El pueblo libre que Antioquia olvida

Recientemente los indígenas convocaron a una minga por el incumplimiento de los pactos logrados en 2013. No es la primera vez que les incumplen. De hecho, lo hacen desde que saben de su existencia.

Por Juan Diego Posada Posada y Juan Manuel Valencia*
       jdposada@hotmail.com - juanvale11@hotmail.com
Fotografías: Natalia Botero

Fotografías: Natalia Botero

Recientemente los indígenas convocaron a una minga por el incumplimiento de los pactos logrados en 2013. No es la primera vez que les incumplen. De hecho, lo hacen desde que saben de su existencia. A propósito de esta circunstancia, preparamos un informe especial sobre la situación en que se encuentran los pueblos ancestrales de nuestro departamento.

Para el año 1492, cuando Cristóbal Colón llegó por primera vez a América, el panorama era desolador. Colón se enfrentó a todas las adversidades que una tierra nueva podía traer para él y sus navegantes. Entre ellos, “socializar” con una cultura nueva.

A su arribo, los españoles tuvieron como prioridad aprovechar los recursos naturales que la tierra les ofrecía y explotar la mano de obra indígena que se presentaba como una novedad dentro de su expedición. Por ende, su mayor preocupación fue imponer su cultura sobre las existentes. Hoy en día, la realidad no dista mucho de aquellas épocas.

A través de los años, los indígenas en América han hecho un esfuerzo notable por sobrevivir a la herencia que las diversas colonias dejaron sobre las tierras del continente. La mezcla de culturas y la actual globalización han reducido las comunidades sustancialmente y los habitantes originales de esta región, que hoy llamamos Antioquia. Sin embargo, sobreviven.

Según el censo del año 2015 de la Gerencia Indígena de la Gobernación de Antioquia, en la región hay un total de 39.098 indígenas, divididos en cinco etnias: Emberá Chamí, Emberá Dóbida, Emberá Eyabida, Senú y Tule.

Aunque los años no han sido benévolos con sus costumbres y su cultura, los indígenas en la región han crecido en número. Con respecto al año 2014, se reportaron 1.760 indígenas más en 2015. Sin embargo, sigue siendo una cifra pequeña si tenemos en cuenta que, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), Antioquia tiene 6’456.299 habitantes.

Desde la Colonia, los pueblos indígenas han peleado sus derechos paulatinamente, no solo con el Estado, el cual los llevó a una Minga recientemente, sino con las otras culturas con las cuales conviven.

El coordinador del programa de Territorio y Medio Ambiente de la Organización Indígena de Antioquia (OIA), Richard Sierra, asegura que “en Colombia se perdió la idea de que había diversidad y quedó todo en la homogenización”, lo cual ha representado un problema para la protección de sus territorios, su integridad y sus tradiciones. Para Sierra, el Estado siempre ha estado interesado en que los indígenas puedan “civilizarse” y, según él, “sigue pensando de la misma forma”, pues no hay un verdadero apoyo para fortalecer las comunidades.

Debido, precisamente, a esa falta de reconocimiento, desde inicios del siglo XX los indígenas han buscado reivindicarse en el país con movimientos sociales como el generado por el líder Manuel Quintín Lame y, posteriormente, hacia mediados de la década de 1980 con el grupo armado que lleva por nombre los apellidos del líder y que antes de tomar las armas, se constituía como movimiento indígena.

Según Sierra, este tipo de acciones han visibilizado la comunidad indígena en el país: “Desde el setenta, la lucha social generada por el Quintín Lame, y luego de la conciliación con el Gobierno, se lograron ciertos derechos y se estructuró el movimiento indígena a nivel nacional”.

Así, para 1982 empieza la Organización Indígena de Antioquia y en 1985 se consolida la Asociación de Cabildos Indígenas, creada para la protección de los derechos en la región. Actualmente cuenta con 172 cabildos asociados.

Al igual que cualquier comunidad, los indígenas se organizan políticamente para tomar decisiones, constituyendo asambleas locales, regionales y zonales. Incluso, cuentan con un congreso nacional para decidir las políticas organizativas de largos periodos.

También cuentan con una junta directiva que se reúne tres veces al año para orientar las decisiones de los indígenas. “Por lo general, las decisiones de la Minga, de protestas, de acciones jurídicas, salen de la junta directiva. Es el ente político más fuerte que tiene la OIA”, aclara Richard.

Respecto a su ubicación en el territorio antiqueño, los Emberá Chamí se encuentran en el suroeste, parte del nordeste y Bajo Cauca; los Emberá Eyavida, en el occidente —Frontino, Dabeiba, Urrao, Mutatá—, y los Emberá Dóvidas están entre Chocó y Antioquia.

