De usuario a ‘pirata’: una jornada en el transporte de Urabá

Tomar una mototaxi, luego una buseta, caminar, ‘piratear’. Así es el transporte en el Eje Bananero de Urabá visto desde un viaje cotidiano de un estudiante a la Universidad. El recorrido de unos 30 kilómetros cuesta normalmente $4.300 pesos en buseta y $5.600 pesos en taxi colectivo.

Sergio Gutiérrez Pacheco
sergio.gutierrezp@udea.edu.co
Estudiante de Comunicación Social – Periodismo
Fotografía: Sergio Gutiérrez

Fotografía: Sergio Gutiérrez

Eran las 7:27 de la mañana cuando salía, casco en mano, desde una casa ubicada en la zona céntrica de Turbo. La intención era realizar el recorrido que acostumbra cualquier persona que deba viajar de un municipio a otro de Urabá en un día normal de estudio o trabajo. A esa hora, los locales comerciales empezaban a abrir y las personas se movilizaban para sus actividades diarias.

Portar el casco en un viaje, sin tener moto, tiene dos explicaciones: la primera, que voy a abordar una mototaxi, el medio de transporte más utilizado en el área urbana del municipio de Turbo para el transporte de pasajeros. Y la segunda, que mi viaje de regreso pienso hacerlo como es común entre muchos de los estudiantes de la Universidad de Antioquia que residen en un municipio distinto a donde estudian: ‘piratean’, echan dedo o en  auto-stop, como dicen los mochileros. Muchas veces, quienes más fácil acceden a llevar gratis a alguien son los motociclistas. En ese caso, llevar casco propio resulta indispensable.

Los mototaxistas abundan, casi a cualquier hora del día, en las calles de la zona céntrica y de los barrios de Turbo; pero a esta hora, extrañamente, no había muchos. Es la forma de transporte más frecuente porque, aunque el municipio posee servicio de taxi, los costos son muy diferentes. El precio por servicio en una mototaxi durante el día es de $1.000 por recorrido, mientras que una carrera en un taxi convencional cuesta $5.000. Esto es suficiente para que casi nadie se detenga a pensar que el servicio de mototaxismo es ilegal, ya que no tiene la reglamentación exigida para el servicio público.

En la administración anterior, el alcalde William Palacio —quien fue capturado cuando estaba en el cargo y continúa preso—, pretendía crear un registro municipal de transporte para estos vehículos. El Decreto 488 de 2013 estableció que los propietarios de las motos tendrían una calcomanía que los identificara como mototaxistas; hoy, nadie la porta.

En definitiva, tomé una mototaxi, me puse el casco y me dirigí a La Oriyana, una estación de servicio en una de las vías principales del municipio. Frente a este lugar se parquean las busetas de servicio público que salen hacia Apartadó. Voy hasta allí porque, si bien los colectivos intermunicipales tienen sitios de acopio, las busetas solo tienen un parqueadero cerca de la Plaza de Mercado, en un área no muy segura. Esto ocurre porque Turbo no dispone de una terminal de transporte, a pesar de que el proyecto para construirla está contemplado desde hace dos periodos de gobierno. Según me dijo el secretario de Gobierno, Emélides Muñoz, esta administración tiene previsto insistir en esa obra; pero, por ahora, es apenas una iniciativa.

Intenté pagar los $1.000 de la carrera con un billete de $10.000, pero el mototaxista no tenía dinero para devolverme, así que tuve que cruzar la calle para cambiar el billete en la estación de servicio. Después, por recomendación de algunos compañeros de la Universidad, aparté $3.000 “menudos” para pedir rebaja en la buseta, como acostumbran muchos usuarios. El recorrido de unos 30 kilómetros cuesta normalmente $4.300 pesos en buseta y $5.600 pesos en taxi colectivo. Un precio elevado si se compara con los $3.500 pesos que cuesta un pasaje para el trayecto entre Medellín y Guarne, de 32.8 km de distancia, con una topografía más compleja (más subidas y más gasto de combustible) y un peaje en la vía. Pero lo cierto es que pedí la rebaja y el ayudante del bus aceptó sin ningún problema.

La buseta tardó unos tres minutos en partir mientras el ayudante intentaba meter, literalmente, empujados a los últimos pasajeros para salir pronto. Así empezó el recorrido, pero la buseta se detenía cada tanto para recoger más usuarios. Dentro del vehículo, no había un timbre para anunciar la parada ni una tabla de precios visible, como lo estipula la reglamentación.  Sin otra opción, cuando un pasajero se acercaba a su destino se escuchaba el grito de “¡Paradaaaaa!”.

A los 17 minutos de haber partido, ya habíamos pasado el corregimiento de El Tres y comenzaban a aparecer desvíos y tramos destapados en la vía debido a las obras civiles de ampliación y mejoramiento, como parte del proyecto de las “Autopistas de la Prosperidad”. Sin embargo, algunos puntos donde se iniciaron los trabajos hace varios meses, hoy se encuentran paralizados.

Eran las 7:58 de la mañana cuando llegamos al corregimiento de Currulao, a unos 17 kilómetros de Turbo. Hasta ahí no habían sido muchas las paradas e íbamos unos 10 o 12 usuarios en el vehículo. El sol ya empezaba a calentar con más fuerza. Hasta ese punto del recorrido, a diferencia de otros que había realizado por esa misma esta vía, no aparecieron puestos de control de la Policía y menos de la dirección de Tránsito y Transporte.

