Henry Acosta, ‘el hombre clave’

Hace 14 años asumió el papel de servir como mensajero entre las Farc y el Gobierno. Su objetivo: concretar una negociación de paz. Así es el hombre anónimo que sentó a los guerreros en la misma mesa.

Juan Arturo Gómez Tobón
atgoz@hotmail.com

1998. Henry Acosta Patiño se encontraba en un viaje por la Cordillera Central en el Valle del Cauca. Trabajaba como consultor, pretendía conocer la zona y, así, buscar recursos internacionales para implementar un proyecto que evitaría el desplazamiento de campesinos a las ciudades.

Fue retenido por un grupo de hombres armados. Le ordenaron que los acompañara donde el ‘camarada’. Ese día fue el primero de muchos encuentros entre Henry Acosta y Jorge Torres Victoria, alias “Pablo Catatumbo”. Sería, también, el primer momento de varios años de acercamientos que llevarían al proceso de paz entre el Gobierno colombiano y las Farc.

Acosta es un paisa de carriel, sombrero aguadeño y camisa blanca de manga larga. Sus gustos musicales van desde el tango, pasan por la música clásica hasta cantantes como Julio Jaramillo y Olimpo Cárdenas. Es un asiduo lector de temas de economía, historia, filosofía y literatura.

Cuando tenía seis años, leyó todos los tomos de Historia del mundo, del escritor español José Pijoán. Asegura que su padre le inculcó el amor por la lectura. Aunque no se considera militante de ningún partido, es de formación liberal. Tatiana Acosta dice sobre su papá que “es un hombre que ha dedicado su vida a la construcción de una patria digna, equitativa y con justicia social”.

Un asomo a la guerra

En 1949, ocurrió algo que marcó el destino de Henry Acosta. Tenía apenas ocho meses y vivía con sus padres en una típica fonda caminera paisa en Génova, Quindío. Hasta allá llegó una cuadrilla de conservadores armados y quemó la estancia. Sus padres, Jorge Acosta y Rubiela Patiño, pasaron la noche en vela, en medio del monte, con su hijo de brazos. No lo recuerda, pero ese episodio fue su primer contacto con el drama de la guerra.

Entre la escuela, el Seminario Menor y las fincas cafeteras donde trabajó pasaron su niñez y adolescencia. Cuando terminó el bachillerato en Calarcá, Quindío, su padre, quien aún vive, viajó a Bogotá a buscarle estudios superiores. Lo inscribió a Economía en la Universidad Nacional.

Acosta presentó el examen de ingreso y fue admitido. Entre los “ires y venires” de la convulsionada Universidad de finales de los 50 y principios de los 60, se movió entre organizaciones de izquierda y coincidió con dos líderes estudiantiles: Guillermo León Sáenz y Jorge Torres Victoria. Estos jóvenes idealistas se convertirían luego, amparados en el discurso de “la combinación de todas las formas de lucha”, en los jefes guerrilleros conocidos con los alias de “Alfonso Cano” y “Pablo Catatumbo”. Faltaban todavía más de tres décadas para que el destino lo pusiera de nuevo, cara a cara, con “Catatumbo” en las montañas del Valle.

Pero, su paso por Bogotá no duró mucho. Por la inestabilidad académica en la Universidad, Henry Acosta se trasladó a Cali, donde obtuvo el título de Economista en la Universidad de Valle. Recién egresado, y con 25 años de edad, fue nombrado gerente de la Cooperativa de Caficultores del Occidente. Fue entonces cuando conoció a un joven de 22 años, quien era el representante de Colombia ante la Organización Internacional del Café, su nombre: Juan Manuel Santos Calderón.

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El camino del diálogo

Además de Economista, Acosta es magíster en Administración de Empresas y Dirección Financiera, y especialista en Cultura de Paz y Derecho Internacional Humanitario. A sus 68 años, ha sido Secretario General para Latinoamérica de la Fundación Konrad Adenauer, y consultor de la OIT y la FAO en África, Europa y Latinoamérica en proyectos productivos de economía solidaria para población vulnerable en el sector rural.

Ha trabajado en países tan distantes y desconocidos como Guinea Bissau. En 1999, viajó por encargo de OIT a esa nación africana para capacitar a pequeños productores en la creación de microempresas. Sus conocimientos lo llevaron también al estado de Sergipe, en el nordeste del Brasil, una de las regiones más pobres de ese país. Allí trabajó con campesinos en la creación de cooperativas agrícolas. Su esposa, Julieta López, dice que “su vida ha sido una eterna lucha por mejorar las condiciones de vida de los campesinos del mundo”.

