Un país que no se reconoce a sí mismo

La sorpresiva elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos destapó las fracturas sociales y políticas de la primera potencia mundial. En las calles de sus ciudades hay un ambiente distinto.

Por: David E. Santos Gómez
Profesor de Periodismo
dvidsantosg82@gmail.com
Fort Lauderdale, Florida, E.U. Especial para De la Urbe
Fotografías: David
Fotografía: David Santos

Fotografía: David Santos

Estados Unidos es un país dividido. Se siente en el aire y en la mirada y en las conversaciones como una nación fracturada que trata de explicarse a sí misma al ritmo frenético en el que suceden las cosas. Ya no sirven los viejos parámetros por los cuales se medía y asimilaba la patria. Ni siquiera cumplen su función los viejos clichés populistas. Eso de la tierra de la libertad o la nación construida por los inmigrantes o las puertas abiertas para el sueño americano. Todos los ideales que hacen grande a la potencia del mundo parecen caminar de puntillas, miedosos, como intentando no fastidiar a nadie mientras todos tienen los nervios de punta. Como evitando caer al vacío de la inconciencia colectiva.

El triunfo presidencial de Donald Trump ante la mirada atónita del mundo entero no solo despedazó todas las quinielas y todos los pronósticos de los analistas más respetados. Al mismo tiempo, mostró la fractura evidente entre una nación sumida en el desespero económico que prefiere apostarle a la aventura del populismo inexperto que a la ponderación de la experiencia. Se quieren soluciones ya, recuperación de empleo ya, aumentos de salarios ya, disminución de impuestos ya. Es el país de la inmediatez y no tiene porqué, justo ahora, disfrazarse de calmo y conservador.

En la mitad de este mundo que es el nuestro, pero que parece uno paralelo, han quedado los medios de comunicación. No entienden lo que pasa y su explicaciones han pasado a ser inválidas. Lo que antes decían con tanta seguridad –y en muchas ocasiones con evidente arrogancia– es ahora una pila de argumentos que se desploma por su inutilidad. Muy poco de lo que han (hemos) dicho, puede jugar un papel importante en este nuevo tablero que han dibujado las urnas. Los resultados del pasado 8 de noviembre fueron una cachetada de la ciudadanía al establecimiento político del que los medios parecen ser amalgama y rémoras desde hace décadas. Es también una cachetada para nosotros.

Lo primero que se empieza a revelar, tras la polvareda que dejó la explosión de la campaña y la noche de elección, es que una mitad de los estadounidenses (mayoritaria por votos electorales, pero inferior en voto popular) tiene sus angustias centradas en la situación interna del país. Le temen más al fin de mes que al Estado Islámico. Unifican al Medio Oriente como una zona conflictiva que no merece su atención. Ven a Europa como un grupito de países inocentes que no encuentra su rumbo como Unión. En cuanto a Latinoamérica, no existe. De México para abajo todo es la misma mezcolanza bananera.

Lo que les interesa es salir del hoyo que se abrió tras la crisis de su economía en el 2008 y aunque Obama ha hecho un trabajo medianamente aceptable, es insuficiente ara aquellos que se decantaron por el republicano.

Los canales de televisión, la radio, los diarios y las revistas, se cansaron de anunciar el Apocalipsis si el magnate era elegido, pero no les han hecho caso. Entre más grande es el medio, menos credibilidad tiene. En épocas de sobreinformación y teorías conspirativas, lo único cierto son las cuentas por pagar y eso ha definido el voto.

Los titulares impresos en los medios (que más pronto que tarde desaparecerán) tratan de analizar lo que hasta hace unos días dijeron que no pasaría. En muchas casos parecen gastar tinta y hojas y hojas y hojas en explicar lo que nadie quiere leer. Lo que pocos quieren oír. Hay demasiadas angustias en el estadounidense promedio como para sentarse a leer los tradicionales Time o a ver CNN o FOX o mirar USA Today o el New York Times. Los medios de comunicación no son esenciales para la supervivencia. Incluso, algunos de ellos son vistos como enemigos, culpables de la debacle que ahora se vive con arriendos por las nubes y mercados impagables.

¿Qué viene ahora? Podemos decir que nadie sabe. En estas calles se mezcla la desesperanza con la expectativa. Trump es todo menos político y no se limita cuando quiere decir lo que piensa, ni siquiera cuando se hacen evidentes sus contradicciones. Si no tener cortapisa verbal le funcionó para llegar al Salón Oval, ¿por qué habría de cambiar su método ahora?

Unos dicen que hay que darle tiempo. El beneficio de la duda. Otorgarle el aire y el espacio necesario para que piense hacia dónde va a girar el timón. Algunos se atreven a pronosticar que apaciguará su paso cuando se dé cuenta de que el poder no es un reality show y que, finalmente, va a ser cooptado por el mismo establishment del que alguna vez denigró. Otros más prefieren guardar silencio. Esconder sus pensamientos porque son tan confusos o poco claros que no vale la pena ventilarlos. Dicen que ha estallado toda la lógica y, entonces ¿qué pueden aportar? Si antes fallaron de manera escandalosa, ¿qué hace pensar que ahora acertarán?

La confianza ha sido la primera víctima del presidente inesperado. Es, por momentos, un sentimiento insoportable que incluso se puede sentir en el ambiente. Desconfianza en las instituciones, en los medios, en la educación. Desconfianza en la democracia, en la economía, en el sistema. Desconfianza en el otro, que es el sentimiento más perverso de todos porque, al fin y al cabo, es la desconfianza en uno mismo.

Columna publicada en De la Urbe 82