Los Embera Katío en Andes, 20 años de destierro

Dos décadas por fuera de su territorio amenazan con borrar hasta el último vestigio de esta cultura. La violencia, por las minas en el Alto Andágueda, los despojó de sus tierras y costumbres.

Luis Alfonso Acevedo Escalante
comunicadorudea@gmail.com
Según una investigación realizada por Acnur, en entre 2011 y 2012, de los desplazados internos que hay registrados en Colombia unos 70.000  son indígenas. Foto: Ana Uribe.

Según una investigación realizada por Acnur, en entre 2011 y 2012, de los desplazados internos que hay registrados en Colombia unos 70.000 son indígenas. Foto: Ana Uribe.

No sabemos si escogemos el territorio, tampoco tenemos claro si el territorio nos escoge a nosotros. Lo que sí se evidencia es que, una vez establecida esta relación simbiótica, el cordón umbilical se hace irrompible y cualquier alteración puede resultar en una tragedia. Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), en investigación realizada entre 2011 y 2012, “aproximadamente 70.000 de los desplazados internos registrados en Colombia son indígenas. El desplazamiento entre estas comunidades se ha incrementado en los últimos cinco años y creció más que el del resto de la población entre 2006 y 2008. De acuerdo con las cifras oficiales, entre el 2004 y el 2008 se desplazaron 48.318 personas pertenecientes a pueblos indígenas”.

Además, entre los periodos de 1998 y 2008, la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic) reportó el asesinato de 1.980 indígenas, debido al conflicto armado del país. Entre las cifras, se encuentran distintos grupos indígenas: los Nukak Makú en el Guaviare, los Hitnu en Arauca, los Awá en Nariño, entre otros. Decenas de guerras se han despertado en la puja por sus territorios y por las acciones violentas contra esas poblaciones que van desde destierros forzados hasta el reclutamiento de menores. Según la Corte Constitucional, dichas comunidades se encuentran en un grave riesgo de extinción. Solo los Embera, en el Chocó, por ejemplo, sufrieron 12 desplazamientos masivos en 2008.

La lucha por la tierra

Foto: Ana Uribe.

Foto: Ana Uribe.

Allí en el Alto Andágueda (Chocó) estaban los Embera Katío aferrados a lo que sus dioses les entregaron; allí en esa porción de mundo que les tocó para sobrevivir, para echar sus raíces y dejar sus semillas. Pero, al mismo lugar, llegaron quienes devorarían su existencia y tratarían de extinguirlos. La llamada ‘fiebre del oro’ fue la culpable de que, un día, los indígenas tuvieran que renunciar a su nido, a sus hogares, y echar a andar.

“Allá sí tenía oro, pero se lo estaban robando también. Cuando trabajaba, la guerrilla se llevaba todo sin permiso, hasta los animalitos. Por ese problema, soy desplazada acá”, explica, en lo que poco que sabe de español, Adrina, una mujer embera desplazada junto a su comunidad.

El Alto Andágueda está ubicado en límites entre Chocó, Antioquia y Risaralda; es una zona de espesa selva. Pero las minas de oro que hay en la región han enfrentado a las comunidades con empresarios, grupos armados y multinacionales.

Los Embera Katío empezaron a huir, como se supone lógico, a los lugares de más fácil acceso para ellos. Su condición de nómadas facilitó su huida; pero lo hicieron, muchas veces en condiciones de mendicidad, a zonas urbanas de Antioquia y Risaralda.

La ambición por el oro, junto con las balas, desterró a parte de esa población y, para 1997, un grupo de ellos se asentó en Andes, un pueblo con ínfulas de ciudad grande, donde la caridad de las personas sobrepasó los límites. Entonces, empezaron a llegar más y más indígenas como abejas a su panal.

Acá han vivido y han seguido aferrados a la vida, de finca en finca han obtenido el alimento. Ya no cazan, ya no cultivan, no pescan; solo logran sobrevivir, seguir respirando. Es como si en Andes hubiesen encontrado una extensión del cordón umbilical que los ata a su territorio o, sencillamente, no hubieran tenido otra opción. Como dice Adrina, “somos desplazados porque necesitamos una tierra para hacer una cultura”.

