La poética masculina de un hombre inmaduro

Luego de un silencio novelístico de cerca de cinco años, Alberto Fuguet regresa con dos novelas que son como dos caras de una moneda masculina: un lado sentimental y otro sexual. Dos polos de lo que para él significa ser hombre.

Sergio Alzate
sergio.alzate91@hotmail.com
Alberto Fuguet, escritor chileno. Fotografía: Penguin Random House.

Alberto Fuguet, escritor chileno. Fotografía: Penguin Random House.

Al mirarlo de frente, me parece más guapo que en fotos. Me fijo en su barba que empieza a encanecer, en sus ojos oscuros, en la potencia de su nariz, en sus labios que se insinúan a través de los vellos bicolores. También miro sus manos: grandes y volátiles, de dedos gruesos; manos hechas para acentuar con ellas lo dicho. Mientras lo miro, pienso que también, como todas las manos, las suyas deben estar hechas para acariciar y recorrer. Y, como un resorte, un pudor periodístico me recuerda que esto es una entrevista y que él es un entrevistado. Al otro lado de la mesa, Alberto Fuguet habla. Yo lo escucho. La noche en Medellín prende sus bombillas y alrededor la gente se mueve entre las mesas.

—Ufff, estoy cansado. Esto de ir y venir presentando el libro es una experiencia muy bonita, pero ya hoy llevo dieciocho horas despierto. Toda una maratón editorial, como acá, en Sudor —dice y bebe de su té Hatsu: té negro con limón.

Sudor (2016, Random House) es su última novela. O, podría decirse, es la extensión de otro proyecto (distinto e independiente) que entregó al mismo tiempo a su editorial. No ficción (2015, Random House) se publicó seis meses antes y es la historia de un amor sentimental, de una pasión sin carne que se pregunta si puede haber intimidad sin sexo. Sudor, por su parte, explora lo contrario: la posibilidad del sexo sin lazos íntimos.

No ficción es el libro que presentarías a tus padres. Sudor sería el que te follarías sin que ellos supieran —le digo o le pregunto o tal vez le insinúo.

—Podría decirse, sí. Con No ficción quise resumir toda mi poética de hombres y hacer algo tranquilo, romántico, no solo una cuestión sexual; es más de si va a haber una conexión o no —dice—. En Sudor, en cambio, hay sexo y había que describir el olor masculino, el ardor masculino, el deseo masculino, el cuerpo que lo hace ser distinto al hombre, ¿cachai?

En el programa chileno de radio Una nueva mañana, Cecilia Rovaretti inició su entrevista a Fuguet diciendo: “Se tiró a la piscina, porque esta novela que se llama Sudor es lo más pornográfico en materia de lenguaje que yo he leído en los últimos tiempos [risa nerviosa o tal vez de pudor]”. El País de España tituló una entrevista del mes de abril con un entrecomillado suyo: “Mi olor favorito es el sudor de los hombres”. Lejos quedaron las masculinidades que insinuaban la ambigüedad de sus preferencias en sus anteriores novelas o en sus películas. De frente y en primer plano, Fuguet desnudó su sexualidad por medio de la literatura. No fue una forma de salir del clóset: fue más bien una reafirmación de su yo, la concreción de algo que no le interesaba tampoco esconder.

—Yo sentía que todo lo que había escrito y firmado tenía que ver conmigo. Nunca había escrito del amor. Nunca había escrito de sexo. Sentía que debía llevar mucho al límite las relaciones. Llevar al límite el deseo. Llevar al límite la conexión. Y pensaba que algún día iba a hacerlo, aunque no lo sabía. Y no era por miedo, sino porque sentía que literariamente debía encontrar la historia.

Así, la idea de escribir de hombres no solo frágiles, como son sus personajes masculinos, sino también homoeróticamente palpables fue sedimentando en Fuguet. Hay que encontrar la historia, se decía. No quería ser como Pedro Almodóvar y Manuel Puig (“a quien no invitaron a la fiesta del ‘Boom’ por queer”) cuyas obras encallan en la mirada femenina. Tampoco se sentía cercano a Pedro Lemebel (“quien de estar vivo jamás hubiese leído Sudor”) ni a Reinaldo Arenas: le parecía que su homosexualidad estaba cargada de rencores y odios; una homosexualidad revestida del tremendismo de las periferias, un mundo distante al suyo. Y al final no solo encontró la historia, sino que fueron dos: una amistad entre hombres basada en el flirteo y el cariño, pero no en el sexo; y la de un editor gay de no ficción en su cuarentena que debe recibir la comitiva de un astro literario y su hijo que, señas más, señas menos, son Carlos Fuentes y Carlos Fuentes Lemus, su hijo (llamados en Sudor Rafael Restrepo Carvajal y Rafa).

—Y también me parecía que si iba a asumir públicamente que era gay, me parecía que lo divertido era hacerlo vía escrita. No solo en las entrevistas. Me encanta que me lean chicos, tipos u hombres frágiles. Por eso realmente este libro provocó un terremoto, porque buena parte de mis fans son hetero. Y les ha gustado.

—Pero —no puedo evitar notar como se lame los labios luego de cada trago de té—, ¿existe una literatura gay? ¿Una escritura queer? ¿O es algo para llenar la cuota de inclusión en el mundo editorial?

