Sangre, moscas y hedor

Tras una muerte violenta, los judiciales recogen testimonios, evidencias y el cuerpo. Pero no el desastre, que es responsabilidad de los familiares, que ante la falta de empresas que presten este servicio en Colombia, deben como pueden y con lo que tienen limpiar la escena del crimen.

Laura Herrera Ortega
lherrerao89@gmail.com
Ilustración: Daniela Jiménez González

Ilustración: Daniela Jiménez González

 

Nunca he creído en santería, vudú, brujería, ritos ni yerbateros. Pero después de aquella noche, ninguna ayuda estaba demás. Por eso mismo, dejé que una desconocida me bañara en agua bendita después de regalarme ropa limpia. Estaba dispuesta a todo, hasta un baño con sal que había restregado por mi cuerpo. El sueño llegó fácil, tal vez por el cansancio físico. Pero la realidad de lo sucedido el día anterior me golpeó al abrir los ojos, sentir el dolor de los brazos y ver la noticia publicada en El Colombiano el martes 10 de mayo, en la sección Antioquia:

“A las 3:00 de la tarde del pasado lunes encontraron asesinado a un ingeniero químico de 42 años de edad al interior de su vivienda en el corregimiento de San Antonio de Prado. El ingeniero identificado como Carlos Mauricio Moncada Restrepo fue hallado por su propio hermano sin signos vitales(…)”.

El 9 de mayo de 2016, mi amigo Julio recibió la llamada de una vecina de San Antonio de Prado, a las tres de la tarde. La mujer le pidió que fuera a la casa donde actualmente vivía Mauricio, su hermano, solo, y a quien no veían desde el jueves 5 de mayo.

Con tranquilidad y sin alertar a doña Margarita, su madre, Julio se fue a buscar a Mauricio. Esperaba encontrarlo un poco huraño, triste, agresivo, quizás. En el peor de los casos, en una de sus crisis de bipolaridad y depresión: cuadros clínicos que, agravados por su adicción a las drogas y al alcohol, lo hicieron jubilarse prematuramente cinco años atrás por incapacidad mental.

“Se mató mi hermano”. Eso fue lo que nos dijo a mí y a un grupo de amigos mientras cumplía con los protocolos que ameritaba la situación. Con la coca-cola y los cigarrillos que nos encargó, llegamos a las cinco de la tarde al corregimiento. Su mamá aún no podía enterarse, su papá y su otro hermano continuaban en su ciudad natal, Cali.

A la hora que llegamos, no se había hecho aún el levantamiento del cuerpo, y quince minutos después llegó la unidad móvil de la Seccional de Investigación Criminal (Sijin).

Julio llegó a la casa 402, en la manzana 4 de la torre tres de El Compartir, en San Antonio de Prado, a tocarle la puerta a su hermano. Intentó varias veces, gritó, asomó la cabeza por un pequeño hueco de una de las ventanas exteriores, pero no obtuvo ninguna respuesta. Tampoco sintió el olor extraño ni vio las moscas que reportaron sus vecinos. Sin embargo, llamó a la policía y fueron ellos, con su autorización, quienes forzaron la puerta de la vivienda. Cinco patadas fueron necesarias para encontrar la razón del hedor, las moscas y el silencio de Mauricio.

No quiso verlo. “Si lo veo, creo que es verdad, y empiezo a recordar las cosas buenas que compartí con él cuando era pequeño; no quiero sentir tristeza”, fue su justificación mientras esperábamos a que la policía judicial hiciera su labor.

Con trajes como de astronautas —Taiber, se llaman— y los elementos necesarios para la bioseguridad, entraron dos agentes de la Sijín a la escena del crimen; irrumpieron en el lugar con flashes. Los demás policías protegían la zona de los muchos curiosos a quienes no espantaba ni la lluvia.

Nosotros, al contrario, tratamos de refugiarnos de la lluvia, de las miradas curiosas y pesarosas, y de la realidad que sin saberlo íbamos a tener que enfrentar cuando Mauricio no fuera más que un paquete en una bolsa blanca, grande, abultada y maloliente.

“Julio: una vez recojamos al occiso, la casa es su responsabilidad”, le dijo el sargento de la Sijín a cargo del operativo. Para ese momento, nosotros pensábamos que era cuestión de una cerradura. Fue entonces cuando el teniente que había entrado a hacer el levantamiento y la recolección de evidencias de un suicidio, salió de la casa 402 con otra versión. “Un nudo sencillo con un cable. Eso no da para que una persona se mate; usted sabe eso, mi sargento”, dijo el teniente. Escuchamos esto por accidente, mientras esperábamos en el descanso de las escaleras.

Llegó la unidad móvil del laboratorio del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) para recoger más evidencias, tomar huellas y muestras de fluidos. Ya se estaba tejiendo una nueva versión: Mauricio Moncada Restrepo no se había quitado la vida cinco días antes; alguien se la había quitado mediante asfixia mecánica. Esto generó nuevos interrogantes y Julio tuvo que pasar nuevamente de un policía judicial a un agente del CTI dando su versión.

