Fabio Rubiano: La dramaturgia incómoda

El teatro, que no está para señalar a buenos o malos, sí lo está para incomodar, formular preguntas, examinarnos en lo más hondo. Aquí una mirada a una obra de teatro que, aun siendo ficción, nos enfrenta con nosotros mismos y con la complejidad del conflicto armado colombiano.

Daniela Jiménez González
danielajimenezg09@gmail.com /@AgathaCartaRoja
Fotografía: Juan Camilo López. Cortesía Teatro Pablo Tobón Uribe.

Fotografía: Juan Camilo López. Cortesía Teatro Pablo Tobón Uribe.

¿Qué quieren?

Salvo Castello se dirige, con reticencia, a sus cuatro interlocutores: una madre campesina y sus tres hijos. No sabe con certeza si las personas que lo acompañan son reales o si, por el contrario, son el producto de su imaginación trastornada a causa del encierro.

Nosotros vinimos aquí a que sumercé nos conociera y se aprendiera nuestros nombres le responde Alegría de Sosa, la madre.

¿Se vinieron desde la selva, desde la puta mierda, para que yo les vea sus caritas y me aprenda sus nombres?

reprochan la madre y los tres hijos al tiempo.

Es justo aquí, en una casa que es apenas una habitación con un sillón, una cama, un televisor, una cocina y una nevera, donde Salvo Castello se petrifica, por la ira o el temor, ante las voces que ahora lo increpan. Pero Salvo no podría ser un personaje más disímil, todo lleno de paradojas. Porque, a fin de cuentas, ¿quién es? ¿Acaso un esquizofrénico?

Voy a contar hasta tres. Si no salen, los saco —les grita Salvo a sus acompañantes, que al acto desaparecen a sus espaldas.

—Uno… ¿Por dónde se metieron? No me gusta eso.

Castello, quien ahora permanece estático en el escenario del Teatro Pablo Tobón Uribe, fuera de las tablas se resguarda en otras pieles para ser otra persona. Otra que es actor, escritor, director y también dramaturgo. Y que cuando no está aquí, en esta casita, es Fabio Rubiano Orjuela.

Vea también La casa de la liebre.

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Fabio Rubiano está sentado en el hall del Gran Hotel donde se hospeda para la más reciente temporada de su obra Labio de liebre en Medellín. Está vestido de azul, su color favorito, desde la camisa hasta los zapatos, y sonríe al comentar que esta segunda temporada en la capital antioqueña ha tenido un aire diferente, como si la obra estuviera cargada de otro tipo de emociones después de los resultados del plebiscito del 2 de octubre.

Nos dimos cuenta de que no tenemos ni idea de quiénes nos rodean porque todos jurábamos que iba a ganar el Sí. La esperanza del Sí era como una navidad extendida que se fue al traste —dice.

Y es que Labio de liebre es, precisamente, una pieza teatral que confronta a los espectadores con sus premisas sobre la venganza y el perdón, esos conceptos tan usados, desgastados, traídos y llevados por todos los rincones de la cotidianidad colombiana, pero pocas veces comprendidos.

En esta historia, el humor juega con el drama para retratar parte de la vida de Salvo Castello, un antiguo victimario que se encuentra pagando una condena en el exterior por los atroces hechos que cometió en el pasado. A su encuentro llegan los Sosa, una de las tantas familias víctimas de Castello, a exigirle que recuerde, que traiga a su memoria todo aquello que ha olvidado por omisión o por voluntad. Hay una relación evidente entre la víctima y el victimario que empieza a transformarse a medida que avanza la obra. El victimario empieza a ser invadido por las víctimas, como presencias quiméricas, que están en algún lugar de su vida: en su casa, en su cerebro, en su consciencia.

El montaje de la obra, escrita y dirigida por Rubiano, surge de la unión entre el Teatro Petra y el Teatro Colón de Bogotá. Cuenta, además, con más de cincuenta personas tras bambalinas y seis personas en escena: Fabio Rubiano como Salvo Castello, Jacques Toukhmanian como Granado Sosa, Biassini Segura como Jerónimo Sosa, y las actrices Marcela Valencia como Alegría de Sosa, Ana María Cuéllar como Marinda Sosa y Liliana Escobar como la periodista Roxy Romero.

Los nombres de los personajes de la obra fueron escogidos a partir de algunas anécdotas y del ingenio del equipo. Por ejemplo, Granados Sosa era el nombre de un taxista que en alguna ocasión conocieron en Cuba. Alegría les pareció un nombre gracioso para “una mujer que vive sufriendo”, contará Rubiano durante un conversatorio.

