Confesiones de un alimentador

Por Laura Cardona
       laulccp@gmail.com / @laulccp

Llevaba tiempo esperando esto: escuchar el motor encenderse, rodar por las calles de mi ruta y, sobre todo, sentir los pasos de los pasajeros al salir y entrar. Tal vez no me han visto ni han tenido la dicha de montarme. El 28 de octubre de 2013 empecé mi trabajo con la Cuenca 3 Belén y la Cuenca 6 Aranjuez. Se puede decir que soy de los más grandes entre mis pares: mido nueve metros de largo y en mí caben hasta cincuenta personas. Soy blanco y tengo como toque un par de líneas verdes y amarillas en mis costados.

Al principio los ingenuos creían que mi sistema era el antiguo, aquel en que el dinero se entregaba a mi conductor (aún hay quien lo piensa así). Yo, novedoso e innovador, tengo el lector de la tarjeta que convierte el dinero en información. Además, tengo una dieta cuidadosa: procuro no dejar entrar toxinas a mi máquina. Sí, uso gas. Somos pocos, pero la industria se va enterando de nuestra importancia.

Dicen que mi motor es muy ruidoso; ¡pues no tienen idea de lo importante que es avisar mi paso! Tan grande e imperioso como soy, es mejor que las demás máquinas sepan que voy, para que paren, corran o me abran paso. En un par de ocasiones, cuando hago silencio en la calle, se olvidan de mí y nacen los incómodos problemas. Esos autos apresurados, al intentar sobrepasarme, han rayado mi costado. Pobres ingenuos si creen que pueden adelantarse a mi ritmo, y sobre todo, pasar sobre mí.

Ya no hay la misma pasión entre mis espectadores, están siendo cautivados por otro tipo de vehículo: el tranvía. Pero no siento perdido mi encanto, aunque mi equipo y yo nos atrasemos en nuestro recorrido y tardemos tres veces el tiempo requerido para estacionar en cada base (porque yo no paro en cualquier lugar, yo tengo paradas específicas), la gente aún me ama: hacen filas largas bajo el sol, en la fría noche o con el agua encima, con tal de obtener mis servicios. Y no lo hacen porque yo haya reemplazado las rutas de buses antiguas y solo me tengan a mí para llegar a casa (todavía pueden ir en taxi o caminar), lo hacen porque saben que al montarse en mí están siendo modernos y ecológicos.

Además, cuento con otro servicio: sauna incorporado, o por lo menos eso he oído decir a un par de pasajeros. Y sí, mientras me creaban en el taller me diseñaron el espacio y el sistema para incorporar aire acondicionado, pero tan pronto llegué a Medellín vieron la necesidad de hacer transpirar a las personas. Así que nada de aire, ni acondicionado ni por la ventana, pues descubrieron que la gente sudaba más con esas ventanas grandes por las que entra el sol pero nunca el aire (es el mejor sistema para quemar calorías innecesarias).

No voy a mentir, he tenido un par de problemas en mis rutas. Mi conductor y yo hacemos todo lo posible para llevar mi cuerpo por esas estrechas calles (las cuales no parecen hechas para mí), pero no faltan los choques, los problemas para girar, el tráfico tras de mí cuando no dejo que me adelanten y los accidentes cuando al subir lomas pierdo potencia y retrocedo.

Algunos amigos se han deprimido bastante. La tensión es tanta que han visitado a un terapeuta, el ‘mecánico’ le dicen. Yo prefiero alejarme de él. Aunque a veces escucho a mis clientes criticar mi lenta marcha, mi falta de agilidad. Incluso me comparan con unos vehículos pequeños de color verde (buses integrados), aseguran que esas antigüedades, contaminadoras del planeta, hacían mi recorrido en mitad del tiempo. Yo no creo en semejante hazaña, el tiempo de mi recorrido es perfecto. No sé. Tal vez deben dejar de quejarse tanto y acostumbrarse a mi mesurado paso, a mi servicio de sauna integrado y a mi formidable tamaño, porque, al final, ¿qué más pueden hacer?

Columna publicada en la edición 80 de De la Urbe