Habían vivido juntos hasta hace dos años; actualmente, tenían poco contacto. Su madre lo había visto hace quince días, una visita en la que Mauricio le comentó su deseo de recuperarse. El primer año en El Compartir había tenido roces con algunos vecinos. Este año, no; todos lo veían tranquilo. Cuando pasaba sus periodos de encierro, salía a deambular solo por el barrio. Que él supiera, no tenía pareja; de hecho, había tenido pocas en su vida. No sabía qué cosas de valor podría tener además del televisor y un equipo de sonido.

La vecina del piso de abajo coincidía: normalmente se veía solo y muy pocas veces había llevado personas a la casa. El jueves lo vieron —le dio bananos a los niños de la otra torre—, y ese día escucharon mucho ruido, pero nada raro. Él podía ser muy callado o, de repente, ponerse a cantar o a gritar. Ese día puso su música y después los ruidos, “pero, ¿quién se iba a imaginar? Nosotros no vimos a nadie”.

“Homicidio, por resolver, pero homicidio”, fueron las palabras que uno de los investigadores del CTI le dijo a Julio después de terminadas las pesquisas. El muro de fuerza que este se había construido se derrumbó: palideció y su expresión cambió a algo indescifrable entre rabia y dolor. “Mañana después de las ocho de la mañana pase por el búnker de la Fiscalía. Yo creo que con la cédula ya queda identificado”, agregó el sargento de la Sijín.

Ya se iban, no tenían más por hacer. “Feliz noche”, dijeron —porque para ellos había concluido una jornada laboral más—. “Pueden limpiar la escena del crimen; por cierto, hay un lago hemático”. A las 9:30 de la noche, nuestras sospechas fueron confirmadas. Si alguien muere en propiedad privada, sin importar el cómo, es el propietario o los familiares quienes recogen el desastre. Esa era nuestra responsabilidad, así como lo es de la lluvia cuando los hechos ocurren en espacios públicos.

 

Asepsia de la escena del crimen

Víctima del homicidio: Carlos Mauricio Moncada Restrepo (el hermano de mi amigo). Causa de la muerte: asfixia mecánica por estrangulamiento (ahorcado). Fecha y hora de la muerte: aproximadamente 5 de mayo de 2016, en la noche (cuatro días atrás). Arma: cable (nunca lo vimos, como tampoco el cuerpo). Móvil del crimen: desconocido (se sospecha pasional). Autor: sin identificar, posible conocido del occiso (la puerta no fue forzada). Diligencia: Sijín y CTI (levantamiento del cuerpo e investigación). Limpieza de la escena del crimen: Julio, dos amigos y yo.

A los agentes les pedimos guantes y tapabocas, a la espera de recibir ayuda, indicaciones, tips o piedad. Recibimos un par de guantes cada uno. No, tapabocas no porque no usan, no sería suficiente para bloquear el olor de un cuerpo en descomposición ni para protegerse de los gases emitidos por el mismo. Ellos usan máscaras de filtro HEPA; nosotros, las fundas de almohada viejas que nos regaló la vecina del 302.

Sin Taiber, solo con nuestra ropa —la misma que horas más tarde terminó en la basura—, ni botas antideslizantes —con nuestros tenis—, nuevamente acudimos a la solidaridad de la vecina para que nos prestara un cepillo viejo para estregar y jabón en polvo. Nos ajustó con dos botellitas de Clorox y una caja de varitas de incienso, que creímos ingenuamente nos ayudaría a espantar el olor. Estábamos listos para enfrentarnos por primera vez al escenario donde todo había sucedido.

Guantes, puestos. Funda de almohada amarrada al mejor estilo subversivo. Barras de incienso, encendidas. Implementos de aseo, en las manos. Estómagos, revueltos pero contenidos. Conté mentalmente hasta tres y me repetí una y mil veces que podía hacerlo. En mi cabeza no había hecho la relación de ‘hemático con sangre’ y no fue sino hasta que lo vi que entendí a qué hacía referencia la palabra ‘lago’.

Lo primero con lo que uno se topaba en la sala del 402 era un colchón en el piso, sin tendido, ennegrecido y húmedo, al lado de la ventana y al frente de la puerta. Al lado derecho de la entrada estaba la pequeña cocina con algunos restos de comida, y una cobija tirada. Hacia la mitad de la sala había un gimnasio multifuncional blanco, del que colgaban algunas camisas. Una silla Rimax, también blanca, con algunos cedés de música y películas. Al fondo, un televisor de 42 pulgadas, apoyado en lo que en algún momento fue un escritorio. El aparato estaba acompañado por el control, papeles, más cedés, un decodificador y muchos cables. Al lado izquierdo de la sala estaba la primera habitación, cerrada por una cortina y el interior casi vacío. En el suelo un pequeño bolso con herramientas y en un rincón una especie de cambuche armado con un tendido de crochet multicolor. El cuarto del medio estaba frente al baño y, justo en la entrada, se encontró tendido el cuerpo. En su interior había una cama sin colchón, una especie de armario, sin puerta, con poca ropa. Un afiche de hombres desnudos y una mesa de noche con libros, papeles y souvenires personales.

