Decidí leer a Bukowski

Bukowski critica a las prostitutas de la Veracruz del Centro de Medellín, critica a los drogadictos del Parque del Periodista, critica a los vendedores de drogas del aeropuerto de la UdeA.

Ana María Agudelo Zapata
ana.agudeloz@udea.edu.co

Necesitaba una máquina de follar. Precisaba de un encuentro lascivo, excitante, erótico; quería tener una experiencia brutal, salvaje, alucinante. Entonces lo recordé y sucumbí ante su maldiciente tono.

Hablo de Charles Bukowski, el último escritor maldito de la sociedad estadounidense, ese conjunto de maldiciones reprimidas que en La máquina de follar narra, a partir de veintidós historias, la vida de un hombre sombrío y detestable; un libro donde la desdicha y el karma cobran vida para arruinar su integridad y su privacidad. Cada personaje de estos relatos retrata su alter ego, y es así como nos va destapando lo innombrable, diciendo lo que nadie quiere decir y develándonos el camino de lo pecaminoso, camino que ni yo me atrevería a seguir.

Aunque sus apreciaciones pertenecen a una época distinta —los setenta—, a un estilo de vida fuera de mi imaginación y alcance, no encontré mucha diferencia con respecto a nuestra sociedad actual. Bukowski critica a las prostitutas de la Veracruz del Centro de Medellín, critica a los drogadictos del Parque del Periodista, critica a los vendedores de drogas del aeropuerto de la U. de A., critica al LS, critica al paramilitarismo en Colombia, critica a los jóvenes libidinosos amantes del sexo, critica a las mujeres que son máquinas de follar, critica a Medellín y sus injusticias gubernamentales, critica a los gobernadores lujuriosos y me critica a mí por leer cada una de sus líneas.

La máquina de follar suele ser catalogada por muchos como erótica, por las detalladas descripciones sobre sus encuentros sexuales, sucia por su lenguaje obsceno, grotesca por sus burlas y humor negro, y asquerosa por su trato hacia las mujeres.

Para mí es una obra que abofetea al lector en cada cambio de página. Cada crítica es lanzada con furia a la humanidad: a las personas que proponen cambios, pero que no ejecutan ningún plan, por ejemplo. Asimismo, nos plantea un sin número de argumentos en contra de las relaciones sociales que día a día se crean. Porque en La máquina de follar la sociedad se nos presenta como un basurero, como el lugar de los desechos, escombros y pestilencias: un lugar del que nadie se atreve a hablar.

Pero sí se escucha hablar de lo productivo, emprendedor e innovador. ¿Qué diría el escritor maldito de una sociedad como la de hoy? ¿De los avances en tecnología, la adaptación de los medios de comunicación a la vida diaria, las redes sociales y la comunicación móvil? ¿Qué diría ahora que no se habla de encuentros sexuales en moteles sino del sexting?

Bukowski escribe para nefastos sintiéndose nefasto, para hombres rotos sintiéndose roto, y a partir de esos bajos instintos les propone una reconstrucción basada en la libertad. No es solo denigración, sexo y violencia, tampoco repugnancia; es una visión reflexiva de lo que esconde una sociedad moralista, una sociedad que debe liberarse en sus placeres para liberar la mente.