Una segunda oportunidad para Almotaz

Hace más de cinco años estalló la guerra civil en Siria. En Colombia hay seis ciudadanos de esa nacionalidad con estatus de refugiados. Almotaz Khedrou es uno de ellos.

Por Laura Cristina Miranda Torres (mirandatlaurac@gmail.com)
Familia Khedrou Díaz: Almotaz Khedrou, Jessica Díaz y Adam Gabriel. Cortesía de la familia Khedrou Díaz.

Familia Khedrou Díaz: Almotaz Khedrou, Jessica Díaz y Adam Gabriel. Cortesía de la familia Khedrou Díaz.

 

“Me encanta verlos cerrar los ojos y masticar cada gramo”, confiesa Almotaz Khedrou sobre los clientes que visitan Al-Banun, el pequeño local de comida árabe que regenta desde hace 10 meses en el barrio El Pinar, norte de Bogotá. Dos años atrás, cocinar era nada más que su hobby en Siria, ahora es su principal vínculo con la cultura colombiana. Gracias a la comida, Almotaz habla hoy un español que solo conjuga en presente, también prepara para su familia un mejor futuro.

La primera ciudad colombiana que conoció fue Ipiales. Desde que huyera de Siria, había permanecido seis días en Quito y esperado seis meses en Ankara (Turquía). Era 10 de agosto de 2014. En Damasco, el ejército sirio y grupos rebeldes se peleaban por el control de un campo gasífero, que dejó más de 2.000 civiles muertos. En la Habana, se estaba preparando la mesa para que delegados del Gobierno y Farc acordaran el punto 5, sobre víctimas del conflicto; y en Ipiales, Jessica Díaz esperaba al que hacía cinco meses se había convertido en su esposo.

Era la primera vez que se veían pero ya se conocían desde febrero de 2011, un mes antes de que estallara la guerra. Desde que un amigo en común de las dos familias los presentó, no dejaron de comunicarse. Por Skype, ella le hablada de Colombia y él le hablaba de Siria. Almotaz estudiaba economía y ella historia y filosofía. Se enamoraron. “Me identifico con su educación, con sus sueños”, declara el sirio con una ternura en el acento, propia de quien no tiene el español por lengua nativa.

Pero los pasos de la guerra sonaban cada vez más próximos. A finales de 2013, una de las bombas que cayó sobre Damasco destrozó 13 supermercados, entre ellos el de Mostafa, padre de Almotaz y economista de profesión. Aquel negocio era la fuente de ingreso de su acomodada familia. Tuvo que abandonar sus estudios y el 20 de enero de 2014 viajó a Líbano. Solicitó una visa en la Embajada Colombiana. “Voy porque no quiero perder también al amor de mi vida”. Denegada.

Colombia no suele ser el destino que más busquen los sirios para refugiarse. No hay en el país una política especial para ello, como el Comité Nacional para Refugiados de Brasil o la Comisión Nacional para los Refugiados de Argentina, los dos países latinoamericanos donde más se acogen ciudadanos de esa nacionalidad. La cifras oficiales indican que en Brasil viven 2.298 y en Argentina 290 sirios.

Sin embargo, Latinoamérica, en general, no es un destino frecuente para los refugiados. Según Víctor de Currea, profesor de Estudios de Medio Oriente en la Universidad Nacional, eso se debe a “una lejanía geográfica, política y cultural, además de la poca incidencia que tiene Medio Oriente en la región”.

A diferencia de los sirios que arribaron al continente hace más de 100 años, los que llegan en este nuevo siglo no son, en su mayoría, cristianos maronitas. Almotaz, por ejemplo, es musulmán suní y junto a su esposa le gustaría cambiar la imagen que se tiene del Islam en Colombia. “Mucha gente que llega al restaurante se queda sorprendida de que Almotaz me deje trabajar con él y me trate lindo”, revela Jessica. “A veces, de parte de los medios hay mucha desinformación, y al musulmán se lo relaciona con terrorismo y machismo. Pero esos son problemas más generales de la sociedad”. Y agrega Almotaz: “El Islam nunca abrazará la idea de atentar contra la vida del otro”. Por eso huyó de su país, para que el Ejército no lo obligara a prestar servicio militar. Hoy forma parte de los más de cinco millones de sirios que viven por fuera de su país.

