Educar para decidir

Por Karen Parrado Beltrán
      piedemosca@gmail.com

Hace unas semanas el país se revolvía iracundo porque a los ardientes debates sobre la adopción gay y el matrimonio igualitario de meses atrás, se les sumaba el de la educación con perspectiva de género. La base del conflicto era la iniciativa del Ministerio de Educación de modernizar los manuales de convivencia de los colegios, misma que fue tergiversada hasta la caricatura por algunos líderes de la extrema caverna. Entre airados comentarios y publicaciones en redes sociales, y con marchas menos multitudinarias de lo que algunos proclamaron, un sector de la sociedad se escandalizaba por el supuesto de que a los salones de clases llegarían niños vestidos de niñas. Discusión incomprensible, pues debe tenerse en cuenta que el asunto de la diferencia es algo que atañe directamente a la educación, más si esta involucra conceptos como los de género y orientación sexual, tan ligados al derecho que asiste a los individuos de ser educados para interpretar el mundo como un lugar absolutamente diverso.

La iniciativa del Ministerio tiene como fundamento jurídico la sentencia T – 478 de 2015, que la Corte Constitucional expidió tras la acción de tutela interpuesta por la madre de Sergio Urrego a raíz del suicidio de este joven, acosado por la intolerancia de su colegio —más de parte de las directivas que de sus mismos compañeros— a causa de su condición homosexual. La sentencia desató —como era de esperarse— el revuelo de una tradicional casta religiosa y propició la discusión sobre el bienestar de las mentes si estas se educan desde un principio para valorar la diferencia y no para fomentar el miedo y el rechazo hacia lo diferente, hacia aquello que no encaja en algún tipo de selección binaria. Ojalá desatara, también, la discusión de si en Colombia al fin la educación se entiende como un proceso de pensamiento laico y autónomo, tal como ordena la Constitución, y no como la perpetuación de camisas de fuerza morales.

Hace nada que en televisión aparecían las típicas voces que pierden los estribos cada que la libertad se expresa sobre el papel, la pared o la piel. No es de extrañar que algo tan revolucionario como educar para ejercer la libertad de ser y pensar les haga poner a muchos el grito en el cielo. En una democracia donde se hacen ondear banderas cada 20 de julio en homenaje a la libertad patriótica, es absolutamente desolador que se ultraje la libertad cuando esta se refiere a la conciencia, la autodeterminación, la libre elección; cuando todo lo que encierra la libertad se calcina en las paredes de un salón de clase.

Cada que aparece en la agenda un tema polémico como el de la educación con perspectiva de género, resurgen las dudas sobre si estamos o no preparados para asumir de una vez por todas la responsabilidad intelectual de no interponer los prejuicios a los argumentos. Hace rato que los niños y niñas vienen asimilando procesos de cambio que no se ven reflejados en la educación que reciben a diario en colegios y escuelas gobernados por el miedo y el prejuicio. También hace rato que Colombia necesita pasar de consagrar derechos en artículos a ejecutarlos en escenarios tan vitales como la escuela, la universidad y la familia.

Indiscutiblemente, la educación siempre será motivo de grandes hazañas discursivas. Si no se tratara de librar batallas de pensamiento, hace rato que educar carecería de sentido. Eso es lo que queda: librar, liberar, acentuar las palabras en acciones para ver si ser diferente empieza a constituir una condición para abrir los ojos a otras maneras de estar en el mundo sin que ello implique la sospecha de un adoctrinamiento con intenciones distintas a las de hacer individuos más libres, más generosos y más dispuestos a la felicidad propia y de los demás.

Columna publicada en la edición 80 de De la Urbe