El saberse ancestral

Abadio Green, el primer indígena de Colombia en obtener un título de doctorado, buscó opciones para hablar de lo que no se habla en la academia: de una educación en torno a las tradiciones, a las identidades culturales, a la oralidad.

Por Sergio Alzate - sergio.alzate91@hotmail.com
Fotografía: Hebert Rodríguez - Catalina Roda

Fotografía: Hebert Rodríguez – Catalina Roda

Dice águila, y las manos vuelan como una. Dice roca, y aprieta ambas con fuerza mineral. Dice delfín, y sus muñecas nadan entre las olas de su niñez. Dice zorro, y los dedos se le vuelven astutos y precisos, canes que corren sobre su escritorio. Así habla Abadio Green Stocel: acentuando la suavidad de su voz con la ligereza de sus movimientos.

Tiene cincuentaiocho años. Es filósofo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Magíster en Educación de la Universidad de los Andes. Doctor en Educación de la Universidad de Antioquia, en la línea de Estudios Interculturales. Abadio Green Stocel también es indígena de la etnia Tule de la comarca de Sasartí Mulatuppu, ubicada en un archipiélago en el Golfo del Urabá, en límites con Panamá. Este último dato, pertenecer a un pueblo originario, no sería importante si no fuera porque en el 2011 se convirtió en el primer indígena en el país en obtener un título de doctorado.

Un logro para las comunidades indígenas. Una muestra de la inequidad académica en Colombia.

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En mayo de 2016 la Organización Indígena de Antioquia (OIA) denunció que en el departamento al menos 662 niños, pertenecientes a diversas etnias, no estaban recibiendo educación. También, que parte de los que sí reciben educación no están siendo educados bajo parámetros de calidad. El acceso al estudio por parte de niños indígenas es una de las razones por las que la Junta Directiva de Autoridades indígenas de Antioquia se declaró en minga permanente.

—Yo puedo decir que he sido un privilegiado en este planeta, no solamente en Colombia —dice Abadio Green, coordinador del Programa de Educación Indígena y profesor de la Licenciatura en Pedagogía de la Madre Tierra de la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia—. Muchos en mi comunidad no llegaron a la primaria. Unos cuantos pudieron cursar bachillerato. Casi ninguno tuvo la oportunidad de ingresar a una universidad.

Desde muy joven, Green Stocel se enroló en la dirigencia indígena de Antioquia. Mientras peleaba por un reconocimiento hacia los pueblos originarios de parte del gobierno, estudiaba  apoyado por la OIA y la Organización Nacional Indígena de Colombia, la ONIC: “Eran dos cosas extremas, porque o se estaba comprometido con la causa indígena o se estaba en la academia. Son espacios diferentes, que muchas veces no se encuentran”, dice.

Así, dividido entre el activismo y el deseo de estudiar, fue buscando opciones para hablar de lo que no se habla en la academia: de una educación en torno a las tradiciones, a las identidades culturales, a la oralidad.

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 —Creo que la oralidad ha sido estigmatizada y nosotros tenemos la tarea de despojar a la oralidad de esos estigmas de la academia. ¿Cómo no va a ser hermoso hablar con un abuelo, con una abuela? Hay estudiantes que lloran en mi clase.

Selnich Vivas Hurtado acaba de mambear, de “mascar la palabra”. Es profesor de literatura alemana y de poesía minika en la Universidad de Antioquia.

—Pero la universidad se encarga de homogenizar los modos de sentir y pensar a través de los sistemas de escritura —habla con sonidos guturales, mientras contra su paladar y dientes se diluye un emplasto verde que le permite, según su visión, confrontarse interiormente—. Y los alumnos y tus colegas, bajo ese modelo, solo te creen si hay una bibliografía de por medio. ¡Nada más fácil de mentir que en una bibliografía!

En una ocasión dos estudiantes que perdieron su curso de poesía minika lo denunciaron ante las autoridades universitarias por dos motivos.. El primero, que el profesor iba drogado a clase; o sea, que mambeaba antes de ir con sus alumnos a un prado a cantar y danzar. El segundo, que los quería volver indios —no indígenas: indios, con todas las letras de lo que se pretendía fuera un agravio—, y que ellos estaban en su derecho de ser occidentales.