El grupo de indígenas se asentó en la parte alta de la vereda Quebrada Arriba: allí se mantuvo durante casi 20 años en tambos improvisados. No solo estaban expuestos a una catástrofe natural, sino que, por sus actividades, contaminaban el agua con sus desechos. El saqueo constante de productos agrícolas a algunas fincas agudizó la problemática.

“El Servicio Seccional de Salud de Antioquia propuso alguna vez que fueran atendidos por los de Antioquia y por el municipio de Andes. Pero, finalmente, el Centro Pastoral Indígena del Chocó y Orewa [Organización Regional Embera Wounaan] prohibieron que la gente se metiera.Entonces, siguieron las necesidades: violencia, presencia de grupos armados y mala atención en salud y en asistencias técnicas. Eso obligó a que se fueran desplazando más y más”, manifiesta Jaime Arbeláez, exalcalde de Andes en los periodos de 1995 a 1997 y 2001 a 2003.

Aunque se han adelantado varios intentos de reubicación, ni el departamento del Chocó ni las organizaciones encargadas de velar por el restablecimiento de los derechos de la población indígena han contribuido para que estas personas retornen a su territorio con garantías de seguridad y supervivencia.

Mientras tanto, los Embera continuaban asentados a 40 minutos de la cabecera municipal de Andes, en la ribera de la quebrada La Chaparrala, donde intentaban conservar algo de su cosmovisión, pues una de sus principales características es vivir cerca del agua.

La anterior administración municipal y la Gobernación de Antioquia, finalmente lograron reubicarlos en otro lugar, donde ahora tienen sus propias viviendas y donde pueden llevar a cabo sus prácticas culturales o, dicho de otro modo, rescatar lo que la guerra les arrebató de su cultura. Al menos, ese es el mensaje que se quiso transmitir con la reubicación. No obstante, los indígenas no se sienten cómodos ni se identifican con el lugar que habitan.

Ahora, esta población indígena se halla asentada en el sector de Dojuro, a tres horas del corregimiento de Santa Inés (Andes), en terrenos que pertenecen a la comunidad Embera Chamí. Pero Dojuro es un desfiladero de la Cordillera Occidental donde, aprovechando pequeños terraplenes, se construyeron casas que, poco o nada, están emparentadas con aquellas de tradición indígena. Además, ubicados en unas tierras que son ajenas y donde los Embera Katío no se atreven a cultivar, tal vez porque no se sienten bien sembrando en una tierra que no les pertenece o porque 20 años borraron su costumbre de cultivar. Entonces, algunos se dedicaron a la mendicidad.

Lo cierto es que ese lugar no es propio de sus tradiciones; el río, que es la base de su subsistencia, está al pie de la montaña y ellos, en la parte alta. La situación los obliga a realizar sus actividades domésticas y sus necesidades fisiológicas dentro de las casas construidas sin tener en cuenta sus costumbres.

El territorio, más allá de una porción de tierra

Foto: Ana Uribe

Foto: Ana Uribe

Las comunidades indígenas no solo habitan un espacio geográfico delimitado, sino que le dan un significado a las actividades que desarrollan en sus territorios. Los bailes, ritos y todas las ceremonias dan cuenta de su cultura: todo ello hace parte de su entorno. Sus formas de cultivar y la base de la alimentación son factores de identidad para los indígenas y sus futuras generaciones.

El antropólogo Rubén Darío Guevara habla de la respuesta que las comunidades indígenas dan a problemáticas como el desplazamiento, la resistencia indígena y el arraigo al territorio. Sin embargo, explica que, ante la presión de la violencia y el poder de actores externos a sus formas de vida, a veces resulta más importante preservar sus vidas que sus costumbres.

Lo cierto es que a raíz del desplazamiento, los Embera Katío de Andes transformaron sus modos de vida y perdieron la interacción con el territorio y su organización política. Mientras tanto ─después de dos décadas de estar entre carros, montañas, tierras ajenas y gente extraña─, los indígenas se aferran a este, su nuevo refugio, y dicen no atreverse a volver a ese lugar donde muchos vieron la luz por primera vez, pero donde también conocieron lo más crudo de la guerra. Cada vez sienten menos la necesidad de que su descendencia conozca el lugar donde vieron correr la sangre de los suyos, así como corre el agua que es el símbolo de su cultura.

Informe publicado en la edición 4 de De la Urbe Suroeste