El ocaso de los ídolos

El llamado gran arte musical eurocentrista, de los descendientes de Bach, Mozart, Beethoven, Wagner y compañía, se desfiguró completamente con el advenimiento de la crisis sistemática de la civilización europea.

Por Juan Esteban Valencia González - juanvg8800@gmail.com

El siglo XXI ha asistido a la muerte y extinción de los músicos paradigmáticos. A pesar de las elevadas cuotas de virtuosismo en todos los estilos, sean estos populares o académicos; a pesar de la proliferación constante de nueva tecnología para mejorar la calidad de las producciones fonográficas, parece como si esa figura de artista eminente, iconoclasta y casi supraterrenal, hubiera desaparecido de los imaginarios colectivos de la cultura de masas.

Tanto en el ámbito de la música “culta”, como en el de la popular, el siglo pasado marcó una historia llena de rupturas y revoluciones constantes. En la tradición académica, Arnold Schönberg, de la escuela de Viena, estiró y rompió la gravedad del sistema tonal y sembró la semilla del atonalismo y de todas las vanguardias que se sucedieron luego de las dos posguerras, dando paso artistas como Cage, Webern, Xenakis, entre otros. Aunque se ha teorizado y filosofado mucho en torno al desarrollo de la música seria del siglo XX, se reconoce en general que esta se escindió de la apreciación colectiva del común de la gente, quedándose substraída por su complejidad, en los claustros académicos de los conservatorios occidentales. El llamado gran arte musical eurocentrista, de los descendientes de Bach, Mozart, Beethoven, Wagner y compañía, se desfiguró completamente con el advenimiento de la crisis sistemática de la civilización europea, que colapsó progresivamente en las dos guerras mundiales.

Estos dos eventos afectaron profundamente a los herederos del racionalismo formalista estricto y cerrado, que caracterizaba hasta entonces la música clásica. Empezando por Schönberg, los abanderados de las vanguardias dieron paso a un sinfín de nuevas concepciones creativas que desvirtuaron a fondo la idea que se tenía hasta entonces del ritmo, la armonía y la melodía, como pilares fundamentales de la creación musical más tradicional.

Pienso que al cambiar las reglas del juego, llevando los nuevos paradigmas musicales a los extremos más absurdos, se sometieron a una suerte de ostracismo que alejó a esta música de la percepción más inmediata de la humanidad en general, tanto que al día de hoy la inmensa mayoría de las personas, salvo que tengan algún tipo de educación musical, no reconocerían nombres como Antón Webern o Karlheinz Stockhausen, que técnicamente son más cercanos en el tiempo, pero sì reconocerían, al menos vagamente, cuando se les habla de un Beethoven o un Mozart. De manera que tratándose de la llamada música erudita, sus ídolos dominaron el panorama de la cultura hasta quedarse rezagados en la era decimonónica, ya que en el siglo pasado los avatares de la historia velaron bajo una sombra de abstracciones y fetichismos toda la evolución de dicha música.

Por otro lado, se podría afirmar categóricamente que la música popular, terminado el siglo XIX, fue la verdadera sucesora del tonalismo y de los modelos formales de la música clásica; así desde las posturas más críticas, como las de Theodor Adorno o Max Weber, se la considere música ligera, cuyo único fin es ser el fiel reflejo de la alienación sistemática que sufre el sujeto, obnubilado y enceguecido en la era de la reproductibilidad técnica industrial. En este caso, el blues rural norteamericano se desplazó a las grandes urbes siguiendo las ramificaciones del Delta del Misisipi y evolucionó para traernos el jazz, el rock y demás géneros que derivaron en la música comercial estadounidense, géneros sobre los cuales emergió toda una pléyade de músicos y artistas que se erigieron como íconos populares: Elvis Presley, Louis Armstrong, Jimy Hendrix y muchos otros; dieron paso luego en el Reino Unido a The Beatles, Led Zeppelin o Pink Floyd. Estados Unidos, como la nueva gran potencia imperial, al salir victoriosa de los dos conflictos bélicos que sacudieron el planeta y desplegar su modelo capitalista y financiero, logró a su vez exportar toda su cultura a lo largo y ancho de la Tierra, diáspora en la que los ídolos de su música se hicieron irremediablemente conocidos por todo el mundo y fueron los representantes directos de grandes movimientos contraculturales que influenciaron y marcaron la vida de muchos seres humanos. Pero, como todo, esta influencia decayó a lo largo de las últimas décadas del centenario pasado y no ha vuelto a resurgir ninguna figura que destaque por encima del resto o que arrastre grandes poblaciones en un ámbito internacional.

Como dije antes, no se trata entonces de restarles mérito a los músicos que destacan en el panorama actual de nuestra cultura; se trata más de evidenciar el hecho de que nos encontramos en una suerte de limbo del pluralismo, donde ya no hay una estética paradigmática hacia la cual se decanten todas las demás. En este caleidoscopio de las múltiples expresiones sonoras que pululan a lo largo y ancho del globo, parece como si ya ninguna manifestación de la música tuviera la capacidad de sorprender o generar un fenómeno artístico de alta calidad, que capturase la atención de las masas. Aunque hoy se mezcla y se fusiona todo con todo: lo académico con lo popular, lo étnico y rural con lo urbano, lo acústico con lo eléctrico, es perfectamente aplicable en este contexto, esa frase que alude a que no hay nada nuevo bajo el sol.