La bulla eterna que formó Sabina Escudero

El 22 de mayo de 2016 murió La Sabo, una de las más importantes exponentes del bullerengue en Urabá. Quedan sus canciones y el recuerdo de su vida sobre las tarimas de todo el Caribe colombiano.

Enrique Mena Moreno (enriquemena21@yahoo.es@Fmena1)
Sabina Escudero falleció en mayo de 2016. Foto: Enrique Mena.

Sabina Escudero falleció en mayo de 2016. Foto: Enrique Mena.

“Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó”, corean a gritos los espectadores enardecidos en el fondo de la calle principal de Necoclí, el 12 de octubre de 2014.  En medio de la vía, una mujer mueve sus caderas en círculo y pone las manos en el vientre. Un hombre la rodea, le sonríe, levanta las cejas y hace movimientos similares; parece que le coqueteara.  En tarima, una mujer negra, con su pollera, aretes y turbante que tienen los colores de la bandera de Colombia, toma el micrófono y entona un bullerengue, baile cantado del Caribe colombiano: “¡Ay!, cuando me acuerdo de mi mata, no sé lo que a mí me da. / Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó. / ¡Ay!, me acuerdo, ¡ay!, Pello, no sé lo que a mí me da. / Ramita de tamarindo timbró, pero no cayó. / Ele…, la Bello; ele…, madre mía, / aquí tienes a tu hija que te va a hacé´ respaldá´”. Parece que estos versos no se articularan entre sí, pero ella los entona con mucha exaltación.

Parece que goza: alza su mano al cielo, cierra los ojos, tira el pecho para atrás, lo trae adelante y lanza un rugido: “¡Óyelo!”. Mueve sus pies de adelante hacía atrás, al compás del sonido del tambor alegre. En un momento, levanta sus hombros, lleva la mano derecha cerca de la cara y pega un brinco, parece que levitara de alegría; en el fondo, se escucha: “Ese es el brinquito de La Sabo, ¡carajo!”.

La mujer que está entonando ese canto y contagia a la multitud de alegría es Sabina Escudero Bello a quien por cariño le dicen La Sabo, cantadora tradicional de bullerengue del grupo Bananeras de Urabá, de Turbo. Es integrante de la numerosa familia Escudero Bello, quienes fueron unos de los primeros habitantes del barrio Chucunate, en 1880. Hombres que han ofrecido su vida a la pesca y a tocar el tambor, y mujeres que se han dedicado al cuidado de la casa, además de cantar y bailar bullerengue, actividad que, a raíz de los años, la han visto como algo natural. “Esto nos corre por las venas”, dice Leudo, hijo de Sabina, quien es bailador desde que nació. Seguro ya se movía con cadencia antes de salir del vientre de La Sabo.

En la tarima, Sabina tiene a la derecha a su hijo Leudo y a Yarley Escudero, uno de sus sobrinos conocido en el mundo bullerenguero como “Japi”, quienes hacen los co

ros. Más adelante está Jhon Escudero, quien interpreta el tambor alegre y, en medio de la tarima, la popular Maché baila como lo ha hecho toda su vida, con un estilo muy tradicional que la ha hecho merecedora de diferentes premios nacionales en este género. Al otro lado, se halla Liseth, su sobrina, quien será la heredera del legado cultural.

Cuando se agarraba a cantar

“Con unos tarritos, nos poníamos a cantá´. Yo era la cantadora y Marcelina, la hermana mía, era la que me buscaba invitación. Ahí nos agarrábamos a cantá´ y las peladas a bailá´. Cuando venían de pescar, mis tíos dejaban ese pesca´o allá en la chalupa y las mujeres lo sacaban pa´ sala´lo. Y era cante y cante”, recuerda Sabina, un 2 de abril de 2016, sobre sus inicios en la música, sentada en el patio de la casa, donde ensayaba lo que más le gustaba: cantar bullerengue, quehacer al que le dedicó 62 de sus 70 años de vida.

Sus tíos, después de traer la comida a la casa, seguían la parranda de sábado a sábado. Salían a tocar bullerengue por el pueblo y a los lugares donde llegaban, les daban uno que otro billete que lo iban acumulando en un listón de madera y empezaban a cantar:

Ya salió el fandango,

ya salió a paseá´,

las calles son libres

pa´ parrandeá’.

“Ustedes saben que el bullerengue se va muriendo. Se va muriendo la gente y van metiéndose otros; quedó mi mamá y Martina Balceiro. Andé (sic) con esa viejita tan… to´oo. Mi ma´e la quería y ella quería a mi mamá…, tan así que, cuando murió, mi madre le dijo:

─ ¡Ay, Marti!, yo me voy a morir, ahí dejo mis hijas contigo.

─Tranquila que a tus hijas no les pasa nada.

─ ¡Ay, cuídame mi hija! Yo me voy a morí´, Marti, pero te dejo mi repuesto.  Sabina, te la dejo de repuesto porque pa´ eso le enseñé a mi hija a cantá´ bullerengue.

─ Y yo le voy a enseñá´ más. No tengas miedo, Sabo, que aquí estoy yo y usted ya canta.

Martina le decía, mediante unos versos, a Sabina:

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo.

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo.

¡Elee, ioea!,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, sigue con el bullerengue,

señores, no tengan miedo.