Medita un instante la respuesta. Me mira con ese modo suyo que no incomoda, que no intimida. Y yo me pregunto si sabrá que me vestí así para agradar a un desconocido como él. Pienso en lo ridículo que debía verme ante el espejo, eligiendo cada prenda, peinando el cabello así o asá simplemente para parecerle “mino” (en su léxico chileno). Su voz suave y grave a la vez me regresa a esta plazoleta en medio del Jardín Botánico:

—¿Algo así como lo que pasa en las series estadounidenses de the talking black, the talking gay? Independiente de esto, yo creo que hoy en día uno de los retos del mundo gay es que hay que tratar de seguir siendo queer. No solo gay, ¿me explico? O sea, molestar. No ser uno más de la moda. Ahora, no tengo problema con ser gay, cosa que soy. Pero me gustaría ser mucho más que eso. Hay otras partes del cuerpo que yo uso… no escribo solo con mi verga, ¿cachai?

Al final, no le preocupa que lo etiqueten de escritor gay o de defensor de la cuestión queer en la literatura. Le quita un poco más el sueño que dos décadas después el fantasma de McOndo, aquella diatriba en cuyo prólogo Alberto Fuguet y Sergio Gómez aspiraban mostrar una Latinoamérica diferente a la ficcionada por el ‘Boom’ latinoamericano, siga reapareciendo entre las páginas de los críticos.

McOndo fue una cosa muy fuerte, lo más parecido que a mí me hubiesen violado en público —dice—. Por eso me molesta mucho que sigan escribiendo sobre McOndo. Para mí eso es una mariconada, o sea, ¿por qué no critican a Sudor o No ficción? I mean, really? Lo que yo quería decir allí, y que tal vez lo dije mal, era que no todo era Cien años de soledad y que también había espacio para las historias íntimas.

Ahora su relación con el ‘Boom’ es diferente. En repetidas ocasiones, Fuguet ha dicho que a García Márquez, a quien considera un gran escritor, hay que leerlo, follárselo, pero con condón “o, de lo contrario, engendras a Isabel Allende”. Sobre Carlos Fuentes (Rafael Restrepo Carvajal), escribió en Sudor que “se expresaba en un inglés perfecto y parecía ser un hombre que no tuviera ningún tipo de dudas, ni siquiera metafísicas: era para mí lo más remoto a lo que podía compararse con un verdadero escritor”. No obstante, admite que tiene algo en común con el mexicano: el deseo de ser pop.

—Y para mí Vargas Llosa es súper gay-friendly porque tiene personajes masculinos con tensiones. Por ejemplo, hay un cuento de él que leí de adolescente y con el que me masturbé: “Día domingo”.

Me turba pensar en aquella escena: un Fuguet diferente, sin barba quizá, en su cuarto leyendo Los cachorros, aquel libro de cuentos de Vargas Llosa. Un Fuguet rebosante de aquello que él, ahora con cincuentaidós, llama “el dinero de la juventud”. Ese Fuguet sintió deseo (“se me paró al toque”) al leer que Rubén y Miguel se desnudaban para nadar en el mar de Miraflores, dos muchachos como él que frotaban sus cuerpos desnudos, que se retaban mar adentro con sus pieles lisas por el amor de una muchacha. No había sexo, no había nada explícito, no hay mención concreta a lo erótico, pero había tensión y electricidad en lo narrado. Y ese mismo Fuguet, muchos años después, en Medellín, frente a mí cuenta que se masturbó por esos muchachos literarios.

Hay que cambiar de tema. Huir. Transitar por otras avenidas, navegar por otros mares.

—Algunos han dicho que Sudor es tu libro más maduro, pero yo discrepo —le digo—. Al contrario, en un buen sentido, es un libro de la inmadurez.

—Totalmente de acuerdo. Missing también fue tomado como un libro de la madurez. Y lo que yo les dije entonces fue “no, yo no maduré: el que maduraste fuiste tú”. Yo no sé si quiero madurar. Ahora me molesta porque muchos dicen “Sudor es tu mejor libro”. Pero yo no quiero eso. Decirme eso es como si me dijeran “tenés bonitos ojos y nada más”. También me gustaría que les gustaran otras partes de mí. Pero eso de “bonitos ojos”, al final es como un insulto.

—Además, con Missing hubo toda esta discusión sobre qué tanto había de ficción o realidad en el libro, como si todavía esa cuestión en literatura fuera importante, ¿o me equivoco?

—Por algo escribí un libro llamado No ficción: para metérselos en la boca cuando pregunten sobre la línea de ficción y realidad en mis libros. Si quieren mamar de eso, que vengan y se lo traguen —se ríe—. Y con Missing, en esta nueva edición que saldrá, puse una pequeña notita que será como salir del clóset de nuevo, porque nadie me lo preguntó: Missing es mucho invento.

Ya el fin de la entrevista empieza a atisbarse. La gente ha cambiado a nuestro alrededor. La botella de té está vacía. La noche es una costra pegajosa y sofocante que aguijonea la piel. Rápidamente hablamos de pop, de Javiera Mena (“yo dirigí el videoclip de ‘Esquemas juveniles’”), de Spotify y Netflix, de Gepe y Francisca Valenzuela, de cómo la etiqueta de escritor gay jamás podrá superar a sus otras dos: McFuguet y PopFuguet. Y mientras nos despedimos, yo pienso en aquella frase que Alberto Fuguet soltó para El País: “Mi olor favorito es el sudor de los hombres”. Pienso, entonces, a qué olerá su sudor, su aliento, su saliva, su cabello, “sus pendejos”, su poética de los hombres. Él nada sabe y se aleja en la noche. Yo me alejo también.

 Entrevista publicada en la edición 81 de De la Urbe