Nuestro otro infierno

Este reportaje periodístico ganó en 2015 el estímulo Beca a la Creación de Libro de Periodismo Narrativo de la Alcaldía de Medellín. En pocos días aparecerá en el mercado con el sello del Fondo Editorial de la Universidad Eafit.

Autor: Juan Camilo Castañeda Arboleda, periodista egresado de la Universidad de Antioquia
Ilustraciones: Catalina Vásquez

Ilustraciones: Catalina Vásquez

Condenado a toda una vida en el infierno

Es increíble ver cómo los eventos funestos se convierten en parte de la rutina; cómo se transforman esos sonidos ensordecedores provocados por el gatillo en el cese de las llamas que representan la vida; cómo las dinámicas y protocolos del sistema de la muerte se vuelven en cuestión de segundos un evento regular en el que apenas cabe la pregunta de quién fue esta vez el desafortunado, mientras pervive la esperanza de que, ¡por Dios!, no sea alguien conocido o amado.

Cuando Gustavo Alberto González, vecino de Estiven, estaba guardando su vehículo en el garaje de la casa, escuchó la balacera. De la experiencia acumulada durante los días de guerras en Santa Inés, aprendió que, cada vez que escuchaba una detonación, había que buscar refugio. Minutos después salió para observar el procedimiento judicial. Vio a Estiven en la esquina, lo llamó y le preguntó por lo ocurrido. Estiven le dijo que habían matado a alguien dentro de un taxi en la carretera a Guarne. También le contó de un homicidio ocurrido la noche anterior.

Albeiro Zapata estaba revocando la casa de un vecino, ubicada en el límite de la frontera invisible y a escasos metros de la vivienda de la abuela de Estiven. Al escuchar los disparos, buscó refugio, pero cuando vio la patrulla de la policía en el lugar de los homicidios chismoseó un rato y luego continuó con su labor.

La vivienda de Claudia Arboleda está ubicada en un tercer piso, en la calle 81 entre las carreras 37 y 36 C. Ella asegura que no escuchó la primera balacera de esa tarde porque estaba viendo televisión con su hijo. Supo, porque una vecina la llamó para preguntarle si ya sabía quién era el muerto. Claudia también salió al balcón, vio la romería en la esquina y llamó a su mamá a preguntarle si el muerto era conocido, pero ella tampoco sabía.

Portada y contraportada libro Nuestro otro infierno.

Portada y contraportada libro Nuestro otro infierno.

Anderson Vázquez y Juan Camilo Guerra, integrantes del combo de Balcones de Jardín, estaban en la tienda de Richard, ubicada en la esquina de la carrera 36B con la calle 81. Mientras miraban el levantamiento del cuerpo del taxista, varios hombres de El Desierto les hicieron señas desde la esquina de la 81 con la 36C.

—Uno de ellos, El Gori, también conocido como Gallinazo, nos salió en esa esquina con una mano en la cintura, como si tuviera un arma, y con la otra nos indicaba que los esperáramos —contó Anderson en uno de los juicios orarles contra Jhonatan.

Después de la conversación con Estiven, don Gustavo regresó a su vivienda. Escuchó a unos jóvenes intercambiando insultos en la calle.

—Los jóvenes de mi sector gritaban a los de El Desierto que subieran, que no fueran gallinas, que los estaban esperando ahí —relató don Gustavo.

Adriana, la mamá de Estiven, trabajaba en una pequeña empresa de textiles a tres cuadras de su vivienda. Ese día dejó las gafas en la casa. Llamó a su hijo para que se las llevara, pero el joven no quiso, porque otra vez tenía en sus manos el control del Playstation. A la mamá le dio rabia y lo obligó.

La casa de la familia Ocampo queda en un callejón que conecta a la 36B con la 36C. El joven salió de la casa de su abuela conversando con su mamá, quien le daba instrucciones de dónde podrían estar los anteojos. En el camino se encontró de nuevo a don Gustavo, quien estaba acompañado de su esposa Beiba Salazar y de Viviana Salazar, en la puerta del garaje donde minutos antes don Gustavo había guardado el vehículo. Estiven saludó a doña Beiba, ella era su madrina de bautizo.