Mientras que los Tule abarcan zonas como Urabá y los Senú se encuentran en el Bajo Cauca, Urabá norte, San Pedro, Arboletes, Necoclí, Cáceres, Caucasia, Zaragoza y la parte baja de Antioquia.

Para los indígenas, la tierra representa a la “madre”, un elemento fundamental sobre su cultura, y no debe ser vista como un bien. Al tener una concepción abierta sobre la tierra, asegura Sierra, los indígenas la han perdido, porque las ideas entre indígenas y blancos son distintas.

“El emberá y el indígena hemos pensado en la tierra de otra manera, por eso la hemos perdido. Porque cuando llega el blanco a pedirnos ‘no, yo hago un ranchito aquí al lado, tranquilo emberá’: ‘Hágale, viva ahí’, después de un año ya cercó y dice: ‘no, es que esto es mío, embera’. La concepción es diferente”.

Así mismo, la importancia de la tierra tiene incidencia sobre lo que consideran su vivienda. Siempre han tenido la tradición de “cargar la casa”, pues construían sus viviendas para movilizarlas a lo largo y ancho del territorio. Sin embargo, la práctica se ha perdido, por las casas que hoy se construyen.

“Al parecer no hay interés de generar estudios que permitan recoger esa información”, dice Sierra con respecto a la ejecución de propuestas técnicas para la construcción de la infraestructura acorde con la visión de los pueblos, y complementa: “Es una cosa simple, pero no tienen [el Estado] un interés”.

Parece evidente la poca preocupación que el Estado y los gobiernos locales han tenido históricamente sobre las comunidades que estaban antes de los mestizos, recibieron a los conquistadores españoles, y que fueron testigos y víctimas de los cambios de la región antioqueña durante siglos.

El Título I de la Constitución política de Colombia, de los principios fundamentales, en su artículo 7, garantiza el reconocimiento y la protección de la diversidad étnica y cultural colombiana. Además, en su artículo 8, se garantiza la protección de las riquezas culturales y naturales de la Nación.

Podría decirse que los indígenas aplican en los dos artículos, pero la realidad dice lo contrario.

La educación ha sido uno de los temas más sensibles, pues la idea de educar a los pueblos indígenas sin que pierdan sus costumbres representa un reto que todavía se discute. “El nivel de incidencia con la educación se está peleando para que haya profesores indígenas que hablen su lengua materna, que tengan conocimiento de sus usos, tradiciones, costumbres, para que pueda proliferar la cultura”, cuestiona Sierra.

Para buscar soluciones, la OIA ha intentado acercarse al actual gobernador de Antioquia, Luis Pérez Gutiérrez, pero no han recibido ninguna respuesta a cambio, ni mucho menos interés.

La preocupación por el tratamiento y el cuidado de las comunidades indígenas es un hecho que solo se hace visible en tiempos de movilización. La única forma que han encontrado de exigir sus derechos es por medio de la Minga, el convite, por la cual se unen como pueblo, para actuar como pueblo.

Indígenas de Antioquia
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La Medellín indígena

En Medellín, para una gran parte de la población, los indígenas pasan desapercibidos. Son actores sociales que se mueven, aparentemente, en contextos diferentes a los del resto de la comunidad. Transitan acompañados de un manto de otredad, de gente ajena. Para muchos es indiferente el hecho de que, poco a poco, los pueblos indígenas han ido ganando territorio en la urbe y lentamente han ido apareciendo en el mapa de lo público.

De acuerdo con los datos del Cabildo Chibkariwak (que significa chibcha, caribe y arawak), en Medellín hay 34 pueblos indígenas provenientes de diferentes partes de Colombia y de países como Perú y Ecuador. Tan solo este cabildo agrupa a más de 4.200 individuos que llegan a la ciudad por diversos motivos: a veces en condición de desplazamiento forzado y otras más con intención de estudiar.

Cuando un miembro de una comunidad indígena arriba a la ciudad lo primero que hace es buscar a los suyos, es apenas natural que como seres humanos queramos estar cerca de nuestros semejantes y por esto la mayoría acude a los cabildos. Estos son figuras especiales de autoridad indígena, constituidos por la Ley 89 de 1980, donde se les otorga la facultad de regirse bajo su jurisdicción especial, es decir que tienen su propia forma de gobierno y su propio sistema penal. Están conformados por una junta directiva cuyo máximo representante es el gobernador del cabildo y su autoridad más grande es una asamblea general, conformada por la comunidad.

El cabildo de mayor peso en Medellín es el Chibkariwak, que lleva cuarenta años de existencia y ejerce sus funciones en el área metropolitana sin contar con un territorio o resguardo específico, pues, en palabras de su gobernador, Luis Fernando Yauripoma, son un cabildo pluriétnico.

