El mítico y frío Campo Escuela

A unos cuantos minutos de Medellín está uno de los lugares más emblemáticos del movimiento scout. Allí corren voz a voz historias que mezclan mito y realidad.

Por Luisa María Castaño Hernández (luisamariach1@gmail.com)
Entrada a Campo Escuela. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández.

Entrada a Campo Escuela. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández.

Santa Elena es tierra de frío y flores. Hay azul, verde, un poco de rojo, gris, mucho gris y campesinos que cultivan idiosincrasia. Es uno de los cinco corregimientos de Medellín y se destaca por ser un escape verde a tan solo 40 minutos de la caótica ciudad.

Esta región es sinónimo de progreso, por supuesto, es pionera en un cable turístico en Antioquia y símbolo de una de las ferias más emblemáticas del país. Es un escenario dividido entre lo fugaz de los visitantes y la historia permanente de sus habitantes. Los recuerdos y la realidad.

Están los caminos turísticos, finamente marcados e inundados de gente, por otro lado, los escasamente explorados, con pisadas perdidas y ahogados entre el denso follaje. Entre ambos, está El Temprano, un terreno de 12 hectáreas de la vereda Piedras Blancas.

Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Para encontrarlo hay que llegar a Chorro Clarín, descender unos cuantos metros por un camino topado de rocas y árboles dispersos, hasta encontrar múltiples barrotes de colores que cercan el lugar. A simple vista es un gran campo, pero si se va más allá, es un terreno sectorizado y curiosamente delineado por diferentes ambientes y atmósferas. Caminos de tierra amarilla, subidas y bajadas absorbidas por raíces, afluentes de una quebrada y abundante pasto mojado por la humedad permanente del día.

“Siempre Listos”, el tan conocido lema scout retumba en gritos de vez en vez en este lugar. Esos personajes adornados con pañoletas de colores, camisas que no respiran por sus insignias  y pantalones desgastados, aprovechan este espacio que durante más de 50 años ha servido como el escenario perfecto para que los scouts de Antioquia escapen con sus mochilas a acampar un fin de semana.

El escultismo existe desde 1907. Se formó como un movimiento educativo para jóvenes y tenía como objetivo combatir la delincuencia de Inglaterra, mientras desarrollaba elementos físicos, espirituales y mentales. En el mundo está presente en 165 países y existen alrededor de cuarenta millones de personas involucradas. En Colombia también tienen fuerza y algunos de ellos están organizados en la Corporación Scouts de Antioquia, propietarios de este espacio mítico mejor conocido como Campo Escuela.

Aunque es privado, no lo hace excluyente. Cualquier persona puede ingresar e integrarse en este escenario que alberga magia en el día, y un tanto de oscuridad y misticismo en la noche

Los años de este lugar vienen cargados de historias, algunas, invocan el pasado, convocan las penas y hablan de muerte, violenta y natural, femenina y cruel, anunciada y olvidada. Está al acecho, dispuesta a esconderse en el bosque o a ser visible en la ruta de cualquier viajero. Y ahí solía estar Don Darío, dispuesto a construir un sin fin de mundos posibles, estar siempre listo a encantar a la muerte. Él logró descubrir a través de los años cómo interpretarla.

Darío Sánchez fue el mayordomo del Campo Escuela Nacional Scout El Temprano. Estuvo velando por el cuidado del lugar desde 1992 hasta 2014 cuando murió a los 61 años.

Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Él, junto con su esposa Maria Cecilia, habitaba las 12 hectáreas de Campo Escuela. Día y noche. Acostumbraban tener la compañía de numerosos grupos de personas durante los fin de semana, que con sus carpas, fogatas y actividades le daban, y aún le dan calor este lugar. Al finalizar, todo es un poco más frío, un poco más oscuro, y un poco más silencioso. Los sentidos se activan. Se empieza a ver, oler, escuchar y percibir más de lo normal. Todo un ritual para construir historias.

Y es que, ¿qué es del fuego sin relatos? Para eso estaba él, para narrar y recrear los universos inexistentes, clandestinos, e incluso, inconcebibles por muchos.

Son bastantes las muertes de las que fue testigo. ¡Por supuesto! El bosque y su bruma son cómplices del silencio y el anonimato, allí se esconde la infamia. La madrugada fue compañera de Don Darío y él un enamorado de ella. Juntos vieron lo que pocos saben. Violaciones y asesinatos que primero serían angustiosos y luego tenebrosos. Mitos que él se encargaba de mantener vivos.

Y es que este espacio no siempre ha sido el símbolo del turismo verde en Medellín. Antes de que se tuviese en mente la implementación de un cable aéreo que conectara ambos lugares, Santa Elena era un territorio más aislado, desconectado y propicio para cualquier actividad que escapara a la cotidianidad de la ciudad.

Esas eran las anécdotas de don Darío, y las intranquilas almas, el recurso para las historias que contó a los campistas que con ellas animaban el espíritu de las noches.

