Letanía a un amigo

Con este emotivo texto, un amigo y colega recuerda a Leonidas González Pérez, el estudiante del pregrado en Periodismo de la UdeA que fue encontrado muerto el 27 de febrero en el municipio de Bello.

Mauricio López Rueda (sammer.mauricio@gmail.com)
@WillyWildeR10
Leonidas González había hecho reportes para el Sistema Informativo de De la Urbe.

Leonidas González había hecho reportes para el Sistema Informativo de De la Urbe.

Todavía lo recuerdo… Allá, sentado en las escalinatas del estadio universitario, mirando de reojo algún cotejo interfacultades o de la Liga Antioqueña de Fútbol. Sumido en sus pensamientos; haciendo cuentas de cómo invertir los pesos que se ganó narrando un partido sin importancia en algún municipio del suroeste o del oriente de Antioquia. También lo recuerdo con su morral agujereado, corriendo para clase de 2 o de 4, esperando que el profesor o la profesora no le pregunte por ese capítulo del libro que no alcanzó a leer porque tenía que visitar a sus hijos, o porque tenía que hacer fila en la oficina de algún empresario, “para ver si lo de la pauta si salía o se volvía a aplazar”.

Lo recuerdo sentado junto a mí, en las graderías del Atanasio, en una cabina de radio o en una mesa de taberna, apurando una cerveza para disipar el calor, y entonces me contaba cada una de sus cuitas, cada uno de sus sueños. “Mao, yo quiero ser narrador, pero de los buenos, y estar en ESPN, y viajar por el mundo”. Yo hacía silencio, uno breve, y luego le decía: “Todavía se puede Leo, vamos para adelante, primero el cartón”. Y Leo me respondía con esa valentía salpicada de temor: “Claro Mao, primero el cartón”.

Leo siempre hablaba de sus hijos, de su amor por la radio, de su Urabá. Siempre sonreía y su sonrisa era larga y contagiosa. Pero sus ojos, ¡Ay!, esos ojos: amarillentos, pequeños, como agotados. Siempre que conversaba con Leo trataba de evitar los temas difíciles, y lo llevaba por el camino de la chanza, de la broma, de la anécdota bufa. Sin embargo, en algún descuidado silencio surgía el nombre de alguno de sus hijos, surgía la historia de alguna de sus frustraciones, y entonces volvíamos a quedarnos petrificados, ensimismados en la desesperanza, como dos pequeños torbellinos de viento que persisten en arrastrar una hoja sobre el mismo lugar, una y otra vez, sin avanzar un centímetro.

 

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