La escenografía la compone la casa de Castello en un Territorio blanco y helado, lo más alejado posible de un país tropical como Colombia. Sin embargo, por más lejos que Castello esté, hasta allá llega la familia Sosa con la manigua y las palmeras. Los personajes traen hojas, traen y vienen de la tierra, son como caracoles que van dejando su marca a medida que avanzan.

Como quien dice: aquí le trajimos El Paraíso, díganos dónde estamos enterrados agrega Rubiano.

Esta obra suele dejar a los asistentes sin saber qué hacer: si reír o llorar. Y, por supuesto, con más dudas que respuestas: ¿se perdona o no se perdona? ¿El victimario pide perdón o lo pregunta?

Una pregunta que nos surge, que no es intención de la obra, es por qué hay tantas risas si no tenemos chistes. Y la gente también se lo pregunta. La única respuesta que podemos dar es que tenemos una realidad tan absurda que al ponerla visible resulta chistosa. No es chistosa: da risa, sin que sea chistosa.

 

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Nos podríamos ir.

Alegría de Sosa mira a Salvo Castello. Lo observa como si pretendiera arrancarle las palabras que aún no ha dicho, las respuestas que no le ha dado.

Váyanse ordena Castello.

Diga nuestros nombres.

Fabio Rubiano es consciente de que deshumanizar a la víctima, despojarla de su identidad y de su nombre son las primeras acciones de quien ejerce actos de violencia atroz.

No existe la víctima, simplemente es un enemigo. Aquí les ponen nombres: narcoterroristas, terroristas, castrochavistas. No son seres humanos, son como figuras. Por eso nuestra insistencia: nosotros no somos un concepto; somos seres humanos con un nombre, una familia, un apellido, un perro, una gallina, unas gaitas, unos tambores. Lo que trata de hacer Labio de liebre es devolver ese elemento humano que se despersonaliza en un hecho de violencia.

La memoria es, entonces, obligada. Porque los Sosa llegan e insisten, entran en la nevera, en el baño, reposan en la cama, en la mesa, frente al televisor.

¿A la fuerza tenemos que llegar hasta su casa a vivir con usted para que se acuerde de nosotros?dice Fabio.

Ante la dualidad de estos personajes, que no son blancos ni negros, sino un complejo entramado de grises, Fabio responde afirmando que el teatro siempre es incomodidad y que el primero que tiene que estar incómodo es el escritor. Debe ser dramaturgia en contra, en riesgo.

Uno siempre tiene que estar en peligro, porque para nosotros es muy fácil poner un bueno y un malo. O sea, qué pongo, ¿un militar gordo y feo con cicatrices, con una cresta y con pelo verde, que le viene a dar garrote a un niño inmigrante, negro, judío, menor de edad y violado? No, así es muy fácil. Yo creo que en el escenario tienen que estar equiparadas las fuerzas y generar controversia.

 

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Hace 32 años, Fabio Rubiano y Marcela Valencia eran no solo muy jóvenes, sino más ansiosos y disciplinados que nunca.

En realidad, Marcela era la juiciosa, era ella la que mantenía ese grupo con toda la fortaleza.

La primera obra del entonces naciente Teatro Petra la ensayaron dieciocho meses, todos los días, de seis y media de la mañana a una de la tarde. Para entonces, resultaba carísima la promoción de los montajes y el esfuerzo era monumental, pues había que tocar las puertas de cada medio de comunicación, uno por uno, periódico por periódico.

Y pasábamos de teatro en teatro y alcanzábamos a llenar público de todo lo que jodíamos. Luego, ya empezamos a ganar becas, premios de dramaturgia. La reputación hace que se vuelva un poquito más fácil. Ya hacemos teatro con la plata de los demás, que eso es un avance el verraco. Además, siempre hemos tenido una cosa muy clara y es que a los actores se les paga desde el primer montaje, así nos toque vender un riñón. Gratis, nada.

Con Labio de liebre es la primera vez que no tienen problemas económicos. El proyecto contó con las garantías y la inversión del Teatro Colón, a pesar de la prevención inicial del director, Manuel José Álvarez, que cuando vio el primer ensayo dijo:

— Me van a echar, esto tiene un contenido político muy bravo y esto es una entidad del Estado.

Yo le respondí: “Esto es una obra de ficción”. Él añadió: “Háganle”. Corrió el riesgo.