Y eso que desde esta dependencia, en la respuesta a un derecho de petición, me explicaron que desde el inicio de 2016 y hasta el pasado 10 de octubre, habían realizado 11.272 comparendos  y 7.765 inmovilizaciones solo en el tramo entre Turbo y Chigorodó. Además, hasta esa misma fecha, la Policía contabilizó 114 accidentes que dejaron 91 heridos y 19 personas muertas.

El viaje continuó y, a pesar de que el Código de Tránsito en el artículo 81 estipula que  “los vehículos deberán transitar siempre con todas sus puertas debidamente cerradas”, la buseta nunca las cerró. Algo que se asume como normal en la región.

Eran las 8:23 de la mañana y ya llegábamos al Sena de Apartadó, cerca de la entrada a ese municipio. Tan solo seis minutos después ya estábamos en la salida hacia Chigorodó. Digo “tan solo” porque, de acuerdo con los usuarios, ese tramo de 1,5 kilómetros para atravesar a Apartadó es uno de los más lentos del trayecto: se suele recorrer  entre 15 y 20 minutos.

En una entrevista que le había hecho hacía unos días a Fredwin Muñoz, coordinador de agentes de tránsito de ese municipio, me decía que la congestión se debía a falencias en la infraestructura y que el municipio había crecido mucho en los últimos años. Esto ha hecho que el puente sobre el río Apartadó, con un carril en cada dirección, se haya quedado pequeño.

Además, tanto Fredwin como Luis Enrique Carvajal, director Técnico de Seguridad Vial del municipio, coinciden en que los agentes de tránsito son pocos ante el crecimiento del parque automotor. Actualmente, Apartadó tiene 18 efectivos que se dividen en dos turnos, lo cual significa que, en un día normal, solo entre seis y nueve funcionarios son los que ejercen el control del tránsito en el municipio más poblado de Urabá.

Moto, buseta, caminar o ‘piratear’: transporte ‘multimodal’

El recorrido termina en SuperMaz, un supermercado ubicado en la salida de Apartadó hacia Carepa. En el caso de los estudiantes de la U. de A., es allí donde pueden abordar una buseta para recorrer el kilómetro que separa ese sitio de la Ciudadela Universitaria. Aunque no es un recorrido extenso, aquellos que caminan este tramo, deben hacerlo casi sobre la vía. No hay senderos peatonales y, en ocasiones, es imposible no invadir el carril de los automóviles arriesgándose a sufrir un accidente. Yo, en esta ocasión, decidí pagar los $1.000 que me cobraron por llevarme esas poco más de cuatro cuadras.

Luego de terminar el día de clases, decidí, entonces, emprender mi viaje ‘pirata’. No tiene nada que ver con el transporte ‘pirata’ de municipios como Turbo y Apartadó: vehículos particulares que no están reglamentados como de servicio público, pero que transportan pasajeros en horas de la noche, cuando algunas de las empresas formales dejan de prestar el servicio. Sobre esto, Luis Enrique Carvajal, el director Técnico de Seguridad Vial de Apartadó, me había dicho que “de alguna manera se les tolera ese servicio porque es para beneficiar a la comunidad que se queda sin transporte”.

Pero mi viaje ‘pirata’, entonces, no era otro asunto que el popular auto-stop. Una práctica frecuente entre los estudiantes de la región para movilizarse entre municipios sin tener que pagar. Fue solo llegar a la carretera a la salida de la Universidad para que otra estudiante que salía en moto, al verme con el casco en la mano, me preguntara hacia dónde iba. Aceptó llevarme hasta la zona del Sena para, desde allí, hacer mi recorrido de regreso a Turbo más fácilmente. Es en ese lugar desde donde parten más vehículos y, según los estudiantes que llevan tiempo ‘pirateando’,  es más factible que se detengan. Hasta ese momento, ya me había ahorrado los $1.000 pesos que me habría costado ese último desplazamiento desde la Ciudadela universitaria.

Ahora estaba parado haciendo señas con la mano para ver quién se decidía a llevarme. Cinco minutos después, se detuvo una joven de unos 27 años en una motocicleta azul. Me dijo que solo iba hasta El Tres. Acepté porque luego encontraría la manera de terminar el recorrido.

El viaje fue cómodo: no hubo paradas ni empujones de los ayudantes. Y lo más importante para mí: no sufrí el calor que se siente en las busetas, a pesar de que eran las 4:00 de la tarde y el sol brillaba con fuerza. Luego de llegar a El Tres, la primera moto a la que le hice señas se detuvo. Era una Yamaha XTZ 250 que recorrió, en 5 minutos (en varios tramos se desplazaba hasta a 103 km/h) lo que en buseta se hubiera demorado 15. Así llegué hasta Turbo y, aunque no supe muy bien con quién me montaba, puedo asegurar que fue más cómodo y más económico que en cualquier transporte formal de los que abordé.

Si empezamos por el precio, la diferencia se siente: 5.000 pesos de ida (eso pidiendo rebaja en el bus porque en la mototaxi es imposible) contra el viaje gratis de regreso. Si seguimos con el tiempo de desplazamiento, la diferencia fue de apenas cinco minutos más en el ‘modo pirata’ frente al de ‘modo usuario de buseta’. El viaje de ida se tomó 45 minutos y el de regreso, 50.

Y si evaluamos la comodidad, tiene cada uno su punto a favor: en moto, el riesgo es la lluvia y la posibilidad de un accidente grave, mientras que en una buseta, a veces con sobrecupo, el calor es insoportable. No es fácil estar encerrado en un automóvil en una zona donde la humedad relativa ronda el 75% y la temperatura fácilmente supera los 36°C. Este es, en conclusión, el panorama del transporte que, día a día, toman miles de personas para desplazarse entre los municipios de Urabá.

Crónica publicada en la edición 4 de De La Urbe Regiones Apartadó.