Del Bronx a la nada

La administración de Peñalosa no ha sido lo que tantos esperaban. Llegó con el eslogan de “recuperemos Bogotá”, pero nada ha mejorado. De hecho todo parece ir para atrás.

Mateo Narváez
mateo_n02@hotmail.com

Bueno, casi todo. Porque para llenar la ciudad de “efectivos” –así la inseguridad esté cada vez peor– en Bogotá sí somos unos verracos, Policía por aquí, Policía por allá, Policía para todo. Pero de resto, nada. Ni siquiera con las banderas de campaña han podido, pues los famosos trancones, los huecos en las vías, el colapso de Transmilenio, como se había pronosticado, son inmanejables. Eso, sin contar la idea de construir en la reserva forestal Thomas Van der Hammen y el propósito de vender ETB, iniciativas que han generado la desaprobación y movilización masiva de la ciudadanía.

Y es que esta Alcaldía no ha salido de una, cuando ya está metida en otra. Ahora el enredo es con los “residuos” de la intervención de la calle del Bronx. Si bien la recuperación de esa calle era cada vez más necesaria, puesto que allí se albergaba una estructura criminal de alcances inimaginables, se hizo sin tener en cuenta un plan de atención integral para los habitantes de calle. Esto produjo, como efecto inmediato, una crisis el centro de la ciudad. Los habitantes del Bronx, quienes quedaron a la deriva, se han ido tomando paulatinamente lugares aledaños como la Plaza España, la zona de Paloquemao, el área correspondiente al caño de la Carrera 30 con Calle 6  y otras zonas tanto comerciales como residenciales de la localidad de Santa Fe. De hecho, Juan Esteban Orrego, director de Fenalco, reportó que las pérdidas de los comerciantes del sector estaban por el orden del 40 por ciento. Eso sin contar con los gastos adicionales en seguridad privada que muchos de los negocios han tenido que contratar por la precencia y la actitud beligerante de algunos exhabitantes del Bronx.

Ahora, cuando el daño ya está hecho, la Alcaldía está desesperada. En los Centros de Atención Integral para Habitantes de Calle no hay un solo cupo, y día tras día, por las calles del centro de Bogotá, deambula una tropa de esta población que continúa sin un rumbo fijo. Una historia que parece ya haber sido narrada en 1998 cuando el para entonces alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, tomó la decisión de “recuperar” la calle del “Cartucho” que, con el pasar de los meses, fue remplazada con creces por el Bronx.

Lo cierto, es que esta Alcaldía no sabe qué hacer con toda esa gente. Y ahora, rindiendo tributo a su principio improvisador, salió con que va a mandar a 300 personas adictas en situación de calle para una finca en Acandí, Chocó, y otras 300 al Parque Nacional el Tuparro en Puerto Carreño, Vichada. Por su puesto la noticia no ha caído nada bien. La alcaldesa de Acandí, Lilia Córdoba Borja, manifestó, con toda razón, que no permitirá por ningún motivo que estas 300 personas arriben a su municipio. La Alcaldesa tiene razón, la idea no tiene piso. En primer lugar, la finca a la que serían llevados estos habitantes de calle, no cumple con las condiciones necesarias para albergar a un número tan alto de personas, debido a que, entre otras, en ese municipio no hay servicio de alcantarillado y el servicio de energía es muy esporádico. Y en segundo lugar, no existe razón alguna para que la Alcaldía de Peñalosa traslade una problemática de esta envergadura a un municipio que eventualmente se vería afectado, cuando bien se sabe que la crisis humanitaria que hay actualmente en el centro de Bogotá es responsabilidad únicamente de la Alcaldía y su negligencia.

Y es que desde que Peñalosa tomó el puesto los habitantes de calle han sido abandonados paulatinamente por el Distrito. Por una lado, con la Sentencia T-043/15 de la Corte Constitucional, en la que se prohíbe que se interne en un centro de rehabilitación forzosamente a un habitante de calle, la administración se ha lavado las manos. Y por otro, la política pública de los Centros de Atención a Drogodependientes (Camad) creada por la anterior administración, fue desmontada alegando en palabras del actual secretario de salud, Luis Gonzalo Morales, que eran expendios gratuitos de marihuana que estimulaban el consumo. Falacia total. En los Camad se ofrecía atención en salud, odontología, salud mental, alimentación y, cuando era posible, en vestuario. Nunca funcionaron como proveedores de narcóticos, de hecho, su función ni siquiera era hacer las veces de rehabilitadores, su propósito consistía en atender algunas necesidades de los habitantes de calle y, de esa forma, restablecerles en parte el carácter de ciudadanos provistos de derechos.

Ver reportaje Sueños de papel acerca de los Camad.

Es triste pensar que los egos políticos sean más fuertes que las políticas públicas, pero es así. Hoy más que nunca Bogotá clama por los Camad, por una atención integral en salud para los habitantes de calle, por un Estado cercano con la población segregada y por una concepción más amplia de la drogadicción y la vida en la calle, una en la que se entienda esta situación como un problema de salud pública y como otra manifestación de la cadena de desigualdad social que vive nuestro país. Para ser algo justos con Peñalosa hay que decir que todos tenemos un poco de responsabilidad, puesto que nos hemos acostumbrado a ver el problema de la mendicidad como un asunto dependiente, únicamente, de las adicciones y las malas decisiones, y no como el reflejo de una sociedad inequitativa en la que las oportunidades y la ciudadanía son un privilegio de unos pocos.

Sobre el este tema, escuche también: ¿Qué pasó con el Bronx?