El cierre del Nocturno

El 22 de junio de 2016, el Consejo Superior Universitario tomó la decisión de clausurar el Nocturno — el mismo que consiguió graduar a 2.415 bachilleres—, alegando que este proyecto ya no era viable.

Hace más de sesenta años, en 1953, un grupo de 228 hombres mayores de edad se integró a una de las principales apuestas de la Universidad de Antioquia por aportar a la educación de ciudadanos que no habían tenido la oportunidad de terminar sus estudios. Así se consolidó el Colegio Nocturno de Bachillerato, una institución que creía en la importancia de formar a los trabajadores que día a día construían y habitaban la ciudad.

El 22 de junio de 2016, el Consejo Superior Universitario tomó la decisión de clausurar el Nocturno — el mismo que consiguió graduar a 2.415 bachilleres—, alegando que este proyecto ya no era viable y ante la indiferencia de las secretarías de Educación de Medellín y Antioquia, que se negaron a tomar el establecimiento en comodato.

Sin embargo, el cierre del Nocturno no es noticia nueva. Fueron muchas las señales de alerta y también muchas las veces en que la Universidad pareció ignorar al colegio, en una actitud casi apática frente a la crisis que este vivió durante años. En total deterioro y abandono, el Nocturno luchaba por mantenerse abierto ante una serie de restricciones que iban desde los docentes hasta la planta física en una casona aledaña a la antigua Escuela de Derecho.

Primero fueron los cursos. Se implementó una política sistemática de cierre y en 2003 no se ofertaron ni sexto ni séptimo. Para 2004 no se abrió inscripción para octavo y noveno. En 2014 solo se graduaron diecisiete personas y a principios de 2015 parecía inminente el cierre de los grados décimo y undécimo. En 2016 no se abrieron matrículas.

Con la carencia de nuevos estudiantes también se agravó la situación de la planta docente. A pesar de las jubilaciones de parte del personal en 2014, no se dieron nuevos nombramientos, sino contrataciones en la modalidad hora/cátedra. El Nocturno sobrevivía con un docente de tiempo completo y dos de medio tiempo, un rector y una secretaria.

La oferta educativa del Nocturno, además, no era atractiva para muchos a quienes les parece más rentable lo que es rápido. Mientras otros centros educativos prometían al estudiantado de la noche cursar dos grados en un año, el Colegio les obligaba a cursar un grado por año.

Pero no todo era indiferencia. La asamblea de estudiantes de la Universidad ya se había manifestado en contra del cierre del Nocturno, exigiendo su permanencia como garantía para levantar el paro del segundo semestre de 2015. De modo que cuando se emitió el comunicado en que se anunciaba la clausura definitiva, desde el estamento estudiantil se tomó como un acto de mala fe por parte de la administración. De paso, el cierre implicaba para ellos la pérdida de un patrimonio histórico y de un espacio que garantizaba a los trabajadores su derecho a la educación.

Por su parte, las directivas universitarias sostienen que la poca demanda y la deserción estudiantil temprana eran solo dos de los problemas que cargaba el Colegio de años atrás y que hacían imposible su continuidad. Luz Estela Isaza, Vicerrectora de Docencia, insistió en sus declaraciones en la responsabilidad que tenía la Universidad para tomar decisiones fundamentales frente a la continuidad o no del Colegio bajo una perspectiva de desarrollo, y de ahí que lo más sensato, teniendo en cuenta las condiciones en las que se encontraba, era su clausura.

Hay que preguntarse, ante el cierre de un plantel educativo, ante la pérdida de esta batalla, qué propondrá la Universidad para contribuir a la formación de la ciudad y sus habitantes, teniendo en cuenta que la Ley 30 prohibió a las universidades públicas destinar recursos a la denominada educación precedente. Con todo y eso, tenemos que recordar que, ante la inminencia del posconflicto armado, una de las principales acciones es la educación y que la Universidad debe liderar este proceso.

Puede que las directivas ofrezcan argumentos de peso para justificar este cierre, pero nos queda una sensación de zozobra. ¿Era inevitable? ¿Era deseable? ¿Era lo justo?

Editorial de la edición 79 de De la Urbe