La vida después de la droga

Después de vivir veinticuatro años entre la calle y el consumo de alucinógenos, Jhon Jairo Mejía es hoy el director de la Fundación Cristiana Nuevos Horizontes.

Por Luis Carlos Padilla Berrío
       luiska_26@hotmail.com
Jhon Jairo Mejía Acevedo  es director de la Fundación Cristiana Nuevos Horizontes, en el corregimiento de San Antonio de Prado.

Jhon Jairo Mejía Acevedo es director de la Fundación Cristiana Nuevos Horizontes, en el corregimiento de San Antonio de Prado.

“Si alguien hubiese inventado la cura para la droga, estaría tapado en plata. Ese problema no se cura con medicamentos. Está acá: en la mente”, dice Jhon Jairo Mejía Acevedo y con esas palabras describe lo que para él significa la drogadicción. Después de vivir veinticuatro años entre la calle y el consumo de alucinógenos, Mejía es hoy el director de la Fundación Cristiana Nuevos Horizontes, en el corregimiento de San Antonio de Prado; una fundación que aloja a unas cuarenta personas con el fin de alejarlas de las sustancias psicoactivas, el alcohol y cualquier otro tipo de adicción, además de la vida de indigencia.

Según Lucas Arias, director de Centro Día —institución que trabaja de la mano con la Alcaldía de Medellín para mitigar las necesidades básicas del habitante de calle en la ciudad—, “el 99 por ciento de esta población tiene problemas con el consumo de sustancias psicoactivas”. Esta es una de las razones principales por las cuales abandonan el hogar, entregándose de lleno a un estilo de vida donde lo que importa es sobrevivir a cualquier costo. Dichas personas son denominadas con diferentes rótulos en Colombia: indigente, gamín, desechable. No obstante, el Estado ha definido a este sector de la sociedad con el nombre de “habitantes de calle”.

Yónatan Forero nació en el municipio de Puerto Boyacá, a orillas del río Magdalena, y tiene veintiséis años. A los tres fue abandonado por su padre. Creció en Chambacú, un barrio pobre en el que una de las principales fuentes de ingresos es el expendio de droga. “Mi madre era fumadora, y a los siete años me ponía junto a la leña para prender el cigarrillo, y mientras lo hacía, yo también probaba”, cuenta Forero junto a la casa que lo vio crecer y que durante años fue uno de los expendios de droga y puntos de delito más conocidos del municipio. A dicha vivienda la apodaban “La casa fantasma”, pues todos los objetos robados que eran llevados allí se vendían para continuar con el negocio. Según Yónatan, enterraron bicicletas y otro tipo de artefactos en el patio de la casa, y algunos continúan en ese lugar.

“Mi mamá tuvo diez hijos, prácticamente cada uno con un hombre diferente. Cuando yo tenía catorce años, falleció”. Debido a esto, explica Forero, desde muy joven el consumo de sustancias se volvió un hábito más en su vida; primero fue el cigarrillo, luego la marihuana, y tocó fondo con el bazuco; de forma paulatina experimentaba sensaciones más fuertes y sustancias más adictivas.

A los dieciséis años, ante la ausencia de sus padres y con problemas ante la ley por el consumo y expendio de drogas, Yónatan se marchó a Bello (Antioquia), en compañía de Juan Piedrahíta, director de la Fundación Amando A Mi Prójimo, que llegó a Puerto Boyacá para llevarse a varios jóvenes con la intención de iniciar procesos de resocialización. En ese lugar estuvo hasta que cumplió veintidós años, y aprendió a leer y a escribir. Posteriormente se graduó como Operador Terapéutico en Farmacodependencia con el apoyo del Sena.

Jhon Jairo Mejía acompañado de algunos miembros de la Fundación Cristiana Nuevos Horizontes.

Jhon Jairo Mejía acompañado de algunos miembros de la Fundación Cristiana Nuevos Horizontes.

Para Lucas Arias, la indigencia en Medellín y en Colombia es un problema multicausal: “Las causas por las cuales el habitante se establece en la calle son múltiples. No es únicamente por las drogas; si así fuese, todo el que consume drogas estaría en la calle y esa no es la regla. Nosotros hemos notado que está la violencia intrafamiliar, el desplazamiento forzado intraurbano, las discapacidades —cuando una persona es discapacitada puede ser una carga para la familia porque no es productiva y, por ello, es expulsada—, el consumo de sustancias, entre otras razones”.

El caso de Ángela Restrepo es especialmente particular: una mujer de más de cincuenta años que probó la droga pasados los 45. Ángela nació y creció en San Antonio de Prado, se casó muy joven y tuvo dos hijos; sin embargo, años más tarde su esposo dejó la familia. Dice Ángela que el menor de sus hijos, Sebastián, el más consentido, dio sus primeros pasos en la droga antes de los quince años: “Sebastián llegaba —cuenta Ángela— y me tumbaba la puerta pidiéndome que lo dejara entrar. Empezó a volverse agresivo y ya me pegaba. Yo pensaba que un día me iba a matar, así que lo eché de la casa, pero seguía amenazándome: ‘Manténgame, ¿para qué me tuvo?’. Después de un tiempo, ya yo lo mandaba a él a que comprara la droga y también empecé a consumir”.

Cinco años estuvo Ángela Restrepo en la drogadicción hasta que conoció a Luz Amparo Acevedo, una mujer de creencias cristianas que abrió en San Antonio de Prado la Fundación Levántate y Resplandece, un hogar que trabaja por la rehabilitación y resocialización de las mujeres a partir de la enseñanza de los principios básicos del cristianismo.

Allí aprenden a vivir con plenitud física, mental, emocional y espiritual ante las circunstancias más adversas; un proceso de resiliencia y catarsis en el que lo más importante es el mejoramiento de la salud por medio de un estado de vida integral.

Jhon Jairo Mejía, director de la Fundación Cristiana Nuevos Horizontes, afirma que de las personas que ingresan a las fundaciones, solo el cinco por ciento logran rehabilitarse. El rol de las familias es fundamental para cooperar en esa rehabilitación. A pesar de que el porcentaje es tan bajo, Mejía considera que esta labor “es una bendición porque no se rehabilita una persona, se rehabilita una familia”. Un informe de 2014 realizado por la Secretaría de Inclusión Social y Familia indica que el 38,2 por ciento de los habitantes de la calle en Medellín no cuentan con un familiar en la ciudad. Esa misma condición puede reducir significativamente las posibilidades de encontrar opciones para salir de la calle por vía del vínculo familiar (emocional, cognitivo, económico, etc.).

En las calles de Medellín, de Colombia y por toda América Latina, deambulan “las pobres gentes” de Dostoievski, los “cien años de soledad” de García Márquez y “el grito” de Munch. De acuerdo con estudios de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), en 2012 vivían 66 millones de personas en condición de indigencia en Latinoamérica. En 2014 la cifra llegó a los 71 millones.

Aunque es deber del Estado velar por el bienestar físico y moral de cada ciudadano, son otras las instituciones y personas que han tomado la iniciativa de abrir puertas de esperanza para que quienes están viviendo en la calle, puedan reencontrarse consigo mismas, con sus seres queridos, con la sociedad y con un posible futuro mejor.

Este artículo proviene del reportaje televisivo Héroes: de la locura a la libertad, realizado para optar al título de Periodista. Asesoró: Jorge Alonso Sierra

Texto publicado en la edición 80 de De la Urbe