Botando votos

El ejercicio de la democracia está basado en el voto informado y sustentado de una sociedad civil capaz de tomar sus propias decisiones.

Por Juan Diego Posada Posada
      jdposada@hotmail.com / @jdposadap9

Cuando de hacer campaña se trata, los bandos políticos ponen en función toda su maquinaria para llegar hasta el último rincón del país con una intención única: lograr un voto. Si Juan Carlos Vélez Uribe tuvo que colgar un flyer en su muro con la cara de Santos y “Timochenko”, no importa: el fin justifica los medios. Bien lo reconoció el mismo Vélez, “la idea no era explicar el Plebiscito”.

A mi cuenta de WhatsApp llegaron dos mensajes de audio distintos: uno en nombre del Centro Democrático que criticaba el hecho de “quitarle” dinero a los jubilados para entregárselo a las Farc. El otro, sin remitente fijo, cuestionaba la entrega del país al castro-chavismo. Supongo, existían muchos más.

Bastaba leer un par de páginas del acuerdo y ponerse dos dedos de frente para corroborar la información de tales mensajes. Ninguno es cierto. Si bien había un dinero para las Farc que funcionaba como subsidio, no iba a ser pagado de las pensiones y mucho menos posible sería convertirnos en algo parecido a Venezuela: resulta económicamente imposible virar el curso de un país capitulado por la inversión privada. Nuestro país es tan rentable para las élites, que no podríamos ser nunca Venezuela; ni siquiera siendo expropiados.

En muchas ocasiones, el tratamiento despectivo hacia temas de interés nacional se conoce como: “campaña negra”, “propaganda sucia” o, si se quiere, de modo políticamente correcto, Marketing. Su problema radica, precisamente, en aparecer en los momentos decisivos del país. Suele ser recurrente en épocas de campaña presidencial o legislativa y, por supuesto, el Plebiscito no fue la excepción.

Probablemente la estrategia haya ganado muchos votos, pues vale entender la facilidad del colombiano por nunca verificar todo aquello que le es entregado, y mucho menos cuando la información proviene desde uno de los bastiones políticos del país. Pero, ¿hasta qué punto ganó la opinión mal informada?

Joseph Göebbels, ministro de propaganda de la Alemania Nazi, solía decir que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”; para el caso nuestro no es la excepción. Utilizar campaña negra durante este tipo de procesos resulta una medida efectiva en términos de votos, pero degradante en cultura política.

Desconocer la falta de interés y de reflexión sobre temas políticos en Colombia es, además de un daño para el país, la razón por la cual resulta desastroso explicar lo que es un proceso de paz y cómo el nuestro estaba contribuyendo o no a una verdadera solución del conflicto. Independiente de la posición (Sí/No), la responsabilidad como ciudadanos y actores políticos está en comprender y ayudar a comprender la coyuntura del país, no, por el contrario, construirla desde la información a medias.

Colombia es un país que lee en promedio de uno a dos libros al año, por persona. Si partimos de un hecho como este, podemos deducir que los acuerdos suscritos en La Habana, difícilmente, fueron examinados por la mayoría de compatriotas. Ergo, la responsabilidad de explicarlos con la mayor claridad y objetividad posible era el llamado.

Por tanto, incentivar a la gente para “votar verraca” es igual o peor que mentir sobre los acuerdos. Es partir del sentimentalismo para captar la atención de los votantes y contribuir a la inestabilidad política por medio del facilismo.

El ejercicio de la democracia está basado en el voto informado y sustentado de una sociedad civil capaz de tomar sus propias decisiones. Esta debe ser la mayor preocupación de todo actor involucrado en la política; ejercer su influencia para informar y decidir. Con claridad.

Desinformar es un crimen, no solo político, sino legal. Repetir la mentira es condenar al país.

Columna publicada en la edición 81 de De la Urbe