El voto vergonzante

Algo hemos aprendido del Brexit y de nuestro Plebiscito refrendatorio: las confianzas que dan las pesquisas previas a las votaciones ya no existen.

Por David E. Santos Gómez
      davidsantosg82@gmail.com

Tres elecciones estaban marcadas como fundamentales en el calendario internacional de este 2016. El referendo del Brexit que definía el futuro del Reino Unido en la Unión Europea, el Plebiscito refrendatorio del acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las Farc y, por último, las presidenciales de Estados Unidos. Las dos primeras ya pasaron por el juicio de los votantes y sus resultados fueron un batacazo. Nadie los esperaba. Ganaron las opciones rezagadas en las encuestas. Las imposibles de prever.

La isla de la Reina Isabel, a contracorriente, determinó que ya no hará más parte de Europa y le clavó una daga en el corazón a la utopía de la Unión. Hubo lamentos y crujir de dientes. Colombia, por su parte, en un papelón mundial, negó la aprobación de una paz que ya tenía la firma de las partes y recibía aplausos en medio de una algarabía internacional. Ahora nadie sabe cuál es el paso siguiente. Las partituras estaban escritas y las han quemado.

La votación restante, que pretende ponerle nombre al remplazo de Barack Obama, está a menos de un mes y ya nadie se atreve a dar su veredicto. ¿Podrá ganar el racista Trump? ¿Tiene cabida en la mayoría del electorado gringo el discurso megalómano del multimillonario? ¿Ocurrirá allí la misma sorpresa que en los dos sufragios anteriores? Lo que antes era motivo de risas ha pasado muy pronto a ser un listado para el llanto.

Lo inexplicable es ahora la medida de la política contemporánea. Las tres elecciones de las que hablamos comparten una pregunta que el electorado solo puede responder de forma dual. Sin grises. O se decide por el blanco o por el negro. O nos quedamos en la Unión Europea o nos vamos. O aprobamos el acuerdo con las Farc o lo negamos. O es Hillary o es Trump. No hay tercera opción.

Pero algo hemos aprendido del Brexit y de nuestro Plebiscito refrendatorio: las confianzas que dan las pesquisas previas a las votaciones ya no existen. Algunos sacan conclusiones apresuradas sobre los posibles resultados desde las redes sociales. Tremendo error. Son pequeñas burbujas que, si acaso, repiten lo que nosotros mismos hemos decidido creer. Espejos vanidosos que celebran nuestros criterios pero evitan la incomodidad necesaria cuando nos cuestionan. ¿Los medios tradicionales? ¿Las “empresas periodísticas”? Menos. Se han desvinculado de la realidad ciudadana embebidos en lo que ellos creen que representa la realidad. Algunos, incluso, se jugaron por la opinión y el sesgo como el nuevo estándar informativo.

Y ante la dualidad y la prepotencia de los que se proclamaron ganadores antes de tiempo hemos encontrado un fenómeno inesperado: el voto vergonzante. Un lado grita su supremacía moral. Agita las banderas de la verdad absoluta. Reniega del lado opuesto, algunas veces con argumentos y otras con burlas. Entonces, en una jugada oculta de la democracia contemporánea, los que se creen perdedores, los que son tachados de brutos e ignorantes, deciden callar su decisión. No decirlo a las encuestadoras. No comentar a nadie en la comida familiar qué casilla marcarán en el tarjetón. O simplemente mentir para no escuchar las recriminaciones. Pero el día del juicio, cuando se encierren en el cubículo y se enfrenten únicamente a sus propias convicciones, efectuarán su pequeño acto de rebeldía. Después, cuando ganen, sonreirán porque ni siquiera ellos pensaron que era posible.

Columna publicada en la edición 81 de De la Urbe