El periodista Juan José Hoyos recibió la Distinción “José Félix de Restrepo” al egresado sobresaliente

Es la primera vez que un egresado de la Facultad de Comunicaciones recibe esta distinción, la más importante que entrega el Alma Máter a un egresado. El reconocimiento fue entregado el 7 de octubre durante el Día Clásico de la UdeA.

Este perfil sobre Juan José Hoyos, uno de los maestros del reportaje en Colombia, fue publicado en De la Urbe en mayo de 2015.

Juan José Hoyos conversa con estudiantes del curso de Reportaje del pregrado en Periodismo. Foto: tomada del sitio web de la UdeA.

Juan José Hoyos conversa con estudiantes del curso de Reportaje del pregrado en Periodismo. Foto: tomada del sitio web de la UdeA.

Dos veces conocí a Juan José Hoyos, el maestro

Por Daniel Moreno Montoya
       danielmoreno.19@hotmail.com

Así como Aquiles era inmortal, menos en su talón, Juan José Hoyos es todo sensibilidad excepto su paladar: le gusta la Redd’s. El maestro tiene un gusto blandengue para la cerveza. Sinceramente prefiero pensar que no es en verdad un gusto, sino una de esas incomodas recomendaciones médicas que suelen quitar a las personas los frijoles y las cervezas fuertes. Es una forma de aferrarme a una loca idea que incluye, una mesa, al maestro, a mí, a las historias que enamoraron perdidamente a Patricia Nieto del periodismo y especialmente cervezas de verdad.

La idea nació cuando conocí a Hoyos. En esa ocasión él estaba de naranjado, era gordo, tenía 444 páginas y 24 centímetros de largo. El más importante de los periodistas narrativos del país se me presentó como Escribiendo historias: el arte y el oficio de narrar en el periodismo. Lo conocí como mejor se conocen a los grandes escritores, a través de sus escritos. Desde ese momento supe que se trataba de alguien que, bajo su pelo blanco y ensortijado, guardaba todos los secretos del periodismo. Un maestro. Alguien a quien Alberto Salcedo Ramos llama así, debe serlo. Por lo menos para ellos dos, para mí, para muchos de los periodistas que pasaron por sus clases y para los niños de una escuela rural en Cisneros, a los que ese Papá Noel que vive del otro lado del rio Nus, les regala historias con frecuencia.

Y el maestro, calificativo que según Margarita Isaza, periodista y docente de la Universidad de Antioquia, no le gusta a Juan José Hoyos, se lo debemos en gran parte al profesor. Treinta años dedicó Juan José Hoyos a la docencia en la Universidad de Antioquia. Entre 1981 y el 2010 Hoyos compartió sus conocimientos a los estudiantes de periodismo de esta universidad. Por sus clases pasaron muchos de los grandes periodistas de la actualidad, como Patricia Nieto, quien tuvo que esperar algunos semestres para asistir a las clases del que, Germán Castro Caycedo, considera el mejor cronista de Colombia. Juan David Alzate, que también fue alumno de Hoyos, recuerda clases con poca teoría pero llenas de historias. Salcedo Ramos no tuvo la misma suerte. “La universidad me quedó debiendo a Juan José Hoyos como profesor”, se quejó el cronista barranquillero, en una de sus columnas en El Colombiano. Para fortuna de Salcedo Ramos, “la vida saldó esa deuda con creces al ponerlo en mi camino como maestro y como hermano mayor”.

Esos años como profesor le sirvieron también a Juan José Hoyos para convertirse en el mayor estudioso, en el país, del género cumbre del periodismo: el reportaje. Hoyos invirtió gran parte de su vida como académico en definir y teorizar sobre “ese invento maravilloso de la humanidad para contar lo que le sucede como si fuera una novela, pero sin inventar nada, narrando solamente la verdad”, como él mismo define en su texto Literatura de Urgencia al reportaje. Dicha labor, importante para un académico, no es suficiente para un maestro. Hoyos no se conformó con producir una muy buena teoría sobre el periodismo narrativo en general, sino que se encargó de destruir el canon vigente sobre la historia del reportaje en Colombia, que aseguraba que este género hizo su aparición en el país a principios del siglo XX. Con el rescate de la obra de Francisco de Paula Muñoz, El crimen del Aguacatal, Hoyos demostró que en Colombia el reportaje, por lo menos bajo la forma moderna en que se concibe, ya existía, incluso muchos años antes del nacimiento de los grandes maestros del nuevo periodismo norteamericano.