De esa  cifra, 1,1 millones están e Líbano y 2,5 millones en Turquía, país al que Almotaz Khedrou arribó dos meses después de llegar a Beirut. “Puedes viajar a Turquía. Ellos reciben refugiados, pero el gobierno no te ayuda para acceder al estudio, y conseguir una casa es difícil porque los arriendos son muy caros”.

Fue en ese primer exilio donde le negaron la visa de cónyuge. Para las autoridades colombianas no fue suficiente con que él certificara un poder en Ankara. No fue suficiente que ella visitara más de 20 notarías para efectuar el matrimonio. Tampoco fue suficiente que el 14 de marzo, cumplidos tres años de guerra civil en Siria, se casaran, por fin, vía Skype. Él con su traje de boda, desde un café internet en Ankara, y ella, vestida de blanco, desde la Notaría Décima de Bogotá.

Y es que los primeros matrimonios mixtos entre árabes y colombianos fueron posibles casi 60 años después de la primera migración sirio-libanesa que hubo en el país a finales del siglo XIX. El matrimonio endogámico era la costumbre entre los inmigrantes sirios y libaneses que llegaban al continente americano huyendo del Imperio Otomano.

En aquel entonces, Colombia tampoco era el destino más apetecible. Los árabes buscaban ir a los Estados Unidos, Brasil y Argentina, principalmente. Durante los últimos años del siglo XIX, la mayor parte de los árabes que se quedaban en Colombia, tomaban el país como un lugar de transición.

La inmigración árabe tomó fuerza ente los años 1890 y 1930. “Con la crisis de 1929, Estados Unidos cierra las puertas a los inmigrantes”, indica Yassen Al Ami, sociólogo y politólogo francés, experto en migración árabe en Colombia. “Y ese ambiente hostil hace que la población se traslade a los países de América del Sur, en especial Brasil y Argentina”.

Durante las primeras décadas del siglo XX, los más de 10.000 sirio-libaneses que llegaron a Colombia se ubicaron en distintas ciudades del país. Pero fue en las ciudades del Caribe donde más se concentraron. Maicao, Barranquilla y Lorica fueron algunas de ellas. En esta última se instaló Moisés Hatem, el primer sirio-libanés que llegó al país en el marco de la ola de migración que del mundo árabe había hacia el resto del planeta.

No fue fácil la adaptación. Las primeras generaciones de árabes que desembarcaron en Colombia a principios de siglo XX no fueron bien recibidas. El rápido éxito que tuvieron en el comercio alertó a las élites comerciales y se intensificaron los controles de inmigración. “Además, el racismo con que se detentaba el poder durante La Regeneración se extendió a los nuevos pobladores”, destaca Al Ami.

Cortesía de la Familia Khedrou Díaz

Cortesía de la Familia Khedrou Díaz

Un siglo más tarde, las restricciones por parte de las instancias estatales no parecen haber desaparecido. Para Jessica Díaz, la “ignorancia” y “apatía” respecto a los ciudadanos oriundos de Medio Oriente aún persiste. “En las notarías no me querían casar con un árabe”, manifiesta. “Y por otro lado está la Cancillería -continúa-. Nosotros estamos insistiendo para que al hermano de Almotaz puedan darle una visa de turista en Colombia, pero el trámite burocrático todo lo complica. Que nos faltan papeles, que hay que tener un ingreso de seis salarios mínimos. Y que aun teniendo los papeles, es muy poco probable que le otorguen la visa de turista”. Jessica se refiere a Abdullah, el hermano menor de su esposo.

Almotaz, de 28 años –5 más que su esposa–, es el tercero de cinco hermanos. El mayor (38) y la segunda (33) viven en Damasco, el cuarto (27) vive en Alemania y estudia Derecho. Y con 22 años, Abdullah tiene edad suficiente para que el gobierno de Al Assad lo obligue a prestar el servicio militar. Está escondido en Damasco. “No queremos entrar en el Ejército”, se queja Almotaz. “En Siria se están matando niños y no queremos matar a ningún hermano nuestro sólo porque el gobierno quiere”.