Los vagones

Uno de los primeros detalles que se ven al entrar a Campo Escuela son dos vagones deteriorados, coloridos y ahogados entre plantas.
Nadie sabe con certeza la historia de cómo llegaron hasta acá. Lo único claro es que estas carcasas de madera fueron una donación del Ferrocarril de Antioquia cuando se renovó su planta de trenes. Desde entonces, es una de las imágenes más emblemáticas del lugar, pero también guarda el recuerdo de uno de los sucesos más dramáticos que ocurrieron allí.

Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Primer vagón. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Años 90. Una familia atascada por la lluvia decide entrar a Campo Escuela y resguardarse en estos vagones, en el primero a la vista. Mamá, papá, y dos hijos, niño y niña, deciden pasar la noche allí. No se sabe a ciencia cierta qué pasó, pero don Darío, el mayordomo, solía contar cómo al día siguiente encontró a todas estas personas con múltiples heridas, sus cuerpos rodeados por charcos de sangre que manchaban todo el lugar y un machete en la entrada, dando la bienvenida a uno de los más espantosos escenarios. Allí nacen los rumores de los gritos nocturnos y los golpes estruendosos en los ventanales.
Andrés Araque tiene 21 años y lleva 17 siendo scout. “En el 2006 hubo un campamento. Todo estaba bastante solo porque muchas personas habían salido de caminata y no regresarían hasta el día siguiente. Tenía que bajar una madera desde la parte alta de Campo Escuela hasta el río. Ese es un camino un poco largo y el cual involucra pasar en medio de ambos vagones”.

Ese cruce es aterrador para la mayoría de personas que conocen el sitio. No es la historia que habita ese lugar la que hace sentir un sin sabor cuando se pasa por ahí durante la noche. En realidad, la sola ausencia que se siente ya lo hace poco acogedor

“Ahí, justo ahí, escuché unos gritos increíblemente fuertes, de dolor. Yo tenía 11 años. Para mi eso fue terrible. No supe qué hacer. Me fui y fue después cuando conocí la historia, creo que eso me ha hecho recordarla hasta el día de hoy”.

“Manderman”

Camino al río. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Camino al río. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

“Saqué a Johan Ortiz del río. Eso fue producto de  uno de esos ritos satánicos que anteriormente hacían por acá, en Playitas, cerca al Charco del Dragón. Toda la familia estaba esperando”, contó alguna vez don Darío.

Es una de las experiencias que más marcaron su vida como mayordomo de Campo Escuela. Johan Ortiz estuvo más de una semana perdido. Luego él encontró su cuerpo en el río. “Estaba totalmente desecho. Ni siquiera los de la Defensa Civil fueron capaces de sacarlo. Me tocó meterme a mí y cargarlo. En cada paso que daba, se le caían los pedazos. Lo habían desmembrado”.

Así surgió la historia de Johan, de “Manderman”, porque en noches posteriores, don Darío, en su guardia nocturna, se chocó con un hombre vestido de blanco que se le presentó con aquel seudónimo. Él, al parecer, no ha sido el único en toparse con el hombre de la historia.

Hace unos dos años Laura Toro estuvo en Campo Escuela realizando un curso. Eran las nueve de la noche y necesitaba ir al baño. Ese sector siempre ha sido solo, sobretodo en la noche.

Duchas. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Duchas. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

“Cuando salí, vi a un hombre en frente, ‘¡Ay, me asustaste!’, le dije. Él no dijo nada. Ahí sí sentí temor y me volví a encerrar en el baño. Me quedé mucho tiempo ahí, esperando. Cuando salí, aún estaba allí, mirando. Me parecía aterrador. Fui a lavarme las manos, y cuando empecé a caminar al campamento, el hombre bajó camino al río”.

Las historias siguen…

El bosque de las brujas y la niña de la aguapanela son solo un par de mitos más del lugar. El primero hace referencia al espacio que se encuentra junto a la entrada de Campo Escuela. Está infestado de pinos altísimos y raíces que podrían simular toda la visceralidad del lugar. Es oscuro, muy oscuro, y siempre hay un goteo del agua acumulada en las alturas de las plantas. Pocas personas se acercan allí en la madrugada. “Dicen que si se para en la mitad del bosque y observa la parte más alta de los pinos, encontrará un bulto blanco, o dos, o tres. Esas son las brujas, o eso he escuchado” narra don Aicardo, el actual mayordomo.

Bosque de las brujas. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

Bosque de las brujas. Fotografía: Luisa María Castaño Hernández

La niña de la aguapanela, dicen, también tiene una presencia constante. “Ella pasa en la madrugada, cuando ya todos duermen y solo hay unas pocas personas haciendo guardia. Por lo general, los scouts a esas horas tenemos aguapanela lista, y eso es lo que ella pide”, cuenta Jeniffer Rincón, una scout que hace más de 20 años está en el movimiento.

Alguien va a servirle y regresa con la porción que la niña ha pedido. Ya no está.