La isla que se mira

Tras años de visitas a Isla Fuerte, los colectivos K-minantes, Nómada y Foco iniciaron en 2015 el festival Cine en la Isla. Más que la proyección de películas, el proyecto intenta que los habitantes de la comunidad cuenten y vean sus historias en la pantalla.

Periscopio, taller de fotografía estenopeica. Fotografía: Colectivo K-minantes

Por Juan Manuel Flórez Arias - @juanmaexos

Hay en el observarse un placer simple. En la pantalla, cuatro hombres parten desde un árbol de camajón con una silla hechiza sobre sus hombros. Sentando en ella hay un viejo con sombrero de caña, moreno, el párpado izquierdo caído casi ocultando su ojo, y un bigote escaso y canoso. Su labio inferior sobresale y le da una expresión de leve desagrado. Los cargueros descienden por la selva hasta el mar. “Muchachos, me hacen el favor y me dejan solo”, indica el anciano. Baja de la silla y se sumerge en el agua salada hasta que solo queda a la vista su sombrero meciéndose sobre la superficie. De fondo, un atardecer rosa da paso a la oscuridad.

Hay un cambio de escena: de vuelta al árbol de camajón, una fogata ilumina la noche y permite adivinar los contornos de la selva. Alrededor del fuego están los cuatro hombres cuando aparece el viejo, sin sombrero, se sienta a su lado y enciende un cigarrillo.

La imagen en una película pocas veces coincide con el entorno en el que es proyectada, la selva más sofocante suele ser vista desde una sala con aire acondicionado. En este caso, el árbol centenario y la noche son los mismos dentro y fuera de la pantalla. Monte adentro en una isla del Caribe, al sur del Golfo de Morrosquillo, una multitud de niños y adultos —pieles oscuras, cabellos trenzados en las mujeres y cortados a ras en los hombres— cuchichea mientras ve imágenes en una pantalla. Al mirar se miran. Entre los espectadores se encuentran los cuatro cargueros y el protagonista del cortometraje, don Juan, quien tirado en su hamaca ha presenciado entre risas su muerte y resurrección imaginarias.

Cerca de él, un joven blanco, barbado, de pelo largo, resalta entre el público. Juan David Mejía –Jota– asiste al estreno de La muerte del camajón, la película que junto a K-minantes, su colectivo audiovisual, ha realizado. Tras ella hay siete años de visitas a Isla Fuerte; siete películas realizadas con otros colectivos como Nómada, al que pertenece su amigo Cristian Torres; y los años de amistad con don Juan, su maestro. Con esta proyección se inaugura el primer festival Cine en la Isla.

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“Yo no conocía el mar. Fui a pasear y me enamoré de Isla Fuerte. Me enamoré de sus personas, de su primitivismo, de todas las cosas clichés que tienden a enamorarlo a uno”. Cristian es alto, moreno, y cuesta interrumpirlo cuando habla porque lo hace con seguridad. “Uno en Medellín se acostumbra a solucionar todo con un clic: si tiene hambre, clic; si quiere ir al baño, clic. En la Isla todo implica un desgaste físico”.

Jota y Cristian se conocieron como estudiantes, iniciaron un cineclub y el semillero de investigación Cinestado en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid. En 2012 viajaron con equipos de esa institución a grabar un cortometraje en Isla Fuerte. “Terminamos quedándonos tres meses. Cuando nos llamaban a pedirnos las cámaras respondíamos: ‘espérense, que esto está muy bueno’”. El corto, Los niños del mar, fue grabado por los niños de la isla. “Les decíamos ‘la cámara se prende así, se sostiene así, respete al que la tiene y a grabar’. Eran ellos siendo ellos”.

“El final de Los niños del mar es ellos dándose bala, son empeliculados con el pistolero”, cuenta Jota, “pero tratamos de mostrarles que hay otras historias qué contar. Para el primer festival hicieron otro corto, que se titula El tesoro de la Isla”. En este, unos “cachacos” –interpretados por niños de la isla, con gestos exagerados, gafas de sol y sombreros extravagantes– llegan en busca de un tesoro y tras un largo recorrido uno de los nativos les revela el secreto: el tesoro es el mar. Acto seguido, todos se lanzan a nadar.