De hecho, señala el profesor De Currea, nada más en Alepo combaten más de 200 grupos armados. “Hay un choque de agendas, laicas y religiosas, internas y externas, que recrudecen el conflicto y lo convierten en la peor tragedia que vive la humanidad ahora mismo”.

Pero con el 90% de supermercado de Mostafa destruido, la posibilidad de que Abdullah salga de Siria se aplaza. Ahora es mucho más difícil conseguir los 3.500 dólares que cuesta el viaje Ankara-Abu Dhabi- Sao Paulo y Sao Paulo-Quito, el mismo recorrido que hizo Almotaz hace más de dos años con el préstamo de un amigo y los ahorros de Jessica.

Desde el 15 de marzo de 2011, en Siria han muerto por la guerra más de 470 mil personas. La esperanza de vida, que en 2010 era de 70 años, descendió a 55 en 2015. Así como Almotaz se vio obligado a abandonar sus clases de Economía en la Universidad de Damasco, miles también lo han tenido que hacer. Ya no solo los estudios sino el propio hogar. Con más de 7 millones de desplazados internos, Siria supera a Colombia, que hasta hace poco, figuraba de primero en esa lista.

Y aunque hoy por hoy la vida en Colombia sea más viable que en Siria, para Almotaz el proceso no ha sido fácil. Solo después de seis meses en el país, por intermedio de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Ancur), le fue reconocido el estatus de refugiado, que hoy comparte con otros cinco compatriotas suyos en este país.

Llegó sin saber hablar español y el inglés fluido que había cultivado en Siria no le estaba siendo útil. Eso no fue un impedimento para salir a las calles a vender arroz con leche. Consiguió el apoyo de Pastoral Social, fundación que le donó un carrito de comidas y una nevera el 18 de junio de 2015. Hasta esa fecha, el organismo eclesiástico le suministraba un salario mensual, mientras se acomodaba a su nueva realidad en Colombia.

“Pastoral Social también me ofrece clases de español, pero yo voy solo dos veces, porque el horario es de 6:00 p.m. a 8:00 p.m., y no tengo tiempo. Les pregunto si pueden cambiar el horario pero ellos no aceptan”, lamenta el sirio, quien para esa segunda mitad de 2015 duplicó la intensidad de trabajo. Jessica había quedado embarazada de su primer hijo, Adam Gabriel.

Desde la llegada de Adam, el 21 de enero de 2016, todos los días Almotaz y Jessica se levantan a las 5:00 a.m. para preparar las empanadas y los quibbe que ya se están haciendo famosos fuera de la localidad de Suba. “Viene gente de Chapinero a probar mis empanadas. Son muy ricas. Te puedes comer solo la masa que yo preparo con yogur para darle más sabor”. A las 6:00 p.m. cierran las puertas de Al Banun y sacan el carrito de comidas donde preparan los shawarma que venden hasta las 10:30 p.m.

Almotaz Khedrou, Jessica Díaz y el pequeño Adam viven hoy en El Pinar, en norte de Bogotá, en una casa que poco a poco han ido amoblando con el dinero que ganan en el restaurante y con la colaboración de algunos vecinos. “Todavía no tenemos una mesa para atender invitados ni una cama solo para mi hijo”, comenta el Sirio. “Dormimos los tres en una que nos regaló una vecina. Yo estoy muy agradecido con la gente de Colombia”.

No obstante el cariño de la gente, para Jessica y Almotaz, el hecho de que Colombia no tenga una política específica para refugiados sirios, no deja de representar dificultades que perturban su tranquilidad. Si bien el sirio pudo conseguir, a través de Acnur y Pastoral social, la cédula colombiana, vigente por cinco años, más el local que hoy es su fuente de ingreso, el apoyo de esas organizaciones no alcanza a cubrir un seguro médico ni a asegurar los estudios de la joven familia ni a intervenir por los familiares que quedaron en Siria.

“Hacer préstamos también es difícil y yo lo que más quiero es que mi familia salga de Siria. Hablo con los medios y sé que ellos no me dan comida pero así puedo ayudar para que mi familia venga a Colombia”.