Blanca llegó a la adultez sin sobresaltos y se convirtió en una excelente profesional. Hoy día es ella la que trabaja y sostiene a sus dos mamás, pues así las considera. En todo caso, Blanca y Luz no se han resignado a esperar la muerte, sino que por el contrario, viven su vejez con dignidad, con alegría e, incluso, con esperanza.

Desde hace cuatro meses, Luz se inscribió en el proyecto Cuidadores (Acuerdo 17 de 2015 -pdf-) de la Secretaría de Bienestar Social, Familia y Derechos Humanos, a través del cual recibe una ayuda de 315 mil pesos mensuales por el simple hecho de cuidar a su hermana, una labor que lleva a cabo desde pequeña. Las dos asisten a todo tipo de actividades que oferta la Alcaldía de Medellín, y según cuenta Luz, “es como si cada año, en vez de sumar, restara, pues nos sentimos como niñas siempre que vamos a danzas, a caminatas, y todo lo que nos invitan en la Alcaldía”.

Luz salvó la vida de su hermana Blanca, y en Medellín, gracias al programa Cuidadores, la hizo aún más feliz. “La he convertido en una persona autónoma”, dice orgullosa, pues para ella lo más importante es que Blanca tenga bienestar. “Si la muerte toca a mi puerta, espero que no sea muy pronto, pues mi misión todavía no ha concluido, sino que ha ingresado en otra etapa. Ahora soy una cuidadora oficial, algo así como un ángel de la guarda para mi hermana”, expresa.

El 2 de marzo de 2017, en Plaza Mayor, se llevó a cabo un acto de celebración por la capacitación de 236 cuidadores, quienes durante cuatro meses y medio, y 16 sesiones, aprendieron a amar y cuidar a sus seres queridos adultos mayores. Sin duda, el de Cuidadores es un proyecto que dignifica la vida de nuestros “viejos”, de esos seres que son hermosas enciclopedias del pasado y del presente, enciclopedias llenas de experiencias, de amor, de valentía.

La nostalgia de Ana Lucía
Ana Lucía Giraldo tiene 81 años. Foto: Mauricio López.

Ana Lucía Giraldo tiene 81 años. Foto: Mauricio López.

“La vida mía siempre ha sido tinto y cigarrillo. Nunca me gustó el licor, aunque lo probé, pero tampoco he sido gran trabajadora. En mi familia siempre me cuidaron, me acostumbraron a ser la niña mimada, y eso se repitió con cada novio que tuve. Hoy, mirando al pasado, me arrepiento de no haber buscado mis propios centavos, de no haber hecho mi propia vida, e incluso de no haberme emborrachado”, cuenta Ana Lucía Giraldo, viuda de Castaño, en un breve momento de nostálgica lucidez.

La señora, de 81 años de edad, vive en una pequeña vecindad junto a su hija Astrid, un nieto que sufre de esquizofrenia y dos de sus hermanos maternos. Nació en Sopetrán, en el seno de una familia minera experta en el uso de la pólvora. Debido a ello nunca pudo arraigarse en ningún municipio, pues se la pasaba empacando y desempacando maletas; subiendo y bajando de buses, escaleras o camiones.

“Mis padres y mis hermanos mayores hacían de todo: habrían caminos y vetas, volaban piedras y hasta construían casas. Los contrataban en todas partes, aunque no era mucho lo que ganaban. Así nos criamos todos, viajando, trabajando”, narra Ana Lucía, quien hoy día es presa de los peores achaques de la vejez. Se despierta varias veces en la noche o la madrugada, aturdida por las pesadillas y las alucinaciones. Muchas veces, mientras duerme, se lamenta por su esposo fallecido, Samuel, a quien un paro respiratorio le arrancó la vida hace más de 20 años.

“Creo que fue en ese momento en que mi mamá se volvió loca. Cuando murió mi papá ella empezó a hablar sola, a desconfiar de la gente y a inventarse historias extrañas”, expresa Astrid, de 50 años de edad.

Ana Lucía sale poco de su casa. Le duelen los pies y la columna, y además dice no tolerar el clima. “Cuando llueve es como si fuera el diluvio y cuando hace sol es como si nos quisieran quemar a todos”, explica. En todo caso, de vez en cuando se deja llevar por su hija hasta un parque, y allí se sienta a conversar con las palomas y los pajaritos, o a revisar cada planta y queda rosa que se encuentra.

Astrid la cuida con devoción, pese a que también le toca lidiar con su hijo: un joven de 24 años de edad que presenta una grave enfermedad psiquiátrica y que para colmo, consume drogas alucinógenas. “No es fácil estar pendiente de dos personas que necesitan tanta atención, pero yo los quiero mucho a los dos, a mi mamá y a mi hijo. El 90 por ciento de mi vida la invierto en ellos, el resto en dormir”, dice Astrid soltando una carcajada.

En 2015, Astrid se inscribió en el programa Cuidadores. Estando allí confirmó algo esencial, de lo cual ya se había dado cuenta por sí sola: el amor es la base de todo, el amor y el respeto por el otro. “Entendí que uno debe ponerse en los zapatos del hijo enfermo y de la mamá anciana. Uno debe entender que para ellos es más complicada la vida, por todas las limitaciones que tienen. Por eso es necesario entenderlos, quererlos y respetarlos”, señala Astrid, quien se gana la vida como artesana.

