Bendito olvido

Sísara se crió en ese pueblo minúsculo e ingenuo donde los días, a excepción de aquellos destinados a las confrontaciones políticas, se arrastraban pesados y perezosos.

Por: Gilma Montoya Gómez
Licenciada en Historia y Filosofía
Gilma Montoya

Fotografía: Archivo familia Gómez.

Mi madre olvidó el mundo sin saber que el olvido era la muerte. Nació el 3 de julio de 1926 en un pueblo de una sola calle, una sola iglesia, una sola escuela y un solo destino. Fue ella el fruto de la unión entre una mujer y un N.N.

El día de su bautizo, el sacerdote del pueblo, con el tono autoritario propio de la Iglesia católica, increpó a su madre:

—Señora, ¿piensa usted llamar a su hija Sara?

— Sí. Sara —respondió ella.

Entonces, por obra y gracia de una equivocación eclesiástica, fue nombrada Sísara Gómez. Mi abuela, una amalgama entre dureza y valentía, la levantó sola. O no del todo, acompañada a veces por los liberales que escondía en su casa para librarlos de las embestidas de los conservadores, por allá en los años 40. Una mujer osada, mi abuela, tanto, que a veces arremetía contra su propia familia como si sus miembros fueran del partido contrario.

Sísara se crio en ese pueblo minúsculo e ingenuo donde los días, a excepción de aquellos destinados a las confrontaciones políticas, se arrastraban pesados y perezosos.

De adulta, se casó con un hombre proveniente de Finlandia, Quindío, a quien el azar lo llevó a un pueblo en el que era imposible perderse. Teniendo en cuenta que, para la época, el único método anticonceptivo accesible era la abstinencia y que este hombre tenía de todo menos vocación de monje tibetano, empezaron a reproducirse cual conejos en jaula chica, y a meter a sus crías en una casa cuyas incomodidades eran: una sala, una pieza y una cocina.

Mi madre poco supo de un fenómeno tan natural como la menstruación. Catorce hijos en quince años apenas le dejaron conocer la sangre. Como el yin y el yang, el cielo y el infierno, la gastroenteritis, hija natural de la pobreza, retó a la vida que se multiplicaba sin control y se llevó a cuatro de sus crías al lugar donde solo habita el silencio.

Con diez pollitos en fila india, mis padres decidieron venir a pavonearse a Medellín, una ciudad con miles de casas, de calles, de historias, que hacía ver a su pueblo de origen como una caricatura. Con una soltura y una seguridad pasmosas, mi mamá empezó a cruzar fronteras hacia otros municipios y departamentos.

Al regresar de nuevo a Medellín, sacaba la ropa de la maleta para lavarla y la volvía a empacar para dejarla lista para el próximo viaje. Las condiciones en que se desarrollaban sus paseos poco importaban. Daba igual si había plata o si al llegar a su lugar de destino la única frase posible fuese: “Definitivamente, uno sale de la casa es a sufrir”.

Sin embargo, llegó el momento en que las salidas empezaron a perder sabor. Mientras sus acompañantes se bebían a copas llenas la existencia, ella se quedaba retraída pensando: “¿Yo sí apagaría el fogón? ¿Se me quedarían las llaves en la chapa de la puerta? ¿Sí le habré dejado comida al perro? ¿Esta mañana sí me tomaría la pastilla?”.

Los objetos empezaron a tener vida propia. Alguna vez, sus zapatos acompañaron durante una semana, la leche y la carne en el congelador. Cuando iba a llamar a un nieto, pronunciaba primero los nombres de los diez hijos y los trece nietos restantes, hasta por fin dar con el indicado.

Foto: Archivo familia Gómez

Foto: Archivo familia Gómez

Una noche fue a mi cama, desesperada, a ponerme la queja de los cuadernos que mi hermano le acababa de robar en la escuela. Estaba angustiada por el regaño que le iba a pegar la profesora. Yo le preguntaba a él que si no le daba pena y le ordenaba que se los devolviera o se ganaría un castigo. Para calmarla, le decía a ella que los había recuperado y le entregaba los de mi hija. Al verlos, me decía: “Oigan a esta, si los cuadernos míos no tenían muñecos. A mí sí no me va a engañar” y empezaba a llorar

Algunas tardes, con el rostro pegado al vidrio de la ventana, se quedaba largos ratos esperando a sus muertos, angustiada porque se hubiesen quedado enredados en cualquier bar. Las lágrimas empezaron a bañar su vida cotidiana: el uniforme escolar roto, la muñeca que hace ochenta años tuvo en sus manos y no veía más, las llamas que volvían a su cabeza cubriendo de humo las paredes de una casa de bareque y barro.