En el rincón del corredor que conectaba las tres habitaciones había una masa de un fluido negro, que daba la impresión de ser petróleo, pero en realidad era sangre en avanzado estado de descomposición. Tenía forma de gota gigante, cuyo extremo más delgado llegaba hasta la sala de la casa. Ninguno de nosotros vio cómo había estado tendido el cuerpo en el piso, pero bastó con ver y oler el lugar para imaginarlo. Blanquecino, flácido, hinchado, putrefacto. Boca abajo, de camiseta negra —así lo veo cuando cierro los ojos y me invaden los recuerdos—.

Sí, los vecinos que reportaron las moscas tenían razón. Había muchas, montones, de un tamaño y un color que jamás había visto. Desprendían de sus cuerpos visos tornasolados. A pesar de sus ojos grandes, nos observaban con la indiferencia de quien mira lo cotidiano. No sé si eran de uno o varios tipos, si eran de la familia Muscidae o la especie Lucilia eximia, de quien se rumora que llega a los pocos minutos de ocurrir el deceso en ciudades como Medellín —lo dicen los entomólogos forenses, que resuelven crímenes usando como testigos los insectos—.

Para mí eran moscas y ya. “¿Qué hacemos con la sangre? ¿Consigo una manguera? ¿Le echamos agua?”. La respuesta: sí. Gran error al tratar de borrar el rastro de lo ocurrido.

“¿Acá no habrá gente que se encargue de limpiar estas cosas, como en las películas?”, preguntó otro de los amigos. No, no hay. Pero no es algo de Hollywood; en Argentina y México hay empresas que se encargan de limpiar escenas de crimen, además de la recolección de otras posibles pruebas que envían directamente a la entidad judicial encargada. En Colombia, no. Y las empresas de aseo convencionales no incluyen la opción en su portafolio.

El agua empezó a caer de la manguera para alimentar y esparcir armoniosa, delicada y estúpidamente el ya famoso lago que, descontroladamente, se volvió un río que fluía hacia la sala y las habitaciones, pero no al baño donde se suponía que estaba el desagüe.

Para cuando el agua putrefacta llegó a nuestros pies, descubrimos que la sangre era muy resbalosa, y caminar se volvió un acto de equilibrio. Ahora teníamos una casa inundada de agua con sangre y otros fluidos que el cuerpo libera cuando hay asfixia mecánica como orina y heces fecales. Solo quedaba una posibilidad para secar el piso: la trapeadora.

“Yo sé que es mi hermano, y eso puede sonar muy peye, pero qué asco”, decía Julio mientras la escurría.

“Rompamos un pedazo del muro de la ducha para que podamos llegar al desagüe”, dije. A las diez de la noche el ruido de la lluvia fue interrumpido por otro. Martillos en mano, mis tres amigos se turnaban para golpear con toda su fuerza la loza blanca que se defendía con esquirlas y chispas para evitar que lográramos eliminar las huellas del crimen.

Con los escombros sanguinolentos arrinconados, era el momento de tomar el cepillo, la escoba y el jabón para empezar a fregar y a hacer que el agua se llevara de una vez la mancha de líquidos corporales y el mal olor —y hasta el sabor—.

El dormitorio del fondo estaba oscuro y nos atrevimos a entrar cuando ya estábamos finalizando la limpieza porque percibimos un olor penetrante, pero diferente. Al mejor estilo de Grenouille, en El Perfume, ya podíamos separar la putrefacción, la sangre, el gas metano, las heces fecales, la orina y la humedad. Cuando encendimos la luz, encontramos en una silla de oficina un arrume de ropa y en el suelo, para sorpresa nuestra, más sangre esparcida en forma de espiral por toda la habitación. Había huellas de pisadas, tal vez de los agentes o del posible asesino.

Hasta ahora, nuestro conocimiento sobre escenas de crimen estaba limitado a las películas y series norteamericanas en las que el lugar permanecía intacto hasta concluir las investigaciones. En Colombia hay, en cambio, un afán por reorganizar el lugar de los hechos, por volver a la normalidad.

“Dejemos así. Yo termino después”, dijo Julio pasadas tres horas. Antes de irnos impregnamos el suelo de jabón y vaciamos los dos tarros de Clorox.  Las tres barras de incienso que nos quedaban las dejamos en la única planta de la casa, una acuática que crecía en un recipiente de vidrio apoyado en una repisa de una pared de la sala. Al frente de esta, colgaba un díptico de dos flores tropicales grandes, de un color rosa muy vivo, tal vez lo más vivo de todo el escenario que dejamos atrás al cerrar puerta y reja.

Ni siquiera nosotros teníamos la sensación de estarlo. No importa que ya no estuviéramos ahí, la podredumbre estaba con nosotros.

Es que ni con extremos baños, el olor desaparece del todo. A veces me agarra desprevenida y me hace olfatear mis manos, mi cabello, mi ropa, aunque hayan pasado varios días. Cuando camino, aún siento que mis pies resbalan sobre la sangre. Todas las sensaciones siguen tan nítidas como cuando entré a limpiar la escena de un crimen, que yo no cometí.

Publicado en De la Urbe 82