—Esa reacción de los estudiantes es típica de un mundo colonizado. Lo propio, lo ancestral, nuestras raíces nos son completamente ajenas y nos horroriza pensarlas en una universidad. No se quiere creer que también bailando o cantando se puede aprender.

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 Manibinigdiginya nació en un territorio en el que los españoles no pudieron penetrar con la misma ferocidad de hierro que en el resto de América. Islas recorridas por piratas ingleses, escoceses, holandeses que armaron a los indígenas con cañones y arcabuces. Que dejaron entre los Tule, por más de quinientos años, palabras como watch o sugar para referirse a reloj o azúcar. Que dejaron entre los nativos apellidos como Brown, Robinson, Smith o Green. Green, como Abadio Green Stocel, que a los quince años pasaría a llamarse así. Antes, para todos era Manibinigdiginya: El nacimiento de la plata nueva; todo aquello que surge, que se engendró en el vientre de la Madre tierra.

—Es muy duro mantener viva la filosofía indígena dentro de la enseñanza de la filosofía del canon occidental —dice y recuerda su acercamiento a pensadores defensores del ser como como individuo—. Y, claro, son como dos antagonismos: toda nuestra filosofía es desde la tierra, desde la relación con la madre naturaleza. En cambio, con los occidentales todo es desde el yo, desde el sujeto, desde el ser. Nosotros no hablamos de nuestro ser; hablamos de los seres.

En sus clases hay tres parámetros fundamentales: el silencio, la observación y el tejer. Silencio para escuchar; observar para forjar el temperamento como los grandes cazadores de la naturaleza; tejer para entender que las manos tienen un propósito al crear patrones en una prenda.

—Por ejemplo nos sentamos en semicírculo y hablamos sobre qué significa, por decir, la placenta —dice el profesor—. El primer territorio que tuvimos es el vientre, es la placenta. Se trata de empezar a pensar qué significa una placenta en tu lengua, cómo se dice en tu lengua.

Cada etnia tiene un saber, una poesía intrínseca en sus palabras que escapa a las grafías. Lo importante es qué se dice; no quién lo dice.

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 Desde el siglo XVI los alemanes recorrieron América. En esos viajes entre el viejo y el nuevo mundo tuvieron contacto con culturas indígenas. El desdén se mezcló con la fascinación, la barbarie del exterminio con la observación atenta, la curiosidad científica con lo onírico. Así llegaron hasta Alemania las historias y los mitos indígenas. Así se formó una intelectualidad alemana que defendía los pueblos originales. Así Franz Kafka leyó otras formas de narrar, ajenas hasta ese momento, donde los humanos se transformaban en algo más.

—Y Kafka leyó eso a comienzos del siglo XX y por eso cuando uno lee los cuentos de Kafka siempre se asombra frente a algo extraño: pasa algo raro que no alcanzamos a entender —cuenta Selnich Vivas, quien se doctoró en la Universidad de Freiburg, Alemania, con una tesis que afirma que el escritor austrohúngaro se basó en mitos indígenas para escribir obras como La metamorfosis (“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”).

Fascinado por la literatura alemana como por los saberes ancestrales, Selnich siente que para redefinir la academia tradicional hay que blindarse con ella.

—Si yo no tuviera un título alemán de doctorado, ten la seguridad de que me hubiesen echado. Pero no lo pueden hacer, porque yo cumplo todos los requisitos de la academia en su modelo tradicional —dice—. Es paradójico que solo cuando el profesor tiene los títulos, la sociedad le cree.

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 —Cuando hacía mi tesis le dije a mí asesor: “Yo quisiera no tener que leer tantos libros, porque eso no me va ayudar; yo quiero más bien escuchar al abuelo, escuchar a los abuelos. Yo tengo dos opciones: o leo o escucho. Y la verdad es que prefiero escuchar qué es lo que tiene por decir mi pueblo”. Mi asesor me entendió. Yo no hablé de la metodología cualitativa ni de investigaciones participativas: hablé desde las raíces, porque cada sonido que nosotros realizamos es una historia. La Universidad de Antioquia reconoció eso —dice Abadio Green Stocel.