Su mundo interior empezó a ser del tamaño de su pueblo natal. Una conversación de dos horas se reducía a una pregunta repetida hasta el infinito. “Contame en estas vacaciones a dónde te fuiste a pasear”. No importaba que yo llevara dos horas diciéndole que no había salido de la ciudad. Yo le decía: “Mejor contame vos: ¿cómo te has sentido en estos días?”. Entonces, ella volvía: “Yo, bien. Y,  ¿en estas vacaciones a dónde te fuiste a pasear?”.

Corrían lágrimas como ríos porque no la llevaba a su casa, que ya estaba arrendada. Al final, le decía: “Venga, pues, vámonos” e inmediatamente respondía:  “Huy, mija, ¿usted es que está loca o qué?, ¿cuál casa?, si mi casa está aquí”.

En el cumpleaños número sesenta de su hijo mayor, le pedí que fuera a felicitarlo. Antes de hacerlo, me preguntó, tímidamente, al oído: “Vení. Decime: ¿Quién es mayor? ¿Él o yo?”. Le dije que, obviamente, él era mayor: “¿Acaso no le ves las arrugas?”. Y ella me contestó: “Ya ves que, para ser mayor que yo, no está tan arrugado”.

Un día, a las cinco de la mañana, las vecinas pudieron verla caminando apresuradamente con una maleta en su mano:

—Doña Sísara, venga, ¿para dónde va? —preguntaron.

—No me entretenga, mija, que voy de afán para San Andrés —dijo ella.

Fue una labor titánica explicarle que ese viaje había sucedido dos años atrás y que no había ni mar ni playa o avión que la estuviera esperando.

Cuando estuvo en México, casi ni se dio cuenta. Sus relatos de viaje se redujeron a lamentarse por no haber podido conocer al Chavo del Ocho y a Vicente Fernández. Desde ese día, supimos que era lo mismo llevarla a Panamá o a Niquía. Para ella, el mundo cabía en el límite de su retina.

Sus rabias empezaron a ser frecuentes: no llevarla a visitar a la amiga, a quien suponía viva; no darle el tercer desayuno con el segundo sin terminar; convencerla de que no se había bañado; o hacerla entender que un 26 de abril no llegaba el Niño Jesús. Si se le llevaba la contraria, dejaba salir un sartal de groserías que jamás su santa educación le había permitido proferir.

Alguna vez, se levantó llamando a su esposo y al hijo que ya estaban muertos. Decía que los extrañaba, que hacía muchos días que no venían a verla. La empleada de turno le dijo: “Doña Sísara, no los llame más. Déjelos que ellos están tranquilos en el cielo”.

—¿Y es que yo acaso los estoy llamando? A mí que me importan ese par de hijueputas —respondió ella.

Una tarde, apenas subiendo las escaleras de la casa, escuché gritos, palabras de grueso calibre y el infaltable llanto desde su habitación. Le pregunté qué estaba pasando allí y me dijo: “Aquí peleando con este verraco que vino ayer y se me robó la caja de dientes”. Yo le decía que eso no podía ser, que un hijo jamás le haría eso a una madre y que, además, él no la necesitaba, pues tenía los dientes completos.

—Para él, no; pero para regalársela a una de las tantas novias que mantiene, como es de cachón —dijo.

Yo le repetía que él no sería capaz, que en algún lugar de la casa la había dejado guardada.

—Es él, es él, ¿acaso no lo ve muerto de la risa? —insistía.

Los nombres, las caras, las necesidades, los billetes, las fotos se fueron borrando, convertidos en bruma espesa, en una mente que no se daba cuenta de que sus recuerdos pertenecían a un pasado remoto y no a un ahora que se le desvanecía. Fueron 87 años que tuvo que ir borrando para desanudar los lazos que la ataban a este mundo.

Con un dolor a cuentagotas, al verla del otro lado, estando en todas y en ninguna parte, regalándome un ayer que ya no le pertenecía ni me pertenecía, sentada junto a sus fantasmas compartiendo la mesa, pude al final decirle con tranquilidad. “Sí, Sara, si ese es tu destino, olvídate de todo que, desde hoy, empiezo a recordar por vos”.

Publicado en De la Urbe 82