De todo lo que sobre Juan José Hoyos se ha escrito lo más difícil de encontrar son referencias de su vida personal. Hace algún tiempo el periodista de El Colombiano John Saldarriaga se quejó, con justa razón, de las escuetas reseñas que sobre la vida de Juan José Hoyos vienen en sus obras y que, palabras más palabras menos, mencionan que es periodista y los títulos de sus otras obras con sus respectivos años; algo inaudito para un personaje de tal importancia dentro de nuestra sociedad.

Si uno decide indagar un poco más puede descubrir que Hoyos nació en Medellín el 20 de enero de 1953, día en que Harry S Truman, tristemente conocido por haber autorizado el uso de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, dejó de ser el presidente de los Estados Unidos para darle paso a Dwight D. Eisenhower. Su infancia y juventud la pasó en el barrio Aranjuez de la comuna cuatro de Medellín. En ese entonces le gustaba caminar por sus calles mientras oía los tangos en las cantinas. Cuando tenía diecisiete años Hoyos ingresó a estudiar comunicación social y periodismo en la Universidad de Antioquia, carrera de la cual se graduaría en 1976. Sin duda una fecha importante en su vida, porque además fue el año en que se casó con Martha Ligia Vélez Moreno, la mujer con la que ha compartido cuarenta años de su vida y con quien tuvo una hija y un hijo. Ahora que los hijos ya no viven en casa comparten con “Caramelo”, su perro. Mucho más allá de esto es poco lo que se sabe sobre un personaje que ha dedicado su vida al oficio ingrato y glorioso del periodismo.

Escribiendo historias: el arte y el oficio de narrar en el periodismo no sería la única oportunidad que tuve para conocer a Hoyos. La siguiente vez fue en el Mall de Laureles. Ahora sí en persona. Alrededor de las tres de la tarde, del tres de septiembre de 2014, un miércoles sin alguna emoción más allá que inclinar la balanza hacía el fin de semana, lo vi. Camisa blanca con rayas naranjadas horizontales y delgadas, una pantaloneta negra y tenis deportivos. Una mujer, que supongo su esposa. Una Redd´s en la mano de cada uno, que luego serian dos Redd’s en una mesa. La mesa junto a un parque infantil que separa al mall de una unidad residencial, adornado con una fuente y un jardín. Del otro lado, mi mesa. Mi mamá y yo, junto a dos platos de róbalo a la plancha y patacones, un jugo de guayaba y una limonada sin azúcar.

- Má, ¿usted ha visto el libro naranjado que tengo encima de la impresora en la pieza?

- Si Dani, ¿qué pasa?

- Ese libro lo escribió ese señor. El canosito.

- ¿Ah sí? ¿Por qué no lo saluda entonces?

-Hola profesor Hoyos, hola señora. Mucho gusto, Daniel Moreno Montoya…- repetí en mi cabeza con unos 50 complementos diferentes. Gracias por esto y lo otro, excelente aquello, quisiera saber esto y un sin fin de babosadas más. Era el maestro, ahí, a unos metros de distancia. Por admiración algo tenía que decirle. Por respeto debía dejarlo tranquilo disfrutando de su tiempo. Una encrucijada.  Un nuevo vistazo a su mesa. La Redd’s. Resolví el dilema. No podía ser tan desgraciado de perturbarle más el día. Esa cochinada de envase verde era suficiente tedio. En agradecimiento, el maestro deberá tomar cerveza de hombres mientras me cuenta historias. Algún día.