El vaso está vacío

La cuadra del escritor paisa Gilmer Mesa es una novela dolorosa, espantosa, fiel a lo que fue Medellín en sus años ochenta y noventa.

Sara Lopera Lopera
Estudiante de Periodismo
sllopera9@gmail.com
Gilmer Mesa y Alejandro González

El periodista Alejandro González Ochoa y el escritor Gílmer Mesa durante el lanzamiento de La cuadra en la Fiesta del Libro de Medellín. Foto: Luisa Arbeláez

Hace unas pocas semanas me sumergí en la lectura de un libro con el que creí  haber llegado al corazón de mi ciudad, a sus más profundos y oscuros sentires: La cuadra del escritor paisa Gilmer Mesa. En la presentación del libro, durante la Fiesta del Libro de este año, el autor dijo que, aunque desde afuera podría parecer una novela más de sicariato, de esas que hablan únicamente del quehacer del delincuente, su obra se había concentrado en el ser de esas personas. Esas personas, esos sicarios de barrio, eran precisamente  sus amigos, sus vecinos y hasta su hermano, hoy todos muertos. Una novela dolorosa, espantosa, fiel a lo que fue Medellín en sus años ochenta y noventa: una realidad que muchas veces quisiéramos que no fuera cierta porque incomoda y repugna.

Pero lo cierto es que así fue. La materia prima de La cuadra fueron los recuerdos reales de Mesa, las vivencias propias y las narradas por otros que ya murieron o que, como él, lograron sobrevivir a esa matazón que era la ciudad hace unas décadas. Esta novela se desarrolla en una cuadra de Aranjuez, barrio del que salió la mano armada más fuerte del Cartel de Medellín: la banda de Los Priscos. Pero más allá de los innumerables crímenes que cometieron los “duros” del combo y la bandada de jovencitos que desde los doce y trece años empezaban a hacer parte de este, La cuadra, con una narración introspectiva, nos lleva a lo más íntimo de cada uno de sus personajes, a sus dolores, sus ideales, sus miedos y sus certezas.

Esos muchachos no fueron delincuentes nada más: fueron soledades, hambre, inocencias; en ocasiones fueron maldad, pura maldad, odio en carne viva, crueldad en su máxima representación. En cualquier caso, fueron más que hombres armados. Y ahora más que nunca, después de la lectura, entender por qué somos lo que somos, se me hace tremendamente difícil. No basta con recordar la historia, no basta con decir que no nos quedó de otra. No es suficiente justificarnos en el pasado y acudir a viejas tragedias que nos dejaron profundas heridas en el cuerpo y en el alma. No, no es solo culpa de la pobreza, del sistema capitalista o de la cultura narco. Es triste, pero pareciera ser algo propio, algo que viene adentro desde que nacemos, en nuestra esencia; la manzana que mordió Adán; algo demasiado humano.

La casa de Gilmer

La casa de Gilmer. Fotografía: Sara Lopera.

Vea también: La cuadra del escritor Gilmer Mesa, historia que se resiste al olvido.

Recordé, entonces, una anécdota que puede parecer nimia. Un día a mi hermana se le cayó su mochila desde arriba de una cascada en Envigado. Quienes estaban abajo, se lanzaron inmediatamente al agua para cogerla. La mochila no tenía más que ropa interior, 2.500 pesos (lo que valía el pasaje de vuelta a casa) y una carpa impermeable. Nada más. Aun así, los muchachos pensaron que lo más conveniente era enterrar la ropa interior en la arena, esconder la mochila y quedarse con el dinero y la carpa. Quienes estábamos arriba, bajamos rápido y preguntamos por la mochila. Ellos, con risas llenas de cinismo y un poco de vergüenza, nos mostraron dónde habían enterrado la ropa interior y nos devolvieron el resto.

No sé por qué sentí tanta humillación al ver a mi hermana en cuclillas, a la orilla de la cascada, lavando su ropa interior llena de pantano, mientras los otros se reían descaradamente. Sentía ira e impotencia al ver, de forma tan expuesta, la miseria del pensamiento humano. Entonces, uno empieza a relacionarlo todo: ese suceso, la novela de Gilmer Mesa, el compañero de clase que dice que sería capaz de moler a golpes a un ladrón, mi tío diciendo que “maten a todos esos hijueputas guerrilleros”, mi abuela asegurando que prefiere un hijo muerto antes que marihuanero, yo sintiendo que odio a mi propia abuela por ese instante, la decepción de los integrantes de las Farc al escuchar que 6’424.385 colombianos les dijeron ¡NO! ¿Por qué somos lo que somos?

En un aula de clase, el profesor pregunta: “¿Tendremos que asumir que en Antioquia naturalizamos la violencia?”. Yo inmediatamente pienso en las últimas palabras de Mesa en La cuadra: “Llevo dos décadas tratando de entender, no para justificar lo vivido, sino para mirar con caletre, qué nos llevó a ser la sociedad que somos, ya que este barrio y esta cuadra apenas son una gota de agua en el mar de podredumbre que herrumbra a toda la humanidad, el odio cerril del hombre contra el hombre como una forma de afecto contradictorio e incomprensible”.

Cómo se naturaliza algo que llevamos dentro. Sí que es cierto que la guerra nos ha dejado marcas profundas: Pablo Escobar, los pillos en la esquina, la muerte indiscriminada, el familiar asesinado, las balaceras, el vicio, los policías que valían dos millones de pesos, las bombas. El dolor, la muerte, la venganza, el rencor. Todo esto, nuestras cuadras, nuestros barrios, el país y el mundo, todas sus dinámicas, sus sistemas y sus injusticias, han sido nuestra creación. Pequeñas acciones de muchísimos hombres han ido construyendo ese “mar de podredumbre que herrumbra a toda la humanidad”.

Nosotros mismos hemos creado el monstruo y, luego, nos hemos armado lo suficiente para ser más malos, más duros, más fuertes, y así poder combatirlo, sobreponernos y sobrevivir. Al final, es demasiado humano e instintivo querer conservarnos vivos, así tengamos que pasar por encima del resto. Pero parece que no ha sido suficiente con estar vivos: hay que estar llenos de dinero y de poder. Y, para obtener eso fácilmente, sí que se necesita pasar por encima del resto.

Hace poco, por pura coincidencia, me encontré este pasaje de Mark Twain: “De todas las criaturas, el hombre es el más detestable. De todas las especies, es el único, absolutamente el único, en poseer malignidad. La más despreciable, la más aborrecible de todos los instintos, de todas las pasiones: es la única criatura que causa dolor para divertirse, sabiendo que es dolor. Además, en la lista, es la única criatura con una mente desagradable”. Cada uno decide en su vida si quiere ver el vaso medio lleno o medio vacío. Muchas veces quiero verlo medio lleno; pero en estos tiempos, solo puedo estar de acuerdo con Twain, solo puedo ver el vaso completamente vacío.

Publicado en De la Urbe 82.