¡Viva México! ¡Vivos los queremos!

Cada 15 de septiembre, los mexicanos se reúnen en El Zócalo capitalino para celebrar las fiestas patrias. En 2015, uno de los casos que más conmovió a esta sociedad fue el recuerdo de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa.

Por Karen Lorena Bejarano Parra - karenbeja@gmail.com

Desaparecidos en México

Llegó la primera quincena de septiembre y, con esta, un México verde, blanco y rojo. Como siguiendo un manual al pie de la letra, las casas se vestían con algún adorno alusivo a México y en el ambiente se respiraba algo de patriotismo. Algo, solamente. Ya la gente estaba perdiendo la fe y las ganas de su país; poco se sorprendían, poco se emocionaban. La razón de la celebración patria era la peda del 15. En lo que sí se ponían de acuerdo era cuando hablaban de platos típicos: aseguraban que la abuela iba a cocinar un rico pozole y las tías, las botanas. Un paladar nuevo en el territorio es feliz imaginando los banquetes.

En vísperas del 15, el centro de la ciudad estaba lleno de sombreros, vestidos, faldas, bigotes y accesorios para lucir en el grito. En la noche de la gran fiesta mexicana, el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, saldría a su balcón en el Palacio Nacional a dar el grito de independencia, acompañado de su esposa Angélica Rivera, La Gaviota, una actriz mexicana que terminó siendo la primera dama de México. Todo un novelón.

15 de septiembre. En las casas se preparan para la noche, cocinando y organizando los vestuarios con los que se recibirá al resto de la familia que llegará a la casa a comer. La fiesta mexicana es como un 24 de diciembre, sin niño Jesús y sin tanta costumbre gringa. Entonces, bajó la temperatura y el cielo avisó que era hora de salir a comprar trago. En las tiendas había filas de clientes esperando su turno para comprar cervezas, tequila o cualquier licor barato de caña que sirviera para ambientar el espíritu patrio. Los carros se amontonaron en las calles y en los andenes iban las niñas con sus trajes típicos, agarradas de la mano de la mamá. Los luchadores iban en el metro con sus máscaras y los chicos de 13 años ya tenían un bigote muy Zapata.

En la Estación Garibaldi, las voces de los vendedores se escuchaban más enérgicas que de costumbre, intentaban vender aretes y prendedores con lucecitas intermitentes. Alrededor la gente iba caminando a paso rápido hacia todas las direcciones. Una noche más en Ciudad de México, con el mismo caos, pero con un olor distinto, ese olor a fiesta que no tiene una definición exacta porque para unos puede ser chido y para otros, repugnante. “Aquí no hay nada que celebrar” decía un vendedor de películas porno afuera de la estación del metro.

La Avenida Juárez, por el Palacio de Bellas Artes, estaba rodeada de policías. En el Centro Histórico desfilaban nuevamente las niñas con sus trajes típicos; los adultos llevaban sombreros, bigotes, máscara de luchador. Y muchas mujeres llevaban orejitas de Playboy que alumbraban el tricolor patrio. La época de la Conquista no ha terminado.

Tacos, pozole, enchiladas, chiles en nogada, quesadillas, mole. Los restaurantes seguían abiertos y olía tanto a México que era inevitable pasar de largo sin probar tantito. Una calle antes de El Zócalo se alcanzaba a percibir que la gente no avanzaba y que se iba quedando formada una tras de otra; la fila para ingresar a El Zócalo parecía la entrada a un festival de música.

Efectivamente, había música, estaba sonando reguetón: era J. Balvin, un colombiano. La noche del grito era también una noche de conciertos, una buena manera de convocar gente a un evento al que nadie quiere ir. Ya lo decía el señor del cine erótico, no había nada que celebrar. La situación de México era tan abrumadora que daba vergüenza salir como si nada a bailar con la Arrolladora Banda el Limón. O, por lo menos, eso decían esos a los que les cae mal la música de banda, a los que les recuerdan su característica narcoestética.

Hacer la fila o meterse de colado

Desaparecidos en México

Cuando por fin terminaba el turno en la fila, se llegaba a un complejillo de seguridad cuya función era la de quitar paraguas, desodorantes en spray, encendedores y demás objetos peligrosos que pudieran atentar contra la vida y la seguridad del presidente. ¡Ah!, también buscaban quitar navajas, cuchillos y armas para que no hicieran del grito una noche de robos porque podría salir en televisión.

Cantaron los que tenían que cantar. El público gritó, aplaudió, tomó fotos y video; se quejó de que no dejaran entrar el tequila y prendió cigarrillos con los encendedores que logró pasar por los tres filtros de seguridad que había en la puerta. Yordi Rosado y Cynthia Urias, dos conductores de televisión, despidieron a los músicos, agradecieron al pueblo mexicano y cerraron lo que siempre pareció un festival de música. Mucha gente empezó a salir de El Zócalo, mientras al fondo se alcanza a escuchar la Banda de Guerra del Ejército mexicano. Ahora sí, empieza el grito.

Los redoblantes y las trompetas seguían la melodía. En las pantallas que estaban en la explanada, se veía la imagen del Palacio Nacional engalanado con visitantes vestidos de coctel y una parafernalia que al final uno no sabe ni para qué era. Seguía la melodía de guerra. En la plaza, había público aún. En años anteriores, la concentración de gente era mayor; pero era entendible que ahora los convocados no fueran tantos, total: ¿cómo van a ir si están desaparecidos?

Luego de unos minutos, en las pantallas apareció Enrique Peña Nieto acompañado de la señora Angélica Rivera de Peña. La pareja jet set. La Gaviota, con un vestido largo color marfil, y Peña Nieto, con su banda presidencial, caminaron hasta el balcón atravesando un pasillo de aplausos y ligeras venias. Abajo el asunto era distinto, no había trajes de gala de 70 mil pesos mexicanos (12 millones de pesos colombianos) ni protocolos militares; abajo estaban los gritos de “culero”, “asesino”, “fuera Peña”, “puto”. Mientras el señor presidente pronunciaba el ya conocido discurso, se escuchaba el rechazo de la gente y sus insultos. La indiferencia también se escuchaba. El dolor igual.

¡Viva México! ¡Viva México! ¡Viva México!

Desaparecidos en México

Sonaron los campanazos. “Cuuuu leeee roooo”. Peña Nieto seguía haciendo sonar las campanas, mientras que la exactriz sonreía y miraba al público a lo lejos. El presidente agitaba la bandera y un grupo de gente lo apoyaba. Que les pagaron 200 pesos mexicanos (35 mil pesos colombianos) para que hicieran de extras en este capítulo, es lo que decía la gente: “Mi tía trabaja en el PRI y la obligaron a venir”, contaba una chica de la Unam.

De repente, en el cielo explotaron luces de colores. Los gritos se acabaron y los ojos ya no apuntaban al balcón. El espectáculo de fuegos artificiales había iniciado: verde, blanco, rojo. En el firmamento, las luces y las chispitas avisaban que la fiesta apenas empezaba, la música mexicana empezó a sonar y las ganas de unas chelas regresaron con intensidad. La familia presidencial apreciaba el show desde el balcón. Entre tanta explosión de felicidad artificial, una cortina de humo se posó entre los asistentes y, una vez finalizado todo, la familia Peña Rivera se incorporó y los asistentes se retiraron. Detrás del humo quedaron los insultos y la indignación.

¡Rico pozole! siguen gritando los meseros de los restaurantes. Algunos entran a comer, otros toman un taxi o entran a un bar y otros caminan hacia la Plaza Garibaldi para darle inicio a la peda del 15, aunque no haya nada que celebrar.