Parte de la problemática de los indígenas en situación de ciudad es la paulatina pérdida de su cultura y de sus conocimientos ancestrales debido al fuerte choque de pasar de la vida en sus comunidades a la vida de citadinos. Ante esto, Yauripoma señala que “el contexto es tan pesado que no nos incluye, nos somete. Para un niño que estudia en un colegio público, pesa más el contexto de los demás que el de los indígenas. Uno no termina adaptándose, adaptarse suena un poco armónico, uno termina aculturizándose”.

La lenta desaparición de la cultura se ve evidenciada en asuntos como las lenguas indígenas, las cuales son transmitidas tradicionalmente por medio de la oralidad en los territorios o resguardos, pero que al llegar a la ciudad son desplazadas por el español. La pérdida de las lenguas es un asunto preocupante, ya que no solo se extingue un conjunto de palabras sino toda una forma única de comunicarse y de concebir el mundo.

También está el asunto de la medicina ancestral, ligada más fuertemente al tema territorial, pues esta depende de plantas que normalmente no están presentes en la ciudad y de lugares especiales para la realización de los rituales. Acá también entra el tema del lenguaje, pues, como dice Yauripoma, no es lo mismo hablarles a los espíritus de las plantas y animales en español que en el idioma nativo.

Ante esto surge la necesidad de encontrar espacios para que los indígenas mantengan viva su tradición. Yonny Alexander Ipaz, miembro de la comunidad de los Pastos, de Nariño, y estudiante de Periodismo de la Universidad de Antioquia, asegura que en Medellín sí existen lugares de encuentro donde los indígenas pueden compartir con más personas de su mismo contexto, “hay muchos espacios para compartir la palabara”.

En el ámbito académico se destaca el Cabildo Universitario de Medellín, que acoge a todos los estudiantes indígenas de técnicas, tecnológicas o carreras profesionales. “Cuando llegué, yo tenía conocimiento de que a nivel nacional se maneja la Red de Cabildos Indígenas Universitarios, ese fue mi interés, buscar a los estudiantes indígenas, hablar con la gobernadora de ese tiempo, y allí conocí a los demás compañeros”, explica Ipaz.

Población indígena de Antioquia

El Cabildo Universitario de Medellín tiene diez años de proceso, pero solo seis de constituido de manera oficial. Agrupa a setecientos estudiantes indígenas y su gobernación está a cargo de Diana Guapacha, estudiante de trabajo social de la Universidad de Antioquia y miembro de la comunidad Emberá Chamí del departamento de Caldas. Como cabildo, ellos tienen la misión “de fortalecer la identidad cultural”. Eso lo hacen a través del fomento de espacios comunitarios para la “participación y la visibilización de los indígenas”.

En el Cabildo Universitario se hacen reuniones, celebraciones como la semana de la diversidad o la fiesta del Inti Raimi (la fiesta del sol o del astro rey) y se motiva a los estudiantes a integrarse con las personas de las demás comunidades. Sin embargo, aún falta mucho por hacer, como dice Diana Guapacha, “tenemos un estimado de setecientos estudiantes indígenas y en el cabildo participaran activamente unos sesenta. La idea es que podamos acompañar tanto el ingreso como la permanencia y el egreso y que haya un diálogo con la institucionalidad para que podamos alcanzar a cubrir toda la población”.

La preservación de los saberes propios también es un tema que preocupa a la academia. “Todo el tiempo estamos recibiendo [saberes] de afuera, en muy pocas clases se habla de colonialidad, de interculturalidad, aun en ciencias sociales, sabiendo que en nuestras comunidades también tenemos la manera de llegar a ese mismo lado, son diferentes caminos. Hay una añoranza, pero todavía no se le ha dado la relevancia que tienen los saberes propios”, explica Guapacha.

A pesar de todo, los esfuerzos por centrar el foco en los indígenas son cada vez más fuertes y llaman cada vez más la atención. Esto, gracias a la persistencia de estos pueblos que siempre han estado ahí. Que hablan y gritan. Que reclaman lo que les ha pertenecido siempre, si bien solo hasta ahora hemos ido abriendo los oídos para escuchar las voces de la diversidad.

Para verlos y reconocerlos no hace falta pasar por ciertas calles o caminar por los puentes del metro. Siempre han estado. Antes de que llegaran los mestizos. Estuvieron aquí antes de que Antioquia existiera y con suerte seguirán aquí, defendiendo la tierra y sus derechos, lo que realmente es de ellos.
Lo importante es siempre hacerse sentir, porque, como dice Richard Sierra refiriéndose a su pueblo: “En silencio nos olvidan, en silencio nos eliminan, en silencio se acaba lo que somos y lo que tenemos”.

Reportaje publicado en la edición 79 de De la Urbe