“Yo no tenía nombre, pero ahora me llamo Sara”

Desde niño, Daniel se sentía mujer. En sus 18 años, ha enfrentado las discriminaciones y la satisfacción de esa lucha por su propia identidad.

Por Alejandra Castañeda Henao (katlinalejandra98@gmail.com)
Sara Berz tomó su apellido de la unión entre Betancur y Ramírez. Foto: Alejandra Castañeda.

Sara Berz tomó su apellido de la
unión entre Betancur y Ramírez. Foto: Alejandra Castañeda.

En 1998, la familia Betancur Ramírez esperaba un bebé. La criatura traería mucha más felicidad al hogar conformado. Para ese entonces, el deseo de los padres era tener una niña. Sin embargo, meses antes de su nacimiento, la noticia estaba dictaminada: “Van a tener un niño”.

El 2 de mayo de 1998, a las 6:30 de la mañana, Blanca Ramírez dio a luz, en el Hospital San Rafael del municipio de Andes, a Daniel Betancur, con cinco libras de peso. Esa mañana, el niño despertó por primera vez entre las montañas agrestes de esta subregión del departamento de Antioquia.

Empezó a gatear, a dar sus primeros pasos y, a los pocos años de vida, a caminar seguro de sí mismo. Desde ese momento, recuerda, tenía clara una cosa: aunque físicamente su figura era masculina, interiormente, la feminidad lo arrollaba.

De niño, prefería estar con las niñas de su barrio, jugar con las muñecas, hablar de ser madres, conversaciones sobre el juego de la cocinita. Coincidía con la delicadeza de muchas de sus amiguitas. La ilusión de ser niña iba creciendo al mismo tiempo que su cuerpo masculino se desarrollaba. Seguía con la convicción de que los vestidos, los tacones, el maquillaje y los accesorios que representan a una mujer serían su tesoro más preciado. Nunca imaginó que aquellos anhelos de niño, algún día serían realidad.

Pero la vida es contradictoria, y la realidad aún más, porque esos mismos accesorios que esperaba poder utilizar cuando creciera un poco más, se convirtieron en el blanco de las críticas para quienes consideran “diferentes” a los transgeneristas. Es precisamente esa “diferencia” la causante de que en 2013 y 2014 se registraran 164 homicidios contra la población LGBTI del país, según un informe publicado en 2015 por el Centro de Memoria Paz y Reconciliación de Bogotá y la organización Colombia Diversa.

Daniel empezó a ir al colegio. Era aquel niño con poca vida social que vivía encerrado en su bolita de cristal con  el miedo absoluto de salir al mundo. Un niño que, con 12 años de vida, sentía correr por sus venas la herencia femenina de su madre. Después, sería ese joven que descubrió, en los alrededores del colegio San Juan de los Andes, su atracción por los hombres y que sentía que la delicadeza era una característica innata. Sin embargo, el municipio de Andes, tradicionalista y conservador, le cerraba las puertas a quien, llegando a sus 13 años, ya quería ser mujer.

De niño a mujer

“15 primaveras tienes que cumplir, 15 flores nuevas que te harán vivir…”, dice la canción que acompaña al vals en las fiestas de 15 años: cambiar de zapatos, apagar las velas y llorar por ese “paso de niña a mujer”. Daniel también tuvo este anhelo, soñaba con un vestido fucsia, tacones, maquillaje y un gran peinado. Pero no fue así. Le tocó bailar otro vals y apagar otras velas, las velas de la esperanza que años más tarde y, con muchas dificultades, volvería a encender: “Pero yo no me veía como una mujer de 15 años; me veía como una trans”, cuenta Sara.

A sus 15 años, decidió volar. Se fue para Medellín a “conocer su mundo”; un amigo le abrió las puertas de su casa y allí empezó la historia de su feminidad. En 2014, a finales de noviembre y principios de la época de Navidad, desfiló no tan segura de su apariencia, pero sí segura de tantos años en los que creyó lejos ese momento. Fue en un reinado de belleza en el municipio de Bello. Se vistió de mujer y salió a la pasarela. Deslumbró, atrajo todas las miradas, se sintió diva y realizada.

“Mucho gusto, mi nombre es Karoll Barreneche”, le dijo una reconocida trans de Medellín. Cuando la vio, quiso conocerla. Daniel ya no era Daniel. No tenía nombre, estaba nerviosa, no sabía cómo llamarse, se le nubló el mundo por un momento. Se le había olvidado ese pequeño detalle. Pero su amigo, el que le había ayudado a instalarse en la ciudad, interrumpió la conversación y dijo: “Karoll, ella se llama Sara”.

Desde ese momento, Sara es segura, valiente, arriesgada, altiva. Ese día se ‘trepó’ y “‘treparse’ en el gremio de las transgénero es salir al público”, explica Sara. En ese momento, entendió el significado de la palabra “completa” porque, aunque años atrás usaba indumentaria femenina, nunca se había sentido tan cerca de ser mujer. Aunque es solo una estadística, hoy Sara es una de las 250 mil transgénero que existen en Colombia, según un estudio realizado en 2015 por el Grupo de Apoyo a Transgeneristas (GAT), organización que acompaña a las minorías sexuales en Bogotá.

Después de ser modelo por webcam y seguir arrollando con su belleza, Sara Berz, ─apellido que tomó de la unión entre Betancur y Ramírez─, decidió volver a Andes. Fue para la Nochebuena de 2014. Su familia no la esperaba y menos con ese cambio. Llegó una nueva persona, una nueva mujer. “Nosotros nos alegramos mucho de verla porque creímos que se había perdido y por eso la aceptamos con el cambio que vino”, recuerda Blanca, su madre.

Caminaron juntas, de la mano. Recorrieron las calles que una vez caminaron cuando Sara era un niño. Caminó por Los Libertadores, su barrio, y llegó hasta el parque principal. Muchos no la reconocían, otros se alegraron de verla.

Pero también le tocó enfrentar el rechazo. Cuando quiso retomar sus estudios en 2015, el rector de la Institución Educativa Juan de Dios Uribe dijo no tener cupos disponibles. Prometió llamarla, pero esa llamada y el cupo nunca aparecieron. Además, tuvo que cargar con el rechazo de muchos que consideraba eran sus amigos y con el desengaño por aquellos hombres a los que prefiere no recordar. Al hablar de amor, Sara dice que prefiere pedir una media de ron.

A sus 18 años, es una mujer de Andes, que no le teme a la crítica de quienes la lapidan por su condición: con un cabello a mitad de hombros, cejas y pestañas maquilladas, labios rojos, sonrisa brillante, senos, glúteos y una cintura muy natural, como ella. Con sus tacones de 13 centímetros y su vestido largo, Sara Berz habita su pueblo, su cuna, y sigue insistiendo por un cupo en el colegio. No espera nada; ella quiere y busca lo mejor para su vida.

Texto publicado en la edición 4 de De la Urbe Suroeste