¿Pensamos distinto?

Hay, en el acto de dialogar, un encantamiento: el de conocer las palabras del otro. Las palabras son armas —íntimas, duras, nunca inocentes—. No significan lo mismo para todos. No todas tienen el mismo peso. No todos utilizamos las mismas. No todos pueden decir las suyas. Las palabras también son instrumentos.

A finales de abril, De la Urbe convocó a uno de esos diálogos que le son tan necesarios a la Universidad. Invitamos al rector Mauricio Alviar, al profesor Jaime Rafael Nieto, presidente de Asoprudea, y al estudiante de Derecho Isaac Buitrago para que se reunieran a conversar entre sí y con el público en un espacio abierto a todo el que quisiera participar. Aceptaron. También el público. En algún momento, cuando el Rector advirtió que no se esperaba una especie de acorralamiento en vez de un diálogo entre estamentos universitarios, temimos lo peor: una cancelación. O una irrupción agresiva, ya que afuera se oía el estallido de papas explosivas. Fue el momento más tenso y el más revelador del diálogo; entonces, una palabra retumbó en el auditorio de Extensión: humildad.

Contrariando nuestros temores, las palabras empezaron a ir y a venir, más posibles y dispuestas. La idea del acorralamiento desapareció y los invitados persistieron en su esfuerzo por explicar, replicar, exigir: el diálogo es el derecho de todo ser humano a decir sus verdades y a compararlas con las del otro, que también tiene las propias. Entonces, a pesar de la tensión inicial, nosotros y el público pudimos en últimas celebrar el que tres voces autorizadas de nuestra comunidad se dejaran oír para expresar ideas, con frecuencia opuestas, claro, pero respetuosas de la diferencia. Se plantearon unas cuantas preguntas y se dieron algunas respuestas. Otras preguntas se quedaron a la espera de otros momentos, pues la única limitación del evento fue el tiempo.

Y no estaban solos en el auditorio, nuestros invitados. Al rector Alviar lo acompañaba parte del equipo con que dirige la Universidad; al profesor Nieto, muchos de sus colegas, y al estudiante Quintana algunos de los líderes que se pronuncian en las asambleas. En un momento determinado, el auditorio estuvo cruzado por multiplicidad de voces. Se plantearon y respondieron algunas preguntas difíciles, pero otras, ya lo dijimos hace unas líneas, quedaron para después: que si la dirigencia universitaria está dispuesta a entender que dialogar no significa simplemente ser oída, que si los profesores son del todo conscientes de su misión, que si los estudiantes que deciden en la asamblea se enterarán al fin de que la gran mayoría de sus compañeros ya no quiere que las asambleas paren la Universidad… Volvimos, en cualquier caso, a hablar de la Universidad como proyecto colectivo.

No es nuestra responsabilidad —y nunca será la del periodismo ni del diálogo en sí mismo— llegar a acuerdos ni declarar ganadores. A lo sumo, recordar que con frecuencia se nos olvidan las palabras del otro, y que cuando no conocemos esas palabras solemos otorgarle una condición de demonio a lo que nos es desconocido. Recientemente, por ejemplo, un senador y expresidente convocó a la resistencia civil contra otros diálogos, los de la paz, los de La Habana. Como diciendo: esta guerra es mía, que nadie más hable de ella. O: ninguna paz es posible, no queremos que lo sea.

La tarea es la opuesta: resistir la guerra, dialogar para terminarla. En nuestro entorno más cercano, en la Universidad, hace falta escucharnos más para aprender a confiar. Más importante aun: para aprender a no tener ganas de anular al otro.

Hay, en el acto de dialogar, un progreso: el de enterarnos de que el otro tiene unas ideas, un pensamiento que le es propio y tiene derecho a defender. Esto significa, como proponíamos a nuestros invitados del 25 de abril, no ir al otro con la intención de hacerse oír y darlo por enterado de nuestra posición, sino estar dispuestos a dejarnos permear por ideas diferentes a las propias. Son instrumentos, las palabras. Pero no de dominación, sino de entendimiento. ¿Pensamos distinto?, nos preguntábamos al lanzar esta invitación que Alviar, Nieto y Quintana aceptaron con tanta generosidad, y que el público asistente aplaudió. ¡Pues dialoguemos! De eso se trata.

Editorial de la edición 78 de De la Urbe