“La fotografía es el recuerdo de lo que la gente olvida”

Los fotógrafos de la Plaza Botero de Medellín captan los mejores momentos de las decenas de visitantes que pasan por allí. Crónica sobre su labor.

Alejandro Valencia Carmona
alejovalcar7@gmail.com

 

Los fotógrafos de la Plaza Botero
La Plaza Botero es un murmullo sumergido en el bullicio del centro. De fondo, las conversaciones se entremezclan con los pasos de los transeúntes afanados. Una bandada de pájaros sobrevuela el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe, interrumpiendo la calma con sus trinos. Un vendedor de helados pasa agitando sus campanillas y capta la atención de un viejo con sombrero de ala ancha que le pide un helado de guanábana. Detrás de él, un frutero empuja su carretilla llena de mangos, amarillos como pollos, y para de pregonar por su altoparlante al pasar frente al Museo de Antioquia.

Los pantalones le cuelgan y apenas levanta los pies del piso al caminar mientras busca la sombra que ofrece la escultura de Eva. Se acomoda la gorra habana, del mismo color que su chaleco. De su hombro derecho cuelga un bolso negro. En su huesuda mano, exhibe un álbum que está abierto en las fotos de unos cubanos que posaron para él, en ese mismo punto, un año atrás.

A tres metros de él está Alexis, quien se dispone a hacer volar un pájaro azul con cuerpo de madera y alas de plástico. El pájaro gira bruscamente a la derecha batiendo sus alas hasta que se va de bruces al suelo. Aún en el piso, sigue aleteando mientras se desenrolla el caucho que le da energía. Alexis se apresura a recoger el invento de Da Vinci, que cae a los pies de Joaquín. Entre tanto, Joaquín, le da órdenes a Juan y Michelle, un par de bogotanos que vinieron a Medellín a disfrutar de unas cortas vacaciones. La Plaza Botero es su primer destino turístico de la ciudad.

Como constructor, Juan está acostumbrado a dar órdenes a los obreros, pero, hoy, él es quien obedece.

—¡Abrácela! ¡Sonría! Levante la mano, un poquito más. ¡Haga así!

Él asiente, sonríe y replica con un pulgar arriba. Michelle le sigue el juego al fotógrafo quien le dice que se pare al lado de una cabeza gigante de bronce, mirando en dirección opuesta a la escultura, que estire los labios y ponga sus manos bajo el mentón. El fotógrafo se acomoda. Acto seguido suena el obturador digital. En la foto, Michelle le daba un beso en la boca a la escultura de Botero.

—¡Jumm! Vea, ahí quedó la evidencia. Bueno, vengan pa’cá. Póngale la mano en la nalga y usted ponga cara de sorprendida. Digan “chicharrón”. ¡Esooo! Así es que es.

Juan les muestra  las fotos que les había tomado en las diferentes esculturas: con el Gato, con la Mujer vestida, la Mujer reclinada, entre Adán y Eva, con la fachada de la parte de atrás del Palacio de la Cultura, con el Perro, con la Cabeza. Cuando Joaquín les muestra la foto en la escultura de la Mujer con espejo, sueltan la carcajada: Juan con una sonrisa picarona tiene posada su mano sobre la nalga de la gorda y Michelle abre los ojos, se tapa la boca con una mano y con la otra apunta, acusándolo.

—Bueno, les dejo las siete en 35.000 pesos.

—No, hermano. Bájele para llevarlas todas —dice Juan.

—En treinta mil, pues.

—Veinticinco mil, ¿no?

—No, súbale pa’ ajustar ahora la gaseosa. Vea que las fotos son de calida’ y se las entrego ya mismo. Y ahí quedan con el recuerdo —dice Joaquín mientras saca dos fotos que tenía guardadas en su álbum: una con un borde con los diferentes sitios turísticos de Medellín y otra sin el borde.

—¡Eh! Este sí es paisa —le comenta a Michelle entre risas—. Déjelas en veinticinco mil pesos.

—¡Jajaja! Usted sabe que hay que rebuscársela. Escoja uno para las fotos.

—Esta —señala la foto con el borde, donde aparecía una pareja chocoana que tenía detrás la escultura del Caballo de Troya.

—O pille, los puedo encerrar a ustedes dentro de un corazón o ponerles estrellitas por acá y por acá —dice  Joaquín señalando otras dos fotos de su álbum.

—No, no. No me muestre más que me antojo —dice Juan, sonriendo y echándose un poco para atrás.

—Bueno, espérenme por acá. Den una vuelta que yo ya vengo. No me demoro nada.

Mientras Joaquín va a imprimir las fotos, Michelle y Juan se toman una docena de selfies, con la cámara de su Sony Xperia. Otro fotógrafo, Ramiro, les toma algunas más, frente a la Mujer con el espejo, sin costo alguno, y les cuenta que ese espejo había sido robado pero que la Policía lo recuperó meses después. Hay perfección en todas las curvas de la gorda que está acostada boca abajo, reflejando su belleza en el espejo que sostiene su mano. Solo tiene un pecado, el remiendo producto de la soldadura en la base del artilugio donde admira su belleza.

Los pasos largos y marcados de Joaquín hacen que la cadena que cuelga de su cuello se mueva de lado a lado mientras camina. Es uno de los fotógrafos más jóvenes, pronto cumplirá cuarenta años. Después de ocho minutos, regresa, les entrega las fotos y se despide de ellos, no sin antes darles la bienvenida a Medellín.