“Mi hija siempre ha sido buena, pero desde que va a esas capacitaciones, conmigo o con mi nieto, veo que ha cambiado, que se ha vuelto mejor persona. Para mí ella es una santa. Ella es mi bastón, mis ojos, mi conciencia. Por ella soy feliz y por ella moriré tranquila”, expresa Ana Lucía en otro momento de lucidez.

Las manos de Tiberio
Tiberio Hernán Meneses tiene 72 años. Foto: Mauricio López

Tiberio Hernán Meneses tiene 72 años. Foto: Mauricio López

El más grande orgullo de Tiberio Hernán Meneses es su hogar en el barrio Santa Cruz de Medellín. Lo hizo ladrillo a ladrillo, con sus propias manos, y se tardó más de un año en terminarlo. Lo dejó sin revocar ni pintar, pero le quedó bastante bonito. Tiene un pequeño balcón, una terraza, un patio interior y cuatro habitaciones.

Como maestro de obra también ayudó en la construcción de varios edificios en el centro, el sur y el occidente de la ciudad. A muy pocos los conoce por dentro, como en esa canción de Cheo Feliciano, ‘Juan Albañil’. Sin embargo, poco le importa, pues sus manos testifican todo lo que ha hecho desde que salió de su pueblo natal, Santo Domingo, para venirse a vivir a la gran ciudad. “Yo era hijo de agricultores, y como ellos sembré y cuidé la tierra, pero en Medellín me tocó aprender otros oficios, para poder sobrevivir”, cuenta Tiberio, quien también fue carpintero.

En Santa Cruz conoció a María Roseli Carvajal, su esposa, y con ella compartió la paternidad de tres hijos. Así formó su hogar, a fuerza de sudor y amor, y encontró la plenitud. Si, Tiberio se consideró un hombre feliz.

Pero las tortuosas jornadas de trabajo empezaron a mellar su portentoso cuerpo de campesino. Cada noche regresaba a casa con un nuevo dolor. Los años también se iban acumulando en su cédula, y el final de sus días de obrero comenzó a aproximarse con rapidez. “Un día me dijeron que no podía hacer mezcla ni cargar ladrillos ni levantar muros. Me dijeron que ayudara a pasar herramientas, y pues yo no lo podía creer, pues mis manos todavía querían trabajar”, cuenta con viva tristeza.

Tiberio tiene 72 años y sus manos siguen siendo tan fuertes y callosas como cuando tenía 30. A veces le tiemblan, por la artritis, aunque él atribuye esa dolencia a la falta de actividad. Está retirado involuntariamente, y eso lo hace sentir mal.
“Nunca me ha gustado ser un inútil, pero tengo que reconocer que me duele mucho la columna. Pero alguna cosa puedo hacer, pero no me dan trabajo por viejo”, expresa Tiberio, temeroso de que en algún momento lo abandonen en un asilo.
“Él piensa que ya no lo queremos, o que lo vamos a dejar de querer. No permite que uno le dé la mano para ayudarlo en algo, como subir las escalas de la casa, pero está equivocado, y gracias al programa Cuidadores se está dando cuenta de eso”, explica Patricia, la hija mayor, quien se hizo cuidadora en 2016.

“Creo que mi padre es un privilegiado, pero su orgullo no lo deja darse cuenta. Él no está senil, no tiene enfermedades graves, y sobre todo, nos tiene a nosotros, que lo adoramos”, dice Patricia.

Tiberio, como el Adriano de Marguerite Yourcenar, todavía se siente capaz, pero su cuerpo no corresponde con esa voluntad. “Yo pienso que cuando uno se queda quieto, empieza a morir”, sentencia el padre de familia, quien a pesar de ese pensamiento, le ha tomado cariño al programa Cuidadores.

“Me gusta ver a mi hija entusiasmada, y además, cuando hemos ido a capacitaciones y encuentros, he hecho algunos amigos que incluso viven cerca”, resalta Tiberio.

La vida de la familia Meneses Carvajal no ha cambiado mucho. Estuvieron juntos antes de ingresar al proyecto Cuidadores, y seguro seguirán juntos cuando tengan que abandonarlo para que otra familia se beneficie de él.

“A mí no me importa que se acabe. Me da nostalgia, pero tengo que decir que he aprendido mucho, y que sería bueno que otras familias aprendan a cuidar a sus seres queridos”, dice Patricia, para quien su padre, antes que una carga, es un ejemplo.

Programa que garantiza la dignidad de las personas mayores
Cuidadores es una propuesta institucional, surgida en el programa de Sociología de la Universidad de Antioquia, con la cual se pretende acompañar a las personas cuidadoras para que lleven a cabo una mejor labor con sus seres queridos o personas a cargo.Surgió también como una iniciativa de delegados de Planeación Local y Presupuesto Participativo de la Comuna 4, debido a la explícita necesidad de dignificar la vida de los adultos mayores, personas con discapacidad y personas cuidadoras.Catalina Arboleda, directora de la Unidad de Personas Mayores Amautta, reflexiona: “Se ha logrado fortalecer la dinámica familiar de las personas mayores a partir de la comunicación, el uso del tiempo libre, la afectividad y la integración intergeneracional”.Cuidadores hace parte de una completa política pública gerontológica de Medellín, que tiene fundamento en la Constitución de 1991. Lo más importante, o lo esencial, es garantizar la dignidad de las personas mayores.

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En ese mapa encuentra algunos de los cerca de 230 cuidadores de Medellín
En el menú (arriba, lado izquierdo) puede desplegar el listado de cuidadores por comuna. Para ampliar el mapa dé clic en “mapa grande” (arriba, a la derecha). Fuente: Alcaldía de Medellín.