¡Eleeeeee, Balceiro!,

señores, no tengan miedo.

¡Ay, Sabina!, no tengas miedo,

señores, no tengan miedo.

Aquí tienes a Balceiro, aquí tienes a Balceiro,

señores, no tengan miedo.

¡Óyelooo!

¡Ay!, cuando Balceiro se muera,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, quedará sola Sabina,

¡ay!, no dejes el bullerengue,

señores, no tengan miedo;

no dejes el bullerengue,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, sigue adelante, Sabina.

¡Eleee, ioea!, ¡Upajé!,

señores, no tengan miedo.

¡Ay!, estoy enferma, no aparentes,

señores, no tengan miedo.

Señores, me estoy muriendo,

señores, no tengan miedo,

¡ay!, me dan gana´ de llorá’.

 

“Yo aprendí muy chiquita, toda mi raza es de bullerengue”, dice Sabina con su acento marcado, mezcla entre chocoano y costeño.

Sabina, a simple vista, parece estar de mal genio; pero cuando habla brota nobleza, sencillez y júbilo. Logró erizar la piel de quien la escucha. Vivía por y para el bullerengue, le andaba por las venas, “porque cuando yo abrí mi ojo, conocí el bullerengue”, recuerda sobre su vida en el barrio Chucunate, en Turbo, considerado el pequeño Palenque, lugar donde nace el bullerengue en este municipio y el gran legado cultural de la familia Escudero Bello.

“Me le dicen a mi madre / que le manden, que le manden, / que aquí la estoy esperando / que le manden, que le manden / arriba de esta tarima / que le manden, que le manden / la tarima de mi vida, / que le manden, que le manden”, entonó Sabina en el Festival Nacional de Bullerengue de Puerto Escondido (Córdoba) el 30 de junio de 2015. Fue su última presentación en este municipio caribeño que durante años le entregó diferentes reconocimientos por glorificar el canto bullerenguero y dejar en alto la tradición.

“¡Canta, Sabina, canta!”, gritaba enardecido Ameth Enrique Valdés, director de Bananeras de Urabá, grupo al que Sabina le entregó su vida: fue su escuela y su casa.

Se van las cruces

Foto: Enrique Mena

Foto: Enrique Mena

“Aquí donde me ven, estoy enferma. Estaba en el hospital; allá dejé todo y les dije que ya iba. ¿Por qué me vine? Porque me gusta, porque es de mi sangre. Espero que mañana el bullerengue sea mejor y que a uno le aporten y lo tengan bien”, comentó Sabina el 14 febrero 2016 en una reunión en la Casa de la Cultura del municipio de Turbo sobre el abandono en que han vivido los artistas.

Recostada en su cama, con una piyama azul y el cabello trenzado en moñas, cuando el 17 de mayo de 2016 se le preguntó cómo seguía con su enfermedad, respondió con una enorme sonrisa: “Entre la muerte y la vida, pero con el Señor”. La alegría de Sabina nunca se opacó. A pesar de estar enferma, siempre se mantuvo contenta.

Esta mujer marcó un hito en el bullerengue de Colombia. En Marialabaja y Puerto Escondido, ganó muchos premios, “trofeos” como ella los llamó. Pero esos reconocimientos no le valieron para recibir un poco de apoyo en su compleja enfermedad. El cáncer, que la aquejó por meses, extinguió su voz la mañana del 22 de mayo de 2016.

¡Óyelo, Sabo!

“La Sabo ya no está; se fue pa´ descansa´, era una gran cantadora de la zona de Urabá”, canta Urabá Ruiz Tabares, por la pérdida de una gran intérprete que dejó en alto este género. El día de su muerte, la familia y sus colegas se reunieron en la casa, donde pasó los últimos días, para despedirla como ella lo pidió en vida: a son de bullerengue. Durante toda la noche, sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos y colegas le hicieron un homenaje cantando a todo pulmón las canciones y los versos que ella compuso. Así, como lo hicieron en tarima en los festivales de Colombia, su familia se reunió para despedir a la jefa.

“No sé qué tiene mi pecho que la voz no me levanta”, entonó “Japi”, el sobrino de Sabina, además de cantar gran parte del repertorio de su tía:

Pobrecitos muchachitos,

Colombia quiere la paz,

se han quedado sin sus padres,

Colombia quiere la paz.

La violencia los mató,

Colombia quiere la paz.

¡Oyeeee!, viva Colombia,

Colombia quiere la paz.

¡Oye!, los colombianos,

Colombia quiere la paz.

Pobrecitos secuestrados,

Colombia quiere la paz,

los tienen encadenados,

Colombia quiere la paz,

cómo se fueron matando,

Colombia quiere la paz.

¡Favor, suelten a esa gente!

 

Su velorio fue una fiesta, una fiesta para alegrar las penas. Bullerengueros de todo Urabá y de Colombia se reunieron para despedir a Sabina Escudero Bello, la del brincho de alegría que levitaba de gozo.

“´Toy enferma, pero la lengua no la tengo enferma”. Y era verdad, en todos los rincones del barrio El Bosque, de Turbo, las palabras de la mujer se volvían como un presagio que meneaban las olas del golfo y las plataneras de Urabá. Ella no se quería ir, permanecerá por siempre… Aún vive en su bulle, bulle, bullerengue.

Texto publicado en la edición 4 de De la Urbe Urabá