—En ese momento —relató don Gustavo— apareció un tipo con una ametralladora y empezó a disparar contra Estiven. Yo me entré a la carrera halando a mi señora, y nos siguieron disparando a nosotros también y yo caí detrás del carro. Miré para atrás y mi señora estaba muerta, grité: “¿por qué a nosotros?”. El tipo que disparó no decía nada.

La puerta del garaje aún conserva las cicatrices de esa tarde, en el metal hay ocho agujeros de bala. Viviana alcanzó a huir. El hombre que disparó, según cuenta Viviana en una declaración a la Fiscalía, también arremetió contra ella, pero esta solo sufrió un pequeño roce en su hombro izquierdo.

Según Daniela Ocampo, Estiven todavía estaba hablando con la mamá.

—Él le decía: “Mami, me están tirando piedras, me están quemando”, entonces mi mamá le dijo: “Mijo, corra para la casa, corra, corra”. Después mi mamá sintió ¡pum! El celular cayó.

Desde la tienda de Richard, ubicada en la 36B, Anderson y Juan Camilo, apodado La Araña, vieron a los tres hombres armados salir por el callejón en el que vivía la familia Ocampo.

—Al que iban a matar —relató Juan Camilo en una declaración ante un juez— era a mí, porque supuestamente yo mandaba a la banda de arriba, la de Balcones.

Cuando La Araña y Anderson vieron a los hombres armados, corrieron. Al escuchar los disparos, Anderson se tiró al suelo y sintió el zumbido de varias balas.

Los homicidas emprendieron la huida por la calle 81. Albeiro, quien había regresado a revocar la casa, estaba tirado en el suelo.

—Yo vi —asegura mientras toma un sorbo de cerveza en la Tienda Roja— a los tres tipos corriendo por la 81 hacia la 36C. Eran Jairo, apodado El Barbado; Duván, apodado El Gallinazo, y Arley, apodado Tara.

En el momento del ataque en contra de Estiven, de doña Beiba y de don Gustavo, el subintendente Edwin David Gallego todavía atendía los homicidios ocurridos una hora antes en la carretera a Guarne. Al escuchar los disparos, miró hacia la parte alta de la loma y observó a un hombre corriendo.

—Al sujeto —aseguró— no lo pude identificar, pero llevaba la mano en la cintura y algo brillaba.

Claudia Arboleda escuchó más de quince disparos. No quiso asomarse porque pensó que posiblemente era un enfrentamiento y nunca se sabía cuánto podía durar, era normal que pasaran varios minutos, o incluso horas. Tocaron la puerta de su casa. Claudia abrió y era Jairo, al que ella conocía como El Barbado o Jairito. “Él estaba armado y agitado. Otro muchacho, El Gallinazo, se metió a la casa de Julio, mi vecino; también estaba armado y le pidió ropa para cambiarse. Yo no los vi disparando contra ese muchacho y esa señora, pero sí creo que fueron ellos”, asegura Claudia.

El subintendente condujo su camioneta a toda velocidad loma arriba. A su llegada al lugar del atentado vio gente corriendo y pidiendo auxilio. Acercó el vehículo hasta la casa de la señora Beiba y de don Gustavo. En la acera estaba el cuerpo de Estiven y, adentro del garaje, el de doña Beiba.

Don Gustavo estaba detrás del carro y tenía heridas en sus piernas, él pidió al subintendente Gallego que auxiliara primero a su mujer y al joven. Varios habitantes del barrio ayudaron a montar los cuerpos de Estiven y doña Beiba en la parte trasera de la patrulla. Mientras trasladaba a los heridos a Policlínica, centro hospitalario que recibe la mayoría de urgencias médicas del nororiente de Medellín, el subintendente solicitó otra patrulla para transportar a don Gustavo. Para cuando llegaron al hospital, doña Beiba y Estiven ya estaban muertos.

 Texto publicado en la edición 81 de De la Urbe