“¿A qué te refieres con primitivismo?”, le pregunto a Cristian. Su respuesta es inmediata: “Es que son una comunidad violenta, de instintos salvajes no tan opacados como los nuestros… No estoy moralizando, estoy hablando de lo que vi. Cualquier acto mínimo que rete la hombría es una ofensa. Los niños de allá no tienen inculcada la figura del profesor. Tienden a dispersarse, a molestar al compañero. Es difícil… todavía me pregunto por qué eso me enamora. ¿Será el reto?”.

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Cuando Jota llegó a Isla Fuerte le hablaron de un hombre que vivía monte adentro, en un sitio llamado El Tuntún. El nombre del lugar tiene un sentido onomatopéyico: el árbol de camajón es hueco por dentro y al abrazarlo es posible escuchar los latidos propios. “Quién sabe si ese viejo esté vivo o muerto”, le dijeron los habitantes de la playa. Al llegar, Jota encontró a un hombre serio, de voz profunda, que le ofreció arroz y le contó sus historias.

“A don Juan lo contrataron para cuidar el terreno de un paisa, pero el tipo desapareció. Desde entonces vive ahí, en El Tuntún, ya hace treinta años. Su mujer y sus hijastros se fueron para Urabá y quedó solo. Pensá en esto: vos estás bajo un árbol, rodeado de kilómetros de agua, en total oscuridad, y un anciano con esa voz te habla del primer jaguar que vio en su vida. La relación de don Juan con la naturaleza, con la selva y el mar, es muy distinta a la tuya o la mía. Él me cambió”.

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“¿Hola, hablo con Tato?”. “Sí, con Tato, de Isla Fuerte”, se oye al otro lado de la línea. Tato conoció el cine desde niño. Un hombre de Montería llegaba cada tanto en una lancha, con un proyector y una pantalla, y cobraba cinco pesos a los isleños por ver películas mexicanas y del viejo Oeste. Era la década del setenta.

“Si yo te digo: esta gente se comporta de tal forma porque vio cine, no me creés”, dice Jota, “pero sí les ha inculcado cierta actitud. El cine mexicano está cargado de valores morales, el héroe que empieza desde abajo pero no olvida a su comunidad. Hay en ellos mucho de eso. Vimos esa relación con el cine y pensamos: ¿y si hacemos un festival de cine acá? Pero no fue hasta que nos ganamos una beca e hicimos La muerte del camajón que tuvimos los recursos. Fue en 2015 y proyectamos nuestro trabajo en la Isla durante esos años”.

Un año después, para la segunda edición del festival, los colectivos hicieron una convocatoria nacional e internacional de películas con temática afro. La cuestión era cómo financiarlo. “Es una comunidad que vive del trabajo diario. Yo le digo a Tato ‘vení, le trabajamos todo el día al festival’, pero si él no gana plata con eso, ese día no lleva comida a la casa”. Jota explica que la solución fueron unos planes turísticos. La fecha del festival se mantuvo: 20 de enero, para alargar una semana la temporada de vacaciones. Unas cien personas viajaron desde Medellín, acamparon en los solares de familias de la Isla, comieron en sus casas y vieron cine –Waiting for the (t)rain, de Francia; Olho Nu, de Brasil; Intuition, de Tanzania; Bocagrande, de Colombia; entre otras–. Muchos de los nativos no saben leer y los que sí, no alcanzaban a seguir los subtítulos de las películas en otros idiomas. Durante una de las proyecciones un isleño vio a Jota y se le acercó: “Quite esa película, ponga en la que salgo yo”.

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Al referirse a don Juan, Jota suele alternar el presente y el pasado: “Don Juan vive… bueno, vivía”. Le menciono esto y responde: “Sí, para mí es como si siguiera aquí… él es esa película, nuestras conversaciones me permitieron conocerlo lo suficiente para escribir La muerte del camajón”.

Jota tenía pensado traer a don Juan para el estreno de su cortometraje en Medellín, pero el viejo murió quince días antes de la fecha programada. “Lástima, porque estábamos pensando en grabar la siguiente peli, de cuando él naufragó en el mar”. Guarda silencio un momento. “Pero si él no quería, así es… él sabía que se iba a morir y no nos dijo. No fue algo ajeno, no fue un golpe de suerte, es esa necesidad que él tenía de expresar su vida antes de irse. La vida nos dio demasiado tiempo”.