Su tesis doctoral La lucha de los siete hermanos y su hermana Olowaili en defensa de la Madre Tierra: hacia la pervivencia cultural del pueblo Kuna Tule recibió en el 2011 el grado magna cum laude, reservado para trabajos doctorales muy destacados. La bibliografía del texto, que aboga por la preservación de la cultura del pueblo originario, está conformada por más de trescientos casetes del pueblo narrándose a sí mismo.

—La mejor decisión que he podido tomar en mi vida es estar aquí, en la academia, porque puedo aportar un granito de arena a un conocimiento universal que son los pueblos originarios —dice. En su cuello cuelga un collar hecho de los colmillos de un delfín que murió de causas naturales; animal que es sagrado en su cultura porque ayuda a nadar a los indígenas en el océano de sus sueños—. Me he preparado muy bien para poder conseguir la alianza entre lo docto y lo ancestral. Para ganarme el derecho a ser quien soy. No hay tiempo para lamentaciones: ya es el tiempo de la sanación.

La elaboración de vasijas en cerámica es una de las tradiciones que aún perviven en Karmata Rua.  Fotografía: Andrés Rodríguez.

La elaboración de vasijas en cerámica es una de las tradiciones que aún perviven en Karmata Rua. Fotografía: Andrés Rodríguez.

Pedagogía de la Madre Tierra
La Licenciatura en Pedagogía de la Madre Tierra surgió de un esfuerzo entre la Universidad de Antioquia, desde el grupo de investigación Diverser, y la Organización Indígena de Antioquia, OIA, con el fin de pensar en otros tipos de educaciones para los pueblos originarios. El estudiante de este pregrado, único en el país, debe ser avalado por su propia comunidad y se compromete a estudiar por el bien de la misma. Por eso el modelo educativo difiere del de un pregrado tradicional, pues los estudiantes solo están quince días en Ciudad Universitaria, Medellín. Esta descentralización busca que el futuro graduado profundice desde sus propias realidades las vicisitudes de su sociedad, de sus costumbres, de su idioma y de su gobierno. Su duración es de diez semestres y los ejes en los que se basa son: la observación, la comunidad, la interculturalidad, el diálogo de saberes y el tejido.
Emberá katíos miembros de la guardia indígena, desplazados del Alto Andágueda y habitantes de Dojuro, territorio de Cristianía.  Fotografía: Andrés Rodríguez.

Emberá katíos miembros de la guardia indígena, desplazados del Alto Andágueda y habitantes de Dojuro, territorio de Cristianía. Fotografía: Andrés Rodríguez.

Principales retos y problemáticas

Salud Se evidencia deficiencias en el apoyo institucional. Los recursos invertidos en seguridad alimentaria están mal aplicados y mal controlados. Se presenta desnutrición de los niños y problemáticas como contaminación del agua, falta de acueducto y alcantarillado. El movimiento indígena ha propuesto la creación de un sistema de salud indígena propio e intercultural, que busque crear unidades médicas en la selva y reconocer la medicina tradicional como primera alternativa en las comunidades, dándoles valor a los conocimientos ancestrales.
Cultura El mayor reto lo constituye la protección de la cosmogonía, las tradiciones, la vivienda y la lengua materna de los pueblos indígenas. Los grupos culturales indígenas trabajan por esfuerzo propio y en condiciones muy precarias, por lo que se requiere del apoyo institucional a través del nombramiento de maestros dedicados al apoyo cultural, los estímulos a los artistas y gestores culturales y construcción y dotación de sedes culturales nativas.
Educación Existen necesidades en la planta docente, en infraestructura y en el contenido pedagógico. El sistema de educación indígena es hoy una apuesta política del movimiento, cuyo objetivo es promover la creación de un sistema de educación diferencial para estas comunidades.
Política Las comunidades exigen de garantías y financiación para consolidar el movimiento indígena como un movimiento autónomo, territorial, social y administrativo, a pesar de que los recursos sean limitados y exista poca cooperación internacional.
Texto publicado en la edición 79 de De la Urbe