Sí, ¡por supuesto!

El último domingo de agosto, nuestra generación fue testigo de un acontecimiento verdaderamente histórico: el comandante de las Farc, la guerrilla más antigua y fiera del continente americano, proclamó el cese definitivo de hostilidades. Tres días antes había hecho lo mismo el comandante en jefe de las fuerzas armadas del Estado. Se trata de dos comandantes enemigos que para llegar al trascendental anuncio tuvieron que, primero, ser conscientes de la oportunidad que la Historia les otorgaba y del mandato que el pueblo les entregaba, y, segundo, sortear cuatro años de difícil negociación.

Para que el cese de hostilidades ordenado por Timochenko y el presidente Santos sea legítimo y definitivo, falta el apoyo del pueblo en el plebiscito convocado para el próximo 2 de octubre. La que concluyó en agosto es una negociación compleja, quizás insatisfactoria en más de un aspecto, pero, lo más importante: fue el intento serio de los dos bandos por terminar un conflicto armado que se había degradado hasta extremos que en las ciudades apenas conseguimos vislumbrar.

La paz cuesta mucho menos que la guerra y, a diferencia de esta, ofrece muchas bondades y ninguna desventaja. En todos los órdenes. En el económico: entre la implementación de los acuerdos que se suscribirán el 26 de septiembre y la realización del plebiscito, se calcula que será necesaria la erogación de algo más de medio billón de pesos. Esto es, la mitad de uno de los muchos billones que cuesta la guerra.

En el religioso: a los dioses es más fácil creerles cuando sus administradores aquí en la Tierra no están instigando el odio. El más importante, el social: aunque no dejará de invertirse en la guerra (las Farc son el más duro de los grupos alzados en armas, pero no el único), es de esperarse que algunos de los billones de pesos ahora cesantes se inviertan en el bienestar del país, en la ejecución de sus obras de infraestructura pendientes, en la restauración del terrible sistema de salud que padecemos, en la producción de alimentos y en la provisión de servicios públicos. Algo dejará para tales propósitos la corrupción, ahora que la más corruptora de las actividades humanas, la guerra, empieza por primera vez en nuestra vida republicana a dejar de signar los destinos de Colombia.

Nuestra generación no es la primera en padecer la guerra. Al contrario, nuestros 206 años de existencia como país más o menos independiente han estado signados por el sino de las violencias entrecruzadas. Somos, en cambio, la primera generación de colombianos con una verdadera oportunidad de vivir en paz, lo cual no significa –ni es deseable que signifique– vivir en ausencia de conflicto. El pasado cercano ha sido testigo de otras ocasiones para engolosinarnos con la posibilidad de la paz, menores en tamaño que la actual pero no por ello carentes de importancia: los acuerdos con el M19 en 1990 y con el EPL en 1991; incluso la sospechosa negociación con los paramilitares durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Esos tres procesos le bajaron intensidad al conflicto armado, pero en ninguno de ellos se le ofreció al pueblo la posibilidad de participar en la decisión de si se implementaban o no.

Como estudiosos del noble oficio del periodismo, somos conscientes del momento que vivimos y de la responsabilidad que nos atañe. No podemos hacer como si el acontecimiento no nos tocara. Por esta razón, hemos preparado un especial periodístico a través del cual tratamos, además de informar, de confrontar puntos de vista para que nuestros lectores tengan elementos de análisis que les ayuden a tomar la decisión que a cada quien le corresponde cuando sea el momento de ir a votar (decisión que puede ser, incluso, la de no votar).

Pensamos, además, que no es momento de neutralidades. En nuestras páginas se expresan voces opuestas, pero el momento nos obliga a tomar partido. Con todo y las imperfecciones que pueda tener el Acuerdo al que por fin han llegado el Gobierno y las Farc, nos ofrece la oportunidad de dejar de estar marcados por el horror. No somos un país de guerreros. Por eso, a la pregunta: ¿Apoya usted el acuerdo final para terminar el conflicto y construir una paz estable y duradera?, nuestra respuesta es: ¡por supuesto que sí!

 Editorial de la edición 80 de De la Urbe