Esas experiencias lo llevaron a entender la importancia de insistir en un contacto entre Santos y “Catatumbo”. Ya lo había intentado en otros gobiernos, pero fueron esas dos personas, que había conocido en contextos tan diferentes y que ahora estaban en orillas distintas de la guerra, quienes dieron los pasos necesarios para iniciar los diálogos exploratorios que luego llevaron a la instalación formal del proceso de paz de La Habana.

Según sus propias cuentas, ya son 14 años llevando “chasquis” –la palabra viene del quechua y con ella se denominaba a los mensajeros en el imperio Inca– entre las Farc y los gobiernos de Uribe y Santos. Es así como con su trabajo silente y constante se ha granjeado calificativos como “el Quijote de la paz”, “el hombre clave” –como se titula el libro que lanzó en septiembre con los detalles del proceso– o, simplemente, como “el facilitador”.

No ha sido fácil. Durante años ha recorrido trochas y pernoctado en selvas y páramos. Su esquema de seguridad han sido de los campesinos por los que ha trabajado; sus únicas compañías: la convicción y la eterna compañera de brega, su esposa Julieta, a quien, en el Gobierno y las Farc, conocen como “Dulcinea”. Ambos han sufrido seguimientos, ‘chuzadas’ y chantajes de los organismos de inteligencia del Estado. Alguna vez los amenazaron: “Si no nos dan un positivo de alto rango, los empapelamos”. Estuvieron a punto de exiliarse.

A pesar de todo esto, en sus palabras, el objetivo de insistir en los acercamientos era que las partes entendieran que “esta confrontación armada no iba a tener fin. 50 años de guerra así lo demuestran”.

¿Y después del Plebiscito?

El desconcierto también se apoderó de Acosta la tarde del 2 octubre cuando supo del fracaso de la refrendación de los acuerdos de La Habana. Recuerda que se preguntó, como millones de colombianos: “¿Y ahora qué?”. En ese instante, no tenía una respuesta; pero de algo sí estaba seguro: de que no exageran quienes afirman que si en esta oportunidad no se logra el fin de la confrontación armada, el conflicto podría recrudecerse y llevar a una guerra civil.

En medio del proceso de renegociación decía que “el cese al fuego es frágil, muy frágil”. Su mayor temor es “que pesen más las elecciones de 2018 que la paz. Cada día que pase menoscaba la credibilidad del proceso de paz a nivel internacional y pone en peligro los recursos internacionales para implementar los acuerdos”, explicaba Acosta. Sin embargo, estuvo en primera fila entre los invitados al acto del 12 de octubre, cuando los negociadores del Gobierno y las Farc firmaron el nuevo acuerdo producto de la renegociación.

Participó en ese proceso luego del 2 de octubre. Su labor fue ser el pararrayos con polo a tierra en medio de la tormenta. Decía que “los dirigentes de las Farc, como el guerrillero raso, están ansiosos. Su compromiso es irrestricto, pero son claros en que esto no es una rendición: es un acuerdo de paz y el presidente Santos reconoce la urgencia de un acuerdo nuevo”. 

Ahora, desde su experiencia en el sector solidario y rural, Acosta asegura que “para construir la paz en regiones tan golpeadas por la violencia como Urabá, el primer paso es dejar el individualismo porque es el germen de la guerra y el conflicto”. Agrega que es necesario trabajar unidos: “Debemos retomar las prácticas ancestrales que nos dejaron los abuelos, como la minga indígena y el convite. Para consolidar la identidad de región, debemos reconocernos como comunidad, sin dejar atrás que el Estado y la sociedad deben devolverle al campesino su dignidad”.

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De la Urbe conversó con Henry Acosta sobre lo que pasó en Cuba después de su participación en el conversatorio ‘¿Qué pasó en Cuba?’

La intención de paz de las Farc era una de las principales preocupaciones del país. ¿Era patria o muerte?

Karen Parrado
piedemosca@gmail.com

El inicio de las negociaciones estuvo marcada por las diferencias entre las Farc y el Gobierno. ¿Qué tuvo que ver el lenguaje en esto?

La implementación de los acuerdos está en la mira del país. ¿Y el ‘fast track’?

Su labor como facilitador le ha merecido reconocimiento nacional. ¿Es posible este rol en una negociación con el ELN?

Reviva la conversación entre Henry Acosta (Facilitador con las Farc) y Marisol Gómez (Editora de paz de El Tiempo) en ‘¿Qué pasó en Cuba?’

Publicado en De la Urbe 82