“¿No les da miedo ir solas?”

Mujeres que cuenten y hagan historia chocan contra un sistema definido por pautas masculinas. Que sus intereses se salgan de los rieles de la farándula, el espectáculo o de los temas “femeninos”, parece un acto heroico, casi suicida.

15 de abril. Viernes. Cuatro mujeres salieron en un bus de escalera hacia la zona rural de Andes. Un trabajo de clase: conocer cómo es la vida en una mina. Reportear, escribir, corregir, publicar. El trabajo de cualquier periodista. Pero, ¿cuatro mujeres solas?

“Eso es como decir que tienes que ir a meterte a una olla de vicio a hacer un trabajo”. “Si fueran con un hombre, la cosa sería diferente”. “Dile a tu compañero, el concejal, que las acompañe”. “¿No les da miedo ir solas por allá?”. “Mija, déjela ir que ella se va tapadita. Los mineros sí son muy morbosos, pero si se van tapaditas, ¿qué les van a hacer?”. Cuatro mujeres, cuatro estudiantes, cuatro periodistas salieron a hacer su trabajo luego de soportar durante días un mensaje constante. Familia, novios y amigos decían que cuatro mujeres no podían ir “solas” a hacer preguntas para contar la historia que querían contar.

El resultado de ese ejercicio de clase se encuentra en este mismo periódico, unas cuantas páginas más adelante. Las cuatro mujeres solas se montaron en un bus de escalera, luego, en las motos de unos extraños, hablaron con desconocidos, preguntaron, caminaron, escribieron.

Mujeres que cuenten y hagan historia chocan contra un sistema definido por pautas masculinas. No tiene rima ni sentido. Que sus intereses se salgan de los rieles de la farándula, el espectáculo o de los temas “femeninos”, parece un acto heroico, casi suicida. Representa la “imprudencia” de no seguir los manuales de comportamiento: camine recta, cruce las piernas, sonría siempre, si siente rabia: respire profundo y tranquilícese (procure hablar con voz suave); no se busque problemas, haga feliz a su familia.

En 2014, una encuesta de la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer indicó que el 37% de las personas consultadas considera que cuando las mujeres se visten de manera provocativa se exponen a que las violen. El mismo estudio evidenció que el 19% de los encuestados cree que una buena esposa debería obedecer a su marido, así no esté de acuerdo con sus decisiones. Finalmente, la encuesta separó una muestra de 1.095 funcionarios públicos en 10 ciudades del país y, de ellos, el 31% afirmó que si las mujeres “conservaran su lugar” serían menos agredidas por sus parejas.

Entonces, ese “conservar su lugar”, sigue siendo, para muchos, el recurso para evitar la agresión. Habría sido el recurso para evitar casos como el de Rosa Elvira Cely: golpeada, empalada y asesinada por uno de sus compañeros de estudio en un parque de Bogotá en mayo de 2012. “Culpa exclusiva de la víctima”, dijo la Alcaldía de Bogotá en un concepto que se conoció hace unas semanas. Culpa de la víctima porque no identificó que sus acompañantes tenían fama de “malosos”,

“Si Rosa Elvira Cely no hubiera salido con los dos compañeros de estudio después de terminar sus clases en horas de la noche, hoy no estuviéramos lamentando su muerte”, dijo la Alcaldía de la capital. “¡Si tan solo Rosa Elvira hubiera sido una mujer de casa!”, si tan solo hubiera sido “prudente”, si tan solo hubiera adivinado que no era buena idea no salir con el hombre que terminó abusando de ella y luego matándola. Así es como las agresiones se prolongan tanto como el discurso que las justifica.

Cada vez que suceden casos como el de Rosa Elvira Cely, cada vez que la mujer se vea en la obligación de actuar bajo unos códigos de conducta que impone el miedo, cada vez que una mujer es agredida y cada vez que esa agresión se justifica, se cierra de golpe la puerta a las mujeres que, sin temores, buscan construir una sociedad más amplia. Más incluyente para todos.

El problema de fondo, con todo y lo emblemático de ese caso, es que se trata de solo uno en un universo mucho más amplio. Solo entre 2014 y 2015, Medicina Legal contabilizó 1.351 feminicidios —asesinatos de mujeres cometidos por su condición de mujeres—  en Colombia. Tan grave como eso es que antes de 2014 ni siquiera se llevaban estadísticas oficiales sobre la materia. La misma entidad documentó más de 16.000 denuncias por violencia sexual en 2015 y, de acuerdo con sus análisis, el año anterior, cada 13 minutos una mujer fue víctima de algún tipo de agresión.

¿Cuatro mujeres solas? Sí, que sean muchas más las que defiendan su derecho a meterse en una mina, en un laboratorio, en una empresa o en el Gobierno –y no por relleno. Que sean muchas más las que sean dueñas exclusivas de su sexualidad, de su vida y de su voz. Las que tomen decisiones políticas y económicas y se metan en la vida y en la muerte si es preciso para defender su dignidad, para reescribir el mundo masculino.

Editorial de la edición 03 de De la Urbe Suroeste