El desconcierto unánime

En el editorial de nuestra edición 80 dijimos que no era momento de neutralidades y declaramos nuestro apoyo a la opción del Sí en el plebiscito que buscaba refrendar los acuerdos de paz entre el Gobierno y las Farc. Sostenemos esa postura. La neutralidad no es el mayor bien del periodismo, es la honestidad. Esta exige, sin embargo, mirar más allá de lo que nos es familiar, ver el panorama completo. Tras la victoria del No el 2 de octubre, parte de la solución a la incertidumbre está en mirarse al espejo, en buscar explicaciones ante el desconcierto.

No hay una única respuesta. Se ha hablado de la desinformación por parte de los promotores del No, cuya estrategia, como contó el exgerente de la campaña, Juan Carlos Vélez Uribe, en una entrevista con el diario La República, fue dejar de explicar los acuerdos y buscar que la gente “votara verraca” porque Colombia se convertiría en Venezuela, por ejemplo. A esto se suma la arrogancia gubernamental y la poca o nula colaboración de los líderes regionales de los partidos políticos ante unas elecciones en las que no estaban en juego sus puestos.

Quizá la explicación más contundente es la del No oculto, el que no aparecía en las encuestas; aquellas personas a quienes les daba vergüenza o hastío expresar públicamente su opinión, pero que lo hicieron en la intimidad del cubículo de votación. En lo anterior puede residir la sorpresa generalizada —de las encuestadoras, de los políticos de ambos bandos, de los medios y de la academia— frente al resultado de la votación. Tal vez en esta sorpresa esté la falencia, y también el aprendizaje.

No se le pide a la academia ni a los medios de comunicación que predigan el futuro, pero sí que lo vislumbren. ¿Quién más debía y podía leer la realidad que nadie preveía, mirar a la cara de esa otra Colombia que, por miedo, resentimiento o desinformación, dijo ‘no’ a la posibilidad de terminar un conflicto armado frente al que adjetivos como largo o doloroso solo redundan? ¿No debimos estar ahí los medios universitarios, las facultades de humanidades, los analistas políticos, los periodistas independientes, para entender? ¿Cómo pudo pasar inadvertido el resultado, que creemos negativo para Colombia, cuando nos sentamos a la mesa todos los días con muchos de los que votaron No, con padres, tíos o hermanos?

Puede que también estuvieran ahí, en silencio, durante los diversos foros que las universidades y otras instituciones convocaron para hacer pedagogía sobre el proceso de paz, para analizar los beneficios y retos del posconflicto. Debates importantes, con invitados serios, pero que se limitaron a espacios en los que el público era casi en su totalidad afín al proceso de paz. Fueron una forma de convencer a los convencidos. Los invitados del No fueron abucheados más de lo que fueron rebatidos; los escasos asistentes escépticos o en contra del proceso de negociación fueron reducidos, casi ignorados. Las señales estaban ahí.

La victoria del No descolocó las certezas, nos obligó a buscar respuestas y, quizá lo más valioso, nos sacó a la calle. En la movilización del viernes 7 de octubre en Medellín, bajo la lluvia, rodeados, entre otros, por colegas, profesores y estudiantes, escuchamos los pitidos de apoyo de las motos y los carros que cruzaban, los saludos desde las ventanas de las casas, vimos los rostros desconfiados o reprobatorios de algunos transeúntes. Esa y otras marchas —en Bogotá, en Cali— han permitido que muchos de quienes apoyaban el proceso, desde la burbuja del unanimismo universitario, crucen sus rostros con otros ciudadanos que, fuera de las aulas, también lo apoyan, o se abstienen o lo rechazan. Al desconcierto, ha de seguir la reflexión, la movilización. Como medio de comunicación y como parte de la academia, ahí estaremos.

Editorial De la Urbe 81