Mientras ellos se dirigen al Museo de Antioquia, un grupo de turistas que en su mayoría usan pantalonetas y chanclas pasa entre la gente, mirando en todas direcciones, intentando no chocar entre ellos mismos y siguiendole el paso al guía para tomarse la foto grupal del tour.

—Welcome, welcome to Medellín! This beautiful. Made in Colombia by Mister Botero —dice un vendedor de sombreros, señalando la Mujer con espejo a un grupo de veintitrés extranjeros. Se posan frente a la gorda, al lado, detrás. Alguien no se ve, las voluptuosas nalgas tapan su rostro.

—Move! You are behind her ass —dice el guía, todos voltean sus cabezas y sueltan la carcajada.

—Say: Medellín.

Click.

Antes, el guía les advirtió que pusieran cuidado dónde estaban más desgastadas las esculturas, porque en esas partes es donde la gente suele poner las manos. Generalmente, las partes sexuales: el pipí del Soldado romano ya se desgastó. Por muy musculoso e imponente que se vea con su escudo, no inspira ningún respeto y no se escapa de la manoseada de las picaronas. El seno izquierdo de la Mujer recostada ya cambió de color, al igual que las nalgas y las piernas de la Mujer con espejo y muchas otras partes de las demás esculturas.

Alonso Cano está recostado en la Mujer con vestido, cubriéndose bajo su falda del sol de mediodía. Divisa a los extranjeros desde que sus cabellos rubios se asoman en la Plaza por encima de las demás cabezas de los transeúntes, ninguno de los vendedores de sombreros ni de recuerdos se les acerca. A los turistas les dicen que no compren cosas en la calle porque los pueden estafar.

Alonso es un moreno que ya alcanzó el sexto piso de la vida, camina despacio y a veces cojea un poco por el calambre que le produce estar parado todo el día.  Lleva pantalones habanos con muchos bolsillos y un chaleco que le regaló un amigo español, que reza en letras negras: National Geographic, encima de un bolsillo en el lado izquierdo de su pecho.

Alonso ha dedicado toda su vida a la fotografía. Empezó a los catorce años cuando su cuerpo se movía al son de los tangos y otros ritmos argentinos. Siempre le gustó el baile y un amigo con el que iba a las fiestas le prestó una cámara para que tomara fotos, hiciera dinero y pudiera disfrutar de aquellas noches locas de la juventud. Luego vio en la fotografía un estilo de vida, una forma de viajar, conocer personas e historias de la calle y contarlas a través de imágenes. Para él, “la fotografía es el recuerdo de lo que la gente olvida”.

A las 12:30, la Plaza se ve un poco más vacía, algunos fotógrafos que llegaron más tarde, aprovechan para ponerse al día con sus colegas. Se reúnen en grupos de a tres o cuatro a hablar y, se les unen los vendedores de recuerdos de la Plaza como Carlos Ramírez, apodado “el Faquir”, quien participó en Colombia tiene talento —un reality show—  metiéndose una espada por la boca. Según Ramírez, allá hay mucha rosca y por eso no pasó. Joaquín se reúne a jugar cartas, en una de las sillas que hay entre las esculturas, con un embolador de zapatos y un cartagenero que vende llaveros y recuerdos de la Plaza.

Mientras tanto, Alonso está solo y sigue esperando la venida de algún cliente; solo pasan peatones o gente que quiere fotos digitales, que no ven la necesidad de gastar dinero en una foto en un pedazo de cartón. Pasan veinte minutos antes de que una mujer delgada de unos veintiséis años llegue con su hijo de cinco. Él se aleja de la escultura, se levanta un poco la visera plana de su gorra New Era, y se les acerca con una sonrisa. La mujer lo saluda y dice que necesita una foto para su pequeño. Acuerdan tomarla en una de las esculturas de los animales.

Ella lleva de la mano al niño de camiseta roja y pantalones cortos que no para de saltar, apuntando con su dedo índice al perro gigante de bronce. Su madre lo agarra por debajo de las axilas y lo sienta en la base de la escultura. Alonso se para frente al niño de pelo churrusco, peinado hacia arriba, pero que no sonríe hasta que su madre lo hace. Es ahí cuando abre sus brillantes ojos y pela los de leche. Alonso toma cinco fotografías y, con paciencia, le muestra a la madre cada una de ellas hasta que escogen una.

Después de elegir la foto, es momento de imprimirla. Desde donde está hay 172 pasos hasta Paisa Color, un estudio fotográfico que queda bajando por la calle 52, a un costado del Museo de Antioquia. Allí hay tres aparatos Kodak de pantalla táctil que le permiten, en menos de cinco minutos, imprimir la foto que le vale ochocientos  pesos. En este estudio se imprimen entre ochenta y cien fotos diarias de los fotógrafos de la Plaza desde hace trece años. O Fotocentro Monroy, donde le cobran setecientos pesos, pero queda detrás del hotel Nutibara, a 260 pasos, y hay que esperar a que el semáforo de la carrera 50A deje pasar. Al final, Alonso se decide por Paisa Color.

Las horas pasan de la misma manera que el sol hace su viaje por el cielo. Se dibuja la silueta de las esculturas en el suelo, mientras el astro busca el horizonte.

Tiene algo de cierto lo que dice Alonso Cano, “la fotografía es una vagancia disimulada”, aunque también es una manera de vivir, una forma diferente de ver el mundo, congelando la vida en pedazos de cartón. Al final, lo único que queda de ella son los recuerdos.

Texto publicado en la edición 82 de De la Urbe