El trabajo del teatro no es juzgar ni señalar —prosigue Rubiano—. La pieza siguió y, a pesar de tener aparentemente una carga política, es una obra ficcional. Es un drama de una familia. O el drama de alguien que cometió un delito en el pasado. A pesar de todo eso, como la pieza genera tantas emociones, empezó a tener circulación, sin ser una pieza enmarcada en el ámbito comercial.

Labio de liebre costó aproxmadamente entre 220 y 250 millones de pesos. E, igual, iban a hacerla tuvieran esa plata o no. En varios ensayos generales, incluso, la han hecho sin nada, con la escenografía dibujada en el piso, y el efecto es bastante parecido con el público.

 

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Salvo Castello se encuentra de cara al público. La iluminación cambia y se nota el ramaje de los árboles que entra por las ventanas y se apropia de cada espacio de la casa. Es El Paraíso que invade al Territorio Blanco. Entonces, casi como una epifanía, Salvo grita: “¡¿Perdón?!”. Un perdón que puede escucharse de muchas maneras. ¿Está preguntando si se lo merece? ¿Si lo da?

Fabio recuerda que, en los primeros borradores, él pedía perdón varias veces, terminaba abrazado con la familia y sonaba una canción que se llama El fin de la tristeza.

Cuando lo empezamos a ver, dijimos: “No, esto ya parece un happy end de guion de serie gringa, no puede ser así”. Y no, nos interesaba más la ambigüedad donde todos se van, donde no sabemos si se perdonan. A eso se llega después de muchos intentos.

Para Fabio, perdonar tiene que ver con la construcción de futuro, no necesariamente olvidando el pasado, pero tampoco cobrándolo. El perdón es la consciencia de no juzgar, no condenar sin perdonar, pero también es la posibilidad de quitarse una carga que le está robando tiempo a alguien para hacer otro tipo de cosas. En la medida en que una persona se quita esa carga, puede avanzar.

 

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Fabio prefiere dirigir y escribir. La actuación es, quizás, lo que podría dejar con menos dolor. A pesar de eso, le gusta estar en el escenario porque cuando está afuera corrige todo el tiempo. Sabe que el melodrama es necesario porque la vida también es melodramática, porque eso es parte de nuestra humanidad.

El teatro fue la novia que me paró bolas, no la voy a dejar ir.

También ha participado en el cine, en películas como Terminal y Malamor.

No las vean dice—. No porque Jorge Echeverry sea mal director, ni nada. A mí me parecen aburridas. Mi vida en el cine ha sido débil.

 

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Las reacciones de los asistentes de Labio de liebre han sido tan variadas e impredecibles como funciones han tenido y lugares han visitado. En las zonas donde hay concentración de víctimas, ha sido especialmente fuerte. Es común que durante foros o conversatorios los asistentes comiencen a llorar en medio de sus testimonios.

Anoche mismo se entró un señor aquí en Medellín, nos abrazó y nos dijo: “Que Dios los bendiga, que Dios los bendiga”. No nos soltaba. En el exterior, en Valladolid, en San Sebastián, España, o en Guanajuato, México, se relacionan de una manera diferente con la pieza. Allá se ríen menos, pero sí hay risas.

 

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Las luces se encienden de a poco en el Teatro Pablo Tobón Uribe y las figuras de Salvo y los Sosa aparecen en medio de la casa. La sala se llena de los aplausos que durante uno o dos minutos mantienen de pie a los asistentes. Muchos salen pasmados ante una realidad que han vivido de cerca o de manera indirecta, que ven representada y que no pueden evadir.

Con más de cincuent< mil espectadores y noventa funciones, que no son muchas teniendo en cuenta que no han hecho una temporada larga, Labio de liebre ha sido el sueño que siempre tuvieron los integrantes del Teatro Petra desde que empezaron a hacer teatro. Boletería que se agota toda en una semana, teatros llenos. Al comienzo, no entendían tanto compromiso con la obra; ahora dicen que, quizás, es porque cuenta con todas las garantías técnicas para que sea un espectáculo de calidad y que, además, genera emociones, sensaciones. Es probable que Labio de Liebre sea una pieza que estuvo bendita desde el principio, desde la elección del tema, los actores, y el hecho mismo de hablar de perdón en un momento histórico para el país. Fabio piensa lo mismo.

Nació bendecida, sí; aunque no sé si por Dios o por el diablo.

Publicado en De la Urbe 82